Autogénesis de la ansiedad

Utilizo la palabra autogénesis al referirme al fenómeno de la ansiedad, porque entiendo a ésta, no como una enfermedad en si misma, tal y como suele hacerse habitualmente, incluidos muchos profesionales de la salud mental, sino como un mero síntoma, como una manifestación organísmica o aviso de que la persona que lo experimenta se está saliendo peligrosamente del ámbito de lo real. Ese ámbito de lo real no es otro que el de lo posible, lo factible. Entonces, tan pronto como un ser humano- a través de diversos mecanismos mentales, que no van más allá de su pensamiento y de su fantasía – intenta escapar de esa realidad posible, que no es otra cosa que su actuación, percepción y vivencia del «aquí» y el «ahora», estará perdiendo, sea o no consciente de ello, el contracto con la realidad. Estará comenzando a operar, de forma exclusiva, con su imaginación, con sus fantasías, con sus pensamientos, guiados todos ellos, por regla general, por el miedo, el deseo, la culpa y, por encima de todos estos sentimientos a cual más neurótico, por la necesidad de controlar la realidad en un momento imposible.

La persona está huyendo, se está alejando peligrosamente hacia mundos imaginarios con el ansia de manipular y modificar la realidad a su antojo.

La dirección que suelen tomar esas fantasías, presuntamente manejadoras de la realidad (y digo presuntas porque tan control jamás se da de hecho, sino única y exclusivamente en el ámbito de lo ilusorio), puede ser, las más de las veces, de alguno de estos cuatro tipos que paso a describir a continuación:

1. La persona intenta con su mente adelantarse en el tiempo y situarse en una fecha y situación posteriores al momento y lugar en el que vive en ese instante. Su intención es, generalmente, la de evitar un peligro potencial, conseguir algo que considera un bien, etc. Lo cierto es que tal meta es de todo punto imposible: no se puede estar en Madrid, en la casa propia, el 2 de febrero a las 5:00 p.m. sentado en un sillón y, al mismo tiempo, pongamos por caso, estar evitando que un hijo pequeño, que juega en torno nuestro, sea mayor, lo llamen a filas, sea enviado por el ejército a otro país con un conflicto bélico y reciba el impacto de un obús.

Una persona que en su mente esté generando una fantasía similar a la del ejemplo que acabo de citar, indefectiblemente experimentará ansiedad; quizás incluso llegue a sentir en su propio cuerpo, ese correlato físico de la ansiedad que es la angustia.

¿Podemos decir que esa persona que experimenta tal angustia sea una persona enferma? Es obvio que la respuesta sería unánime: no. Lo único que ha ocurrido es que dicha persona se ha salido con su mente de esa única realidad posible que es vivir su momento presente y ha intentado manipular, de forma estéril por otra parte, un posible futuro. Por tanto, no tiene sentido hablar de patología ansiosa ni ningún otro cuadro o etiqueta psicopatológica, pues la ansiedad que ha experimentado es simplemente eso: una ansiedad- señal, que como decíamos, genera su propio organismo, para que sea consciente de lo ilusorio de su propósito y rectifique cuanto antes reingresando de nuevo en el ámbito de lo real.

2. La persona, también con su mente como todo utillaje, se sale de su realidad, de la realidad, y comienza, inconscientemente, a compararse con un modelo de lo que cree que tiene que ser, modelo habitualmente generado por sus padres, por sus educadores y por la influencia del entorno, y que, al final, ha llegado a hacer suyo, (bien sea un modelo en el plano físico, estético, moral, profesional, afectivo, etc.). Por un momento, está intentando también otro imposible: ser quien no es. Podrá fantasear durante minutos, horas y hasta días, pero todo ese proceso sobreideacional no se convertirá, ni por su duración ni por su contenido, en algo real. Y, de nuevo, su naturaleza generará la ansiedad-señal para recordarle que no puede ser otro, en esos momentos, que el que es.

3. La persona, en esta ocasión, fantasea con ser recompensado con un valioso trofeo por su sensacional actuación en un campeonato internacional de patinaje artístico. Los aplausos son atronadores. Los latidos de su corazón se aceleran de la emoción y de la satisfacción de haber conseguido su meta más anhelada. Inmediatamente, esas sensaciones se convierten en una intensificación galopante de los latidos de su corazón, en una enorme dificultad para respirar y en una sensación de poder desplomarse, o incluso morir, de un momento a otro. La persona de nuestro ejemplo vive, desde hace muchos años, sentada en una silla de ruedas.

De nuevo estaríamos ante alguien que huye de la realidad e intenta lo imposible. No se trata de que una persona, sea cual fuere su estado de invalidez o de salud, no tenga legítimo derecho a tener aspiraciones y metas, de todo tipo y de todo tamaño. Lo que le estará recordando la ansiedad-señal será que, justamente esa meta que estaba soñando, y quizás algo más que soñar, se estaba «exigiendo», era algo absolutamente imposible. Que, para él, como para tantos otros, queda fuera del alcance de su realidad.

