Cuidado con las terapias alternativas

Extraigo las partes de mayor interés de un reciente artículo publicado en El País del 22/04/2016 en el que se pone en evidencia los peligros de la llamada medicina alternativa, que en realidad son técnicas pseudocientíficas que conviene desmontar. 

Muchos de los vídeos que circulan por la Red y que ofrecen recetas milagrosas para acabar con multitud de dolencias tienen una apariencia perfectamente científica (tecnicismos, laboratorios, jerga especializada…), pero son, en realidad, bulos pseudocientíficos sin ningún rigor. Lo fácil que resulta toparse con estas informaciones y el catálogo de verdades absolutas que ofrecen, crean una atmósfera de falsa especialización en la que caen miles de espectadores, que se colocan en una posición vulnerable.

Según el bioquímico y divulgador científico J.M. Mulet, que intenta llamar la atención sobre lo nociva que puede ser esta exposición a tanta información mal relacionada con la medicina. “Supone para mucha gente un argumento de autoridad, dado que un material audiovisual no requiere saber leer ni escribir. Muchos médicos se quejan de que los pacientes les dicen lo que deben recetarles porque lo han visto en internet”, explica el autor del libro Medicina sin engaños (Planeta).

Pese a su amenaza potencial, esta información campa a sus anchas en el vasto mundo virtual. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), un 4’38 % de la población acudió en el último año a una consulta de alguna práctica de medicina alternativa.

A continuación he seleccionado algunas de las técnicas que se anuncian para curar los trastornos de ansiedad y depresión. 

Bioneuroemoción

Como explica Emilio Molina, coordinador del área sobre «el origen emocional de la enfermedad» de RedUNE y miembro de ARP-SAPC, «la bioneuroemoción deriva de la nueva medicina germánica, que considera que algo tan grave como el cáncer es solo una reacción del cuerpo ante un choque emocional. De este movimiento surgió la biodescodificación odescodificación biológica, que extiende esa misma premisa a todas las enfermedades, afirmando que derivan de un problema o conflicto emocional». Su creador es Enric Cobera, el ponente de la conferencia en esta pieza de Youtube, donde mezcla una serie de filosofías agrupadas en un curso de milagros (sí, se llama así), que viene a decir que todo suceso vital es voluntario: «si estás enfermo es porque has pedido estarlo para, así, darte cuenta de que existe una situación que quieres cambiar […] Si vas por la calle y te roban, no te quejes (lo que significa que no llames a la policía), sino pregúntate: ‘¿Cómo te estás robando a ti?». Esta conferencia la han visto mas de 100.000 personas y «se trata de una de las pseudoterapias que más interés está despertando en estos momentos en España», según Molina.

Corbera se lava las manos: «Nosotros no curamos a nadie, simplemente la persona decide sanar su percepción y curarse». Y, en la misma línea, considera que la gente que no termina con su malestar es porque, en el fondo, no quiere hacerlo. Mulet asevera en su libro que esta técnica no tiene ningún estudio que la avale. Aporta un ejemplo: una mujer con un avanzado cáncer cérvico uterino pregunta a este experto por la red social Facebook qué debería hacer para acabar con su problema; la respuesta de este gurúfue así de inesperada: «ponte en cuarentena, aíslate de toda la familia y sobre todo de tu pareja».

Riesgos: Más allá de lo descabellado de pensar que las enfermedades no existen y esos síntomas son elección del paciente, creándole un importante sentimiento de culpabilidad, “todos sabemos qué pasa cuando se deja de tratar un cáncer. Por proponerlo, la bioneuroemoción es de las pseudoterapias más peligrosas y mortales en estos momentos”, lamenta Molina.

Homeopatía

Creada por el médico alemán Samuel Hahnemann a finales del siglo XVIII, la homeopatía parte de dos principios: la ley de la similitud o semejanza (“lo semejante cura lo semejante”) y la ley de los infinitesimales (cuanto más diluido esté el remedio homeopático, más eficaz será su efecto curativo). Ninguna de estas dos leyes tiene base científica, algo que no impide que millones de personas hagan oídos sordos por el argumento pues a mí me funciona. “Los compuestos homeopáticos se presentan como bolitas o glóbulos de azúcar impregnadas con una dilución de un compuesto en agua. El principio activo está tan diluído que, normalmente, no queda ni una sola molécula en esa mezcla. Esto no es importante porque, según los homeópatas, el agua guarda memoria de su interacción la sustancia. Esta memoria es muy curiosa, por selectiva y misteriosa: ¡el agua solo recuerda lo que el fabricante quiere que recuerde!”, observa Guillermo Quindós, catedrático de microbiología de la Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU) y miembro del Círculo Escéptico,

Riesgos: Como apunta este catedrático, sus ingredientes son empleados en muchas ocasiones para tratar enfermedades graves sin detener su desarrollo y provocando que el tratamiento eficaz convencional comience demasiado tarde. Además, puede darse el caso de intoxicaciones o alergias a componentes que no deberían estar presentes en estos productos: las preparaciones en gotas contienen alcohol, por lo que son nocivas para embarazadas, niños y algunos pacientes con alcoholismo y otras dependencias; y los glóbulos, gránulos y tabletas, pueden contener lactosa, aunque deberían indicarlo para no causar problemas a personas intolerantes.

Flores de Bach

Son disoluciones de infusiones de flores y brandy que se aplican, en forma de gotas, por debajo de la lengua. «Nos llevan a otro estado de energía, vibracional, que permite descubrir quiénes somos, pues nos ayuda a conectar nuestro cuerpo con nuestra alma», explica en esta entrevista el terapeuta floral José Salmerón Pascual. Esta alucinada teoría se basa en el supuesto efecto de las llamadas “energías sutiles” o “esencia de las plantas” para curar los estados mentales negativos, que consideran los causantes del malestar. La inventó el médico inglés Edward Bach a principios del siglo XX, cuando dijo haber encontrado las plantas con mayor energía curativa para el tratamiento de emociones como el abatimiento, los celos, el desaliento, la impaciencia, la ira o el temor. Pese a ser hija de la homeopatía, «los homeópatas odian las flores de Bach porque las ven como una mala copia y usurpan su mercado», afirma Mulet.

