El virus del miedo

 

Dicen los entendidos que es bueno intentar definirnos a nosotros mismos. Internet es una buena herramienta para esta «autoterapia», para hablar de uno mismo y  explicar a los demás como creemos ser.

Un buen ejemplo es el de la autora del blog Mi Paraiso Desierto quien a modo de presentación escribe:

Soy la joven asocial que se sienta en el fondo del salón. La que trata de pasar desapercibida de la mirada de la gente. La que se escoda tras los audífonos antes de salir de casa. Soy la persona mas solitaria que conoces. Soy aquella a la que preguntas una y otra vez: «¿Por qué eres tan seria?». Soy la que siempre responde: «No lo sé». Esta soy yo. Estudiante, soñadora, feliz a mi modo, adoradora fiel de los animales. La fotógrafa frustrada. La que se cruza la calle para no tener que saludarte. La que tiene fobia social y la disfruta. La que sueña con ir a Japón y a la Luna. La adicta a la Coca-Cola. La que padece insomnio por la noche. La que muchas veces sonríe por mera cortesía. La que ama la navidad y los días de inverno. A la que no le gusta presumir nada de lo que tiene. Soy la que nunca comienzo una conversación en el messenger. La que odia las cadenas. A la que no le gustan las grandes ciudades, ni el trafico caótico de los Lunes. La niña extraterrestre con nacionalidad mexicana. Simple ciudadana del mundo. Esa soy yo y este… es mi paraíso desierto… un lugar donde puedo hablar de lo que nunca me atrevería a decirte en persona.

En su blog personal, cuya lectura recomiendo, trata a manera de diario temas muy variados, actuales e interesantes, pero casi nunca habla de su fobia social. Sin embargo, tranascribo aqui  una excelente aportación en donde nos habla de los motivos de ese silencio y de su vida con la fobia social a la que llama «el virus del miedo», como una canción de Ismael Serrano.

Son muchas las razones por las que no suelo hablar de este problema en mi blog, pero aquí van algunas de ellas:

1.- No es un diagnostico oficial (a pesar de que fue una psicóloga quien me lo dijo por primera vez).
Cuando ingresé a la Escuela de Biología además de la típica entrevista de ingreso también se incluía una entrevista de 20 minutos con una psicóloga. Ella me hizo 50 preguntas sobre mi relación con la sociedad y el trabajo grupal y contesté de la manera más sincera posible. Ella, muy amable y simpática por cierto, mencionó que el resultado parecía indicar que tenía un Trastorno de Ansiedad, más concretamente Fobia Social y que, en un momento dado, convivir con esta fobia podía convertirse en un problema que tarde o temprano podía impedirme tener una vida «normal». El nombre de la fobia se me quedó grabada en la mente pero no investigué más sobre el tema pues creí que yo era una persona asocial mas no fóbica (como siempre, la negación antes que la aceptación).
2.- Por vergüenza.
Somos seres sociables ¿no? La evolución (o la creación, dependiendo de su ideología) nos dio las herramientas para convivir en comunidades, en grupos. Todo lo anterior, en conjunto, conforma lo que comúnmente llamamos sociedad. Los grandes cambios que ha dado la humanidad en estos miles de años que nos preceden se dieron gracias al trabajo en equipo. Los grandes avances, lo que hace que una nación funcione es la sociedad misma que trabaja como un enorme engranaje y nos preparan desde pequeños para un día formar parte de ese engranaje; por eso nos mandan a la escuela, a la universidad. Nos educan para trabajar en sociedad, entonces ¿con qué cara voy yo a decir que le temo aquello a lo que se supone que estoy predispuesta a formar parte algún día? ¿Y si me toman por ridícula? ¿Por loca? ¿Por exagerada? ¿Cómo le digo yo a esas personas que no es una exageración? ¿Cómo les explico que no es un capricho?
La sociedad exige unos estándares que debemos seguir para formar parte de ella. Cuando esos estándares no se cumplen y tú vas contracorriente, contra lo establecido, recibes marginación de la misma sociedad de la que tienes que formar parte. Cuando perteneces a una minoría la sociedad se encarga de señalarte, humillarte, o en casos más intolerables, de matarte. Aquí podemos incluir la raza, la religión, la preferencia sexual, discapacidad física o alguna enfermedad (el SIDA, por ejemplo).
No es lo mismo para mí decirle a la gente que soy una persona callada, reservada, tímida, que decir que tengo un problema psicológico, porque siento que si digo esto último ellos me darán una mirada condescendiente, quizá me tengan lástima o, pero aun, me discriminen.
3.- Internet es el lugar donde puedo mostrar mi verdadero Yo.
Otra de las razones por las que no suelo mencionar mi problema en mi blog es sencillamente porque este es el medio que utilizo para olvidarme de él. Mientras que muchos usan Internet para crear una falsa imagen de ellos yo lo hago para expresarme tal y como soy en verdad, para mostrar la personalidad que muy poca gente conocen de mi (sólo mis papás y hermanos). Es en Internet donde puedo encontrar la paz que la calle o los lugares públicos no me pueden dar.
No adquirí mi fobia por el uso desmesurado de Internet (como algunos pueden estar pensando) pues mi miedo empezó el primer día en mi nueva escuela, cuando yo tenía 9 años y no sabía qué era la WEB.
Este blog bien podría estar escrito en una libreta y escondido debajo de mi colchón pero eso no fue posible porque no me gusta cómo escribo a mano y además siempre quise tener un blog para que quizá alguien se pueda identificar con las palabras que aquí yo escribo.
4.- Creí que podía lidiar con ello toda la vida o más bien que yo misma podría superarlo con el tiempo.
Sí, igual que la gente que fuma, toma o consume droga, crees que tienes todo bajo control.
Como mencioné un poco más arriba yo me empeñé durante mucho tiempo en decir que esta era mi forma de ser, que yo era una niña callada, reservada, tranquila y educada. Esa es la imagen que muchas personas fuera de mi círculo familiar más cercano tienen de mí. Me podía catalogar dentro de lo que se denomina «asocial», una persona que no interactúa mucho con la sociedad pero que tampoco la desprecia (eso es un antisocial).
¿Pero hasta qué punto mi comportamiento entra dentro de lo normal y hasta dónde se convierte en un problema de vida? Esa es la cuestión. No sé si todas las personas asociales tienen fobia social (con síntomas incluidos) o si por el contrario, es un estilo de vida que ellos mismos han deseado tener. Eso no me queda muy claro, pero yo sufro mi asocialidad. Más abajo lo explicaré.
Quizá fui más consciente de mi problema hace relativamente poco tiempo, desde que dejé la carrera de Veterinaria y empecé a buscar trabajo (que ha sido toda una pesadilla para mí). No es una lucha contra la búsqueda de trabajo y yo. Es una lucha contra mi fobia y mis ganas de encontrar un trabajo. No sé si logro explicarme muy bien, pues hasta a mí me resulta confuso a veces.

 

Publicado en Autoayuda, Contribuciones, Fobia Social, miedo, Timidez | 3 comentarios

¿Es posible o no?

Publicado en Autoayuda, Fobia Social, Videos | 5 comentarios

La intervención psicológica

En la serie de notas extraídas de texto “Fobia Social” de Dr. Arturo Bados López (2005), después de definir el problema en Las tres dimensiones de la fobia social y de conocer el origen en La precuela de la fobia social, llega el momento de la intervención  psicológica:

Los objetivos

a)  Aprender a establecer metas realistas en las interacciones sociales.

b) Corregir las expectativas, interpretaciones y valoraciones negativas y, en general, los errores cognitivos que contribuyen a incrementar o mantener la ansiedad; y modificar los supuestos en los que se basan estas cogniciones negativas.

c) Aprender a concentrarse en la tarea o interacción social en vez de en las sensaciones internas y pensamientos negativos.

d) Reducir significativamente las conductas de evitación y las conductas defensivas al tiempo que se potencian las interacciones sociales pertinentes.

e) Reducir significativamente la activación autonómica y somática o habituarse a la misma cuando no se puede cambiar.

f) Reducir significativamente la ansiedad social tanto en las situaciones sociales temidas como al anticipar éstas.

g) Aprender a comportarse habilidosamente en aquellas situaciones en las que la persona presenta déficits al respecto.

h) Reducir significativamente la interferencia producida por el trastorno.

La idea no es curar totalmente al paciente, sino dotarle de unos recursos básicos que le permitan, tras haber conseguido un progreso notable en la terapia, seguir trabajando por su cuenta para incrementar y ampliar los cambios conseguidos.