4. Un último caso de ansiedad-señal, generada, como en todos los otros ejemplos, por el propio individuo, esta vez en el sentido inverso al que exponíamos en el primer caso. La persona, aquí se limita a recordar. Recuerda con tal intensidad que llega a perder la consciencia de que simplemente está recordando. De repente, siente un extraordinario agotamiento y un entumecimiento de su musculatura, especialmente de cintura para abajo. Se ve avanzando en una larguísima playa mediterránea. En un descuido, su hijo de cinco años, que jugaba tranquilamente en la arena, con su cubo y su pala, ha cambiado de actividad y ha decidido meterse en el mar, – que en un principio cubría sólo sus tobillos – para pasar a estar, en un escaso espacio de tiempo, cubierto literalmente por el agua. El niño se ahoga. Su padre intenta lo imposible. El corazón parece salírsele por la boca. Un ruido cualquiera, el timbre de la puerta o el sonido del teléfono, le devolverán de nuevo al «aquí» y «ahora». Ha estado confundiendo el presente con el pasado, lo que sucede con lo que sucedió. Ha querido, con su mente, con su fantasía, rescatar y librar de la muerte a un hijo que, por desgracia, perdió hace muchos años en unas funestas vacaciones.

De nuevo la persona ha huido, se ha salido del presente, con la ilusoria pretensión de modificar un error de su pasado. Esfuerzo de todo punto inútil. Esa crisis de ansiedad, esa angustia, le están indicando la imposibilidad absoluta de actuar en un tiempo que ya no existe. Esa y no otra es la función de la ansiedad.

Conclusión: Todo esfuerzo dirigido a la consecución de un objeto imposible sólo puede generar ansiedad, como aviso inicial, o una tremenda frustración existencial y un proceso crónico de ansiedad y angustia, si el individuo no se percata de dicha imposibilidad, persiste en su irreal empeño, y no se centra, en suma, en lo que le es factible.

¿Ansiedad Normal y Patológica?

Todos los ejemplos expuestos más arriba lo serían, por tanto, de ansiedad normal. Una ansiedad también normal – y esto ya ha sido suficientemente estudiado desde hace bastantes años – es aquella que todos los seres humanos necesitamos en una dosis moderada, y que nos resulta imprescindible para experimentar la motivación, el estímulo imprescindible para la acción. Sin ella, el individuo caería en un estado de postración y pasividad cuasi absolutos, que más bien pronto que tarde le conduciría inexorablemente a la muerte.

Pero ¿y la ansiedad que acompaña a todos los procesos neuróticos, a las obsesiones y fobias, a las histerias y a la angustia, a la depresión y las somatizaciones, a los trastornos y disfunciones sexuales? Esa será la patológica ¿no?

Pues mi opinión es que no. Mi opinión es que en todos y cada uno de esos procesos, tan bien clasificados y etiquetados, el tema de fondo viene a ser el mismo: el «enfermo», de mil y una maneras diferentes, se está empeñando en no ser él mismo, se está empeñando en ser como le gustaría ser, en ser como le dijeron que tenía que ser…Se está empeñando en ser, en definitiva, como cualquiera menos como él mismo. Y es ese descuido en el ser uno mismo, esa imposibilidad de asumirse tal y como uno es, y emplear todas las energías en metas imposibles y batallas perdidas lo que conduce a eso que se ha venido en llamar: ENFERMEDAD MENTAL.

Autor del texto: Dr. V. Pablo Rodríguez Fernández, Psicólogo Clínico, Sexólogo y Psicoanalista. Miembro Psicoterapeuta de la “Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicología Médica” y de la “Sociedad Española de Psicología”. Psicoterapeuta acreditado por la «Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas» (F.E.A.P.) Miembro de la «Sociedad Madrileña de Sexología» (World Association for Sexology). Miembro de la «Sección de Psicología Clínica y de la Salud» del Colegio Oficial de Psicólogos. Miembro de la «Asociación Iberoamericana de Webmasters de la Sanidad»(AIWS). Miembro de la «Sociedad Iberolatinoamericana de Salud Mental en Internet»(SISMI).

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Evaluación de la Fobia Social

Leo en Psicología On Line una ficha para la evaluación de la Fobia Social dirigida a profesionales. Su contenido expresa las claves para un diagnóstico acertado.

1. ÁREA COGNITIVA

(1) Preguntarle si en las situaciones sociales presenta pensamientos de temor anticipatorio del estilo:

– A ser rechazado/a, que se rian, criticado/a…

– A hacer algo vergonzoso en público.

(2) Preguntarle si en las situaciones sociales mantiene diálogos internos autoderrotistas del estilo:

– No ser capaz de desenvolverse adecuadamente en la situación.

