Emociones causadas por la autoevaluación

 

Leo estos interesantes apuntes del psiquiatra Lizardo Cruzado sobre las emociones:

Las emociones básicas y más estudiadas son, todos lo sabemos, cuatro: la alegría, la tristeza, la cólera y el miedo. De hecho, éstas son las que más precisa y universalmente se muestran en la expresión facial -aunque este privilegio compartido es, además, por la sorpresa y el disgusto-.

Ya el mismo Darwin había notado que existían, sin embargo, una serie de otros sentimientos, prevalentes en la especie humana y que no son exactamente aquellos antes enumerados. Son emociones que podríamos conceptualizar como aquellas que emergen ante la conciencia de uno mismo y, más precisamente, ante la evaluación que hacemos de nosostros mismos. Estaríamos hablando, por ejemplo, de la vergüenza, de la culpa, del orgullo, del bochorno.

Aunque para Darwin estas emociones uniformemente desencadenaban el rubor facial, tal parece que ello es predominante en relación a la vergüenza y el bochorno o embarazo, y no así tal vez en caso de la culpa. Asimismo existen variaciones étnicas e individuales que matizan el aserto. Otra interesante diferencia de estas emociones con las cuatro básicas enumeradas al principio, es que sus desencadenantes son más individualizados e idiosincraticos, más específicos para cada persona. Adicionalmente,  estas emociones, más que expresarse con la sola gestualidad facial, involucran un más amplio repertorio del lenguaje corporal.

Claro está, si hablamos de emociones suscitadas ante la evaluación de uno mismo, se debe presumir la existencia de un conglomerado de normas, metas y presupuestos con los que efectuar la comparación. Este grupo de normas, aunque determinado por la cultura imperante y el entorno social, tiene un matiz personal insoslayable y trascendente (de otro modo, todos los participantes de una misma cultura o hasta de un mismo grupo familiar tendríamos exactamente el mismo conjunto de preceptos). Su incorporación y procesamiento empiezan ya a edad temprana pues primordios de las emociones del ser-consciente-de-sí-mismo pueden columbrarse en pequeñuelos de 2 a 3 años de edad (recuérdese la teoría psicoanalítica de la culpa y la vergüenza en relación al control de esfínteres y la sexualidad incipiente).

La autoevaluación respecto al cumplimiento de las normas y metas prefijadas lleva a una dicotomía: ¿las satisfacemos o no? A su vez, la menor o mayor proclividad para considerar alcanzado el logro o asumirlo como fracasado, tiene correlación con factores distintos en los que interactúan las predisposiciones individuales y el entorno facilitador o entorpecedor de aprendizajes. Esto tiene que ver también con la atribución posterior: si no satisfice mi meta, ¿atribuyo esto a mí mismo o a un factor externo que influyó sobre mí? Y si yo mismo me considero el responsable, ¿me centro en mi conducta específica considerada fallida o en la totalidad de mi persona como fracasada y deficiente?

Del hipotético cruce de estas variables encontramos como resultado emociones placenteras tal el orgullo y su extremo, la arrogancia; y por otro lado, se establecen la culpa y la vergüenza. Queremos considerar en este breve apunte fundamentalmente a la vergüenza.

La vergüenza es un estado displacentero, causante de gran incomodidad psíquica y que toma a la persona por asalto: paraliza su actividad mental, dificulta el habla, congela el movimiento. Se puede observar a la persona avergonzada como tratando de hundirse en sí misma, a guisa de querer esfumarse, desaparecer (¡trágame, tierra!). El bochorno o embarazo, estrechamente relacionado a la vergüenza, guarda diferencias básicamente cuantitativas con ella: no se evidencia como estrictamente displacentero, no paraliza ni aturde a quien lo experimenta e incluso la postura corporal no denuncia el intento de hundirse y desvanecerse -como la vergüenza- sino que existe una postura más bien ambivalente entre el interés y la retirada, una mirada de soslayo a los otros y una sonrisa nerviosa en los labios. Resulta muy llamativo que situaciones como el recibir cumplidos en público o notar que una persona del sexo opuesto nos mira con interés, pueden suscitar el bochorno. A diferencia de la vergüenza, usualmente pública pero no en la totalidad de las veces, el bochorno siempre lo es.

Mucho debate ha suscitado el constructo de la fobia social, llamada ahora trastorno de ansiedad social,  y la medicalización de la timidez como una enfermedad (léase, por ejemplo, a David Healy: Have Drug Companies Hyped Social Anxiety Disorder to Increase Sales?; o a S. Wessely: How shyness became social phobia.) Hasta aquí hemos considerado someramente a la vergüenza, al bochorno, pero ¿y la timidez?