Riesgos: Quindós sostiene que la ingesta de las soluciones de esencias puede dar lugar a intoxicaciones.

Medicina tradicional china (MTC)

Los vídeos de masajes tienen un mayor éxito en la Red. En este, visto por casi 250.000 personas, se explican 13 técnicas de la MTC, prácticas tradicionales fundadas en creencias y supersticiones desarrolladas en China que considera que cualquier dolencia es síntoma de un desequilibrio en el Chi o Qi (energía vital). “Este tipo de medicina comprende terapias con hierbas (fitoterapia), alimentación, ejercicios físicos, meditación, acupuntura y diferentes tipos de masajes. Aunque utilizan la fitoterapia como último recurso, ya que, según ellos, el cuerpo humano dispone de unas sofisticadas defensas capaces de localizar los males del cuerpo y el alma, y de dirigir su propia energía y recursos para autocurarse”, indica Quindós.

Riesgos: Según un estudio de la Universidad de Sydney del Oeste (Australia), no existe tanta amenaza para los pacientes por posibles intoxicaciones (muchas de las hierbas llevan tóxicos y fármacos o son directamente venenosas), sobredosis o infecciones relacionadas con el mal uso (sin asepsia o esterilización) de las agujas, como para muchas especies animales, como rinoceronte o tigre, en peligro de extinción, con las que se fabrican medicamentos por su fuerte carga simbólica relacionada con la fuerza o la potencia viril.

Medicina ayurvédica

En esta especialidad también triunfan los tutoriales de masajes. El pequeño documental sobre estas líneas explica la mitología que acompaña a esta filosofía, similar a la de la MTC. Originada en India, la Ayurveda es llamada por sus feligreses “la ciencia de la vida”. Esta es otra de las terapias que considera la afección como algo ajeno al cuerpo. Según sus practicantes, la causa también está en el desequilibrio de la energía vital, llamada, en este caso, prána. “Mezcla términos pertenecientes a la biología, la física cuántica y la filosofía. Su base es similar a la MTC, con la diferencia de que aquí el equilibrio pretende reestablecerse con infusiones de hierbas, preparados o ayunos”, apunta J.M. Mulet

Riesgos: Para Edzard Ernst, físico y profesor de la Universidad de Exeter (Inglaterra), los beneficios de esta terapia son más que dudosos, pero lo que están bien documentados son sus riesgos. Las medicinas ayurvédicas, según este experto, están normalmente adultaeradas con compuestos tóxicos para el organismo, como metales pesados.

Reiki

Esta teoría consiste en la canalización de la energía y, por ende, la sanación, a través de las manos del terapeuta. Pues bien, esta maestra asegura que puede hacer una terapia efectiva a distancia y en diferido. Si la medicina ayurvédica se puede considerar la versión india de la MTC, escribe el bioquímico J.M. Mulet, «el reiki se considera la versión japonesa». Aunque se presenta como medicina milenaria, esta pseudoterapia fue creada en el siglo XIX. “Al fallecer su fundador, el sacerdote Mikao Usui, varias personas se autoproclamaron herederos del saber y crearon diversas escuelas como la establecida por Hawayo Takata en Hawái, donde nació su versión occidental”. Tanto Mulet como Ernst exponen que nada avala los efectos curativos en esta práctica.

Riesgos: Los expertos coinciden en que sus riesgos son similares a los de las otras terapias naturales tradicionales, la ayurveda y la MTC.

Medicina ortomolecular

Tampoco la medicina ortomolecular contempla la existencia de las patologías. Según esta pseudoterapia, un tratamiento a base de concentraciones elevadas de vitaminas, minerales y otras moléculas, superiores a las recomendadas por la medicina, es suficiente para curar cualquier tipo de dolencia, pues esta es únicamente un síntoma de que el cuerpo carece de alguno de los nutrientes esenciales. No tiene relación alguna con la dietética y la nutrición, que se fundamentan en evidencias científicas, como subraya Quindós. “Los terapeutas ortomoleculares se apropian del legado de Linus Pauling, premio Nobel de Química en dos ocasiones (1954 y 1962), al quien consideran su fundador y que expresó opiniones contradictorias o erróneas al abordar otros campos de la ciencia en los que sus conocimientos eran limitados”,.

Riesgos: Los peligros de acumular vitaminas existen, al igual que el potencial riesgo de agarrarse a creencia sin fundamento. “Un ejemplo fue el aumento de contagios y muertes por sida en la República de Sudáfrica, por dejar los tratamientos antirretrovirales eficaces y optar por la administración de complementos vitamínicos a dosis elevadas. El expresidente de Sudáfrica Thabo Mbeki fueron grandes impulsores de estos tratamientos”, recuerda Quindós.

FUENTE ORIGINAL 

Publicado en Ansiedad, Ciencia, Depresión, Fobia Social, psicoterapia, Videos | 4 comentarios

CHAT CHAT CHAT

Un poco de sentido del humor nunca le sienta mal a la vida:

La culpa fue del chat chat chat

 

Publicado en Música, Videos | 1 comentario

Originalidad y sencillez

Quiero recomendar la visita a un blog dedicado a la fobia social, desde una perspectiva personal de afrontarla. Desde mi punto de vista es una síntesis de originalidad y de sencillez, dos cualidades que escasean en las redes sociales.

Imagen1

No conozco a su autora, pero desde aquí le quiero dar la enhorabuena por su trabajo.

Esta es su presentación:

Sobre el blog

Cuando escuchamos hablar sobre escapistas, a todos se nos viene a la cabeza la imagen de esos súper hombres y súper mujeres que consiguen quitarse grilletes sin llaves y salir de jaulas, cajas de acero o tanques de agua. Pero no es ése el tipo de escapismo del que te voy a hablar.