El camino

Al igual que con cualquier otro trastorno, es fundamental:

a) Establecer una buena relación terapéutica, la cual puede verse interferida por los miedos sociales del paciente.

b) Acordar, a partir de los datos obtenidos en la evaluación y de las experiencias del paciente, una conceptualización del problema en la que se destaquen los elementos del mismo y los factores que contribuyen a su mantenimiento (puede ofrecerse también una breve explicación sobre el posible origen del trastorno).

c) Acordar con el paciente los objetivos específicos a conseguir.

d) Justificar y describir en general el tratamiento a seguir y su eficacia.

Se aconseja que, a no ser que las características del paciente aconsejen lo contrario, la conceptualización del problema no se presente de un modo directivo, sino que se llegue a la misma en colaboración con el paciente y apoyándose en las experiencias de éste. También es aconsejable que el modelo explicativo se vaya dibujando en una pizarra u hoja de papel para que terapeuta y paciente puedan verlo y discutirlo juntos. Una vez acordado el modelo explicativo, conviene darle al cliente una copia por escrito para que pueda consultarla cuando desee o se le pida.

Hay que vigilar para que los pacientes no mantengan metas del tratamiento poco realistas. Algunos piensan que aprenderán a sentirse siempre sin malestar al interactuar con otra gente, pero no hay tratamiento, por prolongado que sea, que pueda conseguir esto; además, un cierto grado de ansiedad social es normal e incluso deseable en muchas situaciones.

Otros creen que aprenderán reglas claras de cómo comportarse en las situaciones sociales, pero aunque el tratamiento ofrece cierta ayuda al respecto, es imposible tener en cuenta toda la diversidad de situaciones sociales; además, y más importante, muchas situaciones sociales son impredecibles y existen opiniones diversas sobre qué comportamientos son más adecuados.

Finalmente, los pacientes con miedo a sus síntomas somáticos (rubor, sudor, temblor) en situaciones sociales suelen desear la desaparición de estos síntomas, pero estos son susceptibilidades individuales con las que hay que aprender a convivir; si esto se consigue, se supone que, al reducirse el miedo, disminuirán en intensidad, frecuencia y/o duración.

Los fóbicos sociales tienden a menospreciar los logros conseguidos, más aún si son lentos o pequeños. Menospreciar el progreso es más fácil cuando las tareas que se propone el paciente son cosas que resultan fáciles para la mayoría de la gente.

Conviene avisar al paciente (y prepararlo para ello) de que la superación de la fobia social puede no producir efectos positivos inmediatos con las personas conocidas, debido a las actitudes previas de los demás hacia él. Por otra parte, la exposición y los experimentos conductuales en la reestructuración cognitiva no pueden llegar a demostrar que los juicios negativos de los otros no existan realmente, ya que la gente puede callarlos o ser más suave por educación o consideración. La única manera de trabajar esto es aprender a tolerar la evaluación negativa y a comprender que esta es compatible con la aceptación por parte de la mayoría de los otros. En otras palabras, lo importante no es tanto convencerse de que la evaluación negativa es menos probable de lo que se cree, sino aceptar que no es tan catastrófica como se piensa: los demás pueden evaluar negativamente ciertos comportamientos de uno en algún momento, pero no por eso le rechazan (aunque una minoría puede hacerlo).

En principio, y hasta que no haya más datos al respecto, no se recomienda introducir medicación junto con el tratamiento psicológico, ya que no constituye un remedio a medio/largo plazo y puede favorecer la dependencia. De todos modos, medicaciones como los betabloqueantes y benzodiacepinas pueden ser útiles como medidas temporales cuando un paciente llega al tratamiento en un momento de crisis (p.ej., tiene que dar en breve una importante charla en público).

Hay que avisar a los clientes de que el progreso no será lineal. Aunque se irá avanzando, es normal que haya altibajos y contratiempos. Lo que se logró ayer, puede parecer imposible hoy y se puede perder parte de lo que se había ganado. Sin embargo, esto es inevitable y lo importante es seguir practicando, con lo que el terreno perdido se recupera con rapidez.

De cara al mantenimiento de los resultados, deben perseguirse ciertos cambios en el estilo de vida del paciente, tales como potenciar sus contactos con conocidos, ampliar su red de contactos sociales, participar en actividades que le permitan interactuar con otros (trabajo voluntario, grupos de aficiones), etc. Esto es especialmente importante en personas que carecen de un empleo estable y/o se encuentran aisladas.