Lamentablemente, como en lo hasta aquí enunciado, las definiciones sobre todo son negativas, más basadas en la carencia de- que en la existencia de-. Así, la timidez se concibe como la tendencia a la incomodidad en situaciones sociales, como una peculiar e inefable oscilación entre la evitación y el acercamiento, entre el temor y el interés. Ahora bien, aparentemente la timidez vendría a ser un factor idiosincrático, no relacionado con la autoevaluación, digámoslo así: simplemente lo opuesto a la sociabilidad.

Aún a riesgo de resultar maniquea y simplista la hipótesis, pongámoslo de esta manera: si la estructura sociocultural valora en demasía la sociabilidad y deplora y posterga la timidez, apreciaremos que desde edad temprana se hará señalamiento y escarnio del niño tímido (por aquí los llamamos «chunchos» y «chupados», claro está «cariñosamente»). En este proceso, la timidez, de no ser ni valorada ni valorativa, adoptará rápidamente estándares fijos y será evaluada posteriormente como demérito y prenda por demás vergonzosa. Cabría aquí el complejo discernimiento con la realidad de otras sociedades, algunas orientales, donde la timidez es valorada de un modo distinto.

Pero, y si hablamos de un espectro entre sociabilidad y timidez, estaríamos ante el esbozo de rasgos de personalidad, y aquí la consideración nosológica es mucho más amplia pues se describe una personalidad evitativa como máximo grado de severidad de la ansiedad social (en el primer caso hablamos de un tipo de personalidad; en el segundo, de un supuesto desorden psiquiátrico).

Inclusive el endofenotipo de Inhibición comportamental descrito por Kagan, consistente en conductas de retraimiento, búsqueda del regazo materno y supresión de conductas habituales en niños pequeños ante la presencia de personas o eventos desconocidos, aunque asociado a posterior existencia de fobia social, lo es sólo en un 30% de casos: el 70% restante de niños con inhibición comportamental no poseerá trastorno de ansiedad alguno.

En el año 1903, el eminente psicólogo galo Pierre Janet, describió la ‘phobie des situations sociales’, enfocando su concepto sobre todo en el temor exagerado e irracional ante el desempeño de deteminados actos bajo el escrutinio público, ante la tormentosa mirada ajena -fobia que, de hecho, posee muy buena respuesta a procedimientos psicoterápicos-. De allí al desarrollo trepidante del constructo de ‘trastorno de ansiedad social generalizada’ que existe hace no más de cinco lustros y que hasta ha sido descrito como insospechado y enorme ‘problema de salud pública’, sin duda que media bastante. Da la impresión que en ese tráfago podríamos haber extraviado alguna vez la brújula.

Con saludos cordiales para Rodrigo Peña, futuro colega nuestro que nos distinguió acompañándonos en una rotación electiva,  y de cuyo fino obsequio: Handbook of emotions, hemos glosado algunos de estos apuntes.

Fuente original: Desde el Manicomio

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Pseudociencia y oscurantismo: de entrada… no.

Leo este comentario en el blog Mondo Medico:

«Argumentan los pseudocientíficos que los estudiantes y profesionales de la Salud desprecian las terapias alternativas por sistema, sin pararse a comprobar su eficacia empírica. Precisamente ese es el problema, pues cuando se inteta comprobar su eficacia con unos métodos estandarizados,  cumpliendo el principio de reproducibilidad de la investigación (todo lo que se descubra debe ser repetido por diversos investigadores en diversos estudios y laboratorios, con el fin de verificar que no haya sido fruto de la casualidad, sino un verdadero descubrimiento científico) nos encontramos con que no podemos demostrar que esas terapias y esos remedios tan fantásticos realmente sean ciertos.»

Nos unimos al manifiesto que lanza J.M. Hernández desde la Ciencia y sus demonios y os animamos a que os unáis y lo apoyéis, tanto en esta declaración como en el gran trabajo que está realizando Fernando Frías desde la Lista de la Verguenza.

Si una vez leído, deseas firmar el manifiesto, pulsa en el enlace situado al final del texto. También agradeceríamos que, si lo consideras conveniente, lo difundieras entre tus contactos. La intención es que, si recogemos un número importante de adhesiones, se pueda presentar ante los estamentos correspondientes para reflejar nuestra preocupación sobre este tema.

MANIFIESTO POR UNA UNIVERSIDAD LIBRE DE PSEUDOCIENCIA Y OSCURANTISMO

Ante la cada vez más abundante proliferación de conferencias, cursos, seminarios y todo tipo de actividades que diferentes corrientes pseudocientíficas están desarrollando dentro del marco de las universidades españolas y latinoamericanas, tendencia que cristaliza en la reciente creación de una Cátedra de Investigación sobre Homeopatía en la Universidad de Zaragoza, los abajo firmantes (científicos, profesores, alumnos y ciudadanos en general) nos vemos en la necesidad de manifestar lo siguiente:

La colaboración entre la Universidad y la Empresa, así como con otros organismos y agentes sociales es enriquecedora, productiva y debe ser considerada como una de las prioridades de la política universitaria. Los acuerdos y contratos para la transferencia de resultados de la investigación a la empresa privada pueden representar una importante fuente de financiación para las universidades públicas; los cuales, desarrollados convenientemente, permiten una mayor productividad científica y la optimización de las aplicaciones de tal actividad. Sin embargo, creemos que no es justificable que la Universidad busque vías de financiación a cualquier precio, y aún menos si con ello pervierte su filosofía y fines fundamentales.