Desde pequeña he sido muy tímida y, a lo largo de mi vida, me las he arreglado para huir de personas, lugares y situaciones. Sin necesidad de trucos de ilusionismo, aprendí a huir de todas las maneras posibles: sentarme en el pupitre de la última fila; inventarme excusas para no ir a según qué planes con amigos; rechazar puestos de trabajo… Aún no sé muy bien ni cómo pero terminé convirtiéndome en una experta escapista.

Me pasó factura. Con la misma facilidad que evitaba y esquivaba las situaciones que me angustiaban, iba perdiendo oportunidades en mi vida. Y me aterraba.

Por eso, durante mucho tiempo, he tratado de entender qué es lo que me pasaba. Estudié la carrera de psicología y no he parado nunca de leer y buscar respuestas. El punto de inflexión fue descubrir que no se trataba de simple timidez ni de inmadurez ni de ningún tipo de tara personal. Que mi problema tenía nombre: ansiedad social.

Estas son sus entradas más recientes:

 

Publicado en Ansiedad, Fobia Social, Internet, Sitio Web, Timidez | 1 comentario

Historia de mi vida (2): adolescencia y juventud

Después de la parte  dedicada a la infancia, esta es la continuación del testimonio de una amigo de la Asociación AMTAES.

Se me presentaba un nuevo reto, enorme para mí en esa época: el cambio del colegio al instituto. Tampoco tenía nada claro qué quería hacer. Mi padre me comentó que, como me gustaban muchos los automóviles, podría hacer Formación Profesional de Mecánica de vehículos a motor, o que también había otro centro en el que impartían Electrónica. Me decidí por esta última, por el simple y pueril motivo de que:”Los mecánicos se ensucian las manos, los electrónicos no”.

Intento no traer a la memoria demasiado a menudo esa época. Entre el cambio de centro (ningún compañero de mi colegio eligió lo mismo que yo, por lo que me encontraba más solo que nunca), los cambios hormonales y de crecimiento, típicos de la pubertad y adolescencia, y mi tendencia a la introversión, unida a la falta de amigos y de ese tipo de expansión personal necesaria para todos, se me acumuló tanto cambio, tanta incomprensión por mi parte, tanta extrañeza de lo que pasaba a mi alrededor y adentro de mí mismo, que nunca logré comprender ese momento de mi vida.

Desde el comienzo del nuevo curso, no encajé. Recuerdo que no me enteraba de nada, de hecho el primer día me confundí de aula y ya me provocó ansiedad y malestar. Cuando entré en el aula que me correspondía me abrumó ver tantas caras desconocidas y oir tanto ruido y barullo, cosa que en el colegio no recuerdo que ocurriera. En un instante, mi mirada evaluó la situación y, aunque mi mente me decía que huyera de allí a cualquier otro lugar, busqué algún rostro que me transmitiera confianza y bondad, cosa que siempre me ha pasado después en cada nuevo reto que debía afrontar en mi vida. Ví a un chico que parecía menor de lo que correspondía, con cara de niño y mirada infantil, y ¡allá que fui! Casualmente (o mejor, causalmente) ese chico fue objeto de burla y escarnio general por parte de la clase, simplemente por su aspecto y su carácter ingenuo y bueno en esencia. Nunca le pregunté, pero creo que tenía algún tipo de retraso en el crecimiento, no tanto en la mente como sí en el aspecto, además de que tartamudeaba siempre y tenía tics. Jaime se llamaba, nunca le olvidaré.

Era incapaz de hacerme oir en clase y. si tenía que salir a la pizarra, estar a la vista de toda la clase para exponer un tema o resolver un problema determinado me suponía una tortura terrible: no podía alzar la voz, el profesor siempre me decía que hablara más alto, pero no era capaz de hacerlo; me bloqueaba mentalmente (recuerdo una exposición sobre un libro que había leído en la que no logré terminar de comentarlo y al final tuve que retirarme a mi pupitre entre lágrimas y acaloramientos y teniendo que escuchar las risitas y ver la caras de asombro y de regodeo de los compañeros). Siempre intentaba hacerme el despistado, cuando el profesor buscaba a alguien para salir a la pizarra.

Yo intentaba pasar desapercibido, pero también recibía lo mío: insultos, risas mal intencionadas, gestos obscenos, etc. Nunca entraba al trapo, creo que por eso me salvé de algo peor, como sí que le ocurría a Jaime. Poco a poco fui encontrando una especie de “pandilla”, chicos más o menos tranquilos y tolerantes a los que me agregaba, más de manera física que anímica, en las clases y recreos. Como en el colegio, nunca salí con ellos, ni quedaba fuera del instituto.

Con mi familia, la infancia vivida feliz cerca de primos y demás, dio paso a una tendencia de evitación, de aislamiento y de despegarme poco a poco de ellos. No me sentía bien ya entre el grupo de primos y sus amigos en el pueblo, además de que ya empezaban a juntarse con chicas, como es lo habitual de la edad. Me resultaba un entorno intimidante, nunca captaba las bromas, sobre todo las de carácter sexual o erótico. Me sentía avergonzado de mí, de mi cuerpo y de los cambios que en él experimentaba, no terminaba de entenderlo, qué sentido tenían esos cambios, me veía feo. Puede que la moral puritana en casa (sobre todo por parte de mi madre) no me ayudara precisamente en ese proceso natural.

Cumplía años y cada vez estaba más solo, aislado de la realidad, de la sociedad, del mundo en general. Mis primos se fueron olvidando de mí. Con los compañeros de instituto cada vez me sentía más apartado, ajeno a su grupito y sus inquietudes, no me terminaron de aceptar, o tal vez yo no quise o no supe integrarme. Los cursos los iba aprobando pero con dificultad. Me resultaba más aburrido todo, a cada año que pasaba, no le encontraba sentido a tener que memorizar, aprender y comprender determinadas asignaturas, temas, materias y lo de evaluar los conocimientos con los criterios que impusiera cada profesor en particular, me parecía algo así como una injusticia, un absurdo, algo arbitrario y subjetivo. En definitiva, no me veía transigiendo con el sistema educativo al uso, menos todavía teniendo que compartir espacio y horas con el resto de la gente, esa sociedad que ya empezaba a dejarme claro el hecho de que yo no formaba parte de ella, como si fuese una especie de extraterrestre, totalmente diferente a ellos, opuesto al resto del mundo, sin nada en común.

