Tu mirada puede transformar a las personas

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Los “terapeutas” no son siempre profesionales debidamente formados

Alerta

Profesionales de la Psicoterapia han avisado durante III Jornadas Nacionales de la especialidad, celebradas en Madrid, de que los ‘coachs’ o ‘terapeutas’ no son siempre profesionales debidamente formados, por lo que han destacado la necesidad de concienciar a la población de que si necesita una atención psicoterapéutica de calidad debe acudir a un experto en la materia.

“La formación es imprescindible de cara a una buena información y a garantizar el tratamiento adecuado para los pacientes, y que estos sepan a quién dirigirse para su propia seguridad y tranquilidad”, ha aseverado la directora del Centro de Psicología Biem, Rocío Ramos-Paul.

Para ello, la directora del centro de Psicología Álava Reyes, María Jesús Álava Ruiz, ha subrayado la importancia de proteger a los ciudadanos de las pseudociencias informando sobre qué es y no la Psicología.

 

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En este sentido, los expertos han alertado de que la falta de regulación de la Psicoterapia en España permite que personas con ansiedad o riesgo de suicidio sean evaluadas y tratadas por cualquiera.

De hecho, en España 9 de cada 10 personas han padecido estrés en el último año y 4 de cada 10 lo ha hecho de manera frecuente o continuada, porcentaje que equivale a casi doce millones y medio de españoles. “Paradójicamente, muchos de ellos serán tratados por personas sin la cualificación y formación mínimas exigibles”, han lamentado los expertos, para señalar que la falta de regulación de la psicoterapia en España abre las puertas a que cualquier persona “trate” problemas tan graves como la ansiedad, la depresión o a que evalúe el riesgo de suicidio de un posible paciente, sin contar con la cualificación y la formación necesarias, y sin ningún tipo de garantía profesional.

“Solo profesionales bien capacitados para ejercer la psicoterapia pueden dar esta ayuda y, por desgracia, abundan los charlatanes que se arrogan esta práctica profesional poniendo en riesgo la salud de los pacientes”, ha apostillado el presidente del Consejo General de la Psicología de España, Francisco Santolaya Ochando.

REGULAR LEGALMENTE LA PSICOTERAPIA

Por eso los expertos en el ámbito llevan años insistiendo en la necesidad de regular legalmente la Psicoterapia, entendiendo por ello que es imprescindible establecer, como así está sucediendo en diferentes países de nuestro entorno, una definición de competencias, de requisitos de formación y de límites en la práctica que garanticen la calidad de las intervenciones y la seguridad de las personas que acuden en busca de ayuda.

Asimismo, hacen hincapié en la importancia de regularla más allá de cómo se encuentra actualmente en el Sistema Nacional de Salud, ya que consideran que se hace mención a ella de manera “muy genérica”. “Solamente así podremos luchar contra el intrusismo”, ha apostillado la directora del Centro de Psicología Área Humana, Julia Vidal Fernández.

De esta forma, prosigue, se podría garantizar la calidad de las intervenciones, siendo avalada esta calidad por una apropiada formación teórica y práctica en los fundamentos de la Psicoterapia, que serán implementados por un profesional experto en el ámbito.

Y es que, según la European Federation of Psychologists Associations, la Psicoterapia es un área de la Psicología aplicada practicada por la profesión de psicólogo, y señala que “los psicólogos que practican la Psicoterapia cuentan con una formación que incluye supervisión y poseen competencias demostradas en teorías validadas científicamente sobre las emociones, cogniciones y conductas humanas y en torno a los procesos de desarrollo, estando debidamente capacitados en la aplicación científica de los métodos de cambio basados en estas teorías”.

Sin embargo, a pesar de estas afirmaciones, en España se dan una serie de circunstancias que entran en “contradicción rotunda” con sus planteamientos como, por ejemplo, el ejercicio de las funciones propias de la Psicoterapia sin una formación rigurosa que aporte calidad a las intervenciones, la escasez de ética en la práctica profesional y, principalmente, una falta de regulación en nuestro ámbito nacional y europeo de la Psicoterapia que reconozca el papel central de la Psicología en ella.