La Universidad Pública, como cualquier otro organismo de la administración, debe estar al servicio del ciudadano, manteniendo un contacto permanente con la sociedad de la que forma parte, mediante una comunicación constante que permita la sintonía entre el mundo universitario y las necesidades sociales. Para cumplir estos objetivos, la Universidad debe ser un adalid en lo referente a innovación y a exploración de nuevos caminos para el conocimiento. La Universidad nunca debe ser una estatua, sino una animación en constante movimiento.

No es posible entender la función investigadora y el compromiso social de la Universidad sin la imbricación con su papel fundamental en la formación de ciudadanos libres, capaces de enfrentarse al mundo mediante una mentalidad crítica que les permita escapar de las cadenas de la irracionalidad, la superstición y la ignorancia. Esta función docente, completamente consustancial a la institución universitaria, va más allá de las aulas, al representar la Universidad un referente en cuanto a conocimiento y racionalidad para toda la sociedad.

En este sentido, la Universidad juega un papel muy importante ante el avance que en la sociedad contemporánea están teniendo determinadas corrientes anticientíficas y antirracionales, que pueden suponer un significativo retroceso hacia el oscurantismo y la superstición, algo que se encuentra en el polo opuesto de los objetivos universitarios. Nos preocupa, como universitarios y como ciudadanos, que bien entrado el siglo XXI cada vez prolifere un mayor número de terapias más próximas a la magia que a la medicina, en muchas ocasiones amparadas por instituciones y empresas médicas profesionales; nos preocupa que presidentes de gobierno consulten astrólogos; que pulseras mágicas declaradas oficialmente fraudulentas sean portadas por ministros de sanidad y constituyan el regalo más vendido de las últimas navidades; que cada vez haya más ciudadanos que crean firmemente que las vacunas son tóxicas y nefastas para la salud; que aumente el número de enfermos que abandonan el tratamiento médico para abrazar alternativas esotéricas; nos preocupa muy seriamente que gran parte de la población vuelva a confiar más en los curanderos que en la medicina científica.

Nos preocupa que la Universidad pueda convertirse en un mercadillo que de cabida a cualquier alternativa irracional al conocimiento científico. Sólo una mal entendida apertura de mentalidad puede justificar que se enseñe alquimia en las Facultades de Química, ufología en las de Física o el diluvio universal en las de Historia. Ofrecer el foro universitario a las pseudociencias, en igualdad de condiciones con el conocimiento racional, no se traduce en ningún enriquecimiento cultural, sino en una validación universitaria de la superstición y la charlatanería. Difícilmente podremos educar a nuestros hijos sobre la inexistencia de bases empíricas en la predicción astrológica si van a encontrar en el campus universitario cursos de postgrado en astrología.

Reza una de las máximas en ciencia que la razón no debe aceptar algo como cierto sólo porque lo afirme mucha gente o porque lo suscriban personajes importantes, y que siempre es necesario detenerse ante cualquier afirmación y dudar sobre si es o no cierta. Esto obliga a actuar mucho más despacio, a sopesar cuidadosamente las opciones, a avanzar con cautela ante cualquier tipo de propuesta. Y esta es una de las cosas que creemos firmemente que debe enseñarse en las universidades.

Por todo ello, nos preocupa que la Universidad de cabida a cursos sobre acupuntura, a conferencias sobre creacionismo, a seminarios sobre astrología y a cátedras sobre homeopatía. Nos preocupa especialmente si no se enfocan como un debate crítico y un análisis racional, sino con un presupuesto de funcionalidad y validación científica de los que no sólo carecen, sino que están en frontal oposición al espíritu crítico universitario.

En el caso concreto de la homeopatía, aunque de igual aplicación para el resto de pseudociencias, no se ha demostrado científicamente ni su fundamento teórico (que contradice nuestros conocimientos sobre química y medicina más elementales), ni su efectividad más allá de un placebo. Décadas atrás, se destinaron importantes estudios a buscar una posible base en los postulados homeopáticos, los cuales no han variado significativamente en doscientos años, base que jamás se encontró.

Nos resulta extremadamente paradójico que mientras gobiernos europeos retiran fondos y apoyos estatales a la práctica homeopática, en España se instauren cátedras dentro de las universidades públicas. El aval que esto supone, sitúa a la homeopatía, a la astrología o al espiritismo dentro de la categoría de disciplinas universitarias; máxime cuando no nos encontramos exclusivamente ante una actividad de investigación sobre un fenómeno dudoso, sino ante una institucionalización dirigida a la formación y divulgación de estos postulados.