Intenté hacerme querer, valorar o estimar. Aunque me costaba horrores fui a varias excursiones y viajes de fin de curso, pero a cada experiencia que intentaba me topaba con la cruel realidad, como si se interpusiera, entre mi mente y mi alma, una especie de barrera invisible, un muro infranqueable. Llegué a convencerme a mí mismo de que yo no pertenecía a este mundo, ni a esta época de la historia, ni menos aún a la sociedad en la que se suponía que debía integrarme.

El último curso, en 1993, decidí intentarlo por última vez. Iría, gracias al esfuerzo económico de mis padres (que entonces, por fin, empezaban a intentar comprender lo que me pasaba y por qué era como era), al viaje fin de carrera. ¡Tenía tantas ilusiones puestas en eso, tantas esperanzas de romper mi burbuja interior, de ser uno más!; todo salió al contrario de lo que esperaba.

Adolescencia

Para empezar, el grupito de compañeros al que creía perternecer, me dejaron fuera del mismo cuando tuvieron que elegir con quién compartir unos bungalows que nos asignaron en zona de playa. Me supo muy mal, me sentí perdido, temeroso, inseguro, desvalido y desorientado.

Luego, cuando salíamos por la noche, ese mundo de la “marcha” y la “movida” nocturna que desconocía totalmente, me resultó abrumador, desconcertante, intimidatorio, terrible. Intentaba hacer lo mismo que los demás: beber alcohol (gran error), bailar (algo parecido a la danza de la lluvia india) y dejar que alguna chica se acercara a mí (siempre he sido bien parecido, modestia aparte), pero sin terminar de comprender nada, no me enteraba de si debía hacer o decir esto o aquello. Me dejaba llevar por esos compañeros, pero no sabía muy bien por qué ni con qué motivo. Resumiendo, todo fue decepcionante y, lo peor, abusar del alcohol y no descansar en condiciones provocó una especie de desorientación espacial, era como si no supiera dónde me encontraba, no ya de noche, sino también de día. Tenía que recurrir a que uno de esos compañeros me acompañase (valga la redundancia) en los paseos y salidas que nos quedaban durante el día. Me sentía mareado, confuso, con sensación de gran torpeza y como si mi mente se quedara en blanco siempre.

Cuando volví de ese viaje mi madre se alarmó por verme así y no sabía el motivo. Decidió que acudiera al médico de familia a consultar, el cual me derivó al psiquiatra y al psicólogo a la vez. Esa fue mi primera toma de contacto con los especialistas de la mente, cuando me explicaron los motivos y las causas de mis problemas: tenía fobia social y tendencia a la depresión. Empecé con tratamiento farmacológico (antidepresivo y ansiolítico), para después complementarlo con el psicólogo (terapia cognitivo-conductual, tareas de exposición en sociedad, etc.).

He de reconocer que en cuanto empecé a notar cierta mejoría, abandoné ambos tratamientos y dejé de asistir a las consultas de mis especialistas, pensando que ya no serían necesarios,¡qué equivocado estaba! La soberbia, típica por otra parte de esas edades, me llevó por el camino equivocado al hacerme creer que podría mantenerme sin ayuda externa, simplemente con mi razonamiento interior y algo de fuerza de voluntad. Siempre he rehuido la toma de cualquier tipo de medicamento, no soportaba tener que depender de la química externa a la que se generase mi propio organismo, en este caso, más concretamente, mi mente. La serotonina es la que impulsa o, al contrario, su falta o escasez de segregación coarta la toma de decisiones, los impulsos emocionales y de aventura; ahora lo se, pero entonces lo desconocía, no quería creer en esos “cuentos”,¡cuán misteriosa y enrevesada es la mente humana!, todo un Universo en miniatura.

El nuevo reto que se me presentaba era el de encontrar mi primer empleo e introducirme en el mercado laboral. Mi primera experiencia en ese terreno, al principio, no fue del todo negativa. Yo todavía tenía 17 años, seguía siendo muy ingenuo y quería creer que “todo el mundo es bueno”, y que se darían cuenta de que yo, a pesar de mi timidez e introversión, era también buena persona.

acoso

Trabajé en un almacén durante el verano para cubrir suplencias por vacaciones. Fue un choque para mí, pero pensaba que aprendería todo lo necesario para que me ayudase a desenvolverme por la vida, a la vez que me permitiría alcanzar, algún día, cierta estabilidad económica. No fue así. Siempre he empezado bien en la mayoría de trabajos que he realizado (han sido muchos, incontables), pero el final solía ser traumático y abrupto. Unas veces me sentía abrumado por la competencia entre compañeros de trabajo y la brusquedad de las órdenes por parte de los superiores; otras veces, directamente, fui objeto de acoso laboral puro y duro.

Han pasado los años, he conocido el amor verdadero, he tenido muchas oportunidades de mejorar y de alcanzar metas que creía imposibles, pero he seguido cometiendo los mismos errores, dejando que me machacasen demasiadas veces, incluso tanto que llegué a protagonizar un intento de suicidio. Eso ocurrió en mi último trabajo, cuando el acoso de varias compañeras y la incomprensión de los jefes de personal me provocaron fuertes ataques de ansiedad y llegar a pensar que mi vida no tenía sentido.

Ese amor verdadero lo perdí, dejé que la relación se estropeara por mi evitación, dejándola plantada sin aviso y excusa alguna en varias ocasiones. Era una relación variable, cambiante, de subidas y bajadas permanentes, en la que el peso de la misma lo llevaba yo, con lo cual ella terminó dejándome y pidiéndome que no la buscara ni contactara nunca más. Todo esto provocó una nueva recaída, de la que todavía perdura el recuerdo amargo de algo que fue tan bonito y se perdió por mi culpa.

Resumiendo, me encuentro sin trabajo desde hace más de dos años (el último lo dejé, aburrido de pasarlo mal, incluso renuncié a un último contrato de un año de duración). Sin pareja, aunque intento mentalizarme que eso no es para mí, que nadie podrá aguantarme.

