Después de la parte dedicada a la infancia, esta es la continuación del testimonio de una amigo de la Asociación AMTAES.
Se me presentaba un nuevo reto, enorme para mí en esa época: el cambio del colegio al instituto. Tampoco tenía nada claro qué quería hacer. Mi padre me comentó que, como me gustaban muchos los automóviles, podría hacer Formación Profesional de Mecánica de vehículos a motor, o que también había otro centro en el que impartían Electrónica. Me decidí por esta última, por el simple y pueril motivo de que:”Los mecánicos se ensucian las manos, los electrónicos no”.
Intento no traer a la memoria demasiado a menudo esa época. Entre el cambio de centro (ningún compañero de mi colegio eligió lo mismo que yo, por lo que me encontraba más solo que nunca), los cambios hormonales y de crecimiento, típicos de la pubertad y adolescencia, y mi tendencia a la introversión, unida a la falta de amigos y de ese tipo de expansión personal necesaria para todos, se me acumuló tanto cambio, tanta incomprensión por mi parte, tanta extrañeza de lo que pasaba a mi alrededor y adentro de mí mismo, que nunca logré comprender ese momento de mi vida.
Desde el comienzo del nuevo curso, no encajé. Recuerdo que no me enteraba de nada, de hecho el primer día me confundí de aula y ya me provocó ansiedad y malestar. Cuando entré en el aula que me correspondía me abrumó ver tantas caras desconocidas y oir tanto ruido y barullo, cosa que en el colegio no recuerdo que ocurriera. En un instante, mi mirada evaluó la situación y, aunque mi mente me decía que huyera de allí a cualquier otro lugar, busqué algún rostro que me transmitiera confianza y bondad, cosa que siempre me ha pasado después en cada nuevo reto que debía afrontar en mi vida. Ví a un chico que parecía menor de lo que correspondía, con cara de niño y mirada infantil, y ¡allá que fui! Casualmente (o mejor, causalmente) ese chico fue objeto de burla y escarnio general por parte de la clase, simplemente por su aspecto y su carácter ingenuo y bueno en esencia. Nunca le pregunté, pero creo que tenía algún tipo de retraso en el crecimiento, no tanto en la mente como sí en el aspecto, además de que tartamudeaba siempre y tenía tics. Jaime se llamaba, nunca le olvidaré.
Era incapaz de hacerme oir en clase y. si tenía que salir a la pizarra, estar a la vista de toda la clase para exponer un tema o resolver un problema determinado me suponía una tortura terrible: no podía alzar la voz, el profesor siempre me decía que hablara más alto, pero no era capaz de hacerlo; me bloqueaba mentalmente (recuerdo una exposición sobre un libro que había leído en la que no logré terminar de comentarlo y al final tuve que retirarme a mi pupitre entre lágrimas y acaloramientos y teniendo que escuchar las risitas y ver la caras de asombro y de regodeo de los compañeros). Siempre intentaba hacerme el despistado, cuando el profesor buscaba a alguien para salir a la pizarra.
Yo intentaba pasar desapercibido, pero también recibía lo mío: insultos, risas mal intencionadas, gestos obscenos, etc. Nunca entraba al trapo, creo que por eso me salvé de algo peor, como sí que le ocurría a Jaime. Poco a poco fui encontrando una especie de “pandilla”, chicos más o menos tranquilos y tolerantes a los que me agregaba, más de manera física que anímica, en las clases y recreos. Como en el colegio, nunca salí con ellos, ni quedaba fuera del instituto.
Con mi familia, la infancia vivida feliz cerca de primos y demás, dio paso a una tendencia de evitación, de aislamiento y de despegarme poco a poco de ellos. No me sentía bien ya entre el grupo de primos y sus amigos en el pueblo, además de que ya empezaban a juntarse con chicas, como es lo habitual de la edad. Me resultaba un entorno intimidante, nunca captaba las bromas, sobre todo las de carácter sexual o erótico. Me sentía avergonzado de mí, de mi cuerpo y de los cambios que en él experimentaba, no terminaba de entenderlo, qué sentido tenían esos cambios, me veía feo. Puede que la moral puritana en casa (sobre todo por parte de mi madre) no me ayudara precisamente en ese proceso natural.