Consideramos por último, que si bien está justificado profundizar y destinar fondos a cualquier aspecto que pueda ser investigado, la especial situación económica actual convierte la inversión de esfuerzo y medios en este tipo de disciplinas totalmente desacreditadas en un acto de puro despilfarro de recursos, que podrían emplearse en líneas de investigación y docencia muchísimo más prioritarias.

Las personas que desde distintos estamentos y colectivos de la sociedad suscribimos este manifiesto, deseamos llamar la atención sobre este importante aspecto al conjunto de la población y, especialmente, a las autoridades académicas y gubernativas, confiando en que la razón acabe imponiéndose sobre la superstición y el oscurantismo.

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El virus del miedo

 

Dicen los entendidos que es bueno intentar definirnos a nosotros mismos. Internet es una buena herramienta para esta «autoterapia», para hablar de uno mismo y  explicar a los demás como creemos ser.

Un buen ejemplo es el de la autora del blog Mi Paraiso Desierto quien a modo de presentación escribe:

Soy la joven asocial que se sienta en el fondo del salón. La que trata de pasar desapercibida de la mirada de la gente. La que se escoda tras los audífonos antes de salir de casa. Soy la persona mas solitaria que conoces. Soy aquella a la que preguntas una y otra vez: «¿Por qué eres tan seria?». Soy la que siempre responde: «No lo sé». Esta soy yo. Estudiante, soñadora, feliz a mi modo, adoradora fiel de los animales. La fotógrafa frustrada. La que se cruza la calle para no tener que saludarte. La que tiene fobia social y la disfruta. La que sueña con ir a Japón y a la Luna. La adicta a la Coca-Cola. La que padece insomnio por la noche. La que muchas veces sonríe por mera cortesía. La que ama la navidad y los días de inverno. A la que no le gusta presumir nada de lo que tiene. Soy la que nunca comienzo una conversación en el messenger. La que odia las cadenas. A la que no le gustan las grandes ciudades, ni el trafico caótico de los Lunes. La niña extraterrestre con nacionalidad mexicana. Simple ciudadana del mundo. Esa soy yo y este… es mi paraíso desierto… un lugar donde puedo hablar de lo que nunca me atrevería a decirte en persona.

En su blog personal, cuya lectura recomiendo, trata a manera de diario temas muy variados, actuales e interesantes, pero casi nunca habla de su fobia social. Sin embargo, tranascribo aqui  una excelente aportación en donde nos habla de los motivos de ese silencio y de su vida con la fobia social a la que llama «el virus del miedo», como una canción de Ismael Serrano.

Son muchas las razones por las que no suelo hablar de este problema en mi blog, pero aquí van algunas de ellas:

1.- No es un diagnostico oficial (a pesar de que fue una psicóloga quien me lo dijo por primera vez).
Cuando ingresé a la Escuela de Biología además de la típica entrevista de ingreso también se incluía una entrevista de 20 minutos con una psicóloga. Ella me hizo 50 preguntas sobre mi relación con la sociedad y el trabajo grupal y contesté de la manera más sincera posible. Ella, muy amable y simpática por cierto, mencionó que el resultado parecía indicar que tenía un Trastorno de Ansiedad, más concretamente Fobia Social y que, en un momento dado, convivir con esta fobia podía convertirse en un problema que tarde o temprano podía impedirme tener una vida «normal». El nombre de la fobia se me quedó grabada en la mente pero no investigué más sobre el tema pues creí que yo era una persona asocial mas no fóbica (como siempre, la negación antes que la aceptación).
2.- Por vergüenza.
Somos seres sociables ¿no? La evolución (o la creación, dependiendo de su ideología) nos dio las herramientas para convivir en comunidades, en grupos. Todo lo anterior, en conjunto, conforma lo que comúnmente llamamos sociedad. Los grandes cambios que ha dado la humanidad en estos miles de años que nos preceden se dieron gracias al trabajo en equipo. Los grandes avances, lo que hace que una nación funcione es la sociedad misma que trabaja como un enorme engranaje y nos preparan desde pequeños para un día formar parte de ese engranaje; por eso nos mandan a la escuela, a la universidad. Nos educan para trabajar en sociedad, entonces ¿con qué cara voy yo a decir que le temo aquello a lo que se supone que estoy predispuesta a formar parte algún día? ¿Y si me toman por ridícula? ¿Por loca? ¿Por exagerada? ¿Cómo le digo yo a esas personas que no es una exageración? ¿Cómo les explico que no es un capricho?
La sociedad exige unos estándares que debemos seguir para formar parte de ella. Cuando esos estándares no se cumplen y tú vas contracorriente, contra lo establecido, recibes marginación de la misma sociedad de la que tienes que formar parte. Cuando perteneces a una minoría la sociedad se encarga de señalarte, humillarte, o en casos más intolerables, de matarte. Aquí podemos incluir la raza, la religión, la preferencia sexual, discapacidad física o alguna enfermedad (el SIDA, por ejemplo).
No es lo mismo para mí decirle a la gente que soy una persona callada, reservada, tímida, que decir que tengo un problema psicológico, porque siento que si digo esto último ellos me darán una mirada condescendiente, quizá me tengan lástima o, pero aun, me discriminen.
3.- Internet es el lugar donde puedo mostrar mi verdadero Yo.
Otra de las razones por las que no suelo mencionar mi problema en mi blog es sencillamente porque este es el medio que utilizo para olvidarme de él. Mientras que muchos usan Internet para crear una falsa imagen de ellos yo lo hago para expresarme tal y como soy en verdad, para mostrar la personalidad que muy poca gente conocen de mi (sólo mis papás y hermanos). Es en Internet donde puedo encontrar la paz que la calle o los lugares públicos no me pueden dar.
No adquirí mi fobia por el uso desmesurado de Internet (como algunos pueden estar pensando) pues mi miedo empezó el primer día en mi nueva escuela, cuando yo tenía 9 años y no sabía qué era la WEB.
Este blog bien podría estar escrito en una libreta y escondido debajo de mi colchón pero eso no fue posible porque no me gusta cómo escribo a mano y además siempre quise tener un blog para que quizá alguien se pueda identificar con las palabras que aquí yo escribo.
4.- Creí que podía lidiar con ello toda la vida o más bien que yo misma podría superarlo con el tiempo.
Sí, igual que la gente que fuma, toma o consume droga, crees que tienes todo bajo control.
Como mencioné un poco más arriba yo me empeñé durante mucho tiempo en decir que esta era mi forma de ser, que yo era una niña callada, reservada, tranquila y educada. Esa es la imagen que muchas personas fuera de mi círculo familiar más cercano tienen de mí. Me podía catalogar dentro de lo que se denomina «asocial», una persona que no interactúa mucho con la sociedad pero que tampoco la desprecia (eso es un antisocial).
¿Pero hasta qué punto mi comportamiento entra dentro de lo normal y hasta dónde se convierte en un problema de vida? Esa es la cuestión. No sé si todas las personas asociales tienen fobia social (con síntomas incluidos) o si por el contrario, es un estilo de vida que ellos mismos han deseado tener. Eso no me queda muy claro, pero yo sufro mi asocialidad. Más abajo lo explicaré.
Quizá fui más consciente de mi problema hace relativamente poco tiempo, desde que dejé la carrera de Veterinaria y empecé a buscar trabajo (que ha sido toda una pesadilla para mí). No es una lucha contra la búsqueda de trabajo y yo. Es una lucha contra mi fobia y mis ganas de encontrar un trabajo. No sé si logro explicarme muy bien, pues hasta a mí me resulta confuso a veces.

 

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¿Es posible o no?

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La intervención psicológica

En la serie de notas extraídas de texto “Fobia Social” de Dr. Arturo Bados López (2005), después de definir el problema en Las tres dimensiones de la fobia social y de conocer el origen en La precuela de la fobia social, llega el momento de la intervención  psicológica:

Los objetivos

a)  Aprender a establecer metas realistas en las interacciones sociales.

b) Corregir las expectativas, interpretaciones y valoraciones negativas y, en general, los errores cognitivos que contribuyen a incrementar o mantener la ansiedad; y modificar los supuestos en los que se basan estas cogniciones negativas.

c) Aprender a concentrarse en la tarea o interacción social en vez de en las sensaciones internas y pensamientos negativos.

d) Reducir significativamente las conductas de evitación y las conductas defensivas al tiempo que se potencian las interacciones sociales pertinentes.

e) Reducir significativamente la activación autonómica y somática o habituarse a la misma cuando no se puede cambiar.

f) Reducir significativamente la ansiedad social tanto en las situaciones sociales temidas como al anticipar éstas.

g) Aprender a comportarse habilidosamente en aquellas situaciones en las que la persona presenta déficits al respecto.

h) Reducir significativamente la interferencia producida por el trastorno.

La idea no es curar totalmente al paciente, sino dotarle de unos recursos básicos que le permitan, tras haber conseguido un progreso notable en la terapia, seguir trabajando por su cuenta para incrementar y ampliar los cambios conseguidos.

El camino

Al igual que con cualquier otro trastorno, es fundamental:

a) Establecer una buena relación terapéutica, la cual puede verse interferida por los miedos sociales del paciente.

b) Acordar, a partir de los datos obtenidos en la evaluación y de las experiencias del paciente, una conceptualización del problema en la que se destaquen los elementos del mismo y los factores que contribuyen a su mantenimiento (puede ofrecerse también una breve explicación sobre el posible origen del trastorno).

c) Acordar con el paciente los objetivos específicos a conseguir.

d) Justificar y describir en general el tratamiento a seguir y su eficacia.

