Pseudoterapias para los trastornos psicológicos

Hay un artículo de César González-Blanch Bosch, publicado en la sección Opinión de elDiario.es del 13 de marzo de 2019 que creo define muy bien el término pseudoterpia.

Se entiende por pseudoterapia cualquier práctica orientada a la mejora de la salud que no cuenta con respaldo empírico que avale la eficacia con la que se presenta. Un concepto difícil de delimitar y mudable, pero que recoge algo de la realidad asistencial a la que se ven expuestos los pacientes, ya sea por profesionales sanitarios titulados o por embaucadores más o menos convencidos de su método.

En el campo de la psicología clínica, hay constatación empírica por ensayos clínicos controlados de la eficacia de algunos tratamientos psicológicos en una gran variedad de problemas y trastornos mentales. Disponemos de numerosa investigación que avala que el tratamiento psicológico es eficaz en la comparación con la no intervención, el placebo y el tratamiento habitual. También sabemos que es más recomendable que el tratamiento psicofarmacológico, tanto por el balance beneficio-riesgo como por sus efectos a largo plazo, en una parte importante de los trastornos mentales más prevalentes, como los relacionados con la ansiedad o la depresión.

Sin embargo, del escaso tercio de las personas con un trastorno mental que llega a contactar en el último año con los servicios sanitarios, sólo una minoría recibe algún tratamiento psicológico, por lo general combinado con psicofármacos. Esto es atribuible en gran medida a la infradotación de profesionales de la psicología clínica en los hospitales y, en especial, en Atención Primaria

Sabemos que de entre aquellos que acceden a un tratamiento psicológico, hay un número de casos, siempre difícil de determinar, que acaban siendo tratados con prácticas cuestionables, ya sea porque éstas no tienen apoyo empírico alguno o porque no lo tienen para el problema del paciente, pero que se presentan como tratamientos validados. De los varios centenares de variantes psicoterapéuticas, una sustancial mayoría no ha sido sometida nunca a un examen riguroso de su eficacia. 

También se observa en las encuestas a profesionales que la mitad de los psicólogos nunca siguen manuales de tratamiento de psicoterapias basadas en la evidencia; o que, por ejemplo, apenas un tercio de los terapeutas que aplican la terapia cognitivo-conductual en los trastornos de ansiedad, que es la que cuenta con mayor apoyo empírico, utilizan técnicas de exposición, pese a ser éste un componente clave en la eficacia del tratamiento.

Las pseudoterapias psicológicas pueden resultar problemáticas por distintas razones. Primero, porque pueden causar daños per se, como en el caso de las terapias que sugestionan falsos recuerdos, que han motivado cientos de denuncias contra psicoterapeutas en los EEUU. Segundo, y más comúnmente, porque alejan al paciente de las terapias de las que razonablemente pueden esperar algún beneficio. Y, por último, porque merman el prestigio social de la profesión y la confianza en sus fundamentos científicos.

Las pseudoterapias psicológicas existen y hay que hacer lo posible por ponerles coto. Esto no va en contra de procedimientos nuevos o no probados; lo que significa es que éstos deben ser escrutados para determinar si soportan el rigor de las pruebas científicas. En la práctica clínica, los procedimientos sin la suficiente contrastación de su eficacia, aunque sus escuelas tengan honda raigambre en el campo de las psicoterapias, tampoco deberían presentarse como si fueran terapias validadas como primera línea de tratamiento.

Relaciono algunas pseudoterapias psicológicass, de las recogidas en la lista de la Asociación APETP https://www.apetp.com/index.php/lista-de-terapias-pseudocientificas/, son usadas para los trastornos de ansiedad, pero habría que advertir que sus resultados no están validados científicamente.

Acupuntura, Aromaterapia, Constelaciones familiares, EMDR (Desensibilización por medio de movimientos oculares), Flores de Bach, Hipnoterapia, Homeopatía, Medicina holística, PNL (Programación neurolinguística, Psicoanálisis, Psicología transpersonal, Reiki, Shiatsu, Técnica de liberación emocional (EFT), Terapia Gestalt o humanista.

Por último, conviene hablar del Coaching, que en realidad no es ninguna terapia pero que puede ser la tentación para un enfermo en busca de soluciones. Lo que sigue es un resumen de lo publicado en http://psicorockgia.com/pautas-distinguir-psicologo

Estamos en una época globalizada, donde es habitual escuchar eso de “cuando algo se pone de moda se le empieza a denominar en inglés”: running, fitness, speaking y COACHING. Como si llamar a algo con su traducción inglesa lo hiciera mejor o de más calidad. Esta área característica de países anglosajones especialmente, tenía un espacio de trabajo en los entornos profesionales como formadores y motivadores (animadores más bien) que trabajaban el logro de objetivos con metodologías «paso a paso». La traducción exacta de la palabra es “entrenador”.

Cuando me refiero a los coach, estoy hablando de personas que sin tener la formación obligatoria en psicología ejercen como tal, justificándose en cursos de Coaching para realizar terapias y tratamientos de trastornos mentales. 

Habrá psicólogos que se formen en coach para complementar su formación y es estupendo. El problema es que hay miles de intrusos que están usando esa excusa para tratar la salud mental: engañando, sobrepasándose y perjudicando a personas a corto o largo plazo.

Procedimiento de un coach:

Me autodenomino coach con varios, uno o ningún curso en supuestas escuelas de formación o internet.

– Creo un método, casualmente con un marketing detrás brutal (edición de video, webs trabajadísimas, trajes, ningún fallo, etc.) y lo vendo para solucionar tus problemas.

– No aclaro si mi método sirve para la ansiedad, o para “tus problemas” sin importar cuál sea. Sirve para todo: mejorar tu vida, convertirte en el líder de tu vida, ser un ganador y demás eslogans. 

– Vendo un pack infalible, a menudo de un serie de sesiones por unos cuantos cientos de euros.

– Genero un alivio inmediato que la psicología ha demostrado surge en cualquier contexto de ayuda donde una persona se exprese o desahogue: por ejemplo tomando un chato de vino con tu prima la del pueblo y contándole tus problemas.

En el siguirnte enlace se puede revisar los tipos de psicoterapias: https://psicologiaymente.com/clinica/tipos-terapias-psicologicas

Lectura recomendada: https://www.elperiodico.com/es/ciencia/20190113/psicologos-denuncian-intrusion-pseudociencias-7242305

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Eficacia del tratamiento psicológico de los problemas de Fobia Social

Estas son las conclusiones de un reciente artículo de Francisco Ballesteros y Francisco J. Labrador, publicado en la revista “Clínica y Salud”, editada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid e indexada en el prestigioso Journal of Citations Reports.

Se seleccionaron pacientes mayores de 18 años, con fobia social (FS) como diagnóstico principal, que recibieron tratamiento para este problema entre 1999 y 2012. 

En este estudio, y en consonancia a lo que recoge la literatura (Haro et al., 2006; Olivares-Olivares, 2011), la edad de los pacientes con FS es baja, situándose la media alrededor de los 30 años.

En relación al estado civil, el 80% de la muestra son solteros, dato congruente con lo hallado en otros estudios (como Labrador et al., 2010).

Aunque lo habitual en los trastornos de ansiedad es que una amplia mayoría de los pacientes (alrededor de dos tercios) sean mujeres, en la muestra utilizada, aunque el porcentaje de éstas es también mayor, no han aparecido diferencias en función del sexo. Estos datos coinciden con lo señalado por la literatura para la FS, pues aunque la incidencia de este trastorno en la población general es mayor en mujeres, en la población clínica aparece un cierto equilibrio en función del sexo (Caballo, Salazar, Garrido e Irurtia, 2016). El hecho de que proporcionalmente, con respecto a la población general, en las muestras clínicas estén más representados los hombres puede ser explicado por los roles más activos exigidos a éstos por la sociedad, tanto en el ámbito social como en el laboral.