Futuro Próxima Salida

Ahora vivo en mi mundo particular. Apenas salgo a la calle, aunque me he acostumbrado a acudir a diario a la Biblioteca Pública del Estado en mi localidad, en donde me siento más o menos a gusto. Rodearme de libros, revistas, películas, música, etc., ese es mi mundo. Siempre aprendiendo algo nuevo, curioseando entre libros y más libros. También salgo cuando tengo que hacer la compra y algún recado.

Mantengo la misma medicación desde hace años (un ansiolítico y un antidepresivo, con esporádicas tomas de otro ansiolítico puntual en momentos de picos de ansiedad); eso sí, dejé de acudir a consultas ya que veía que no avanzaba, estaba demasiado encerrado ya en mi mundo como para creerme capaz de romper esa zona de confort y exponerme más ante la sociedad y el mundo exterior. La medicación no consigue eliminar todos los males, aunque alivia bastante, ya que sin ella apenas podría descansar por las noches en condiciones y tampoco me atrevería a salir a la calle, aunque sólo sea de manera limitada.

Siento un gran temor en lo que se refiere a la reincorporación al mercado laboral, más aún, dadas las características que lo definen en la actualidad (precariedad laboral, altísima competencia, abusos de poder y autoridad, pérdida de poder adquisitivo y cotización, etc.).Empiezo a pensar que no merece la pena volver a intentarlo por enésima vez, que las “ventajas” no me compensan en relación a los inconvenientes que siempre me ha supuesto todo lo relacionado con los trabajos y la interacción con compañeros, jefes, público, etc.

Es triste, además de carecer del carácter socializador que se le supone a todo ello, pero ya he renunciado a tantas cosas, materiales y emocionales, que creo que esa es la decisión más “razonable” para mí. No seré amado por alguien ajeno a mi mundo, ni me parece que encaje en ningún trabajo y grupo social de cualquier tipo. Sólo puedo aspirar a intentar sobrevivir el tiempo necesario para poder ayudar a mi madre, acompañarla y despedirme de ella cuando tenga que dejar este mundo. Después…ya se verá.

Mi vida transcurre de esta manera, intentando mantenerme a flote con las pequeñas cosas que forman mi mundo particular, mis aficiones, mi madre, mis escasísimos amigos (muchos de ellos virtuales, a los que no conozco en persona) y afortunadamente con la comprensión, apoyo y bondad que me brindan los amigos de la asociación AMTAES, que he descubierto desde hace poco tiempo y que cada día que interactúo a distancia con ellos me sorprenden gratamente; pero sobre todo, me hacen sentir menos solo y más valorado y apreciado por una pequeña fracción de la sociedad, al menos.

Muchas veces pienso:”Ojalá las personas, tanto la que me han hecho daño, como las que me han llegado a conocer alguna vez, y a las que he amado y apreciado, pudieran mirar el mundo a través de mis ojos”.No es nada sencillo, bucear en mi mente e intentar comprender el motivo de mis decisiones o de la falta de ellas. Siento una tremenda impotencia por ello, no suelo encontrar las palabras correctas que pueda expresar lo que siento, lo que pienso y lo que hago (los tres pilares fundamentales en los que se apoya la problemática de la fobia social).

Sólo soy capaz de aportar parte de mis experiencias, vivencias, ideas y miedos a quien quiera escucharme; si de esta manera logro ayudar a que se difunda este problema, a que otras personas se identifiquen con ello y empiecen a buscar ayuda y a trabajar para mejorarse a sí mismos, me sentiré entonces tremendamente satisfecho por aportar mi granito de arena y dejar, a un pequeñísimo nivel, mi particular y humilde legado a la humanidad, o al menos a una parte menor de la sociedad, aunque desgraciadamente compruebo que el número de afectados por fobia social va en aumento: toda una cuestión para reflexionar y para que empiecen a meditar nuestros dirigentes, políticos, médicos, empresarios, trabajadores, profesionales varios, en definitiva, la SOCIEDAD en global, acerca de qué estamos haciendo los unos con los otros, hacia dónde se dirige esta civilización y este sistema que parecen empeñados en olvidar sus orígenes, en definitiva, su HUMANIDAD.

No escribo este documento para buscar compasión o que me transmitan la pena y el dolor personas desconocidas. Si lo hago, es por intentar que se  conozca y comprenda cómo puede llegar a ser, a sentirse, a vivir este problema que, en general, conocemos como fobia social, con sus muchas variantes o derivaciones psíquicas existentes.

Publicado en Ansiedad, Asociación, Fobia Social, Testimonio | 8 comentarios

Trastornos psicopatológicos asociados a la fobia social

Lo que sigue es un resumen del artículo titulado «Ansiedad y fobia social: comorbilidad con otros trastornos psicopatológicos en población adulta e infanto-juvenil» publicado en C. Med. Psicosom, 79 / 80 – 2006, siendo los autores:

Ihab Zubeidat. Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico. Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (España)

Juan Carlos Sierra y Antonio Fernández Parra. Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico. Universidad de Granada (España)

T

La comorbilidad, también conocida como morbilidad asociada, es un término utilizado para describir dos o más trastornos o enfermedades que ocurren en la misma persona. Pueden ocurrir al mismo tiempo o uno después del otro. La comorbilidad también implica que hay una interacción entre las dos enfermedades que puede empeorar la evolución de ambas.

Algunos estudios epidemiológicos (Magee et al., 1996; Schneier et al. 1992) informaron de un porcentaje comprendido entre el 19 y el 29% de los casos en el que la fobia social se presenta de forma aislada. Esto quiere decir que existe un 70-80% de pacientes que, además de la ansiedad social, presenta al menos otro trastorno psicopatológico diagnosticado (Lecrubier, 1998).

La comorbilidad de la fobia social con otros trastornos agrava la sintomatología, provocando niveles elevados de deterioro e interferencia, y dando lugar a un porcentaje alto de suicidio entre los pacientes con trastorno de ansiedad social comórbido frente al puro (Ballenger et al., 1998; Davidson et al., 1993).