Se aconseja que, a no ser que las características del paciente aconsejen lo contrario, la conceptualización del problema no se presente de un modo directivo, sino que se llegue a la misma en colaboración con el paciente y apoyándose en las experiencias de éste. También es aconsejable que el modelo explicativo se vaya dibujando en una pizarra u hoja de papel para que terapeuta y paciente puedan verlo y discutirlo juntos. Una vez acordado el modelo explicativo, conviene darle al cliente una copia por escrito para que pueda consultarla cuando desee o se le pida.

Hay que vigilar para que los pacientes no mantengan metas del tratamiento poco realistas. Algunos piensan que aprenderán a sentirse siempre sin malestar al interactuar con otra gente, pero no hay tratamiento, por prolongado que sea, que pueda conseguir esto; además, un cierto grado de ansiedad social es normal e incluso deseable en muchas situaciones.

Otros creen que aprenderán reglas claras de cómo comportarse en las situaciones sociales, pero aunque el tratamiento ofrece cierta ayuda al respecto, es imposible tener en cuenta toda la diversidad de situaciones sociales; además, y más importante, muchas situaciones sociales son impredecibles y existen opiniones diversas sobre qué comportamientos son más adecuados.

Finalmente, los pacientes con miedo a sus síntomas somáticos (rubor, sudor, temblor) en situaciones sociales suelen desear la desaparición de estos síntomas, pero estos son susceptibilidades individuales con las que hay que aprender a convivir; si esto se consigue, se supone que, al reducirse el miedo, disminuirán en intensidad, frecuencia y/o duración.

Los fóbicos sociales tienden a menospreciar los logros conseguidos, más aún si son lentos o pequeños. Menospreciar el progreso es más fácil cuando las tareas que se propone el paciente son cosas que resultan fáciles para la mayoría de la gente.

Conviene avisar al paciente (y prepararlo para ello) de que la superación de la fobia social puede no producir efectos positivos inmediatos con las personas conocidas, debido a las actitudes previas de los demás hacia él. Por otra parte, la exposición y los experimentos conductuales en la reestructuración cognitiva no pueden llegar a demostrar que los juicios negativos de los otros no existan realmente, ya que la gente puede callarlos o ser más suave por educación o consideración. La única manera de trabajar esto es aprender a tolerar la evaluación negativa y a comprender que esta es compatible con la aceptación por parte de la mayoría de los otros. En otras palabras, lo importante no es tanto convencerse de que la evaluación negativa es menos probable de lo que se cree, sino aceptar que no es tan catastrófica como se piensa: los demás pueden evaluar negativamente ciertos comportamientos de uno en algún momento, pero no por eso le rechazan (aunque una minoría puede hacerlo).

En principio, y hasta que no haya más datos al respecto, no se recomienda introducir medicación junto con el tratamiento psicológico, ya que no constituye un remedio a medio/largo plazo y puede favorecer la dependencia. De todos modos, medicaciones como los betabloqueantes y benzodiacepinas pueden ser útiles como medidas temporales cuando un paciente llega al tratamiento en un momento de crisis (p.ej., tiene que dar en breve una importante charla en público).

Hay que avisar a los clientes de que el progreso no será lineal. Aunque se irá avanzando, es normal que haya altibajos y contratiempos. Lo que se logró ayer, puede parecer imposible hoy y se puede perder parte de lo que se había ganado. Sin embargo, esto es inevitable y lo importante es seguir practicando, con lo que el terreno perdido se recupera con rapidez.

De cara al mantenimiento de los resultados, deben perseguirse ciertos cambios en el estilo de vida del paciente, tales como potenciar sus contactos con conocidos, ampliar su red de contactos sociales, participar en actividades que le permitan interactuar con otros (trabajo voluntario, grupos de aficiones), etc. Esto es especialmente importante en personas que carecen de un empleo estable y/o se encuentran aisladas.

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La precuela de la fobia social

Se llama precuela (o más raramente presecuela) a una obra (ya sea una película, historieta, serie de televisión, videojuego, novela, etc.) creada después de una entrega original, pero cuya referencia cronológica se sitúa en el pasado, generalmente desvelando las causas o los orígenes del argumento de la primera entrega. Dentro de la ciencia-ficción son numerosos los ejemplos de precuelas, tanto en el cine como en la literatura o el cómic.

Ahora se habla mucho de las precuelas de Avatar, Alien, La Cosa, etc. Así que nosotros, interesados en la fobia social, presentamos aquí su precuela,  desvelando el inicio del trastotno y sus orígenes (adaptación del texto «Fobia Social» de Dr. Arturo Bados López, 2005):

El inicio

La edad media de inicio de la fobia social suele estar entre los 14 y 16 años en la mayoría de los estudios y no es nada extraño que comience incluso antes . En el estudio de Brown y cols. (2001) con una muestra clínica de 433 pacientes la edad media fue de 15,7 años. En poblaciones clínicas infantiles, la edad media de comienzo ha sido 11-12 años.