FUENTE: elEcomomista.es

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La intervención psicológica es mucho más que tratar síntomas

Jim van Os formó parte del grupo de profesionales que evaluó la sección dedicada a la psicosis del manual psiquiátrico DSM-5 (se trata de uno de sus grandes críticos) y es editor académico de la revista científica ‘PLOS ONE’.

En una entrevista publicada en la Sección Alma Corazón y Vida de El Confidencial, Jim van Os explica cuáles son sus ideas para mejorar las perspectivas de los pacientes en un momento en el que las enfermedades mentales parecen cada vez más prevalentes.

Extraemos aquí el siguiente resumen:

¿CUAL ES LA SITUACIÓN ACTUAL SOBRE LA ATENCIÓN EN SALUD MENTAL?

Poco a poco vemos que hay cada vez más debate y reflexión sobre lo que ocurre en los servicios de salud generales y en psiquiatría. Se está viendo que los servicios están fragmentados, son episódicos, reactivos e insuficientes. Sobre todo, están desconectados de los objetivos de los pacientes, que deberían ir más allá de tratar los síntomas, y ayudarles a participar en la sociedad y reinventar su identidad y los objetivos que dan sentido a la vida.

Esta desconexión es algo que puede verse en la sanidad en general, se tratan los síntomas pero no se solucionan las enfermedades. El desafío en Europa y en el resto del mundo es cómo llevar a cabo una psiquiatría basada tanto en el conocimiento científico como en el de los usuarios. Se ha hecho un análisis después de 40 años y se ha descubierto que lo que funciona es la atención psiquiátrica que sabe conectar a la gente con otros usuarios y con profesionales, que proporciona un sentimiento de esperanza y en la que todo el mundo trabaja para alcanzar sus objetivos vitales.

Es muy importante ayudar a la gente a que autogestione sus problemas. Ese tipo de conocimiento aún no está incorporado en la experiencia de los profesionales. Lo que necesitamos no son hospitales (bueno, quizá tan solo un poco), sino un servicio de atención de salud mental a pequeña escala y basado en el principio de la comunidad de curación, que esté integrado con los médicos de cabecera, los servicios sociales y sobre todo, que incorpore los principios del conocimiento de los usuarios. Va a ser mucho más democrático y eficaz.

¿QUÉ ESTÁN HACIENDO USTEDES?

Ahora sabemos a través de los metaanálisis de la literatura científica que gran parte de lo que marca la diferencia no son los ingredientes técnicos de los tratamientos, sino cómo lo hacen, cómo es el ritual del tratamiento, el contacto terapéutico, la empatía, saber escuchar, tomarse su tiempo… Muchas cosas que son importantes para hacer un relato empático que ayude a la gente a cambiar. Tratar trastornos mentales no es solo tratar síntomas, sino sobre todo invitar a la gente con poca motivación a introducir cambios en su vida. Pero para eso hay que cambiar la actitud de los profesionales.

Sin embargo, ahora estamos haciendo un truco médico, estamos tratando síntomas sin tratar a la persona. Entonces no salen adelante, no trabajan, no tienen vidas productivas, lo que es mucho más caro para la sociedad.

Padecer un trastorno mental no es tratar los síntomas y ya está. El tratamiento es algo a largo plazo, es decir, se trata de mejorar la resiliencia de forma que la gente pueda manejar su vida a pesar de tener esas vulnerabilidades. También buscar otros objetivos que den significado a su vida. Deben aprender a llevar una vida más allá del diagnóstico.

¿CÓMO DEBE SER EL ENFOQUE?