– Autocríticas extremas (p.e decirse «inutil», «estúpido»..) sobre la propia actuación.

(3) Preguntarle por la creencia o convicción de que las miradas u acciones de las otras personas presentes indican que se dan/darán cuenta de su insuficiencia.

(4) Preguntarle por que opina sobre creencias generales (irracionales) del estilo:

– «El valor de una persona depende de que la gente le apruebe»

– «Las personas necesitan de la aprobación de otros para sentirse bién»

2. ÁREA AFECTIVA:

(1) Preguntarle al sujeto que nos diga diversos ejemplos de su vida cotidiana que le producen sentimientos de verguenza o ansiedad social.

(2) Preguntarle si presenta de manera asociada un estado depresivo (tristeza, pérdida de apetito, trastorno del sueño, irascibilidad,etc).

(3) Preguntarle sobre, si a pesar del temor social, el/ella desea hacer amigos o más bién desconfia bastante de la gente (pistas de rasgos paranoides que nos alejarian de la fóbia social).

(4) Recabar información sobre otros miedos o temores del sujeto.

3. ÁREA SOMÁTICA:

(1) Recabar información sobre los sintomas somáticos que aparecen en las situaciones sociales (sequedad de boca, taquicardia,etc..) y si presentan una intensidad fuerte tipo trastorno de pánico (ansiedad brusca e intensa con sintomas del estilo taquicardia, ahogos..etc; donde se tiene la sensación inminente a morir, ataque cardiaco, volverse loco, etc..).

(2) Preguntar si el sujeto abusa de las bebidas u otras drogas como medio de afrontar las situaciones sociales.

4. ÁREA INTERPERSONAL

(1) Preguntar si en la familia (padres, hermanos..) hay otras personas con rasgos de fobia social o timidez.

(2) Preguntarle por la actitud del entorno familiar hacia sus temores sociales y pedir ejemplos de que le dicen y como actuan ante ellos.

(3) Recabar información sobre las habilidades sociales del sujeto: Preguntas generales sobre su capacidad para comenzar conversaciones, mantenerlas y terminarlas; y su abanico de relaciones sociales (amistades, calidad-cantidad y frecuencia de encuentro sociales; y tipo de actividades sociales donde participa activamente).

5. ÁREA CONDUCTUAL

(1) Recabar información del inicio y breve historia de los temores sociales; y si ya se presentaron en la infancia, escuela, etc.

(2) Preguntarle que nos describa diferentes áreas de posibles temores sociales pidiendole nos describa su conducta habitual ante esas situaciones (sobretodo las conductas de huida o evitación de las mismas):

-Telefonear en público/ Participar en pequeños grupos/ Comer en lugares públicos/ Beber con otras personas en lugares públicos/Conversar con otras personas con autoridad/Actuar o hablar algo ante un auditorio/Ir a una reunión/ Trabajar siendo observado/Escribir siendo observado/ LLamar a alguién a quién se conoce poco/Hablar con personas poco conocidas/Reunirse con extraños/ Orinar en un baño público/Entrar en una habitación cuando los demás yá se han sentado/Ser el centro de atención /Hablar en una reunión/Realizar una prueba/ Expresar desacuerdos a personas poco conocidas/Mirar a los ojos a personas poco conocidas/Presentar un informe en grupo/ Intentar convencer a alguién/Devolver un árticulo en una tienda/Dar una fiesta/ Resistir la presión de un vendedor

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La fobia social en el cine

Título: Zelig.

Género: Comedia.

Director: Woody Allen.

Actores: Woody Allen, Mia Farrow, Woody Allen, John Buckwalter, Marvin Chatinover, Stanley Swerdlow, Paul Nevens, Howard Erskine, Ralph Bell, Richard Whiting, Will Hussong, Robert Iglesi, Eli Resnick, Edward McPhillips, Gale Hansen, Michael Jeter.

País: USA

Año de producción: 1983.

Sinopsis: La historia se desarrolla a finales de la década de 1920 cuando un extraño hombre empieza a llamar la atención pública debido a sus repetidas apariciones en diferentes lugares con diferentes aspectos. Ëste hombre, Leonard Zelig (Woody Allen), tiene la capacidad sobrenatural de cambiar su apariencia adaptándose al medio en el que se desenvuelve, por lo que es conocido como el hombre camaleón. A partir de estos datos se empieza a narrar su historia, incluyendo testimonios y presentación de los hechos, a manera de documental, de diferentes testigos de los acontecimientos. Entre ellos, el de la psicoanalista Eudora Fletcher (Mia Farrow), una mujer persistente y algo ambiciosa que busca analizar el estado mental de Zelig no sólo por su vocación, sino también para lograr su propio reconocimiento. La Doctora Fletcher llega a descubrir en Zelig un extremo caso de inseguridad que lleva a éste a camuflarse entre las personas, adaptando su apariencia para poder ser aceptado (cuando se mezcla con judíos le crecen barbas y caireles, cuando se mezcla con negros su piel y hasta su tono de voz cambian,…). A partir de ahí, la relación entre Zelig y Eudora se hace más especial hasta llegar a entablarse un romance entre ellos, a medida que Zelig hace progresos en su recuperación.