Es muy común la existencia de antecedentes de timidez o inhibición social y muchos fóbicos sociales informan haber tenido el trastorno toda su vida o desde antes de los 10 años. Conviene notar que la edad precisa de comienzo de la fobia social dependerá de cómo se defina ésta. En niños de 2-3 años pueden identificarse conductas observables indicativas de fuertes miedos sociales ante la crítica o desaprobación, conductas que predicen una mayor ocurrencia de la fobia social años más tarde. Sin embargo, la conciencia de sí mismo y de los otros como objetos de evaluación y la anticipación de la evaluación negativa no aparecen hasta alrededor de los 8 años como pronto y están mucho más desarrolladas aún en la adolescencia.

La adolescencia es un periodo crítico ya que cada persona va a verse sometida a un proceso de evaluación por el resto de los miembros de su grupo de iguales y va a tener que establecer su papel y su lugar en un sistema social distinto al de la familia. La lucha por establecer un lugar en las jerarquías sociales de dominancia facilita la aparición de los conflictos sociales, a los cuales puede responderse con ansiedad como medio de prevenir o defenderse de los ataques de los miembros más dominantes. Por otra parte, la adolescencia es un periodo conflictivo en el que puede haber un temor a la evaluación negativa por parte de los padres. Finalmente, en comparación a la niñez, no sólo hay más demandas sociales (nuevo ambiente escolar, nuevas amistades), sino que el mayor desarrollo cognitivo permite ser mucho más consciente de la discrepancia entre cómo uno se ve a sí mismo y cómo uno cree que lo ven los demás (aunque esta capacidad puede desarrollarse ya a partir de los 8 años de edad). Los adolescentes más vulnerables a las situaciones de estrés pueden responder con ansiedad y evitación a las situaciones sociales.

La fobia social, especialmente la de tipo no generalizado, puede aparecer bruscamente tras una experiencia estresante o humillante; sin embargo, lo más frecuente es que la fobia social se desarrolle de una forma más lenta en respuesta a varios tipos de experiencias. Aunque no es frecuente, la fobia social puede manifestarse por vez primera en la vida adulta cuando, por ejemplo, un cambio de circunstancias (laborales, familiares, escolares, de residencia) implica realizar actividades temidas (hablar en público, supervisar a otros, relacionarse con nueva gente) que antes no eran necesarias.

El origen

Para empezar, al igual que parecemos estar preparados evolutivamente para temer a ciertos animales (aquellos que pudieron ser peligrosos para nuestros antepasados) y no a otros, también parece existir una preparación evolutiva para temer las expresiones faciales de ira, crítica y rechazo, preparación que facilitaría el orden social dentro del grupo al establecer jerarquías de dominancia. Se ha comprobado que es mucho más fácil condicionar miedo –o, al menos, hacerlo más resistente a la extinción– a las expresiones faciales citadas que a caras felices o neutrales. Este efecto de condicionamiento se obtiene sólo cuando las caras miran directamente a la persona, lo que indica la importancia del contacto ocular. Además, una vez condicionadas las respuestas de miedo, éstas son producidas incluso por presentaciones de las expresiones faciales a nivel subliminal; esto indica que no es necesaria una detección consciente de dichas expresiones, sino que las respuestas de miedo se activan a un nivel simplemente preatencional.

Ya sea que ciertas expresiones faciales se teman más fácilmente por preparación biológica, por prepotencia evolutiva y/o por otros factores, lo cierto es que existe una susceptibilidad en la especie humana a la crítica y a la desaprobación social y que la mayoría experimentamos ansiedad social en algún momento, especialmente en la adolescencia. Sin embargo, esta ansiedad social no es igual de frecuente, intensa y duradera en todos (de hecho, en algunos parece no darse), de modo que para que se desarrolle fobia social, se necesita además, la interacción de ciertos factores biológicos y psicológicos.

Dentro de los factores biológico, se han propuesto los siguientes:

– Mayor capacidad innata para reconocer la amenaza social y responder sumisamente a la misma. Este sería un fenómeno de la evolución filogenética por el que ciertas personas percibirían e interpretarían ciertas señales sociales (especialmente expresiones faciales) en términos de amenaza y mostrarían una conducta sumisa que les permitiría tanto evitar el enfrentamiento con los miembros dominantes del grupo como permanecer dentro de la seguridad del grupo.