Con respecto a la toma de medicación, el porcentaje de personas que lo hace al inicio del tratamiento es reducido (18.5%) y lo más curioso es que el 50% está tomando antidepresivos y sólo un 10% ansiolíticos. Esto puede señalar o bien lo inespecífico de la medicación en la FS o bien los altos grados de comorbilidad habituales en este trastorno, lo que a menudo lleva a prescribir medicación para emociones desadaptadas distintas y comórbidas a las de la FS.

La reducción de la ingesta de fármacos es importante en el grupo que finaliza el tratamiento con alta, pasando de un 16% al inicio a un 3% al final, siendo este cambio significativo, aunque el escaso número de pacientes con información al respecto hace difícil llegar a una conclusión definitiva.

A pesar de que en la literatura se subrayan elevados porcentajes de trastornos comórbidos, señalándose en algunos casos hasta un 70% (Fehm, Beesdo, Jacobi y Fiedler, 2008), en este estudio sólo el 21.6% de los pacientes presenta un trastorno comórbido, lo que parece un valor contenido. Estos valores reducidos de comorbilidad justifican el uso de los tratamientos que se han mostrado eficaces en el ámbito de la investigación en el que los pacientes se escogen por no presentar comorbilidad. No obstante, cabe considerar que si la muestra correspondiera a un contexto clínico más amplio que el meramente experimental, presumiblemente redundaría en resultados con menor efectividad ya que, como señalan Ortiz (2015) en su revisión, la gravedad de los síntomas de ansiedad de la FS y su respuesta al tratamiento y el deterioro de la persona en varias áreas vitales se ven agravados cuando existe comorbilidad con otro trastorno.

El análisis de los resultados terapéuticos señala que han obtenido el alta terapéutica el 60.8% de los pacientes. Si de la muestra inicial se restara a los que no finalizan el proceso de evaluación (baja), este porcentaje alcanzaría el 65.95%, es decir, dos tercios de los que sí inician tratamiento obtienen el alta. Estos resultados están dentro de los porcentajes (próximos a 70%) de mejora cuando se usan los TEA en el ámbito de la investigación (Forand, Evans, Hagling y Fishman, 2011; Stewart y Chambless, 2009), lo que señala las ventajas de generalizar los TEA al ámbito asistencial.

Con respecto al número de sesiones, la media de 4 sesiones de evaluación resulta muy elevada y el rango amplio (hasta 10 sesiones), señalando, por un lado, lo complicado del trastorno y, por otro, la concomitancia de síntomas o conductas patológicas asociadas. Con respecto a las sesiones de tratamiento, los valores medios son contenidos (20 sesiones), aunque nuevamente el rango es muy amplio (4-45), lo que podría poner de relieve un mayor número de áreas afectadas en algunos pacientes, en especial ese 21.6% con comorbilidad. Asimismo, la media de sesiones de seguimiento es baja, al menos en comparación con los estudios en el ámbito de la investigación; sin embargo se valora el hecho de que existan, dadas las dificultades para mantener el contacto, aun telefónicamente, con los pacientes una vez que éstos alcanzan el alta y perciben mejorías.

La APA señala una duración prototipo de los tratamientos psicológicos para la FS de 12 a 16 (APA, 2010); las guías clínicas (NICE, 2013) o Botella et al. (2003) hablan de 15 sesiones, extensible hasta al menos 23. Los resultados de las intervenciones analizadas en este trabajo señalan al considerar todos los pacientes que iniciaron el tratamiento una media de 16 sesiones de tratamiento, elevándose esta media a 20 sesiones para los que finalizaron como altas, es decir, valores similares a los mencionados en las propuestas de referencia. Nuevamente se confirman resultados de efectividad próximos a los de eficacia y la ventaja de generalizar los TEAs al ámbito aplicado.

Por lo que respecta a la frecuencia de abandonos (31.4%), parece un tanto elevada, al menos en comparación con estudios de eficacia. Así, Taylor (1996) señala una tasa de abandonos del 12.2-18%. Sin embargo, la literatura al respecto pone de relieve que los abandonos en el ámbito asistencial suelen ser más elevados. Así se señala que una vez comenzado el proceso terapéutico un 27% de abandonos se da entre la 4ª y la 8ª sesión y un 17% abandona después de la 8ª sesión de tratamiento (Bados, Balaguer y Saldaña, 2007Moré, Huidobro, Rodríguez y Holgado, 2002). De acuerdo con estos datos, los abandonos en este estudio no son especialmente elevados y se sitúan entre los habituales (e incluso más bajos) en las consultas de salud mental.

El dato relativo al porcentaje de bajas, esto es, personas que acuden a alguna sesión de evaluación sin llegar a iniciar el tratamiento, es de 7.8%. Este dato es similar al 8.2% encontrado en muestras más amplias y con diferentes diagnósticos en clínicas asistenciales (Fernández-Arias, Bernardo de Quirós, Labrador y Labrador-Méndez, 2016).

Estas cifras relativamente elevadas de abandonos y bajas ponen de relieve la necesidad de generar tratamientos no sólo eficaces y efectivos, sino también breves y directos, que permitan solucionar los problemas plateados por los pacientes en pocas sesiones (Labrador, 2012). En caso contrario es previsible que se incrementen los porcentajes de abandono. Además, hace tiempo que se señaló que el incremento del número de sesiones no necesariamente aumenta su eficacia (Bergin y Garfield, 1994) y en ocasiones produce mayor rechazo (Wierzbicki y Pekarik, 1993). Una forma alternativa de reducir los abandonos puede ser el añadido de un programa de entrenamiento en HHSS, como señalan los resultados de Herbert et al. (2005) o Beidel et al. (2007).

En cuanto al número de técnicas utilizadas en el tratamiento, aparecen diferencias significativas entre el grupo de altas (8.5 técnicas de promedio) y el grupo de abandonos (3.7 técnicas de promedio). Es decir, en el grupo de altas se han aplicado el doble de técnicas. Es de esperar que sea menor el número de técnicas aplicadas en los pacientes que abandonan, dado que han completado un menor número de sesiones (7.7 frente a 20). Pero estas diferencias cuantitativas no parecen conllevar diferencias cualitativas, pues la dinámica de la intervención es similar en ambos grupos, registrándose la incorporación de una técnica al tratamiento cada dos sesiones. Estos resultados no necesariamente deben interpretarse como que a mayor número de técnicas mejores resultados, sino más bien que en el grupo de abandono no se han aplicado todas las técnicas consideradas necesarias. Esta consideración se ve avalada por el amplio rango de técnicas aplicadas en el tratamiento (5-15), lo que pone de relieve, por un lado, la necesidad de adecuarse a las características o necesidades de cada paciente y, por otro, también la necesidad de aprender un número importante de habilidades para manejar las respuestas alteradas de la FS y las de sus consecuencias. Todo ello es congruente con la literatura, cuyos metaanálisis muestran acuerdo respecto a la eficacia de los tratamientos que engloban diferentes técnicas (Sánchez-Meca et al., 2004Segool y Carlson, 2008). Sería interesante poder analizar el porcentaje de varianza explicado por cada técnica, pero esa tarea excede los objetivos del presente trabajo, dada la complejidad que supone no aplicarse el mismo paquete terapéutico a todos los pacientes.