Cumplía años y cada vez estaba más solo, aislado de la realidad, de la sociedad, del mundo en general. Mis primos se fueron olvidando de mí. Con los compañeros de instituto cada vez me sentía más apartado, ajeno a su grupito y sus inquietudes, no me terminaron de aceptar, o tal vez yo no quise o no supe integrarme. Los cursos los iba aprobando pero con dificultad. Me resultaba más aburrido todo, a cada año que pasaba, no le encontraba sentido a tener que memorizar, aprender y comprender determinadas asignaturas, temas, materias y lo de evaluar los conocimientos con los criterios que impusiera cada profesor en particular, me parecía algo así como una injusticia, un absurdo, algo arbitrario y subjetivo. En definitiva, no me veía transigiendo con el sistema educativo al uso, menos todavía teniendo que compartir espacio y horas con el resto de la gente, esa sociedad que ya empezaba a dejarme claro el hecho de que yo no formaba parte de ella, como si fuese una especie de extraterrestre, totalmente diferente a ellos, opuesto al resto del mundo, sin nada en común.
Intenté hacerme querer, valorar o estimar. Aunque me costaba horrores fui a varias excursiones y viajes de fin de curso, pero a cada experiencia que intentaba me topaba con la cruel realidad, como si se interpusiera, entre mi mente y mi alma, una especie de barrera invisible, un muro infranqueable. Llegué a convencerme a mí mismo de que yo no pertenecía a este mundo, ni a esta época de la historia, ni menos aún a la sociedad en la que se suponía que debía integrarme.
El último curso, en 1993, decidí intentarlo por última vez. Iría, gracias al esfuerzo económico de mis padres (que entonces, por fin, empezaban a intentar comprender lo que me pasaba y por qué era como era), al viaje fin de carrera. ¡Tenía tantas ilusiones puestas en eso, tantas esperanzas de romper mi burbuja interior, de ser uno más!; todo salió al contrario de lo que esperaba.

Para empezar, el grupito de compañeros al que creía perternecer, me dejaron fuera del mismo cuando tuvieron que elegir con quién compartir unos bungalows que nos asignaron en zona de playa. Me supo muy mal, me sentí perdido, temeroso, inseguro, desvalido y desorientado.
Luego, cuando salíamos por la noche, ese mundo de la “marcha” y la “movida” nocturna que desconocía totalmente, me resultó abrumador, desconcertante, intimidatorio, terrible. Intentaba hacer lo mismo que los demás: beber alcohol (gran error), bailar (algo parecido a la danza de la lluvia india) y dejar que alguna chica se acercara a mí (siempre he sido bien parecido, modestia aparte), pero sin terminar de comprender nada, no me enteraba de si debía hacer o decir esto o aquello. Me dejaba llevar por esos compañeros, pero no sabía muy bien por qué ni con qué motivo. Resumiendo, todo fue decepcionante y, lo peor, abusar del alcohol y no descansar en condiciones provocó una especie de desorientación espacial, era como si no supiera dónde me encontraba, no ya de noche, sino también de día. Tenía que recurrir a que uno de esos compañeros me acompañase (valga la redundancia) en los paseos y salidas que nos quedaban durante el día. Me sentía mareado, confuso, con sensación de gran torpeza y como si mi mente se quedara en blanco siempre.
Cuando volví de ese viaje mi madre se alarmó por verme así y no sabía el motivo. Decidió que acudiera al médico de familia a consultar, el cual me derivó al psiquiatra y al psicólogo a la vez. Esa fue mi primera toma de contacto con los especialistas de la mente, cuando me explicaron los motivos y las causas de mis problemas: tenía fobia social y tendencia a la depresión. Empecé con tratamiento farmacológico (antidepresivo y ansiolítico), para después complementarlo con el psicólogo (terapia cognitivo-conductual, tareas de exposición en sociedad, etc.).