Comentario: La película nos muestra a un personaje tan deseoso de caer bien a los demás, de agradar, de integrarse, que acaba adoptando la personalidad de las personas que le rodean: si se encuentra con un grupo de intelectuales, se convierte en un intelectual capaz de hablar de los temas más sesudos; si se encuentra con un grupo de rabinos, se transforma en uno de ellos, etc. En fin, está contada en tono de humor pero refleja algunos de los miedos, deseos e inseguridades de las personas ansiosas, fundamentalmente de los que padecen ansiedad social.

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¿Cuándo acudir al psicólogo?

Segunda parte de una contribución en el portal Monografía de José Luis Trechera Herreros, Profesor de Psicología del Trabajo en ETEA (Córdoba). Autor del libro: «Agujeros negros de la mente: Claves de salud psíquica». Editorial Desclée de Brouwer.

La salud mental es la adaptación de los seres humanos al mundo y al otro con el máximo de eficacia y de felicidad. No solamente el rendimiento, o nada más que una cierta satisfacción, o la virtud de someterse de buen gradoa las reglas del juego, sino todo esto a la vez. Es la aptitud de mantener un humor igual, una inteligencia alerta, un comportamiento que consigue cierta consideración social, una disposición de carácter favorable (K. Menninger).

Todos somos fincas manifiestamente mejorables, siempre podemos profundizar, mejorar y descubrir algo nuevo. Muchos, con tiempo y dinero, no paran de intentarlo. Así, conocemos casos que parecen estar abonados al Colegio de Psicólogos ya que pasan periódicamente por diversos terapeutas, buscando la «pócima mágica» para resolver su existencia. Otras muchas personas puede que lo necesiten y no se lo plantean. De ahí que surja la pregunta, ¿cuándo sería conveniente acudir a un profesional de la Psicología?

Dejando a un lado los casos de pérdida de control de la realidad y en los que hay que actuar más directamente desde fuera, resaltaríamos como criterio básico para plantearse una atención psicológica la experiencia de malestar subjetivo. Tenemos que ser partidarios de la felicidad, sin embargo, cuando nos inunda la impotencia, la desgana, el desánimo, la desidia, o su contrapeso, un hiperactivismo desmesurado, y todo ello va acompañado de desaciertos o fallos en nuestras relaciones sociales, puede ser una llamada de atención para plantearnos una confrontación psicológica.

Otra pregunta clave es ¿a qué profesional acudir? He aquí algunas falacias que nos pueden aportar algo de luz:

La terapia tiene que englobar un número determinado de sesiones o un tiempo largo.

La primera entrevista debe servir para crear un marco terapéutico adecuado a cada individuo. Cada situación personal es distinta y no es el sujeto el que se tiene que adaptar al enfoque teórico del terapeuta sino éste a cada paciente. A veces, unos pocos encuentros pueden ser suficientes. Sería cuestionable el criterio de establecer las mismas fórmulas para todos o caer en los análisis interminables. Por ejemplo, ¿acudiríamos a un sastre que confeccionara el mismo traje a todos sus clientes?

No puedo tomar ninguna decisión sin confrontarla antes con mi terapeuta

Un buen profesional es aquel que intenta crear cuanto antes un contexto de autonomía y no fomenta la dependencia. El objetivo es que el sujeto vuele con sus propias alas lo antes posible. De ahí que haya que tener cuidado con todo tipo de muletas (fármacos, seguimientos terapéuticos, grupos «sectarios», etc.)que mantienen la situación de dependencia. A su vez, el sufrimiento psicológico puede tender a crear un estado de «protección o victimización» del sujeto que lo padece. Freud hablaba del beneficio secundario de la enfermedad. Romper ese círculo vicioso es uno de los pasos previos e imprescindible para que se empiecen a afrontar los problemas.

Gracias a tal profesional, me he ‘curado’

No debemos olvidar que el centro de la terapia es la persona que pide asesoramiento. Las sesiones no deben ser la proyección del narcisismo o engreimiento del terapeuta. El psicólogo no es un gurú o guía espiritual que tiene la verdad absoluta y «salva» a los que a él acuden, sino el que ayuda para que los sujetos confronten y puedan ser conscientes de su realidad. Así como el que posibilita el desarrollo de habilidades para que los pacientes puedan por ellos mismos situarse de manera distinta.