Publicado en Autoayuda, Ciencia, Fobia Social, psicologia, psicoterapia | 4 comentarios

La precuela de la fobia social

Se llama precuela (o más raramente presecuela) a una obra (ya sea una película, historieta, serie de televisión, videojuego, novela, etc.) creada después de una entrega original, pero cuya referencia cronológica se sitúa en el pasado, generalmente desvelando las causas o los orígenes del argumento de la primera entrega. Dentro de la ciencia-ficción son numerosos los ejemplos de precuelas, tanto en el cine como en la literatura o el cómic.

Ahora se habla mucho de las precuelas de Avatar, Alien, La Cosa, etc. Así que nosotros, interesados en la fobia social, presentamos aquí su precuela,  desvelando el inicio del trastotno y sus orígenes (adaptación del texto «Fobia Social» de Dr. Arturo Bados López, 2005):

El inicio

La edad media de inicio de la fobia social suele estar entre los 14 y 16 años en la mayoría de los estudios y no es nada extraño que comience incluso antes . En el estudio de Brown y cols. (2001) con una muestra clínica de 433 pacientes la edad media fue de 15,7 años. En poblaciones clínicas infantiles, la edad media de comienzo ha sido 11-12 años.

Es muy común la existencia de antecedentes de timidez o inhibición social y muchos fóbicos sociales informan haber tenido el trastorno toda su vida o desde antes de los 10 años. Conviene notar que la edad precisa de comienzo de la fobia social dependerá de cómo se defina ésta. En niños de 2-3 años pueden identificarse conductas observables indicativas de fuertes miedos sociales ante la crítica o desaprobación, conductas que predicen una mayor ocurrencia de la fobia social años más tarde. Sin embargo, la conciencia de sí mismo y de los otros como objetos de evaluación y la anticipación de la evaluación negativa no aparecen hasta alrededor de los 8 años como pronto y están mucho más desarrolladas aún en la adolescencia.

La adolescencia es un periodo crítico ya que cada persona va a verse sometida a un proceso de evaluación por el resto de los miembros de su grupo de iguales y va a tener que establecer su papel y su lugar en un sistema social distinto al de la familia. La lucha por establecer un lugar en las jerarquías sociales de dominancia facilita la aparición de los conflictos sociales, a los cuales puede responderse con ansiedad como medio de prevenir o defenderse de los ataques de los miembros más dominantes. Por otra parte, la adolescencia es un periodo conflictivo en el que puede haber un temor a la evaluación negativa por parte de los padres. Finalmente, en comparación a la niñez, no sólo hay más demandas sociales (nuevo ambiente escolar, nuevas amistades), sino que el mayor desarrollo cognitivo permite ser mucho más consciente de la discrepancia entre cómo uno se ve a sí mismo y cómo uno cree que lo ven los demás (aunque esta capacidad puede desarrollarse ya a partir de los 8 años de edad). Los adolescentes más vulnerables a las situaciones de estrés pueden responder con ansiedad y evitación a las situaciones sociales.

La fobia social, especialmente la de tipo no generalizado, puede aparecer bruscamente tras una experiencia estresante o humillante; sin embargo, lo más frecuente es que la fobia social se desarrolle de una forma más lenta en respuesta a varios tipos de experiencias. Aunque no es frecuente, la fobia social puede manifestarse por vez primera en la vida adulta cuando, por ejemplo, un cambio de circunstancias (laborales, familiares, escolares, de residencia) implica realizar actividades temidas (hablar en público, supervisar a otros, relacionarse con nueva gente) que antes no eran necesarias.

El origen

Para empezar, al igual que parecemos estar preparados evolutivamente para temer a ciertos animales (aquellos que pudieron ser peligrosos para nuestros antepasados) y no a otros, también parece existir una preparación evolutiva para temer las expresiones faciales de ira, crítica y rechazo, preparación que facilitaría el orden social dentro del grupo al establecer jerarquías de dominancia. Se ha comprobado que es mucho más fácil condicionar miedo –o, al menos, hacerlo más resistente a la extinción– a las expresiones faciales citadas que a caras felices o neutrales. Este efecto de condicionamiento se obtiene sólo cuando las caras miran directamente a la persona, lo que indica la importancia del contacto ocular. Además, una vez condicionadas las respuestas de miedo, éstas son producidas incluso por presentaciones de las expresiones faciales a nivel subliminal; esto indica que no es necesaria una detección consciente de dichas expresiones, sino que las respuestas de miedo se activan a un nivel simplemente preatencional.