Considerando una a una las diferentes técnicas, se constata que la psicoeducación, como técnica concreta, se usa prácticamente en todos los casos, si bien el número de sesiones en que se utiliza en el grupo de alta casi es el doble que en el grupo de abandonos. Probablemente este dato deba interpretarse como que se ha considerado “psicoeducación” a la explicación o introducción de cada una de las técnicas utilizadas en el tratamiento (más del doble en el grupo de altas), no como que se dedican más sesiones de psicoeducación sobre el problema y tratamiento al inicio de la intervención. Por otra parte, el hecho de explicar detenidamente cada paso, según se van introduciendo las técnicas, puede estar favoreciendo un mejor entendimiento de la dinámica de la intervención, facilitando una mayor sensación de predicción y control y, en consecuencia, una alta adherencia. Las técnicas de control de la activación muestran un patrón similar, habiendo recibido 5 sesiones de promedio el grupo de alta frente a 2.25 el de abandonos.

Las diferencias se incrementan mucho más en el caso de la exposición (8 sesiones en grupo de altas frente a 2 sesiones en el de abandono). Es decir, el uso de la técnica de exposición es 4 veces más frecuente en el grupo de altas. Además, se ha utilizado en casi todas las personas (91%) del grupo de altas. Estos resultados están en línea con lo que señala la literatura: la exposición parece ser la técnica más importante en todos los problemas de ansiedad y en especial en las fobias (APA, 2010DiMauro et al., 2013Goldin et al., 2012Labrador y Ballesteros, 2011NIMH, 2016Power et al., 2008). La reducida presencia de esta técnica en el grupo de abandonos puede subyacer a los escasos resultados obtenidos. Quizá una razón por la que no se llega a aplicar esta técnica sea el temor a la exposición del paciente, o bien no invertir suficiente tiempo en una adecuada explicación de la misma que haga ver a éste el valor de su uso y facilite su aplicación. Es posible que ese temor a la exposición, no adecuadamente afrontado, pueda ser responsable de un considerable porcentaje de los abandonos del tratamiento. Por lo tanto, también estos datos parecen señalar la importancia de la exposición y la conveniencia de dedicar tiempo a su explicación y/o justificación con el paciente. Las técnicas distractoras y la solución de problemas siguen unos patrones similares, siendo usadas casi 5 veces más en las personas del grupo de altas. Con todo, su uso, incluso en el grupo de altas, solo afecta al 55% de las personas y el número de sesiones en que se utiliza está alrededor de una. Son pues técnicas de menor uso en la FS y que parecen menos relevantes para los resultados. Estas parecen más relevantes en tratamientos multicomponentes (Albano y Dibartolo, 2007), pero cuando se analiza la técnica parece que no alcanza mucha eficacia por sí misma (Bados, 2009Caballo et al., 2016Fedoroff y Taylor, 2001Ortiz, 2015).

Por lo que respecta a la reestructuración cognitiva, se ha utilizado en la mayoría de los pacientes de ambos grupos, incluso en el grupo de altas es la técnica más frecuentemente utilizada y a la que mayor cantidad de sesiones se le ha dedicado (media de 9). No parece ser muy discriminativa del resultado de la terapia, pues también se ha utilizado en la mayoría de los pacientes que han abandonado. Este resultado es esperable, si se tiene en cuenta que los problemas de ansiedad, como la FS, en gran parte están mantenidos por procesamiento automático (Brewin, 1996), mientras que la reestructuración cognitiva parece actuar fundamentalmente sobre el procesamiento controlado.

Todo lo contrario sucede con la técnica de EHHSS (entendiendo ésta como el uso completo de todo el procedimiento del EHHSS), utilizada con mucha frecuencia (87.1%) en el grupo de altas y con una duración importante (4.8 sesiones). Parece una técnica muy discriminativa de los resultados, probablemente por facilitar componentes que pueden ser deficitarios en las personas con FS. Una explicación alternativa, dado que en muchas personas con FS sí disponen de estas habilidades sociales, es que o bien no las han puesto en práctica por problemas motivacionales o bien sus elevados niveles de ansiedad en situaciones sociales les impiden practicarlas.

Destaca también la diferencia entre el uso de “otras técnicas” en el grupo de altas y abandonos. El que sean técnicas muy dispares, cada una con objetivos específicos diferentes, señala que casi en todos los casos del grupo de altas (97%) se ha utilizado alguna técnica de éstas, poniendo de relieve la amplia variedad de conductas alteradas en los problemas de FS.

En el análisis de clústers (Tabla 9), las técnicas agrupadas en el clúster como las más frecuentemente utilizadas son control de activación, técnicas de exposición, reestructuración cognitiva, EHHSS y otras técnicas. Parece que entre las más utilizadas hay algunas que no son las que han marcado diferencias importantes entre los grupos de altas y abandonos. Quizá esto pueda señalar el porqué de algunas diferencias en los resultados: el escaso uso de las técnicas más relevantes. Ciertamente se usa exposición, pero no tanto como se debiera, pues siendo la técnica de referencia solo se ha utilizado con el 62% de los pacientes. Algo similar puede decirse del EHHSS (utilizada en el 59%), de las técnicas distractoras (37%) y de la solución de problemas (39%), si bien estas dos últimas no suelen ser consideradas tan relevantes en la FS.

A fin de determinar qué técnicas podrían predecir mejor el alta terapéutica se hizo un análisis de regresión logística multivariada (Tabla 10). Como se puede observar en los resultados, entrarían dentro de la ecuación de predicción de éxito la utilización de técnicas de exposición y la utilización de otras técnicas. Lo primero es obvio dado el acuerdo en la literatura sobre el valor de las técnicas de exposición en problemas de ansiedad en general y en FS en particular pues, como se ha señalado, los problemas que subyacen a este trastorno parecen deberse a alteraciones en el procesamiento automático. Lo segundo, el uso frecuente de otro tipo de técnicas, puede ser explicado por la presencia de otros problemas concurrentes a los que hay que prestar atención clínica, tal vez de forma inmediata, reafirmando la idea de complejidad de este trastorno y cómo puede llegar a influir en los diferentes ámbitos de la vida de la persona (APA, 2013; Katzelnick et al., 2001).

Finalmente, se observa en la Tabla 11 el coste medio para un paciente que alcanza el éxito terapéutico (1,200€, repartidos en 4 sesiones de evaluación, 20 de tratamiento y 1 de seguimiento). Este precio puede parecer elevado, aunque, según Singleton, Bumpstead, O’Brien, Lee y Meltzer (2001) o Acarturk et al. (2009) en trabajos sobre el gasto que supone padecer FS en el Reino Unido y Holanda, el coste medio anual por persona varía entre los 2,000€ y 12,000€, en conceptos como visitas al médico de cabecera, improductividad laboral, visitas médicas a domicilio o días en el hospital, generando mayor carga al sistema el mantener este tipo de miedos. Además, no se pueden comparar directamente los costes señalados para el tratamiento psicológico y el uso de fármacos, pues al precio de los fármacos habría que sumarle los costes en personal y de los centros médicos, también los consabidos efectos secundarios de los medicamentos, así como posibles síndromes de discontinuación, especialmente en los antidepresivos (Bravo, 2002). Estos efectos secundarios y efectos de discontinuación, en ocasiones son tratados o paliados, por una parte, con la prescripción de nuevos fármacos, aumentando el gasto en medicamentos y, por otra, alargando la pauta farmacológica para intentar evitar los efectos antes descritos. El resultado de estas dos estrategias suele llevar aparejado un incremento en el coste económico del tratamiento. Por último, cabe señalar que estos precios se basan en el coste de referencia de venta al público de los medicamentos genéricos, pudiendo cambiar estos precios según le empresa farmacéutica que los suministre.

A estas consideraciones deben añadirse los resultados a largo plazo, pues la toma de fármacos no conlleva el aprendizaje de estrategias para manejar los problemas de ansiedad, factor que sí se trabaja en la terapia psicológica, lo que comúnmente produce que cuando se suspenda el tratamiento farmacológico se corra el riesgo de que el paciente no sepa manejar los primeros síntomas de ansiedad que padezca después del abandono de la medicación, aumentando la probabilidad de recaída frente a la terapia psicológica.