Es necesario escarbar en mi pasado para conocer mejor mi presente

No todo el mundo necesita remover el pasado. El objetivo no es hurgar en las heridas sino construir. Las sesiones no deben servir para satisfacer los «deseos detectivescos» del terapeuta. Lo fundamental es ofrecer pistas para interpelar o cuestionar al sujeto y desarrollar recursos para afrontar determinadas situaciones o contextos.

Si no pagas tal cantidad, no lo valoras

Todo profesional tiene derecho a vivir dignamente, pero no es razonable cargar sobre lo económico el peso del efecto terapéutico. Es curioso que algunos terapeutas insistan en la necesidad de respetar un precio mínimo en las sesiones y no se cuestionan plantear un tope máximo. Parte de la mala imagen pública sobre el quehacer psicoterapéutico viene de la experiencia vivida por algunos que tras largos tratamientos sicológicos, el único beneficio lo recibía el psicólogo en su cuenta corriente.

Tenemos derecho a ser protagonistas de nuestras propias vidas. Es verdad que nos encontramos con un libro en el que las primeras páginas han sido escritas por otros, pero he ahí nuestra responsabilidad para continuar y elaborar el guión que queramos. A lo largo de ese camino podemos tener situaciones en las que amigos o profesionales de la salud nos puedan asesorar. Sin embargo, la construcción del relato ha de tener nuestro sello personal y por mucho riesgo que plantee, es una responsabilidad que nos pertenece y no debemos descargar en los demás.

Frente a un contexto social que a veces presenta un horizonte que tiende a crear «zonas de no retorno» similar a la de los «agujeros negros», es necesario afrontar la vida con esperanza. De ahí que la Psicología tiene que posibilitar alternativas que ayuden a «aclarar» e «iluminar» las zonas oscuras. No hay tarea más ardua pero más gratificante que responsabilizarse de la existencia y convertirse en el protagonista principal de la propia vida.

Somos conscientes de que vivimos en «tierras de penumbra» y que estamos en tiempos de cierta desazón y de búsqueda de seguridades fáciles y cómodas. Sin embargo, nunca como hoy la vida hay que ir a buscarla. Cada día nos abre a múltiples experiencias que pueden ser posibilidades enriquecedoras de encuentro personal y de maduración.

Cada mañana hay que comenzar a caminar de nuevo, aprender a respirar y asumir el riesgo de vivir en sociedad. Concluimos haciendo nuestra una frase atribuida a Lutero: «Incluso aunque supiera que el mundo se iba a acabar, al día siguiente plantaría un árbol».

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¿Estoy mal?

Primera parte de una contribución en el portal Monografía de José Luis Trechera Herreros, Profesor de Psicología del Trabajo en ETEA (Córdoba). Autor del libro: «Agujeros negros de la mente: Claves de salud psíquica». Editorial Desclée de Brouwer.

La mayoría de los hombres llevan sus vidas en callada desesperación H. D. Thoreau.

Para bien –sobre todo de los profesionales de la salud mental– o para mal, la Psicología está de moda. Hoy más que nunca determinados términos propios del entorno psicológico han pasado a ser de uso general: «Antonio tiene una crisis de ansiedad», «Isabel está atravesando una depresión, «Los Pérez van a un psicólogo para ver si salvan su relación de pareja», «Pedro acude a un grupo de terapia»…

¿Qué nos pasa? ¿Nos sentimos débiles y por tanto más necesitados de ayudas externas? o quizá, ¿gracias a un mayor nivel cultural, hemos descubierto nuevos procedimientos para madurar y afrontar mejor las situaciones adversas de la vida? No es raro que dentro de un contexto cultural de profundas tradiciones religiosas, algunos, en tono irónico, describan la situación como si la disminución del uso del confesionario haya sido proporcional al aumento de las consultas psicológicas.

El tema no es superfluo o para tomarlo a broma. Somos uno de los países con mayor nivel de consumo de psicofármacos. ¿Estamos tan mal psicológicamente? Si es así, ¿cuándo deberíamos acudir a un profesional de la salud mental?

¿QUÉ HAY QUE ENTENDER POR ALTERACIÓN PSICOLÓGICA?

Es imposible hablar de algo «anormal» si no se realiza la comparación con un referente que se considera adecuado y que se plantea como norma. En la práctica, se suelen utilizar diversos criterios para establecer la normalidad en una conducta:

*1. La norma estadística

Según este postulado se entiende que algo es anormal cuando se desvía de la media general de la población. Ahora bien, la aplicación de tal criterio no es tan sencilla. Por ejemplo, un pigmeo con una altura de 1,80 cm. sería desproporcionado respecto a la media de la tribu. Sin embargo, ¿se podría enfocar como una «alteración» y por tanto, habría que establecer algún tipode tratamiento que lo condujera a la «normalidad»? No olvidemos que muchas personas «excéntricas» han sido posteriormente consideradas como genios o transformadores sociales. Por ejemplo, Gandhi, San Francisco de Asís o V. Van Gogh, R. W. Emerson decía que «si un hombre no marcha al ritmo de la tropa es que quizás esté escuchando a otro tamborilero».