Ya sea que ciertas expresiones faciales se teman más fácilmente por preparación biológica, por prepotencia evolutiva y/o por otros factores, lo cierto es que existe una susceptibilidad en la especie humana a la crítica y a la desaprobación social y que la mayoría experimentamos ansiedad social en algún momento, especialmente en la adolescencia. Sin embargo, esta ansiedad social no es igual de frecuente, intensa y duradera en todos (de hecho, en algunos parece no darse), de modo que para que se desarrolle fobia social, se necesita además, la interacción de ciertos factores biológicos y psicológicos.

Dentro de los factores biológico, se han propuesto los siguientes:

Mayor capacidad innata para reconocer la amenaza social y responder sumisamente a la misma. Este sería un fenómeno de la evolución filogenética por el que ciertas personas percibirían e interpretarían ciertas señales sociales (especialmente expresiones faciales) en términos de amenaza y mostrarían una conducta sumisa que les permitiría tanto evitar el enfrentamiento con los miembros dominantes del grupo como permanecer dentro de la seguridad del grupo.

Bajo umbral de activación fisiológica y lentitud en la reducción de la activación que quizá se transmitan genéticamente. Esto puede dificultar el proceso de habituación a situaciones nuevas o amenazantes, facilitar la conciencia de uno mismo o autoconciencia (véase más abajo), interferir en la actuación social y favorecer así la evitación directa o sutil de situaciones sociales. Esta mayor activación fisiológica ha sido ligada al factor temperamental denominado inhibición conductual ante lo no familiar, el cual a su vez ha sido relacionado con variables de personalidad tales como la introversión y el neuroticismo.

Por otra parte, hay varios factores de la propia experiencia que, aisladamente o en combinación, pueden interactuar con una vulnerabilidad biológica preexistente para producir fobia social. La importancia de estos factores depende fundamentalmente de que originen un sentido de falta de control o de pérdida de control de un mayor o menor número de situaciones sociales. El control de los resultados en estas situaciones (pero no necesariamente en otras, ya sean de tipo social o no) sería percibido por la persona como radicado en los otros, en vez de en sí misma. Los factores experienciales se detallan a continuación (Bados, 2001a).

Progenitores sobreprotectores (hipercontroladores), muy exigentes, poco o nada afectuosos, que no apoyan a sus hijos inhibidos, que utilizan la vergüenza y el “qué pensarán” como técnicas educativas y disciplinarias, y que incluso muestran actitud de rechazo. Este estilo educativo es informado retrospectivamente con mayor frecuencia por los fóbicos sociales en comparación a controles normales y puede ser un resultado del temperamento ansioso de los niños en interacción con la ansiedad de los padres. A su vez, este estilo educativo inhibe las relaciones satisfactorias entre padres e hijos, interfiere en el desarrollo de la independencia, autoconfianza y competencia social de estos últimos, y facilita el surgimiento de una gran necesidad de aprobación. Unos padres muy exigentes pueden favorecer el desarrollo de una conciencia excesiva de sí mismo, de metas perfeccionistas y de la creencia de que los otros son inherentemente críticos.

Falta de experiencia social y de habilidades sociales, producida por factores como: educación inhibidora de las relaciones sociales (educación que se ve facilitada si alguno de los padres presenta trastornos de ansiedad o ansiedad social), aislamiento del propio niño (facilitado por factores temperamentales), aislamiento de la familia (favorecido por problemas psiquiátricos en alguno de los progenitores), falta de modelos adecuados y carencia o nulo fomento de oportunidades; esto último ocurre con la situación de hablar en público en el contexto educativo o con las relaciones con las chicas en un ex-seminarista. El aislamiento social del propio niño y de la familia inhibe el desarrollo de las habilidades sociales del niño y favorece la ansiedad social.