En resumen, el porcentaje de personas que consiguen el éxito terapéutico en clínicas que hacen uso de TEA es similar, y en ocasiones superior, a lo informado por los estudios de eficacia, siendo el número de personas que abandonan prematuramente inferior a los datos existentes en la literatura científica. Apostar por un protocolo de intervención para la FS, en el ámbito aplicado, que incluya las técnicas que se han descrito como efectivas (en la literatura) y discriminativas (en este estudio), es decir, exposición y otras técnicas, con el apoyo flexible de control de la activación, EHHSS, reestructuración cognitiva y solución de problemas, podría hacer que se mantuviera el alto porcentaje de altas y se redujeran los costes del proceso terapéutico, consiguiendo una terapia más directa, focalizada y eficiente. Todo ello promueve la aplicabilidad de este tipo de tratamiento, los TEA, para este tipo de trastorno en el ámbito asistencial, en concordancia con lo expuesto anteriormente en los estudios de eficacia y en las guías clínicas.

Las conclusiones de este estudio pueden verse amenazadas por limitaciones como el número de pacientes de la muestra, así como utilizar una clínica universitaria, aunque hay que recordar que los clínicas universitarias han sido consideradas centros representativos de la práctica clínica (Borkovec, 2004). Asimismo, el propio diseño experimental, un estudio retrospectivo, no permite una selección previa de las variables, además de una pérdida de información en la codificación, trabajando con lo que ya se cuenta. Por otro lado, el hecho de ser un estudio de efectividad hace que no se puedan controlar todas las variables que puedan estar influyendo en la mejora (como por ejemplo los psicofármacos). Esto merma la generalización de los resultados. Sin embargo, todo trabajo es limitado y en éste se han representado las variables que han sido consideradas de máximo interés, abriendo un camino que está por recorrer. Futuros trabajos deberán continuar este trayecto considerando otras variables.

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Lo que nos enseña el Coronavirus sobre la ayuda mutua

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Este es una extracto del artículo publicado por ENRIQUE JAVIER DÍEZ GUTIÉRREZ, Profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de León.

“Solo juntos lo conseguiremos”. “Este virus lo paramos unidos”. “Es el momento de ayudarnos unos a otros”… Todos y todas hemos oído este tipo de mensajes, que se han repetido, desde el inicio de la crisis del coronavirus.

¿Aprenderemos la lección una vez que pase la crisis?

Lo cierto es que el mensaje que han recibido constantemente nuestros niños, niñas y jóvenes, ha sido, hasta ahora, el de la competencia individualista del modelo neoliberal. Un mantra ideológico, eje esencial del capitalismo. Un mantra constante y persistente que se repite en los medios de comunicación, se ensalza en el deporte, se induce en el trabajo, se insiste en la economía…

Sorprende este dogma tan extendido y difundido por la agenda mediática, política y económica, cuando los seres humanos preferimos cooperar a competir en nuestra vida diaria, especialmente cuando buscamos el bien común. Esto es lo que ha demostrado el estudio antropológico de la universidad de Oxford [1].

Sorprende cuando incluso desde la biología, la prestigiosa académica Lynn Margullis, una de las principales figuras en el campo de la evolución biológica, muestra que todos los organismos mayores que las bacterias son, de manera intrínseca, comunidades. Cómo la tendencia es hacia el mutualismo y cómo “la vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación”[2].

El apoyo mutuo, la cooperación, los mecanismos de solidaridad, el cuidado del otro y el compartir recursos son el fundamento de la evolución como especie del ser humano.

Esta realidad, que se nos vuelve obvia en momentos de crisis como ésta, contrasta con los principios y propuestas que rigen el núcleo y finalidad esencial del capitalismo neoliberal: el individualismo competitivo.

Apoyar al grupo, apoyarnos en la comunidad, contrasta con ese dogma de “libertad individual” al margen del bien común.

Estamos comprendiendo, porque lo estamos comprobando y constatando con esta crisis, que esta ideología neoliberal es una fábula, una invención que no tiene fundamento real. Que cuando vienen mal dadas, cuando nos jugamos lo vital y esencial de las sociedades, necesitamos el amparo del grupo, de la comunidad, de la solidaridad colectiva.

Esperemos que la salida de esta crisis sea “una oportunidad” para que el “solo juntos lo conseguiremos” no se olvide tras ella. Y que, sin ayuda mutua, sin cooperación, sin solidaridad y justicia social estamos abocados a la extinción como especie y como planeta.

NOTAS

[1] Scott Curry, O., Mullins, D. A., & Whitehouse, H. (2019). Is it good to cooperate? Current Anthropology60(1), 47-69.
[2] Margulis, L. et al. (2002). Una revolución en la evolución. Valencia: Universitat de Valéncia.

 

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Diagnóstico SI, etiqueta NO

 

Publicado en Diario.es el 16/07/2019

Un estudio reciente de la Universidad de Liverpool ha puesto en cuestión la validez de los diagnósticos. Tras analizar cinco capítulos clave del DSM-5 sobre esquizofrenia, bipolaridad, trastornos depresivos, de ansiedad y traumáticos, los autores han encontrado tanto margen de variación que se están preguntando si sirve para algo hacer diagnósticos específicos, como por ejemplo el de la esquizofrenia, dentro del campo de los trastornos mentales.

Los autores señalan que todos los diagnósticos psiquiátricos siguen criterios diferentes de toma de decisiones. Algunos síntomas, como la agitación, aparecen en varios diagnósticos; hay diagnósticos donde no se valora la importancia del trauma o de los eventos adversos; y, tal vez lo más importante, los diagnósticos dicen poco sobre el caso particular de cada persona y el tratamiento que puede ser útil en función de cada caso. Los criterios actuales de diagnóstico, afirman los investigadores, podrían representar “un sistema de categorización engañoso”.

Según la investigadora principal del estudio, la doctora Kate Allsopp, “las etiquetas de diagnóstico crean la ilusión de una explicación, pero no tienen ninguna base científica y pueden fomentar estigmas y prejuicios”. Allsopp confía en que sus hallazgos sirvan para que los profesionales de la salud mental vayan más allá de los diagnósticos y consideren otras explicaciones del sufrimiento mental, como el trauma y las experiencias adversas.

De acuerdo con su coautor, Peter Kinderman, el “estudio proporciona aún más pruebas de que en psiquiatría el enfoque de diagnóstico biomédico no está cumpliendo su función”. “En la práctica, diagnósticos aceptados generalmente como ‘enfermedades reales’ se hacen siguiendo un modelo inconsistente, confuso y contradictorio con criterios que en gran medida son arbitrarios. El sistema de diagnóstico asume erróneamente que toda angustia es provocada por un trastorno, y confía demasiado en criterios subjetivos sobre lo que es normal”.

¿Se terminarán entonces los diagnósticos específicos en los trastornos relacionadas con la salud mental? ¿O tener una etiqueta y una razón que explique su sufrimiento alivia a los pacientes en las profundidades de su angustia? ¿Son los diagnósticos reduccionistas? ¿Estigmatizan? ¿O son por el contrario un requisito imprescindible para el tratamiento, la protección legal contra la discriminación y el apoyo de las autoridades?

Según el psiquiatra y profesor Simon Wessely, el estudio es la última salva dentro de una antigua pelea de académicos “muy en contra de los diagnósticos y tratamientos que utilizamos y que no parecen ser demasiado partidarios de la psiquiatría y de los psiquiatras en general”. En su opinión, el diagnóstico psiquiátrico es siempre un proceso en construcción, diferente al que se haría de una enfermedad como la tiroides usando solo un análisis de sangre: “El diagnóstico es sólo el comienzo de una serie continuada de encuentros (entre pacientes y psiquiatras) y no excluye una formulación mucho más compleja de acuerdo con las necesidades de cada individuo”.