He de reconocer que en cuanto empecé a notar cierta mejoría, abandoné ambos tratamientos y dejé de asistir a las consultas de mis especialistas, pensando que ya no serían necesarios,¡qué equivocado estaba! La soberbia, típica por otra parte de esas edades, me llevó por el camino equivocado al hacerme creer que podría mantenerme sin ayuda externa, simplemente con mi razonamiento interior y algo de fuerza de voluntad. Siempre he rehuido la toma de cualquier tipo de medicamento, no soportaba tener que depender de la química externa a la que se generase mi propio organismo, en este caso, más concretamente, mi mente. La serotonina es la que impulsa o, al contrario, su falta o escasez de segregación coarta la toma de decisiones, los impulsos emocionales y de aventura; ahora lo se, pero entonces lo desconocía, no quería creer en esos “cuentos”,¡cuán misteriosa y enrevesada es la mente humana!, todo un Universo en miniatura.
El nuevo reto que se me presentaba era el de encontrar mi primer empleo e introducirme en el mercado laboral. Mi primera experiencia en ese terreno, al principio, no fue del todo negativa. Yo todavía tenía 17 años, seguía siendo muy ingenuo y quería creer que “todo el mundo es bueno”, y que se darían cuenta de que yo, a pesar de mi timidez e introversión, era también buena persona.

Trabajé en un almacén durante el verano para cubrir suplencias por vacaciones. Fue un choque para mí, pero pensaba que aprendería todo lo necesario para que me ayudase a desenvolverme por la vida, a la vez que me permitiría alcanzar, algún día, cierta estabilidad económica. No fue así. Siempre he empezado bien en la mayoría de trabajos que he realizado (han sido muchos, incontables), pero el final solía ser traumático y abrupto. Unas veces me sentía abrumado por la competencia entre compañeros de trabajo y la brusquedad de las órdenes por parte de los superiores; otras veces, directamente, fui objeto de acoso laboral puro y duro.
Han pasado los años, he conocido el amor verdadero, he tenido muchas oportunidades de mejorar y de alcanzar metas que creía imposibles, pero he seguido cometiendo los mismos errores, dejando que me machacasen demasiadas veces, incluso tanto que llegué a protagonizar un intento de suicidio. Eso ocurrió en mi último trabajo, cuando el acoso de varias compañeras y la incomprensión de los jefes de personal me provocaron fuertes ataques de ansiedad y llegar a pensar que mi vida no tenía sentido.
Ese amor verdadero lo perdí, dejé que la relación se estropeara por mi evitación, dejándola plantada sin aviso y excusa alguna en varias ocasiones. Era una relación variable, cambiante, de subidas y bajadas permanentes, en la que el peso de la misma lo llevaba yo, con lo cual ella terminó dejándome y pidiéndome que no la buscara ni contactara nunca más. Todo esto provocó una nueva recaída, de la que todavía perdura el recuerdo amargo de algo que fue tan bonito y se perdió por mi culpa.
Resumiendo, me encuentro sin trabajo desde hace más de dos años (el último lo dejé, aburrido de pasarlo mal, incluso renuncié a un último contrato de un año de duración). Sin pareja, aunque intento mentalizarme que eso no es para mí, que nadie podrá aguantarme.

Ahora vivo en mi mundo particular. Apenas salgo a la calle, aunque me he acostumbrado a acudir a diario a la Biblioteca Pública del Estado en mi localidad, en donde me siento más o menos a gusto. Rodearme de libros, revistas, películas, música, etc., ese es mi mundo. Siempre aprendiendo algo nuevo, curioseando entre libros y más libros. También salgo cuando tengo que hacer la compra y algún recado.