¿Qué idiomas hablamos pacientes y profesionales? ¿El de las enfermedades y discapacidades? Tenemos que buscar un idioma de la vulnerabilidad y de la posibilidad. Eso se ha hecho en Japón, una sociedad más sensible. Pidieron a la sección de psiquiatría buscar una palabra que no comunicase enfermedad y mal pronóstico, sino vulnerabilidad y posibilidad de crecer y vivir más allá. El cambio también se ha producido en Corea del Sur y Hong Kong, pero el DSM-5 no ha cambiado, aunque lo propusimos, la APA (American Psychological Association) ha dicho que no. LA OMS, que tiene otro sistema de diagnóstico, está debatiendo si van a cambiar y desechar esas palabras que expresan miseria y pesimismo y utilizar otras que son una invitación a la recuperación.

La pregunta es la siguiente: ¿los trastornos mentales son como la hipertensión, es decir, un valor exagerado en un parámetro biológico que todos tenemos? ¿O son como el Parkinson, una patología de degeneración celular? Científicamente sabemos que la psicosis, la ansiedad y la depresión no son enfermedades cualitativamente diferentes a las experiencias que tiene la población, sino que tienen un solapamiento importante con la función normal. Los trastornos mentales son la exageración de procesos mentales y fisiológicos que todos tenemos. Eso no es algo que diga yo, se ha demostrado con estudios en la población sana.

¿CÓMO VE EL FUTURO DE LA ATENCIÓN PSICOLÓGICA?

Creo que los psiquiatras y psicólogos no tienen ni idea de lo que va a ocurrir, pero sospecho que gran parte del tratamiento va a realizarse fuera del campo médico, trabajando con usuarios con entrenamiento, con familiares y profesionales. Hay que integrar la experiencia de los profesionales dentro del campo de la atención primaria. Eso se llama, según la OMS, el modelo de atención primaria extendida. Y no solo va a ocurrir en psicología, también en otras especialidades.

Se necesita primero un servicio de salud pública para tratar a la gente con un poco de ansiedad, de depresión o de adicción. Nosotros estamos montando una e-community, una comunidad ‘online’ de gente que ha tenido la misma experiencia que tú y que te ayuda a buscar y elegir lo que va mejor contigo.

La formación de los psiquiatras y psicólogos se va a centrar mucho más en que sean instrumentos de cambio entrenados para llevar a cabo el ritual profesional y de curación, en lugar de aprender conocimientos técnicos para ser aplicados. Ahora pensamos que si haces las cosas técnicas bien, puedes tratar a todo el mundo, pero no es así. Quizás entonces ya no necesitemos psiquiatras y psicólogos, sino más personas con experiencia que sepan llevar a cabo ese ritual de curación, pero es un enfoque controvertido.

Será más humano y nos formaremos de manera que utilicemos los instrumentos humanos sin dejar por completo lo técnico (psicofarmacología, psicoterapia). Los usuarios van a ser mucho más activos dentro de los servicios de salud mental.

Fuente original

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Conductas de seguridad

Desde el punto de vista comportamental, las personas con trastorno de ansiedad social (fobia social) anticipan y evitan las situaciones sociales temidas, mientras que otras personas las afrontan pero recurren a “conductas de seguridad”, es decir, conductas con las que intentan protegerse de un modo u otro para atenuar o suprimir la ansiedad. Las conductas de seguridad atenúan la ansiedad a corto plazo, pero la refuerzan a medio y largo plazo.

Algunas de las conductas de seguridad pueden ser:

  • Recurrir a otras personas para que hagan cosas por ellos.
  • Evitar mirar a los ojos o desviar la mirada.
  • Apartar la mirada si cree que alguien le va a preguntar algo.
  • Apoyar las manos en algún lugar por si tiemblan.
  • Meterse las manos en los bolsillos.
  • Cruzarse de brazos.
  • Evitar ciertas personas, lugares o ambientes.
  • Evitar hablar con los demás; hablar poco o nada; hablar ininterrupidamente para evitar silencios; hablar muy deprisa o muy despacio; hablar sólo de un tema que se domina.
  • No saludar; ignorar a los demás; no participar.
  • Escapar y refugiarse en el cuarto de baño; mojarse la cara en el baño.
  • Lavarse las manos.
  • Ponerse la mano delante de la cara.
  • Tensar los músculos fuertemente para no temblar.
  • Apretar vasos y cubiertos al cogerlos.
  • No comer determinadas comidas por miedo a hacer el ridículo.
  • Beber mucha agua.
  • Dejar de escribir cuando alguien se acerca.
  • Ocultar la firma de documentos con la mano.
  • Pagar en efectivo para evitar pagar con tarjetas.
  • Preparar excusas para justificar comportamientos.
  • Tomar alcohol o ansiolíticos.
  • Situarse de forma estratégica en reuniones (ej. sentado al final de la clase, en extremos o laterales).
  • Ensayar cuidadosamente lo que se va a decir al mismo tiempo que se está hablando.
  • Revisar y evaluar el discurso propio.
  • Tratar de imaginarse como “está quedando” ante el otro.
  • Despistarse o distraerse pensando en otras cosas.
  • Broncearse o maquillarse para que no se note el rubor.
  • Usar ropas anchas y frescas para que no se note el sudor.
  • Caminar encorvado o agachando la cabeza.
  • Estrujar las manos, jugar con ellas, agarrárselas, juntarlas.
  • Esconder las manos tras la espalda.
  • Manipular un objeto con la mano para descargar la ansiedad (ej. bolígrafo).
  • Tics y hábitos nerviosos variados: mover una pierna, frotarse los ojos y la cara, tirarse del pelo, cruzar las piernas, pellizcarse, morderse las uñas, etc.
  • Caminar auto-observando y controlando cada paso que se da.
  • Dar la razón en todo, evitar discutir.
  • Evitar sonreír; mantenerse serio o distante.
  • Ser el primero o el último en llegar a cierto lugar (ej. una clase)

Tomado de Trastorno_de_ansiedad_social

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Psicoterapia basada en la evidencia

Psicoterpia

Traigo aquí una información que me parece fundamental para que los propios afectados por trastornos psicológicos y, en particular, por trastornos de ansiedad, tengamos una parte activa en cualquier terapia psicológica dirigida por un profesional de salud mental.

El texto que sigue ha sido tomado del Blog de Elena Miró: Terapia Psicológica Basada en la Evidencia. Su autora es Doctora en Psicología y Profesora Titular de Universidad del Dpto. de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada. Especialista en Psicología Clínica y de la Salud he desarrollado actividad clínica en diversos centros, entre ellos  la Clínica de Psicología de la Universidad de Granada.

LA PSICOTERAPIA BASADA EN LA EVIDENCIA

La Psicoterapia Basada en la Evidencia se refiere a aplicar un tratamiento psicológico (hacer Psicoterapia) teniendo en cuenta los resultados de lo que la investigación científica ha demostrado que es más eficaz en cada problema. Aunque pueda parecer obvio que las decisiones psicoterapéuticas debieran tomarse así, no siempre es el caso. A veces uno puede estar demasiado ocupado para actualizarse y optar por confiar en lo que aprendió cuando se formó o, en ocasiones, simplemente es una cuestión de que tal técnica o enfoque es el que a uno le gusta y con el que se siente cómodo, al margen de la evidencia.

Desde el año 1952 sabemos que convertir la Psicoterapia en un “arte”, desvinculada del método científico, permite un avance muy limitado. En ese año, Hans J. Eysenck, una importante fígura en el ámbito de los tratamientos psicológicos, efectuó una revisión de todo lo publicado hasta esa fecha sobre resultados de la Psicoterapia (en aquella época la mayoría de lo que se aplicaba era Psicoanálisis). Eysenck encontró que la mayoría de las personas que recibían Psicoterapia estaban igual que los grupos de comparación que no recibían tratamiento, por lo que concluyó que el efecto de la Psicoterapia era igual al producido por el mero paso del tiempo sin intervención alguna.