Observación de experiencias sociales negativas o de ansiedad social en los padres o personas significativas (p.ej., del 9% al 20% de los familiares cercanos presentan fobia social). Unos padres muy preocupados por los juicios de los demás acerca de la apariencia y el comportamiento social, y que muestran conductas de sumisión y evitación pueden facilitar la aparición en sus hijos de preocupaciones y conductas similares. Por otra parte, se ha dicho que ser hijo único o primogénito podría estar relacionado con la timi-dez al tener menos modelos y posibilidades de interacción social y mayor probabilidad de aprendizaje observacional de la ansiedad social si uno de los padres la padece.

Cambio de circunstancias (laborales, familiares, escolares, de residencia) que implica realizar actividades temidas (hablar en público, supervisar a otros, relacionarse con nueva gente) que antes no eran necesarias. Así, se ha dicho que cambiar de escuela o mudarse de barrio entre los 8 y los 14 años produce una gran cantidad de estrés al tener que ir a un nuevo sitio donde ya todos se conocen.

Experiencias negativas en situaciones sociales (burlas, desprecio, ridículo, rechazo, marginación, intimidación, castigo e incluso ataques de pánico), las cuales interactuarían con variables temperamentales y de personalidad. Estas experiencias parecen ser informadas por una mayor proporción de fóbicos sociales (40-58%) que de sujetos normales (20%) y pueden ocurrir con distintas personas (padres, maestros, compañeros) y en distintas situaciones y etapas de la vida; la infancia y la adolescencia serían especialmente importantes en este último caso. Es posible que las experiencias negativas en situaciones sociales sean más frecuentes en la fobia social circunscrita que en la generalizada.

El desarrollo excesivo de la conciencia pública de uno mismo (darse cuenta de sí mismo como objeto social) en los últimos años de la infancia o primeros de la adolescencia puede conducir a una autoevaluación excesiva y acentuar la timidez previamente existente; incluso puede favorecer la aparición de la timidez por vez primera. En ambos casos aparecen claramente desarrollados la conciencia de sí mismo como objeto de evaluación y el miedo consciente a la evaluación cognitiva. La conciencia de sí mismo es la disposición a focalizar la atención sobre uno mismo, ya sea sobre las conductas privadas (sentimientos, pensamientos) o públicas (apariencia, comportamiento motor, contenido verbal), pero sin que esto tenga que implicar necesariamente ponerse ansioso.

Publicado en Ansiedad, Ciencia, Fobia Social, miedo, psicologia, Timidez | 11 comentarios

Las tres dimensiones

Ahora que todos los medios audiovisuales se apuntan a la imagen en 3D, nosotros no podíamos ser menos. Presentamos aqui las tres dimensiones del trastorno de fobia social (adaptación del texto Fobia Social de Dr. Arturo Bados López, 2005):

DIMENSIÓN SOMÁTICA

Las reacciones corporales más comunes en la fobia social son: taquicardia/palpitaciones, temblor (voz, manos), sudoración, sonrojamiento, tensión muscular, malestar gastrointestinal (p.ej., sensación de vacío en el estómago, diarrea), boca seca, escalofríos, sensación de opresión en la cabeza o cefalea, dificultad para tragar, náuseas y urgencia urinaria. Otras respuestas mucho menos frecuentes son falta de respiración, dificultades para respirar y dolor en el pecho. La boca seca, las contracciones nerviosas y, especialmente, el rubor son reacciones mucho más frecuentes en la fobia social que en otras fobias. Los fóbicos sociales asignan a los síntomas somáticos una mayor frecuencia e intensidad que la que observan otras personas en ellos.

DIMENSIÓN COGNITIVA

Aparecen dificultades para pensar tales como imposibilidad de recordar cosas importantes, confusión, dificultad para concentrarse y dificultad para encontrar las palabras. Por otra parte, existe una tendencia a centrar la atención en sí mismo, concretamente en los síntomas somáticos y autónomos de ansiedad (especialmente los visibles), en las cogniciones y emociones negativas y en los propios errores. Además, pueden distinguirse varios temores básicos, ligados muchas veces a normas excesivamente elevadas de comportamiento:

– Temor a ser observado.
– Temor a sentir mucha ansiedad y pasarlo fatal. Temor a tener un ataque de pánico.
– Temor a no saber comportarse de un modo adecuado o competente (p.ej., miedo a decir cosas sin sentido o embarazosas, miedo a cometer errores sociales).
– Temor a manifestar síntomas de ansiedad (rubor, sudoración, temblor de manos, voz temblorosa, bloqueo, vómito, ataque de pánico) que puedan ser vistos por los demás y/o interferir con la actuación.
– Temor a la crítica y a la evaluación negativa. La persona teme ser vista como ansiosa, incompetente, rara, inferior, poco interesante, aburrida, poco atractiva o estúpida.
– Temor al rechazo, a ser dejado de lado por los demás como consecuencia de su evaluación negativa.
– Temor a que la evaluación negativa de los otros indique que uno deba tener una visión negativa de sí mismo.