*2. Desviación respecto al funcionamiento ideal.

Este enfoque tiene en cuenta la consideración de la normalidad en el hecho de responder o cumplir plenamente la función propia de un determinado sujeto u órgano. Es decir, alguien se consideraría como normal si funcionara adecuadamente en relación con un ideal.

En la práctica esta distinción plantea serios interrogantes. Así, una persona con un cociente intelectual (C.I.) de 200 habría desarrollado al máximo su capacidad intelectual, sin embargo sería un «anormal» respecto al común de los mortales. Al mismo tiempo, desde este planteamiento se podría cuestionar si la salud existe como tal o más bien es un ideal al que aspiramos. Por ejemplo, el 90% de la población tiene caries y no es deseable mantener esa situación. De ahí que A. Huxley afirmara que «la investigación de las enfermedades ha avanzado tanto que cada vez es más difícil encontrar a alguien que esté completamente sano».

*3. Criterio sociológico.

Sería adecuado lo establecido conforme a un determinado entorno cultural. Sin embargo, ¿una cultura tiene derecho a erigirse en canon de la normalidad? Tenemos como ejemplo determinadas tradiciones culturales que se cuestionan en la actualidad: esclavitud de niños o la marginación de la mujer. ¿Hasta qué punto hay que respetar ciertas prácticas que van contra la propia dignidad humana?

Así se explica que surgiera en nuestro contexto un movimiento contracultural, la Antipsiquiatría, que ha cuestionado el concepto de salud mental como propio de una cultura que en sí misma está enferma. ¿El trastorno mental no sería la liberación de una sociedad neurótica y alienada? R. Laing llega a afirmar que los esquizofrénicos son como «la luz que empezó a romper a través de lasgrietas de nuestras mentes demasiado cerradas».

A su vez, la mera «adaptación» a la sociedad en que se viva no es un signo de normalidad. Por ejemplo, en una sociedad esclavista el «superadaptado» puede ser alguien «más enfermo» que el que se rebela y protesta ante esa situación. No está muy lejos en el tiempo el ejemplo de Nelson Mandela y sus años de presidio.

*4. Incapacidad para situarse ante la realidad.

La persona con cierta patología psicológica distorsiona la realidad. Es verdad que en algunos momentos todos podemos tener una confusión, sin embargo, aquí se resalta el hecho de que la dificultad para captar lo externo pueda ser causa de problemas para el sujeto.

La diferencia entre distintos trastornos psicológicos, como la neurosis de la psicosis, va a radicar en esta variable. El neurótico mantiene una relación deformada con la realidad, pero es consciente de tal situación. Por ejemplo, alguien que tiene miedo a volar en avión o a subirse a un ascensor, lo reconoce, aunque se siente incapaz para solucionarlo. Sin embargo, el psicótico rompe con su entorno y vive «su propia realidad». Así, puede oir voces o ver figuras que no existen realmente, pero que sí tienen sentido en su «mundo» particular.

*5. Experimenta un malestar subjetivo.

La persona se siente mal y a disgusto consigo misma y con su contexto. El sujeto realiza comportamientos o tiene pensamientos que producen consecuencias psicológicas desagradables, que le paralizan y bloquean, y por ello, son indeseables.

Este criterio sería válido para los que así lo expresaran, pero existen situaciones en que alguien realiza comportamientos extraños y se siente muy feliz y a gusto. Como ejemplo, recordemos el personaje de Hannibal en la película El silencio de los corderos.

*6. Pérdida de control y desadaptación.

El individuo puede presentar comportamientos que anulen su autonomía y pongan en peligro su vida o la de los demás. Por ejemplo, un drogadicto o una joven anoréxica experimentan tal descontrol que realizan actos que van contra su propia existencia.

Si algo queda claro, es la dificultad para distinguir lo que sería un comportamiento anormal. En esta línea, diversas investigaciones han cuestionado incluso el diagnóstico de distintos especialistas sobre unos mismos sujetos. Así, se ha demostrado cómo un actor que se hace pasar por enfermo mental es evaluado de manera diferente según el especialista que lo describa.

¿QUÉ ES LA SALUD MENTAL?

La salud mental se caracteriza por la actitud amar y crear, por una existencia sin vínculos incestuosos, por un sentido profundo de la identidad basado en una experiencia personal de sí mismo en tanto que sujeto y agente de sus propios potenciales, por la captación de la realidad interna y externa a sí mismo; es decir, por el desarrollo de la objetividad y de la razón (E. Fromm).