Desde entonces, no han dejado de desarrollarse nuevas formas de tratamiento psicológico, más fundamentadas en la tradición experimental de la psicología, que han ofrecido resultados claros sobre su eficacia en problemas tanto de índole física como mental. Importantes meta-análisis (análisis estadísticos que sintetizan los datos de los estudios existentes sobre un determinado tema) efectuados en la década de los años 70 demostraron que la nueva Psicoterapia más cercana a la ciencia si funcionaba. Las personas que recibían tratamiento lograban más mejorías que el 75% de los grupos no tratados o que recibían placebos. Un placebo es cuando la intervención se basa en los elementos comunes a toda relación clínica como escuchar, dar apoyo, etc. sin emplear técnicas activas específicas.

Pero quedaban muchos interrogantes por resolver, como ¿qué tratamiento psicológico es mejor? Si lo que intentamos encontrar es ¿qué enfoque de tratamiento psicológico es superior o mejor siempre? la respuesta a la que llegaríamos puede contestarse, como hizo L. Luborsky en 1975 y otros autores posteriormente, con el famoso veredicto del pájaro Dodo de Alicia en el País de las Maravillas “todos hemos ganado y todos merecemos tener premio”.

Los investigadores descubrieron entonces que un planteamiento mucho más fructífero era el de intentar encontrar qué tratamientos psicologicos eran los mejores para problemas concretos. Nótese que a finales de los años 80 existían en el mercado más de 400 psicoterapias distintas. Se imponía la necesidad de discriminar entre tal cantidad de opciones en función de su eficacia. Además, en los países desarrollados el mayor acceso de los ciudadanos a los sistemas de salud empezaba a generar un enorme gasto público. Emplear los tratamientos más eficaces era un deber inexcusable no sólo por razones éticas y deontológicas (los pacientes merecen recibir el mejor tratamiento posible) sino porque los profesionales tienen un compromiso con el sostenimiento del sistema sanitario, utilizando los recursos disponibles con prudencia y racionalidad. En 1989 el Congreso de los Estados Unidos creó una nueva agencia federal, la Agency for Health Care Policy and Research, con el objetivo de determinar la eficacia de los tratamientos para trastornos específicos y elaborar guías de tratamiento para ellos. Este movimiento afectó en primer lugar a los tratamientos médicos y luego a la terapia psicológica.

En el caso de esta última, en el año 1993 la Division 12 (Clinical Psychology) de la American Psychological Association (APA), creó un grupo de trabajo (Task Force on Promotion and Dissemination of Psychological Procedures) que hasta la fecha ha publicado tres informes, entre los años 1993-1998, en los que figura un listado de los tratamientos identificados como eficaces para distintos trastornos psicológicos. En estos informes un tratamiento está empíricamente validado, o según la denominación más reciente, cuenta con apoyo empírico cuando está avalado por al menos dos estudios rigurosos (normalmente con diseño de ensayo controlado aleatorizado) y realizados por equipos de investigación independientes que demuestran que es superior a la opción de no recibir tratamiento, a un placebo psicológico, o mejor o equivalente a otro tratamiento bien establecido.

Es importante tener en cuenta que las listas están abiertas, en revisión continua, de forma que un tratamiento puede no estar recogido por no disponer de suficiente investigación sobre su eficacia y resultar incorporado cuando se efectúe investigación sobre el mismo.

Las citadas listas supusieron un gran avance pero tomadas de forma aislada tienen ciertas limitaciones. Algunas de las principales es que provienen de estudios con un alto nivel de control a nivel de investigación y, por tanto, cuyas condiciones no son siempre extrapolables a la vida real y también que suelen centrarse en pacientes con diagnósticos puros de un determinado tipo, lo que igualmente presenta limitaciones para su generalización a casos más complejos o mezclados de varias patologías. Si tomamos las listas en plan de “receta de cocina” podemos equivocarnos y deben emplearse en combinación con el juicio u opinión del clínico.