Se ha dicho que el temor a no poder alcanzar las elevadas metas autoimpuestas (miedo a la autoevaluación negativa) puede ser tan importante como el miedo a la evaluación negativa por parte de los demás. De todos modos, si bien esto es cierto en algunos casos, conviene tener en cuenta que, en general, tanto la fobia social como la tmidez  parecen estar más asociadas con el perfeccionismo socialmente prescrito (normas basadas en la expectativas que se cree tienen los demás y que no tienen por qué coincidir con las propias) que con el perfeccionismo personal (fijación de normas personales excesivamente elevadas y tendencia a autocriticarse cuando no se alcanzan).

Los pensamientos negativos o distorsionados reflejan también una serie de errores cognitivos típicos de los fóbicos sociales (Bados, 2001a):
Valoración no realista de lo que se espera de uno, lo que puede favorecer las metas perfeccionistas.

Sobrestimación del grado en que los otros le observan a uno y se dan cuenta de los síntomas externos de ansiedad.

Subestimación de las propias capacidades y sobrestimación de la probabilidad de cometer errores importantes y fracasar.

Expectativas no realistas sobre las respuestas de los otros a las manifestaciones de ansiedad.

Sobrestimación de la probabilidad e intensidad de la crítica y rechazo.

Creencia de que uno está actuando mal porque se siente mal y, en general, que los demás le perciben a uno tal como uno se percibe y se siente.

Atención selectiva a los mensajes o reacciones negativos de los demás hacia uno y falta de atención a las reacciones positivas.

Interpretaciones sesgadas y negativas de comportamientos de los demás, especialmente bajo condiciones de ambigüedad; así, percibir crítica y desaprobación donde no las hay o exagerar su grado de intensidad u ocurrencia.

Evaluación excesivamente negativa de la propia actuación social (pero no de la de los otros), exageración de los errores y de la ansiedad y minimización de los logros propios.

Sobrevaloración de la importancia de la crítica o evaluación negativa por parte de los demás (p.ej., creer que implica rechazo o que es debida a características negativas de uno mismo).

Exageración de la importancia de los errores cometidos. Un error puede llegar a representar un daño a la persona como un todo.

Atribución del fracaso a defectos personales y fallos propios sin considerar otros factores (p.ej., de la situación o de los otros). Atribución de los éxitos a factores externos.

Asumir que las supuestas opiniones negativas de los otros sobre uno mismo son ciertas e indican las características personales que uno posee, lo que lleva a una valoración negativa de sí mismo. Un fóbico social puede creer que si los demás piensan que es raro, debe de serlo.

Mayor recuerdo de la información negativa relacionada con sí mismo y con las reacciones de otros y menor recuerdo de la información externa neutral y positiva provenientes ambas de las experiencias sociales previas. Esto parece ser debido a la atención centrada en sí mismo durante la interacción y a la revisión detallada y sesgada que hace el fóbico de esta interacción cuando ha acabado.

DIMENSIÓN CONDUCTUAL

La evitación de las situaciones temidas es frecuente. Sin embargo, muchas veces no se evita estar en las situaciones sociales, sino participar en las mismas, ser el centro de atención o de crítica o manifestar síntomas temidos.

Ejemplos de conductas defensivas dirigidas a reducir la ansiedad y prevenir las supuestas consecuencias temidas son (Bados, 2001a):

Consumir o haber consumido alcohol o tranquilizantes; no hacer preguntas en una reunión; intentar pasar lo más desapercibido posible; no hablar, hablar poco o contestar bre-vemente; no hablar de sí mismo; evitar el contacto visual; hablar sin pausas o hacer mu-chas preguntas para evitar los silencios; pensar mucho lo que se va a decir o incluso ensayar mentalmente con gran detalle lo que se dirá; controlar continuamente lo que se ha dicho; concentrarse en la propia voz; distraerse o pensar que no se está en la situación; escapar de la situación (directamente o con pretextos o excusas) pedir disculpas para no tener que escuchar las críticas de los otros.