Cada profesional de la Psicología insistirá en distintos rasgos para resaltar el concepto de salud mental. Desde nuestra experiencia profesional a modo de decálogo, destacaríamos los siguientes:

Decálogo para una buena salud mental

1. Capacidad para quererse a sí mismo, a los otros y al entorno que le rodea. A veces por un falso concepto de humildad, llegamos a ser el «peor enemigo de uno mismo». Si no nos aceptamos y queremos, difícilmente podremos aceptar y querer a los demás, ya que iremos buscando en los otros lo que echamos en falta en nosotros y podríamos caer en situaciones de dependencia, sumisión, manipulación o utilización mutua. No lejos de esta idea está el precepto evangélico que afirma: Ama a tu prójimo como a ti mismo.

2. Aceptar sin destruirse las distintas frustraciones de la vida.Sólo se madura cuando se van integrando las adversidades de la existencia. Elegir supone «renunciar» a algo. Una persona madura no lo ve como una limitación sino como un valor o experiencia positiva. Soy libre para no hacer aquello que creo que no me ayuda a crecer.

3. Adaptación o flexibilidad ante las diversas circunstancias o contextos. Alguien inseguro se percibe bloqueado o «formateado» y cualquier situación extraña le perturba y provoca malestar. La persona madura se abre a nuevas experiencias y aquello que aparentemente es una amenaza lo convierte en una oportunidad.

4. Eficiencia. El ser humano debe tener un funcionamiento eficaz, bien físico, social o intelectual. Es fundamental experimentar que lo que se realiza tiene cierta utilidad o se hace con algún sentido.

5. Creatividad. Aun dentro de la rutina el sujeto tiene la sensación de que realiza sus actividades de manera original o con su sello personal. Se caracteriza por la capacidad de asombro y de gozar con las experiencias cotidianas. La persona creativa despliega espontaneidad, curiosidad e iniciativa.

6. Armonía interior. Se ha de procurar la ausencia de conflicto y lograr una integración de todas las habilidades. Siempre podemos mejorar, pero estar a gusto consigo mismo es el punto de partida para avanzar, ya que de lo contrario se «escapará» de la realidad y se buscarán «soluciones mágicas».

7. Sentido positivo de la vida. Capacidad para disfrutar con cada tarea, dimensión lúdica, sentido del humor o ironía no agresiva. La persona madura es capaz de reírse de sí misma. Es la actitud contraria al sentimiento de culpa. La culpa bloquea e inutiliza al sujeto y «pide» un castigo para resarcir la situación. De ahí que alguien atrapado por la culpa se niegue
a disfrutar o aceptar un mínimo de felicidad en su existencia.

8. Comunicación y relación social. Debe potenciar una interacción positiva con los demás. Ha de tener capacidad para establecer relaciones profundamente amorosas e íntimas con unas pocas personas.

9. Sentido de trascendencia. Abierto a algún tipo de vivencia de lo inabarcable, bien explícitamente religiosa o no. Por ejemplo, el sentido de la fraternidad, la identificación con el género humano, la solidaridad,la justicia, la naturaleza, etc.

10. Capacidad de autonomía. El ser humano no es una «marioneta, un mero reflejo de sus circunstancias, sino que puede controlar su entorno. Tiene iniciativa propia y actúa con independencia frente a los demás o ante las condiciones sociales.

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Autoestima

Leo en un articulo publicado en EL MERCURIO (Santiago de Chile) el miércoles 9 de marzo de 2005 y firmado por Pamela Elgueda T. estas interesantes reflexiones sobre la autoestima (Una completa revisión sobre el tema se puede encontrar en uno de los trabajos de la página Monografías)

El amor propio sirve como escudo

Los problemas en la vida no se resuelven sólo con buenas ideas, sino también valorando las habilidades personales.

«Mi autoestima baja me jugó muchas malas pasadas cuando era más joven», comenta Consuelo, una profesional de 33 años que ahora recuerda con una mueca amarga en la cara los chicos que perdió e, incluso, los buenos trabajos que dejó ir porque se sentía incapaz de asumirlos.

«Hay un chico en particular que me gustaba mucho, y que me costó un mundo olvidar. Él era estupendo y como yo no podía creer que se fijara en mí, le di ‘poca bola’ y terminó entusiasmándose con una niña que lo persiguió mucho. Eso fue en la universidad y me dejó mal, porque siento que me confirmó la mala percepción que tenía de mí».

Consuelo terminó los estudios con buenas notas y encontró trabajo de inmediato. «Como en lo sentimental me iba mal, decidí volcar todo mi interés y tiempo en el trabajo. ¡Pésima idea! Me causó un estrés laboral terrible y me quedé sin nada en qué sostenerme. Pero el golpe me abrió los ojos y, después de muchas conversaciones con amigas y la psicóloga, vi que no era ni tan fea, ni tan tonta, ni tan poca cosa. Costó, pero al final ese proceso me hizo descubrir la persona que realmente soy».