Si el DSM-5 se usa en Estados Unidos es, según Wessely, porque las aseguradoras no pagan sin una categoría de diagnóstico. En el Reino Unido, donde los médicos de cabecera se ocupan del 90% de los problemas de salud mental y donde no hace falta una etiqueta para el tratamiento, el DSM-5 no se usa casi nunca. Como médica de cabecera británica, debo decir que nunca he visto un formulario DSM-5. Mucho menos, usado.

Pero una cosa es detectar las inconsistencias y limitaciones de un manual y otra rechazar por completo el concepto de diagnóstico. Según Wessely, el diagnóstico es esencial en la práctica médica porque enfermedades diferentes precisan terapias diferentes. “La anorexia no es lo mismo que la esquizofrenia”, señala. Sin una cierta estandarización de criterios, serían imposibles los ensayos clínicos para identificar y probar tratamientos. Como dice Wessely, “dentro de 50 años, usaremos otros criterios, pero seguirá habiendo criterios”.

En un artículo previo también publicado por The Lancet, Allsopp y Kinderman escribieron que en lugar de emitir diagnósticos de “trastorno de personalidad moderada”, los médicos podrían, por ejemplo, dejar constancia de la serie de eventos adversos y dificultades de salud mental experimentadas por el paciente, como posibles abusos sexuales, violencia por parte de la pareja o ingresos bajos, todos factores que pueden llevar (comprensiblemente) al enfado, a un estado de ánimo deprimido y a la autolesión. Se evitaría así la “patologización innecesaria” y podrían brindarse mejores servicios clínicos.

De vuelta en mi rutina diaria como médica de cabecera, me pregunto para qué servirá este acalorado “debate” sobre las formulaciones diagnósticas. Al menos la mitad de las personas que trato tiene un problema primario de salud mental y en todas mis interacciones con los pacientes hay un componente psicológico, incluso cuando llegan con un problema físico. Las etiquetas son útiles algunas veces y otras no.

No hay ninguna polémica si te dicen que un dolor abdominal se debe a que tienes piedras en la vesícula. Está claro que el diagnóstico es sólo un punto de partida para comenzar un plan de acción aceptable para el paciente y para el médico. El diagnóstico de la esquizofrenia debe de ser como el de las piedras en la vesícula: un punto de partida para tomar medidas que alivien el sufrimiento y mejoren el bienestar.

Pero también entiendo a Kinderman: un diagnóstico es una introducción de una sola palabra que no se debe confundir con la historia del paciente. Los médicos, los pacientes y las familias pueden distraerse con las etiquetas y olvidarse de ir más allá. Nadie es un “diabético”, un “esquizofrénico” o un “maníaco-depresivo”. Todos lo sabemos pero se olvida fácilmente. Tal vez Kinderman y sus acompañantes hayan exagerado, pero su advertencia es un correctivo útil para nuestro enfoque hípermedicalizado.

Ann Robinson es médica de cabecera en Reino Unido.

Traducido por Francisco de Zárate

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Beneficios de los Grupos de Ayuda Mutua para avanzar en la promoción e intervención en los trastornos de ansiedad.

En los últimos años se ha registrado un considerable aumento de pacientes que padecen los denominados trastornos de ansiedad. No es malo sentirse ansioso, ya que todos tenemos ansiedad, porque es algo corriente y normal en los seres humanos; sin embargo, esta ansiedad debe establecerse dentro de determinados parámetros para que sea considerada como benévola. Cuando la ansiedad produce un deterioro en la calidad de vida de la persona, ahí estamos frente a un trastorno que difícilmente puede ser resuelto sin ayuda externa.

Los trastornos de ansiedad con criterio diagnóstico son (Tortella-Feliu, 2014): agorafobia, trastorno de ansiedad social, fobia específica, trastorno de ansiedad generalizada, trastorno de angustia, trastorno de ansiedad por separación y mutismo selectivo. Además estrechamente ligados a éstos se encuentran el trastorno obsesivo-compulsivo y los trastornos por estrés postraumático y de estrés agudo. Cada uno de ellos, presentan características particulares, síntomas y efectos, pero tienen el denominador común de la ansiedad. En particular, el trastorno de ansiedad social, también llamado fobia social, suele desarrollarse en la adolescencia y su rasgo distintivo es el temor a ser rechazado o criticado negativamente, por lo cual el afectado evita situaciones sociales que le conduce al aislamiento y a no poder desarrollar buena parte de proyectos vitales.

Es una tendencia natural que las personas afectadas por un problema común tiendan a reunirse, por lo que no es extraño que surjan agrupaciones o asociaciones de personas con experiencia propia en trastornos de ansiedad, bien en calidad de directamente afectados o bien sus familiares. En este contexto, se creó recientemente la Asociación Española de Ayuda Mutua contra la Fobia Social y otros Trastornos de Ansiedad (AMTAES), la única asociación de ámbito nacional, que reúne específicamente a afectados por trastornos de ansiedad Es una asociación sin ánimo de lucro cuyos miembros se prestan apoyo mutuo. Sus principales objetivos son: 1) Facilitar la interacción entre afectados para promover las relaciones interpersonales y resolver tareas cotidianas o problemas que se dificultan por las limitaciones que generan los trastornos de ansiedad; y 2) Ser una plataforma legal para dar a conocer al conjunto de la sociedad la existencia e importancia real de este tipo de trastornos, así como reivindicar la necesidad de abordar medidas para su adecuada prevención e intervención psicológica, siempre en el ámbito de las terapias basadas en la evidencia.

Esta Asociación aporta elementos innovadores que consideramos no se han desarrollado convenientemente en España:

– Reunir los trastornos psicológicos que tienen en común la ansiedad, que son claramente diferenciables de otros trastornos mentales, tal como se refleja actualmente en los criterios diagnósticos de ámbito internacional (DMS, CIE).

– Creación y funcionamiento de Grupos de Ayuda Mutua para los trastornos de ansiedad, en donde los propios afectados avanzan en su recuperación personal y social.

En este artículo recogemos la experiencia, funcionamiento y resultados de los Grupos de Ayuda Mutua (GAM) que se están aplicando en AMTAES como herramienta para facilitar que los propios afectados por trastornos de ansiedad tomen la iniciativa.

  1. Los trastornos de ansiedad desde la visión de los afectados

Desde la perspectiva de los afectados, recogemos seguidamente aportaciones que pueden ayudar a comprender mejor lo que sienten las personas que sufren la fobia social u otros trastornos de ansiedad (Laine Lois, 2016).

La vida es como una noria, tiene sus subidas y bajadas, llena de imprevistos. No hay nada sujeto a control y siempre está en movimiento. Las personas con trastornos de ansiedad tienen estos altos y bajos especialmente marcados y les cuesta aceptar ese descontrol por sus especiales circunstancias derivadas de su problema o trastorno. Su nivel de aceptación del estrés es más bajo, son más sensibles a todo. La fobia social, por ejemplo, implica siempre una ansiedad de base a cualquier hora y momento, provocada  por la anticipación y los pensamientos irracionales. La ansiedad es sinónimo de miedo, siempre hay una amenaza, algún peligro, real o imaginario. No es necesario estar enfrentando directamente una situación social, el miedo llama al miedo, a la ansiedad y a la depresión.