Mantengo la misma medicación desde hace años (un ansiolítico y un antidepresivo, con esporádicas tomas de otro ansiolítico puntual en momentos de picos de ansiedad); eso sí, dejé de acudir a consultas ya que veía que no avanzaba, estaba demasiado encerrado ya en mi mundo como para creerme capaz de romper esa zona de confort y exponerme más ante la sociedad y el mundo exterior. La medicación no consigue eliminar todos los males, aunque alivia bastante, ya que sin ella apenas podría descansar por las noches en condiciones y tampoco me atrevería a salir a la calle, aunque sólo sea de manera limitada.
Siento un gran temor en lo que se refiere a la reincorporación al mercado laboral, más aún, dadas las características que lo definen en la actualidad (precariedad laboral, altísima competencia, abusos de poder y autoridad, pérdida de poder adquisitivo y cotización, etc.).Empiezo a pensar que no merece la pena volver a intentarlo por enésima vez, que las “ventajas” no me compensan en relación a los inconvenientes que siempre me ha supuesto todo lo relacionado con los trabajos y la interacción con compañeros, jefes, público, etc.
Es triste, además de carecer del carácter socializador que se le supone a todo ello, pero ya he renunciado a tantas cosas, materiales y emocionales, que creo que esa es la decisión más “razonable” para mí. No seré amado por alguien ajeno a mi mundo, ni me parece que encaje en ningún trabajo y grupo social de cualquier tipo. Sólo puedo aspirar a intentar sobrevivir el tiempo necesario para poder ayudar a mi madre, acompañarla y despedirme de ella cuando tenga que dejar este mundo. Después…ya se verá.
Mi vida transcurre de esta manera, intentando mantenerme a flote con las pequeñas cosas que forman mi mundo particular, mis aficiones, mi madre, mis escasísimos amigos (muchos de ellos virtuales, a los que no conozco en persona) y afortunadamente con la comprensión, apoyo y bondad que me brindan los amigos de la asociación AMTAES, que he descubierto desde hace poco tiempo y que cada día que interactúo a distancia con ellos me sorprenden gratamente; pero sobre todo, me hacen sentir menos solo y más valorado y apreciado por una pequeña fracción de la sociedad, al menos.
Muchas veces pienso:”Ojalá las personas, tanto la que me han hecho daño, como las que me han llegado a conocer alguna vez, y a las que he amado y apreciado, pudieran mirar el mundo a través de mis ojos”.No es nada sencillo, bucear en mi mente e intentar comprender el motivo de mis decisiones o de la falta de ellas. Siento una tremenda impotencia por ello, no suelo encontrar las palabras correctas que pueda expresar lo que siento, lo que pienso y lo que hago (los tres pilares fundamentales en los que se apoya la problemática de la fobia social).
Sólo soy capaz de aportar parte de mis experiencias, vivencias, ideas y miedos a quien quiera escucharme; si de esta manera logro ayudar a que se difunda este problema, a que otras personas se identifiquen con ello y empiecen a buscar ayuda y a trabajar para mejorarse a sí mismos, me sentiré entonces tremendamente satisfecho por aportar mi granito de arena y dejar, a un pequeñísimo nivel, mi particular y humilde legado a la humanidad, o al menos a una parte menor de la sociedad, aunque desgraciadamente compruebo que el número de afectados por fobia social va en aumento: toda una cuestión para reflexionar y para que empiecen a meditar nuestros dirigentes, políticos, médicos, empresarios, trabajadores, profesionales varios, en definitiva, la SOCIEDAD en global, acerca de qué estamos haciendo los unos con los otros, hacia dónde se dirige esta civilización y este sistema que parecen empeñados en olvidar sus orígenes, en definitiva, su HUMANIDAD.
No escribo este documento para buscar compasión o que me transmitan la pena y el dolor personas desconocidas. Si lo hago, es por intentar que se conozca y comprenda cómo puede llegar a ser, a sentirse, a vivir este problema que, en general, conocemos como fobia social, con sus muchas variantes o derivaciones psíquicas existentes.
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