– Bajo umbral de activación fisiológica y lentitud en la reducción de la activación que quizá se transmitan genéticamente. Esto puede dificultar el proceso de habituación a situaciones nuevas o amenazantes, facilitar la conciencia de uno mismo o autoconciencia (véase más abajo), interferir en la actuación social y favorecer así la evitación directa o sutil de situaciones sociales. Esta mayor activación fisiológica ha sido ligada al factor temperamental denominado inhibición conductual ante lo no familiar, el cual a su vez ha sido relacionado con variables de personalidad tales como la introversión y el neuroticismo.

Por otra parte, hay varios factores de la propia experiencia que, aisladamente o en combinación, pueden interactuar con una vulnerabilidad biológica preexistente para producir fobia social. La importancia de estos factores depende fundamentalmente de que originen un sentido de falta de control o de pérdida de control de un mayor o menor número de situaciones sociales. El control de los resultados en estas situaciones (pero no necesariamente en otras, ya sean de tipo social o no) sería percibido por la persona como radicado en los otros, en vez de en sí misma. Los factores experienciales se detallan a continuación (Bados, 2001a).

– Progenitores sobreprotectores (hipercontroladores), muy exigentes, poco o nada afectuosos, que no apoyan a sus hijos inhibidos, que utilizan la vergüenza y el “qué pensarán” como técnicas educativas y disciplinarias, y que incluso muestran actitud de rechazo. Este estilo educativo es informado retrospectivamente con mayor frecuencia por los fóbicos sociales en comparación a controles normales y puede ser un resultado del temperamento ansioso de los niños en interacción con la ansiedad de los padres. A su vez, este estilo educativo inhibe las relaciones satisfactorias entre padres e hijos, interfiere en el desarrollo de la independencia, autoconfianza y competencia social de estos últimos, y facilita el surgimiento de una gran necesidad de aprobación. Unos padres muy exigentes pueden favorecer el desarrollo de una conciencia excesiva de sí mismo, de metas perfeccionistas y de la creencia de que los otros son inherentemente críticos.

– Falta de experiencia social y de habilidades sociales, producida por factores como: educación inhibidora de las relaciones sociales (educación que se ve facilitada si alguno de los padres presenta trastornos de ansiedad o ansiedad social), aislamiento del propio niño (facilitado por factores temperamentales), aislamiento de la familia (favorecido por problemas psiquiátricos en alguno de los progenitores), falta de modelos adecuados y carencia o nulo fomento de oportunidades; esto último ocurre con la situación de hablar en público en el contexto educativo o con las relaciones con las chicas en un ex-seminarista. El aislamiento social del propio niño y de la familia inhibe el desarrollo de las habilidades sociales del niño y favorece la ansiedad social.

– Observación de experiencias sociales negativas o de ansiedad social en los padres o personas significativas (p.ej., del 9% al 20% de los familiares cercanos presentan fobia social). Unos padres muy preocupados por los juicios de los demás acerca de la apariencia y el comportamiento social, y que muestran conductas de sumisión y evitación pueden facilitar la aparición en sus hijos de preocupaciones y conductas similares. Por otra parte, se ha dicho que ser hijo único o primogénito podría estar relacionado con la timi-dez al tener menos modelos y posibilidades de interacción social y mayor probabilidad de aprendizaje observacional de la ansiedad social si uno de los padres la padece.

– Cambio de circunstancias (laborales, familiares, escolares, de residencia) que implica realizar actividades temidas (hablar en público, supervisar a otros, relacionarse con nueva gente) que antes no eran necesarias. Así, se ha dicho que cambiar de escuela o mudarse de barrio entre los 8 y los 14 años produce una gran cantidad de estrés al tener que ir a un nuevo sitio donde ya todos se conocen.

– Experiencias negativas en situaciones sociales (burlas, desprecio, ridículo, rechazo, marginación, intimidación, castigo e incluso ataques de pánico), las cuales interactuarían con variables temperamentales y de personalidad. Estas experiencias parecen ser informadas por una mayor proporción de fóbicos sociales (40-58%) que de sujetos normales (20%) y pueden ocurrir con distintas personas (padres, maestros, compañeros) y en distintas situaciones y etapas de la vida; la infancia y la adolescencia serían especialmente importantes en este último caso. Es posible que las experiencias negativas en situaciones sociales sean más frecuentes en la fobia social circunscrita que en la generalizada.

– El desarrollo excesivo de la conciencia pública de uno mismo (darse cuenta de sí mismo como objeto social) en los últimos años de la infancia o primeros de la adolescencia puede conducir a una autoevaluación excesiva y acentuar la timidez previamente existente; incluso puede favorecer la aparición de la timidez por vez primera. En ambos casos aparecen claramente desarrollados la conciencia de sí mismo como objeto de evaluación y el miedo consciente a la evaluación cognitiva. La conciencia de sí mismo es la disposición a focalizar la atención sobre uno mismo, ya sea sobre las conductas privadas (sentimientos, pensamientos) o públicas (apariencia, comportamiento motor, contenido verbal), pero sin que esto tenga que implicar necesariamente ponerse ansioso.

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