Como resultado de la elevada comorbilidad, aparece un alto porcentaje de pacientes aquejados de fobia social que buscan tratamiento (Kessler et al., 1998; Magee et al., 1996; Schneier et al., 1992).

Concretamente, se ha observado que los trastornos comórbidos con la fobia social más frecuentes son los trastornos de ansiedad, los afectivos y los referentes al abuso de sustancias tóxicas con porcentajes de 56,9%, 41,4% y 39,6% respectivamente (Magee et al., 1996).

Otros trastornos comórbidos con la fobia social son: el trastorno de personalidad por evitación (Holt et al., 1992; Ramos et al., 2002; Turner et al., 1992) y el trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad (Ramos et al., 2002).

Además, la fobia social suele ir acompañada de otros problemas, tales como los déficit en habilidades sociales, la falta de asertividad y la baja autoestima (Baños et al., 2003).

Por otra parte, la tarea de determinar la comorbilidad de la fobia social con otros trastornos psicológicos requiere la distinción clara entre este trastorno y otros con los que puede ser confundido. El alcance de este objetivo resulta más complejo de lo que a simple vista pueda parecer, suponiendo varias dificultades que hay que hacer frente.

Por un lado, existen cuadros clínicos cuyos síntomas pueden ser confundidos con los de la fobia social, tales como la timidez u otros trastornos de ansiedad; por otra, muchas veces no se sabe bien si los trastornos que van asociados a la fobia social son la causa de la misma o su efecto, o simplemente se trata de dos entidades clínicas independientes que se presentan en la misma persona.

COMORBILIDAD DE LA FOBIA SOCIAL EN POBLACIÓN ADULTA

Gokalp et al. (2001) encuentran que un 51,7% de los fóbicos sociales fue diagnosticado con otro trastorno comórbido, de entre ellos un 12,6% presentaba trastorno de pánico y un 10,3% agorafobia.

Dentro de la población adulta, la fobia social se asocia con la agorafobia y con la fobia específica, con más frecuencia con que otros trastornos de ansiedad (Angst, 1993; Lépine y Pelissolo, 1996).

Los cuadros depresivos se asocian frecuentemente con la fobia social, existiendo la posibilidad de que ésta sea la causa de los mismos (Perrin y Last, 1993). Se ha documentado que los sujetos con fobia social, de edad comprendida entre 15 y 54 años,  tienen una probabilidad entre dos y tres veces mayor de padecer depresión mayor o un trastorno distímico (Kessler et al., 1999).

Se ha demostrado que un 41,1% de las personas con fobia social tuvo una historia de al menos un trastorno afectivo (Magee et al., 1996).

En general, la fobia social se presenta antes que la depresión mayor (Schneier et al., 1992; Wittchen et al., 1999) en un 70,8%  En esta línea, Wilson y Rapee (2005) defienden que la depresión comórbida de los sujetos con fobia social está asociada a incrementos en la interpretación negativa de los eventos sociales.

Strauss y Last (1993) encuentran un porcentaje de 10% de los pacientes con fobia social que cumplían los criterios diagnósticos de la depresión mayor. Así, Beidel et al. (2000) indican que un 8% de los fóbicos sociales también sufrían depresión mayor, superando ligeramente al 7,2% obtenido por Stein et al. (2001). Essau et al. (1999) aportan porcentajes significativamente más altos, de 23,5% y 5,1% para el episodio depresivo mayor y el trastorno distímico, respectivamente.

En España, se han informado de porcentajes del 30% para el episodio depresivo mayor y del 20% para el trastorno distímico (García-López, 2000; Ramos, 2004; Ruiz, 2003).

En relación al consumo de sustancias, los pacientes con fobia social usan el alcohol como un medio para reducir su miedo en situaciones de interacción social (Lépine y Pelissolo, 1996). Los problemas asociados al consumo del alcohol están presentes en un 23,6% de las personas con fobia social frente a un 8,6% del grupo control (Weiller et al., 1996).

Respecto al uso de otras sustancias, se ha observado que un 17% de los aquejados de fobia social utilizaba ansiolíticos, otro 17% beta-bloqueantes  y un 17% tomaba antidepresivos (Sanderson et al., 1987). Un 35,7% de una muestra de adolescentes y adultos era fumador regular y un 18,7% presentaba dependencia de nicotina (Sonntag et al., 2000).

También, los individuos con fobia social pueden sufrir un deterioro en las habilidades sociales. No obstante, los resultados obtenidos no han sido concluyentes e, incluso, a menudo contradictorios, sin poder comprobar si el déficit en las habilidades sociales en los fóbicos sociales se debe a una inhibición o a la falta de éstas (Rapee, 1995).

No obstante, no se puede afirmar la inexistencia de un deterioro en las habilidades sociales en la fobia social (Baños et al., 2003) pues Sareen et al. (2004) informan de una asociación significativa entre algunos trastornos de ansiedad (como la fobia social) y algunos diagnósticos de comportamiento antisocial.

Asimismo, es muy frecuente detectar entre las personas con fobia social niveles bajos de autoestima, aunque la asociación entre ambos problemas no se da necesariamente en todos los casos. En esta línea, Leary y Kowalski (1995) defienden que la relación entre la baja autoestima y la fobia social es posible una vez que el individuo se valore como incapaz de mostrar la imagen social deseada y aceptar que va a ser evaluado negativamente por los demás. En el mismo sentido Baños y Guillén (2000) afirman que, a pesar de la posible asociación entre fobia social y baja autoestima, sería inadecuado establecerla como un criterio diagnóstico; a menudo, los sentimientos de inferioridad de los sujetos con fobia social aluden exclusivamente al ámbito de la competencia social sin implicar otras áreas.

Por último, la relación existente entre la ansiedad y la ejecución de diferentes tareas ha sido muy estudiada. Eysenck (1979) ya había informado que el rendimiento de las personas puede ser perturbado por el alto nivel de ansiedad experimentado por las mismas, especialmente en tareas complejas (por ejemplo, tareas cognitivas frente a motoras). Se ha propuesto que la focalización de la atención en uno mismo y las preocupaciones resultantes de la valoración de la propia persona pueden llevar a este deterioro en la ejecución de tareas (Baños et al., 2003).