A continuación transcribimos algunas de las frases más representativas en primera persona:

  • “Mi vida es más complicada que la de otras personas, porque los tropiezos que la vida implica se multiplican y si ya es complicada de por sí, estos extras la hacen bastante más difícil”.
  • “Para vivir necesito evitar y parar, en un intento de eliminar parte de esa ansiedad. Es como si buscase vivir en otro mundo o lo intentara”
  • “Mi ansiedad generalizada hace que mi mente siempre vaya a ideas y pensamientos que me hacen sufrir. Cosas tristes que han pasado y cosas futuras que pasarán y que me dan latigazos de dolor y de miedo, fuertes sobresaltos, golpes directos al corazón”.
  • “Necesito evadirme de toda la realidad, todo me trastorna, todo me lastima, quiero todo fuera, barrer mi cabeza. No quiero saber lo que pasa en el mundo exterior. No quiero ver la inestabilidad del mundo en el que vivimos, ni sus tristezas y desgracias. Quiero vivir en una burbuja, donde nadie pueda entrar”
  • “Sé que todos vivimos situaciones complicadas, que la vida es dura, difícil, pero normalmente no estás pensando en ello a cada momento. A mí me perfora la cabeza hasta creer volverme loca y no consigo, no me siento capaz de ser racional y afrontarlo. Intento vivirlo a mi manera, como puedo y las veces que puedo evadir la realidad, lo hago al extremo”.
  • “No me extraña que el término agorafobia venga de la palabra griega ágora = plaza pública. Salir por el portal para mí es como encontrarme de golpe, no sólo en la plaza, sino en un anfiteatro romano, expuesto a los leones y/o al público. He de respirar antes de dar un paso e ir con decisión a tu objetivo”.
  • “Cuando de repente me encuentro con un contacto social inevitable, mi susto y sorpresa se transforma en mi cara de una forma que sorprende a quien lo recibe”.
  • “La fobia social es un problema que nos obliga a vivir en silencio, siendo lo que no somos e inventándonos mil excusas. Cuando lo contamos, a menudo nos resulta muy caro, porque el ser humano tiende a aprovecharse de la debilidad de los otros”.
  • “Es un muro, enorme muro con el que te topas y no puedes seguir. Solo puedes intentar evadir esos pensamientos y duele cuando te dicen que no pones de tu parte”.

Conviene señalar también que en estos momentos el sentimiento de desatención que expresan muchos de las personas con trastornos de ansiedad  respecto a los servicios sanitarios públicos es preocupante. Es por ello que los propios afectados se están haciendo oír en foros, reuniones y congresos en donde se les permite plantear su experiencia y señalar medidas necesarias y urgentes (AMTAES, 2019):

  • Es necesario que se tomen en consideración la importancia de los trastornos de ansiedad, sobre todo por las consecuencias a veces irreversibles en el desarrollo personal de los afectados.
  • Que no se menosprecien, frente a las enfermedades mentales graves, los trastornos de ansiedad, pues no se valora suficientemente las consecuencias adversas para el bienestar psicológico de las personas que los padecen y para la sociedad en su conjunto.
  • Que se escuchen las inquietudes, problemática y necesidades de los afectados, especialmente en lo que se refiere al derecho que tienen de recibir una atención psicológica especializada, personalizada y eficaz.
  • Que se apueste por mejorar la formación de los profesionales de la psicología en trastornos de ansiedad para que puedan ofrecer la atención especializada que se necesita.
  • Que los profesionales conozcan a las asociaciones de afectados y valoren la ayuda mutua, como herramienta complementaria a la atención psicológica.
  1. Los Grupos de Ayuda Mutua (GAM)

En el seno de asociaciones de afectados por un problema común, o bien de forma independiente, surge el modelo de los Grupos de Ayuda Mutua (GAM). Desde sus orígenes, estas redes de ayuda han encarnado una filosofía que reconoce, desarrolla y estimula el poder de las personas no sólo para ayudarse a sí mismos, sino también para ayudar a otras personas a ayudarse a sí mismas.

El movimiento de ayuda mutua aparece en la década de 40 del siglo pasado, con la fundación de los grupos de Alcohólicos Anónimos (AA), y lo hace con el único propósito de ofrecer un medio social como principal instrumento de cambio frente a una enfermedad. Desde entonces, personas con diversos problemas o circunstancias vitales empiezan a reunirse y tratar de fomentar la ayuda mutua (movimiento de mujeres, movimiento por los derechos de las personas con discapacidades, movimiento gay). Sin embargo, no es hasta la década de los 70 cuando se produce un mayoritario interés por los sistemas de apoyo social y un reconocimiento de los efectos positivos que la ayuda mutua tiene en la salud física y psicológica (Hess, 1982). Algunos GAM se dedican a problemáticas incluidas dentro de los campos clásicos de la marginación social (drogas, alcoholismo, SIDA) pero la mayoría se vinculan a formas más sutiles y ocultas de marginación y en ciertos casos, se trata de trastornos que conllevan alguna forma de estigma social, como es el caso de los trastorno de ansiedad.

En los procesos relacionados con la salud, las distintas respuestas o intervenciones pueden darse, básicamente en dos contextos (Comelles, 1985a,b), cuya importancia relativa en cuanto a la proporción de intervenciones sobre la salud, variará de unos lugares a otros en función de la situación socio-económica y de condicionantes históricos o culturales:

El ámbito doméstico-familiar (ampliable a la red social inmediata) que incluye las actuaciones del individuo sobre sí mismo” (Rivera Navarro, 2005, p.2) Este es el eje sobre el que gira verdaderamente el sistema sanitario, en el sentido de que, a pesar de que buena parte de los procesos pasan en algún momento por las manos de los profesionales y por instituciones, normalmente comporta un regreso al hogar.

El ámbito institucional, que incluye la relación con los especialistas reconocidos institucionalmente, aunque a veces también se incluye a los que no lo son“ (Rivera Navarro, 2005, p.2). El ámbito institucional supone una discontinuidad espacial con los lugares donde transcurre la vida cotidiana del paciente. De esta forma, el usuario se ve obligado a cruzar unas barreras sistemáticas que le separan de sus referencias habituales y le convierten en un ser dependiente de una lógica y unas normas que no son las suyas.

La existencia de los GAM se explica, por un lado, por el problema común que sufren sus miembros (en este caso cuestiones relacionadas con la salud mental) y, por otro lado, en las relaciones asimétricas que se establecen entre los afectados y los profesionales de la salud en el itinerario terapéutico. La potenciación de los GAM cuenta con el argumento de los buenos resultados que han conseguido en países donde tienen más arraigo. Sin embargo, los GAM, en España, tienen aún poca tradición (Rivera Navarro, 2005).

3.1. El concepto actual

Un Grupo de Ayuda Mutua es una integración de personas cuyos miembros se reúnen de forma voluntaria y libre, movidos por la necesidad de dar respuesta o encontrar una solución a problemas compartidos por todos ellos o con el fin de lograr cambios personales o sociales (Ródenas, 1996).

La definición y funciones de los GAM se pueden sintetizar en los términos expuestos por Canals (1995). En el GAM se desarrolla el apoyo mutuo a partir del cumplimiento de las reglas de la reciprocidad horizontal, simétrica y generalizada. Los afectados pueden encontrar, además de apoyo emocional y social, formas de facilitación de recursos técnicos y de ayuda. La acción del GAM favorece la visibilidad social de los sectores afectados, poco tenidos en cuenta para las políticas públicas de salud. Y esta misma acción les aporta beneficios y les permite conquistar derechos que quizás sería imposible obtener por otras vías.

La ausencia de profesionales dentro del grupo es una característica fundamental de un GAM, pues la presencia de un profesional desvalorizaría la elaboración de solidaridad y la recuperación de la autoestima que los GAM pretenden. Cuando se nos habla de Grupos más o menos tutelados por profesionales, estamos ante grupos de apoyo terapéutico u otras alternativas (Canals, 1995). En los GAM no está presente ningún profesional, al menos que el grupo lo llame de forma puntual para pedirle algún tipo de información o colaboración técnica (Orsi y Pinto Martín, 1991).