En el año 2005 surge el movimiento de Práctica Basada en la Evidencia que sigue siendo el marco de referencia actual (Task Force on Evidence-Based Practice in Psychology). La Psicoterapia Basada en la Evidencia intenta mejorar la calidad de la atención clínica, con los menores costes posibles, integrando la mejor evidencia disponible con las habilidades del psicólogo en el contexto de las características del paciente, su cultura y preferencias. La Práctica Basada en la Evidencia parte de las preferencias y características del paciente e intenta determinar qué evidencia ayudará al psicólogo a alcanzar los mejores resultados en ese caso concreto con esas circunstancias. Esta evidencia incluye, pero no se limita, a las listas de tratamientos con apoyo empírico. La investigación ha demostrado que además del tratamiento, la relación terapeútica y las características del psicólogo y del paciente influyen en los resultados de la terapia.

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Figura 1. Modelo sobre cómo tomar decisiones clínicas en el contexto de la Práctica Basada en la Evidencia (adaptado de Haynes et al., 2002).

A pesar del enorme esfuerzo hecho por los investigadores, esta infomación aun no ha logrado el calado social esperable y falta mucho por hacer. Emplear el dinero público con racionalidad debiera implicar utilizar los mejores recursos de tratamiento disponibles. Pero por desgracia abundan las situaciones en que las decisiones sobre el tratamiento a aplicar se basan en otro tipo de intereses y no en criterios de eficacia. Por ejemplo, a pesar de que los psicofármacos tienen efectos secundarios, una eficacia más que dudosa para tratar la mayoría de alteraciones psicológicas y cuestan mucho dinero al gobierno, se siguen recetando de forma abusiva. Para mejorar la calidad de los servicios de salud y reducir sus costes hay que lograr que los profesionales empleen tratamientos basados en la investigación.

Diversas instituciones públicas y privadas han desarrollado bases de datos que permiten conocer las guías de tratamiento con apoyo empírico y los últimos avances de forma actualizada y rápida (ver enlaces al final). Estos recursos son importantes tanto para los profesionales como para los pacientes. Para los profesionales porque dado el volumen de información que se publica cada año facilitan el estar al día de los últimos avances científicos. Para los pacientes, aun menos informados, porque el acceso a esta información les permite tener un papel más activo en la toma de decisiones sobre su cuidado.

Algunas de las guías de tratamiento más importantes pueden consultarse en los siguientes enlaces. La mayoría son instituciones internacionales que ofrecen sus documentos en inglés. Los tres últimos enlaces son recursos elaborados en España en castellano, el último de ellos es el que está más actualizado.

American Psychological Association. Permite el acceso a la información ofrecida por las distintas subdivisiones de la APA. De interés, la División 12: Society of Clinical Psychology; División 25: Behavior Analysis; División 29: Psychotherapy, División 38: Health Psychology y División 52: Internacional Psychology.

National Institute for Health and Care Excellence. Uno de los lugares más claros y actualizados en los que consultar guías clínicas basadas en la evidencia sobre salud psicológica y problemas sociales.

British Psychological Society. Otra de las instituciones más importantes para consultar guías de tratamientos psicológicos con base empírica.

Campbell Collaboration. Esta organización ofrece datos sobre la eficacia de distintas técnicas de intervención en el área social, educativa y del comportamiento.

Cochrane Collaboration. Ofrece información sobre tratamientos eficaces para problemas de salud médica y psicológica.

National Guideline Clearinghouse. Esta página intenta recopilar la información de las distintas guías clínicas existentes en distintas áreas de la salud y permite realizar comparaciones de los resultados ofrecidos por cada una.

Los siguientes documentos están en castellano:

Documento de la Sociedad Española de Psicología Clínica y de la Salud

Red Iris sobre Psicología Clínica Basada en la Evidencia

Programa para la difusión de guías de tratamiento del Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud (SNS)

 

¿COMO SE TRATA LA FOBIA SOCIAL?

Algunas personas con ansiedad social piensan que sus dificultades reflejan una especie de defecto personal o “fallo del carácter” y no saben que se trata de un problema clínico reconocido que puede resolverse de forma eficaz.

La decision de ir a terapia puede ser problemática para las personas con fobia social. Las estadísticas muestran que solo la mitad acude a consulta y suele hacerlo después de 15-20 años sufriendo el problema. Cuanto más tardes en buscar ayuda, más sufrimiento gratuito experimentado.