COMORBILIDAD DE LA FOBIA SOCIAL EN NIÑOS Y ADOLESCENTES

En general, la comorbilidad de los trastornos de ansiedad en la adolescencia con otros trastornos psiquiátricos es alta (Essau, 2003), presentando casi la mitad de los adolescentes otros cuadros psiquiátricos.

El patrón comórbido más común es el de los trastornos de ansiedad con depresión, mostrándose en un 72% de los adolescentes (Essau, 2003); así, los adolescentes con trastornos comórbidos muestran un mayor estrés que los que tienen trastornos de ansiedad puros.

La comorbilidad en adolescentes puede tomar dos formas (Ballesteros et al., 1996). Una primera, transversal, donde tienen lugar determinados trastornos concurrentes o asociados de corta duración y otra, longitudinal, apareciendo en ella dichos trastornos en periodos de tiempo mucho más largos.

Se ha demostrado la eficacia de la modalidad de tratamiento cognitivo-conductual multicomponente para adolescentes con fobia social generalizada comórbida con otros trastornos.

La asociación entre dos o tres trastornos agrava más la sintomatología e incrementa el deterioro académico y laboral; la fobia social actúa como un trastorno primario frente a los asociados, siendo necesaria la intervención precoz (Ballesteros et al., 1996).

Además, se ha comprobado que la mitad de una muestra de niños y adolescentes con fobia social presentó un trastorno depresivo mayor primario (Last et al., 1992).

En España, los adolescentes presentan unos porcentajes de comorbilidad de la fobia social con la fobia específica del 75%, con la ansiedad generalizada del 27%, con el trastorno de angustia/pánico con agorafobia del 14%, con el trastorno obsesivo-compulsivo del 9% y con el de estrés postraumático del 7% (García-López, 2000; Ramos, 2004; Ruiz, 2003).

Del mismo modo, los trastornos relacionados con el consumo del alcohol a menudo tienen lugar con posterioridad a la fobia social (Clark, 1993), pudiendo ir asociados al consumo de otras sustancias. Por ejemplo, se obtuvo un 23,50%, en población comunitaria adolescente, con una historia de abuso o dependencia del consumo de alcohol y de otras sustancias tóxicas legales e ilegales (Essau et al., 1999), siendo este porcentaje significativamente más alto que el proporcionado en España (10%) (García-López, 2000; Ramos, 2004; Ruiz, 2003).

Por su parte, Clark et al. (1995) encuentran que un 22% de los adolescentes hospitalizados por abuso y dependencia de alcohol también reúne los criterios diagnósticos de la fobia social.

En definitiva, parece que la fobia social puede desencadenar tanto trastornos depresivos como otros de consumo y abuso de sustancias; muchas veces, la sintomatología llamativa relacionada con estos trastornos asociados puede enmascarar el trastorno primario de ansiedad social (Ballesteros y Conde, 1999).

Hasta la fecha, existen pocos estudios que relacionen los trastornos alimentarios con la fobia social. No obstante, se ha observado en clínica que los pacientes con trastornos de la conducta alimentaria muestran mayor probabilidad de padecer fobia social (Lecrubier et al., 2000).  Bulik et al. (1997) encuentran que la bulimia nerviosa se asociaba significativamente a fobia social, apareciendo la primera con anterioridad a la segunda, mientras que la asociación entre la anorexia nerviosa y la fobia social era menos frecuente.

CONSECUENCIAS DE LA COMORBILIDAD

Dentro de la categoría de “pacientes con fobia social” se da una gran variabilidad, dependiendo del modo en el que éstos resultan afectados por el problema, pudiendo manifestar desadaptación y sufrimiento.

Cuando la fobia social implica a varias situaciones sociales, el 90% de las personas afectadas experimenta problemas durante su desempeño laboral, disminuyendo este porcentaje en un 30% en los individuos que temen una única situación social, como por ejemplo hablar en público (Olivares et al., 2004).

Generalmente, la ausencia de comorbilidad hace que los individuos con fobia social no busquen un tratamiento para su problema (Roca y Baca, 1998). Por el contrario, la presencia de los trastornos comórbidos incita a los pacientes a acudir a consulta (Schneier et al., 1992), observándose que un 28,9% de los fóbicos sociales con comorbilidad acude a terapia frente a un 5,4% con trastorno de ansiedad social puro.

Weiller et al. (1996) informan que el porcentaje de suicidio es significativamente mayor cuando se trata de pacientes que padecen además de fobia social un trastorno de depresión mayor.

Las personas con ansiedad social experimentan un deterioro significativo en el ámbito social, educativo y vocacional (Schneier et al., 1994), y niveles bajos de calidad de vida (Safren et al., 1997).

slide_39

 

CONCLUSIONES

– La comorbilidad de la fobia social con otros trastornos psicopatológicos en la edad adulta está bastante estudiada. Entre los trastornos más prevalentes en la asociación con la fobia social se mencionan otros trastornos de ansiedad, los trastornos afectivos, la depresión mayor, el abuso de sustancias, el trastorno de personalidad por evitación y el trastorno obsesivo-compulsivo. En la mayoría de los casos, la fobia social parece preceder al inicio del trastorno comórbido.

– El estudio de la comorbilidad en la infancia y la adolescencia es más complejo que en la edad adulta. Los escasos estudios que se han realizado al respecto en la población infanto-juvenil han informado, en su mayoría, de asociaciones comórbidas entre la ansiedad social y otros trastornos de ansiedad (tales como la ansiedad excesiva, ansiedad por separación, por evitación y depresión). Existen otros datos sobre una asociación entre la fobia social y los trastornos referentes al consumo del alcohol y de otras sustancias tóxicas, aunque dicha relación no está tan, ya que no se sabe si el consumo se produce con anterioridad o con posterioridad a los miedos sociales.