No hay diferencias de estatus entre los miembros, pues los GAM están basados en la horizontalidad de las relaciones y la igualdad entre las personas que los constituyen. La horizontalidad permite que las personas se sientan cómodas y que se rompa la dinámica aprendida de jugar el papel de persona enferma-pasiva. Los miembros de un GAM se ayudan los unos a los otros a través de las interacciones que, entre ellos y en el marco del grupo, se van produciendo (Orsi y Pinto Martín, 1991). El GAM es también un lugar de encuentro social donde rehacer las relaciones que muchos de sus miembros habían perdido (ActivaMent Catalunya Associació, 2014).

3.2. Los efectos terapéuticos

De lo anterior se deduce que el GAM es una vía hacia el crecimiento individual de sus miembros, en cuanto a asunción de responsabilidades y adquisición de nuevos valores (Ródenas, 1996) ya que facilita la toma de decisiones personales porque nadie decide por el otro ni le da la respuesta a su problema.

La persona que decide acudir a un GAM no se verá rechazada cuando explique sus síntomas o sus problemas en su vida cotidiana, tal como puede ocurrirle al intentar integrarse en otros grupos sociales. Se reducen, por tanto, notablemente los pensamientos anticipatorios relacionados con el miedo al rechazo o a no ser comprendido. En el seno del GAM se comparten experiencias, se explican abiertamente ideas, se habla de temas relacionados con los trastornos de ansiedad, pero también de otros aspectos de la vida personal, familiar, laboral y social.

Así pues, entre los objetivos de estos grupos deben incluirse no solo la reducción de síntomas, sino también el incremento de la autoestima, la integración social, la honestidad, la aceptación y el amor a uno mismo y la consecución de habilidades sociales más eficaces. Los elementos terapéuticos de los GAM se pueden resumir, según Martin Ferrari et al. (2000):

– El sentido de pertenencia a una GAM da una identidad a nivel social y a otros niveles más profundos.

– Muchas personas encuentran la esperanza, han visto como algunos “peores, o iguales”, con similar problemática que ellos han progresado en su recuperación.

– El grupo está dotado de cualidades propias, se crea un espacio común de relaciones que por sí mismo es algo constructivo, por supuesto no uniforme o de la misma manera en todas las personas. Pero en ese intercambio está el germen, la ocasión, para que se produzca un avance.

3.3. La relación con los profesionales de la salud mental

Hay autores que afirman que para las personas con trastornos psicológicos o de conducta es importante la participación de profesionales de salud mental con objeto de conseguir una eficacia máxima del grupo, siempre y cuando se preserve la autonomía de los miembros del mismo y la filosofía de ayuda mutua. En estos casos, por tanto, es fundamental cierta distancia de los profesionales y organizaciones profesionales para el adecuado funcionamiento de los GAM, así como para lograr el éxito en la colaboración entre estos dos sistemas de ayuda (Martin Ferrari et al., 2000).

Entre los diversos roles a desempeñar por el profesional de la salud mental  dentro de una relación con los GAM (Chutis, 1983), caben destacar: 1) Asistencia técnica en el desarrollo de las relaciones con la prensa, elaboración de boletines, hojas informativas; 2) Fuente de legitimización de los grupos a través de la transferencia de información; 3) Conexión de los grupos con la comunidad profesional; 4) Asesoramiento en aspectos de salud mental, ofreciendo información acerca de recursos, procesos de grupo y habilidades de ayuda que pueden estar fuera del alcance del grupo.

Por otra parte, según señala Rivera Navarro (2005), los GAM son recursos valiosos para ser aprovechados desde los equipos de atención primaria de salud, pues ofrecen la posibilidad de disponer de una atención legal y complementaria a la profesional, que puede ayudar al paciente a superar la situación de aislamiento que le suele acompañar y, por otro lado, garantizar una información más útil para responder a las necesidades específicas de su vida diaria. Institucionalmente, desde la publicación de la Carta de Otawa (Organización Mundial de la Salud, 1986) se considera a los GAM un eje principal para la promoción de la salud, pues a través del fomento del auto-cuidado y de la ayuda mutua, se facilitan algunos de sus objetivos fundamentales.

  1. Funcionamiento de los GAM

De acuerdo a la experiencia de los GAM en la asociación AMTAES, recogemos en este apartado los aspectos y características que consideramos de mayor interés para el buen desarrollo y funcionamiento de un GAM.

4.1. Creación de un GAM

Para la creación de un GAM solo es necesario que un grupo de afectados que residen en una misma localidad, o a poca distancia de ésta, se pongan de acuerdo en constituirlo. Par ello, es importante la existencia de una red u organización de ayuda mutua, generalmente una Asociación, que integre a personas dispuestas a  protagonizar su recuperación.

En el primer encuentro presencial, el objetivo principal es la presentación de los componentes del grupo, interactuar y comentar preocupaciones y miedos. Se debe manifestar la valoración positiva que representa dar el gran paso de formar parte de un grupo y, de esta manera, encontrar apoyo. En las primeras reuniones se sientan las bases de las actividades y de la frecuencia de reuniones a realizar.

Es muy importante que en los GAM se establezcan unas normas de comportamiento, basadas en el respeto, la moderación en expresar opiniones y que cada miembro acepte las decisiones del grupo aunque no concuerden con la propia. Más allá de las características de cada GAM, hay algunas reglas que son fundamentales para el correcto funcionamiento de todo Grupo de Ayuda Mutua (ActivaMent Catalunya Associació, 2014):

– Respeto por todas las personas participantes, sus ideas, maneras de ser y experiencias de vida. Una norma básica es no juzgar a los demás y no dar consejos sino opiniones.

– Confidencialidad. No se pueden llevar fuera del GAM las palabras escuchadas ni las experiencias personales compartidas.

– Inclusión. Todas y cada una de las personas que forman parte del grupo deben poder integrarse y sentirse partícipes de sus dinámicas y  funcionamiento. Para ello, se ofrecerá la posibilidad de participar a todas los miembros del GAM, invitándoles a exponer sus opiniones, ideas y experiencias.

El número de miembros de un GAM no debe ser alto con objeto de favorecer que todos puedan participar como grupo, que los intercambios sean cercanos, que los turnos de palabra sean dinámicos, que los miembros se conozcan de forma más rápida y profunda, etc. (Ródenas, 1996). El tamaño ideal suele oscilar entre 5 a 10 personas. En el caso de que un grupo vaya creciendo en número de miembros se pueden ir haciendo divisiones según diferentes criterios, y siempre intentando cubrir las principales necesidades personales.

4.2. La figura del Coordinador

Para poder funcionar correctamente, hace falta la presencia de una persona que facilite la marcha del grupo, al que denominamos Coordinador. El GAM deberá nombrar al menos un Coordinador, elegido por consenso entre todos los miembros  del grupo.

Las funciones principales del Coordinador son: animar a la participación, impulsar y facilitar el acuerdo sobre las actividades presenciales, convocar las actividades del GAM y elaborar un breve informe de cada una de ellas. Cuando un Coordinador no pueda asistir a alguna de las actividades programadas o no pueda ejercer sus funciones durante un breve periodo de tiempo, deberá delegar la coordinación del grupo en alguno de los miembros del mismo.

Según ActivaMent Catalunya Associació (2014), la figura del Coordinador es de gran valor para el aprovechar los beneficios del GAM. Debe estar atento para limar asperezas que se puedan presentar entre los miembros. Además, debe actuar de nexo entre el interior y el exterior del grupo, invitando a profesionales, haciendo posible que entre la información que el grupo necesite y demande o que salga aquella que facilite las necesidades del grupo, posibilitando el contacto de este grupo con otros, haciendo que el grupo se dé a conocer para que otros interesados sepan de su existencia o facilitando la llegada de nuevos componentes.