Si es necesario, el psicólogo puede tomar ciertas medidas al principio (p. ej., dar la cita en un momento en que no haya nadie más en la sala de espera, dar la opción de empezar la comunicación por vías distintas del cara a cara como teléfono o Internet, etc.).

La opción más recomendada de tratamiento en las actuales guías de Práctica Clínica Basada en la Evidencia es la terapia cognitiva-conductual basada en el modelo de Clark, Wells o Heimberg, que puede aplicarse de forma individual o en grupo.

La terapia cognitivo-conductual es un tipo de enfoque que se centra en los síntomas actuales del paciente, concede importancia en su explicación a la relación entre los pensamientos, los sentimientos y las conductas, e intenta que las personas resuelvan sus problemas adquiriendo nuevas habilidades que les permitan afrontar mejor sus dificultades.

Para el caso de la fobia social, este tratamiento incluye los siguientes elementos:

  • Información sobre la ansiedad social. Entender las características del problema, los factores que lo mantienen, etc. y sentirse identificado con eso, es un primer paso relevante para dar sentido al tratamiento que se desarrollará. 
  • Entrenamiento en habilidades sociales. Si se detecta que la persona tiene un deficit en alguna habilidad social (p. ej., no sabe decir no, recibir críticas, expresar sentimientos negativos, mantener conversaciones, etc.) se entrenan y practican estas habilidades. 
  • Entrenamiento en relajación. Un tratamiento sólo basado en relajación o mindfulness para tratar la ansiedad social no es eficaz. Por tanto, éste no es un elemento presente en la mayoría de las guías clínicas. No obstante, si la persona lo necesita puede incluirse algún procedimiento de relajación como la respiración abdominal como ayuda antes de afrontar las situaciones a las que habrá que exponerse. 
  • Reestructuración cognitiva. Se centra en sustituir los pensamientos negativos que inhiben las conductas socialmente habilidosas por pensamientos más realistas y adaptativos que fomenten conductas sociales. 
  • Experimentos conductuales. Suelen programarse ejercicios o experiencias que permitan a la persona comprobar los efectos negativos de mantener ciertas actitudes, pensamientos o conductas. Por ejemplo, un ejercicio para demostrar el impacto negativo que tiene en una interacción social que uno esté pendiente de su cuerpo, de si se pone nervioso, etc. frente al efecto de focalizar la atención en la otra persona. Los ejercicios se pueden grabar en video para después dar feedback sobre la ejecución. 
  • Exposición graduada a situaciones sociales. Cuando el problema ya no radica en las habilidades sociales y se han desarrollado actitudes más positivas ante estas situaciones hay que empezar a afrontar poco a poco todas las posibles situaciones que generan ansiedad. Algunas de estas situaciones pueden trabajarse en la propia consulta pero se acompañarán de tareas sociales que la persona tiene que realizar en su ambiente.

Para los pacientes que insistan en recibir medicación en vez de terapia psicológica se recomienda explorar qué preocupaciones tienen en relación al tratamiento (p. ej., le da vergüenza tener que contar sus experiencias al psicólogo…).

Faltan estudios bien controlados sobre los efectos a largo plazo de los fármacos en fobia social. Además de los efectos secundarios habituales y los riesgos de recaída al dejar la medicación, puede aparecer sensación de inquietud o agitación lo que intensificaría los síntomas de ansiedad social. El uso de medicación en niños o adolescentes está contraindicado y explicitamente no recomendado por los estudios disponibles.

Tampoco funcionan otras posibilidades que circulan por Internet para controlar la sudoración excesiva y el enrojecimiento facial, como administrar toxina botulínica o una intervención llamada simpatectomía torácica, que no disponen de apoyo en estudios serios y pueden ser perjudiciales.

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La ayuda mutua entre ratas

En un experimento se demuestra que las ratas ayudan a sus congéneres bajo estrés de forma altruista y empática.