– Parece ser que el deterioro en la vida social, académica y laboral se va incrementando conforme aumenta el número y el tipo de situaciones sociales temidas; es decir, la presencia de miedo a ciertas situaciones complejas de interacción social, típico de la forma generalizada de la fobia social, acarrea consecuencias más negativas en el funcionamiento (educativo, social, profesional, personal, etc.) de las personas que la existencia de otro tipo de situaciones simples de actuación, características de una forma social específica.

Publicado en Ansiedad, Depresión, Diagnóstico, Fobia Social, psicologia, Salud mental | 2 comentarios

Historia de mi vida (1): La infancia

Testimonio de una amigo de la Asociación AMTAES que amablemente ha escrito un breve resumen de su vida. Esta es la parte dedicada a la infancia:

Me llamo Javier,  tengo 41 años y desde los 13 años convivo con la fobia social, asociada a un Trastorno de la Personalidad por conducta Evitativa (TEP) y estados depresivos recurrentes.

Desde que tengo uso de razón me recuerdo a mí mismo como un niño exageradamente tímido, retraído e inseguro. Mi madre siempre me protegía del exterior (chicos ruidosos, violentos, mal encarados, etc.). En las fotografías siempre aparezco parapetado por detrás de ella, como queriendo ocultarme del ojo curioso de la cámara y de quien se encontraba detrás de la misma.

timidezApenas me relacionaba con escasos compañeros del colegio (en los recreos y en clase, no en la calle), con mi familia, mis primos y poco más. Tampoco era muy hablador, siempre pensaba que se iban a reír de mí o que haría el ridículo con cualquier cosa que dijera u opinara. Recuerdo haber quedado una tarde con uno de mis compañeros de clase para ir a su casa a jugar. Mi madre me dijo que no llegara a casa más tarde de cierta hora. El caso es que, distraído e impresionado por la cantidad de juguetes de este amigo (en casa éramos 5 hijos y sólo tenía nómina mi padre, con lo que tampoco es que nos sobraran los “caprichos”), no me dí cuenta de la hora. Cuando llegué a casa (no se pasaría más de una hora de la acordada) mi madre estaba nerviosa, exageradamente preocupada y con mala cara. Me dijo que no lo volviera a hacer, ya que le dio por pensar que me había pasado algo malo. Ese recuerdo me marcó de por vida, me asustó verla así de preocupada, aunque por mi extrema sensibilidad, tal vez exageré esa anécdota.

Entre la timidez, la falta de amigos y el ambiente opresivo en casa y los problemas familiares varios, la vida pasaba y mi infancia, a pesar de todo, la recuerdo con agrado, fue bonita y la disfruté, sobre todo cuando íbamos al pueblo de mis padres y jugaba con mis primos y sus amigos. No me sentía tan diferente a ellos, era un niño más, incluso siempre estaba sonriente y tenía mucha vitalidad, además de ser especialmente cariñoso con toda mi familia.

timido

Llegamos al año 1987. Tengo 13 años. Mi abuela materna enferma de gravedad. Estaba muy unido a ella, todos los años me quedaba con ella en el pueblo, en verano, durante un mes entero. Eso suponía para mí algo parecido a estar en el paraíso. Además, la adoraba, ella también me quería mucho, supongo que era consciente de lo diferente que era este nietecito suyo. Pero murió en Diciembre. Fue mi primera experiencia con la muerte, un concepto que desde pequeño me intrigaba, asustaba y desconocía, todo a la vez. No sabría explicarlo, pero creo que siempre he tenido un alma de filósofo y pensador.

Supuso un duro golpe, entendí qué significaba morir: cuando íbamos al pueblo, mi abuela ya no estaba, no podía verla, hablar con ella, besarle, dejarme acariciar. Tuve sueños relacionados con mi abuela durante años. Soñaba que la veía, que hablaba con ella, que me explicaba lo que le había pasado y que siempre seguiría viéndola, estaría presente para mí, aunque no pudiera verla cada vez que iba al pueblo.

Mi rendimiento escolar, ejemplar hasta entonces, comenzó a empeorar sustancialmente. Los profesores y el director del colegio llamaron a mis padres (aunque sólo fue mi madre, como siempre) para hablar con ellos y saber el motivo de este cambio a peor. Yo apenas era capaz de hablar con los profesores, me imponían mucho respeto, incluso miedo diría, a pesar de que todos fueron excelentes profesionales y los recuerdo con aprecio.

Entre todos, profesores, padres, familia, etc., lograron que superase ese golpe y bache personal, pero las secuelas permanecen desde entonces. Seguía “hablando y viendo” a mi abuela en mi “mundo de fantasía”, de manera onírica. Pero estaba claro que algo no estaba bien dentro de mí y mi vida siguió siendo de timidez, introversión, miedos, inseguridad y evitando las invitaciones de compañeros de clase y de la familia (primos, tíos).

Recuerdo que lo peor para mí de esa etapa en el colegio eran las clases de gimnasia. Me hacían sentir muy torpe, como si no supiera coordinar mis pensamientos con los movimientos que requerían realizar mis extremidades. Era como si algo estuviera “desconectado” entre mi cerebro y mis pies y manos .También en clase de plástica o manualidades salía a relucir esa misma sensación de torpeza manual. Tampoco ayudaba que, desde pequeño mis padres me dijeran lindezas tales como que era un “torpón, un “manazas”, o lo que peor me sentaba, que “había que meterme en la cabeza las cosas a cucharadas”(es decir, que parecía alelado, que no me enteraba de nada y como si fuese retrasado mental). Incluso a veces mi padre me soltaba un rotundo:”Parece que tuvieras manos de cerdo”, todo relacionado con mi torpeza manual y motora, sin que tuviese ningún tipo de problema físico, claro.

El colegio terminó (recuerdo en la fiesta de finales estar apartado del jolgorio, mirando cómo los demás bailaban, se reían, hablaban de temas que yo desconocía y me resultaban extraños, ajenos a mi ser: malos recuerdos),y se me presentaba un nuevo reto, enorme para mí en esa época: el cambio del colegio al instituto….  CONTINUARÁ

 

Publicado en Fobia Social, Testimonio, Timidez | Etiquetado , , | 5 comentarios