Si no se puede evitar una situación o escapar de ella, aparecen reacciones como silencios largos, tartamudeo, incoherencias, volumen bajo (incluso susurro), voz monótona, muecas faciales, gestos de inquietud, retorcimiento de manos, postura rígida o cerrada, encogimiento postural, expresión facial pobre, sonrisa o risa inapropiada y contenido poco interesante.

Publicado en Ciencia, Diagnóstico, Fobia Social, psicologia | 5 comentarios

Situaciones temidas

Entre los recursos disponibles en internet sobre la fobia social, se encuentra un texto cuyo autor, el Profesor Dr. Arturo Bados López hace, en mi opinión, una excelente revisión acerca de la fobia social.

Sobre las situaciones temidas en el trastorno de fobia social, el Dr. Bados escribe:

La fobia social, o trastorno de ansiedad social, se caracteriza por un miedo intenso y persistente en respuesta a ciertas situaciones sociales o actuaciones en público en las cuales la persona se ve expuesta a gente desconocida o al posible escrutinio por parte de los demás.

Las situaciones típicas temidas pueden clasificarse de la siguiente manera, aunque conviene tener en cuenta que el temor a una o más de las situaciones de un grupo no implica necesariamente que se teman las restantes del mismo grupo (Bados, 2001a):

1. Intervención pública: hablar/actuar en público, presentar un informe ante un grupo, intervenir en grupos pequeños formales.

2. Interacción informal: iniciar, mantener y terminar conversaciones (especialmente con desconocidos), unirse a una conversación o actividad ya en marcha, hablar de temas personales, hacer cumplidos, expresar amor, relacionarse con el sexo opuesto o preferido, concertar citas o acudir a las mismas, establecer relaciones íntimas, asistir a fiestas, conocer gente nueva, llamar a alguien por teléfono, recibir críticas.

3. Interacción asertiva: solicitar a otros que cambien su comportamiento molesto, hacer una reclamación, devolver un producto, hacer o rechazar peticiones, expresar desacuerdo/crítica/disgusto, mantener las propias opiniones, interactuar con figuras de autoridad.

4. Ser observado: comer/beber/escribir/trabajar/telefonear delante de otros, asistir a clases de gimnasia o danza, usar los servicios públicos (cuando hay otras personas cerca o hay alguien esperando fuera o se piensa que alguien puede acudir), entrar en un sitio donde ya hay gente sentada (p.ej., aulas o transportes públicos), ser el centro de atención (p.ej., en una fiesta de cumpleaños).

Entre las situaciones temidas por más pacientes se encuentra, en primer lugar, hablar en público; luego, participar en encuentros o charlas informales, iniciar y mantener conversaciones con gente nueva, situaciones que implican asertividad y hablar con figuras de autoridad. Y entre las temidas por menos pacientes, comer, beber y escribir en público (Turner, Beidel y Townsley, 1992).

Hope y Heimberg (1993) hablan de una jerarquía de áreas temidas, de modo que si una es temida, es muy probable que también lo sean las anteriores; las cuatro áreas son: charla/interacción formal, charla/interacción informal, aserción y observación de la conducta (p.ej., escribir en público).

La clasificación antes presentada ha sido frecuentemente simplificada distinguiendo solamente dos tipos básicos de situaciones temidas:

a) Situaciones que implican interacción con otras personas y suponen por tanto ajustar el propio comportamiento al de los demás. Se incluyen aquí la segunda y tercera categorías de la clasificación antes presentada.

b) Situaciones que implican un miedo a ser observado cuando hay otras personas presentes, pero sin que supongan interacción con éstas. Se incluyen aquí la primera y cuarta categorías de la clasificación. Los resultados de Safren y cols. (1999) sugieren que este segundo tipo de situaciones puede no representar el mismo constructo, sino varios: miedo a hablar en público, miedo a ser observado y miedo a comer/beber delante de otros.

El Prof. Dr. Auturo Bados es:

– Prfesor Titular de la Universidad de Barcelona, Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico.

– Doctor en Psicología, Especialista en Psicología Clínica por el Ministerio de Educación y Ciencia.

– Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación (Psicología) por la Universidad de Barcelona.

Publicado en Ciencia, Fobia Social, psicologia | 3 comentarios