Nadie llega a una consulta psiquiátrica o sicológica pidiendo ayuda por la baja autoestima. Pero en la terapia esta mala autovaloración o poco cariño por sí mismo aparece como un componente importante de sus padecimientos.

«Llegan contando que le tienen pánico al trabajo, que no pueden enfrentar al jefe, o que en el plano sentimental tienen celos de su pareja, que creen que él o ella no los quiere o porque no se atreven a relacionarse con otras personas».

Son, en general, personas a quienes la inseguridad, las dudas sobre sus propias capacidades y el hecho de que nunca se sintieran valoradas las inhiben en sus relaciones interpersonales y las dejan con menos fuerza para enfrentar los problemas de la vida.

La buena autoestima se forma en la niñez, pero va variando a través de la vida y puede ser «trabajada» y mejorada en el adulto.

Exigencias realistas

Una fuente de autoestima en el adulto es estar a la altura de lo que uno espera de sí mismo. «Si ayudé a una persona y tengo el valor de la generosidad, me sentiré satisfecho y contento», ejemplifica el doctor Marcello Girardi, psiquiatra y psicoanalista.

Mientras más cerca se halla una persona de lo que aspira a ser, más contenta estará consigo misma. «Y eso será en la medida que sus ideales sean realistas, porque si sus normas o exigencias son incumplibles, va a estar con la autoestima por el suelo siempre».

A Rosario (36 años) le ocurre algo así. «Me pasa algo bien paradójico: siento que mi autoestima es baja, pero al mismo tiempo soy una persona bien autoexigente. Nunca quedo conforme con lo que hago, porque siempre siento que lo pude haber hecho mejor, entonces eso significa que igual me siento capaz de eso, pero como no quedo feliz, me hundo».

Además de tener expectativas realistas es necesario que la persona aprenda a «escudriñar» en aspectos de su vida que muchas veces son complicados y difíciles, pero que es necesario que sepa reconocer. También se debe tener disposición al cambio, querer crecer y tener claro que no todo está dicho con respecto a uno mismo. Algo que a veces se hace bastante difícil, porque en el adulto las ideas preconcebidas respecto a sí mismo, al entorno y a los comportamientos ponen obstáculos para hacer esta revisión con franqueza.

«Recuerdo a una persona con fobia social a la que le pedí que pensara en sus características positivas. Me respondió que no tenía ninguna y entonces le pregunté: ‘¿Robas’? Como me dijo que no, le demostré que sí tenía una gran cualidad: la de ser honrada».

La idea es buscar aquellas características o combinación de ellas que hacen a ese individuo único y diferente de todos los demás y que él logre validarlas y reconocerlas como tales.

Desequilibrio

Otra fuente de valoración es el amor de otro. «El motivo por el que con mayor frecuencia las personas salen con su autoestima dañada es por los problemas de la vida amorosa». Es frecuente que quienes se siente frustrados o han tenido desengaños en este aspecto, lo eviten y opten por reemplazarlo por otro, como el laboral o el culto al cuerpo.

«En algunas ocasiones, la persona puede compensar un poco, pero cuando provoca un desbalance y trata de tapar sus frustraciones amorosas sobre la base de una hipertrofia laboral, no le va a resultar, porque está esperando que el trabajo le dé algo para lo que no sirve».

Cuando se pierde esa armonía es un buen momento para pedir ayuda terapéutica. «Es probable que la persona esté haciendo algo de lo que no es consciente y que no logra ver que tiene necesidades que están insatisfechas».

Porque la autoestima no va a comandar la vida de un adulto, pero sí va a facilitar o a entorpecer la resolución de problemas.

El cuerpo no es todo

La imagen física suele estar muy vinculada a la autoestima, sobre todo en la adolescencia, cuando se busca con entusiasmo la aceptación de los pares. Sin embargo, una nariz poco agraciada, una barriga pronunciada o unos pechos demasiado pequeños a veces desvían la atención y sirven para explicar problemas que son del alma.

«El cuerpo tiende a ser sobrevalorado como una compensación para un déficit emocional», explica el psiquiatra Marcello Girardi.

Y aunque nadie desconoce la necesidad humana de sentirse contento con la imagen que le entrega el espejo, es cierto que las personas cuando se sienten insatisfechas prefieren echar mano al cuerpo, porque lo sienten más fácil de manipular y controlar que la parte emocional.

«Uno tiende a evitar los problemas emocionales y a pensar que cambiando el cuerpo puede corregir problemas de autoestima».

Si la dificultad es pequeña o si va acompañada de un cambio de actitud en la vida, la dieta, el implante o la liposucción tendrán un efecto positivo. «Pero si tuvo un problema con la pareja y ésta se buscó a otro u otra, los problemas de autoestima no van a terminar. Porque es muy difícil que un marido deje a su mujer por tener los pechos pequeños o que a él lo abandonen por tener la barriga muy grande».

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