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Los animales pueden exhibir muestras de lo que llamamos sentido de la justicia o incluso empatía.

Uno no pensaría que este tipo de sentimientos tan “humanos” puedan ser expresados por las ratas, pues nuestros prejuicios dotan a estos animales de muy mala reputación. De este modo, decimos que las ratas son las primeras en abandonar el barco.

Puede ser que estemos equivocados y que las ratas sean mejores que algunas personas y que, aunque abandonen un barco que se hunde, no abandonen de ahogarse a sus congéneres incluso a costa de no comer chocolate, al menos en el ambiente controlado del laboratorio.

Todo empezó con un estudio publicado en 2011 por parte de Peggy Mason (University of Chicago) en el que se afirmaba que las ratas tenían empatía por sus congéneres.
En ese estudio se tenía atrapada una rata en un tubo (algo que le producía bastante estrés) y sólo podía ser liberada gracias a la ayuda de un congénere, que no estaba bajo esa restricción, si accionaba un mecanismo. El experimento demostraba que, efectivamente, la rata libre liberaba a la rata cautiva en el tubo.

Los escépticos señalaron en su día que, en realidad, no se trataba de empatía. Como a las ratas les gusta la compañía, en realidad lo que sucedía era que la rata liberadora no sentía el estrés de la otra y no trataba de evitar su sufrimiento, sino que sólo buscaba su compañía.

Para tratar de dilucidar este punto, el grupo de Kwansei Gakuin (Universidad de Japón) diseño un experimento distinto. En el nuevo dispositivo se situaba a una rata en uno de los compartimentos de un sistema de dos. En ese recinto había agua y la rata se veía obligada a nadar, algo estresante para el animal. En el otro recinto, que estaba seco, había otra rata que podía ver lo que ocurría.

Aunque no había riesgo de ahogamiento, la única manera de evitar estar nadando todo el tiempo era que la segunda rata empujara una puerta para que la rata en el agua pudiera ir a sitio seco.

Después de unos días las ratas aprendieron cómo accionar el mecanismo y, efectivamente, ayudaron a las ratas que estaban en el agua. Pero, y esto es lo interesante, no ayudaron a las ratas en el mismo compartimiento cuando no había agua. Por tanto, las ganas de tener compañía no era lo que les hacía ayudar al otro, pues las ayudaban sólo cuando estaban en situación de estrés.

Además, las ratas que ya habían pasado por la experiencia de estar a remojo en esas condiciones, ayudaban más rápidamente a sus congéneres cuando las tornas cambiaban. Los investigadores dicen que esto significa que no solamente reconocían mejor la situación estresante en el otro si ya habían pasado por ella, sino que estaban más motivadas porque recordaban lo que era estar en esa situación.

No contentos con el resultado, los investigadores pusieron la capacidad de empatía de las ratas al límite ofreciendo chocolate a cambio de no ayudar a la compañera. La rata en el recinto seco podía elegir entre abrir la puerta a la compañera en remojo o abrir la puerta a un trozo de chocolate.

Las ratas que ayudaron a sus compañeras a cambio de renunciar al chocolate pasaron del 50% al 80% con el tiempo. Esto sugeriría que para las ratas el impulso de ayudar a un congénere es superior al más básico de alimentarse con una golosina.

Este resultado nos induce a pensar que la empatía no apareció en humanos de la nada o por condicionamientos culturales, sino que sería algo más innato que ha sido favorecido lentamente por la evolución.

Copyleft: atribuir con enlace a http://neofronteras.com/?p=4674

Fuentes y referencias:
Artículo original
Foto: Sato, N. y colaboradores, Animal Cognition (2015).

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Psiquiatría NET

Psiquiatría en Internet

Conviviendo con fobia social

Es difícil para muchas personas gestionar el día a día cuando se convive con ansiedad y en concreto con aquella que está asociada a la convivencia con la sociedad. Este blog está dedicado observar dicha convivencia y superar los distintos obstáculos que se van presentando en el proceso.

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