Es imprescindible que el Coordinador se encuentre apoyado por el resto de componentes del grupo. Teniendo en cuenta que el Coordinador es un afectado más y tan sensible como cualquiera, conviene que el GAM sea consciente de ello y se establezcan unas normas de respeto para con los coordinadores que todo el grupo debe aceptar.

4.3. Las actividades de los GAM

En cuanto a las actividades de un GAM hay que valorar la situación de todos sus componentes, tanto limitaciones económicas, como las propias de su trastorno (agorafobia, ansiedad generalizada, fobia social) y por ello el grupo tratará de adaptarse, en la medida de lo posible, a las características de sus miembros.

La actividad básica de cualquier GAM es la reunión presencial para intercambiar problemas, necesidades, experiencias y buscar la forma de avanzar hacia el bienestar psicológico y emocional. Estas reuniones servirán también para organizar actividades de tipo cultural o recreativo (paseos,  senderismo, asistencia a actos públicos, visitas a museos, ciudades, etc.) y cualquier otro tipo de actividad que facilite el acercamiento entre los miembros del GAM, se eliminen nervios y se gane más confianza mutua.

En el GAM se pueden también organizar actividades de orientación psicológica y talleres de recursos prácticos relacionados con los trastornos de ansiedad (técnicas de relajación, habilidades sociales, expresión artística, etc.) en las que intervenga un colaborador externo especializado.

  1. Evaluación de los GAM

Los estudios empíricos acerca de la eficacia de los GAM cuentan con una breve historia y resultan todavía relativamente escasos. Las organizaciones de ayuda mutua no se encuentran bajo la supervisión y control de los investigadores y, además, los métodos tradicionales para la evaluación son en general inadecuados, dado que las características de los GAM plantean retos únicos (Martin Ferrari et al., 2000), como por ejemplo:

  • El cambio constante de miembros dada la asistencia voluntaria a las reuniones presenciales (aunque sea recomendada a regularidad por parte de los Coordinadores).
  • La autoselección de los que acuden y participan en los grupos después de varios meses.
  • La ausencia de un período predeterminado de participación en el grupo.
  • La ausencia en numerosas ocasiones de un programa determinado
  • El cambio de actividades o los distintos niveles de participación.

Se han propuesto modelos de evaluación donde los miembros participan en el diseño e implementación de la investigación. En estos casos, la propia investigación se encuentra dirigida no sólo a la generación del conocimiento, sino también a la generación de cambios en el funcionamiento y metas del grupo (Meissen Meissen y Warren, 1994).

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFÍCAS

ActivaMent Catalunya Associació (2014). Documento Guía para la Constitución y Gestión de Grupos de Ayuda Mutua en Salud Mental. En: https://consaludmental.org/publicaciones/Guiagruposayudamutua.pdf (Accedido: 17 febrero 2019)

AMTAES (2019). Página web de la Asociación Española de Ayuda Mutua contra la Fobia Social y otros Trastornos de Ansiedad. Disponible en https://amtaes-asociacion.com/ (Accedido: 17 febrero 2019).

Canals, J. (1995). “Las asociaciones de autoayuda en el mundo de la salud: consideraciones sobre los fundamentos de la ayuda mutua”. Boletín de Ayuda Mutua y Salud, 1, pp. 15-27.

Organización Mundial de la Salud (1986). “Carta de Otawa”. En  http://www.bvsde.paho.org/bvsdeps/fulltext/conf1.pdf (Accedido: 17 febrero 2019).

Chutis, L. (1983). “Special roles of mental health professionals in self-help group development”. Prevention in Human Services, 2, pp. 69 – 70.

Comelles, J.M. (1985a). “Sociedad, salud y enfermedad: los procesos asistenciales”. Jano, 1985a, 665, pp. 71-83.

Comelles, J.M. (1985b). “El papel de los no profesionales en los procesos asistenciales”. Jano, 665, pp. 357-372.

Hess, R. (1982). “Self-help as a service delivery strategy”. Prevention in Human Services, 1, pp. 1-2.

Laine Lois (2016). “Esto es vivir con fobia social: Mi vida con ella”. En el blog Entender la fobia social http://fobbisoc.blogspot.com (Accedido: 17 febrero 2019).

Martín Ferrari. L., Rivera Gaiztarro, A., Morandé Lavín, G. y Salido Eisman, G. (2000). “Las aportaciones de los grupos de autoayuda a la salud mental”. Clínica y Salud, 11, pp. 231-256.

Meissen, G.J. y Warren, M.L. (1994). “The self-help clearinghouse: A new development in action research for community psychology”. En Powell, T.J. (ed.) Understanding the selfhelp organization: Frameworks and findings. London: Sage, pp. 190-211.

Miquel Tortella-Feliu (2014). “Los Trastornos de Ansiedad en el DSM-5 (Anxiety disorders in DSM-5)”. Cuadernos de Medicina Psicosomática y Psiquiatría de Enlace, 110, pp. 62-69.

Orsi, J.F. y Pinto Martín, E. (1991). “Liberar la prevención”. Asociación Proyecto Hombre. Madrid. pp.  22-184 y 209-282.

Rivera Navarro, J. (2005). “Un análisis de los grupos de ayuda mutua y el movimiento asociativo en el ámbito de la Salud: adicciones y enfermedades crónicas”. Revista de Antropología Experimental. 5, Texto 13, 21 pp.

Ródenas, S. (1996). “Grupos de ayuda mutua: una respuesta alternativa en la práctica del trabajo social”. Alternativas: Cuadernos de trabajo social, 4, pp. 195-205.

Publicado en: Revista INJUVE

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Propuesta la primera Ley de Salud Mental

Se propone en España una Ley de Salud Mental, recientemente registrada en el Congreso de los Diputados. Destacamos aquí algunas de los aspectos más importantes.

El texto destaca la creación de un plan contra el suicidio, la inclusión de la figura del defensor de las personas con problemas de salud mental en cada comunidad autónoma y hace hincapié en que “las intervenciones tempranas dirigidas a niños, niñas y adolescentes con trastornos mentales deben ser científicamente contrastadas de carácter no farmacológico, ya sean psicosociales o de otra índole, dispensadas desde el ámbito comunitario, para evitar ingresos y medicalización”.

Según se recoge en el artículo 22, dedicado a la salud mental de niños y adolescentes, “se implementarán programas específicos orientados a la prevención primaria y a la promoción de la salud mental en los Centros de Atención Primaria, en Centros Educativos, en las estructuras familiares y en los Servicios Sociales, identificando y abordando factores de riesgo psicosociales”.

Además, se facilitará una una “prevención secundaria”. “Se implementarán programas específicos de prevención secundaria que se iniciarán al comienzo de los síntomas”, detalla el texto, que añade la “protección contra la psiquiatrización y medicalización del niño, niña y adolescente, promoviendo una atención orientada a la resiliencia, desde los recursos comunitarios”. También, incluyen la prohibición de la medicalización preventiva.

Según detalla el texto legislativo, “cualquier tratamiento farmacológico potencialmente inadecuado tomando en cuenta la situación clínica así como la utilización preventiva de neurolépticos sin sintomatología franca debe ser comunicado previamente al Defensor de la persona con problemas de Salud Mental”.

Además, se hace hincapié en que las personas medicadas con fármacos psiquiátricos que deseen reducir su consumo o dejar de consumirlos, tendrán derecho a un acompañamiento especializado por parte de profesionales de la Psiquiatría para la reducción progresiva de la medicación.

Según la ley de Unidos-Podemos, cada Comunidad Autónoma crearía la figura del Defensor o Defensora del Paciente con problemas de salud mental, nombrada por la persona responsable de  sanidad de cada Comunidad Autónoma a propuesta de los colectivos de personas usuarias y profesionales sociales y sanitarios del ámbito de la salud mental. Tendrá un mandato de cuatro años renovable por otros cuatro más.

Fuente: Redacción Médica

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