Pensadores

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, filósofo y ensayista

Fragmento de «El don de la felicidad»

En todos los tiempos, en todas las culturas ha sido constante el anhelo del ser humano por alcanzar la felicidad. Todos aspiramos a la felicidad y la buscamos de mil maneras. ¿Lograremos encontrarla?

Buscamos la felicidad en los bienes externos, en las riquezas, y el consumismo es la forma actual del bien máximo. Pero la figura del «consumidor satisfecho» es ilusoria: el consumidor nunca está satisfecho, es insaciable y, por tanto, no feliz. Podemos buscar la felicidad en el triunfo, en la fama, en los honores. Pero ¿no es todo eso sino pura vanidad, en definitiva nada o casi nada? Otro modo de búsqueda de la felicidad es la autocomplacencia: así, el goce del propio placer, el deseo de perfección o la práctica de la virtud. Aspiramos a la felicidad, pero aspirar no es lo mismo que «buscar» y, todavía menos, que «conquistar», ni fuera ni dentro de nosotros mismos. La felicidad es un don, el don de la paz interior, espiritual, de la conciliación o reconciliación con todo y con todos y, para empezar y terminar, con nosotros mismos.

Para recibir el don de la felicidad el talante más adecuado es, pues, el desprendimiento: no estar prendido a nada, desprenderse de todo. La felicidad, como el pájaro libre, no está nunca en mano, sino siempre volando. Pero tal vez, con suerte y quietud por nuestra parte, se pose, por unos instantes, sobre nuestra cabeza. »

CARLOS CASTILLA DEL PINO, neurólogo, psiquiatra y ensayista

Fragmento del discurso de entrada en el Real Academia Española de la Lengua, Madrid, 7 de marzo de 2004

Los seres humanos disponemos de dos biografías, dispares entre sí, pero dependientes una de otra. A lo largo de nuestra existencia biológica construimos ambas alternativamente. La primera de ellas es la biografía pública, la que se escenifica ante los demás, pocos, varios o muchos. La compone el conjunto de nuestras actuaciones observables y observadas. Es la que erróneamente consideramos la única vida real.

La segunda la constituye nuestra biografía íntima: la fantaseada, la de nuestros deseos aún o quizá por siempre insatisfechos, la de los sueños y ensueños, la de nuestros sentimientos ocultos hacia personas que nos rodean: una vida secreta (¡y qué bien que lo sea!, como viene a decir Jonathan Franzen). Secreta porque es inobservable. De vez en cuando, sacamos al exterior, aunque, eso sí, convenientemente acicalado, un segmento de esa vida oculta y lo convertimos en público. Ahora bien, esta vida íntima no es menos real que la otra, la vida empírica, aunque es puramente mental. Pero la mente forma parte de la Naturaleza, como las demás funciones de nuestro organismo (la circulación, la respiración, el metabolismo de los hidratos de carbono, la síntesis de la dopamina, etcétera), como también los otros que con nosotros están, o el paisaje que contemplamos, o las palabras que escuchamos… Anton Chéjov hace decir a un personaje —una vez leído, me pareció una obviedad— en respuesta a otro que alucinaba: «Es una alucinación, pero la alucinación es real porque forma parte del ser humano y, por tanto, de la Naturaleza».

Esta vida de la fantasía, la vida íntima a la que me estoy refiriendo, tiene una propiedad formidable: hace al sujeto omnipotente en esa realidad. Ya lo señaló Sigmund Freud, y muchos otros antes que él, aunque no, desde luego, en el corpus de una teoría 4 . A diferencia de lo que ocurre en la vida exterior, en la íntima los deseos se satisfacen de manera inmediata; y esa y no otra es su función, esencial, por cierto, para la economía del sujeto —como lo es el dormir y el soñar—: la sustitución pasajera de la vida empírica. ¿Cómo sobrevivir años y años en prisiones horribles —esa es o ha sido la vida empírica de muchos— sin la vida fantaseada, por fortuna inaccesible e inexpugnable para el verdugo de turno? Gracias a la vida de la fantasía, forma figurada del deseo, podemos soportar esa otra vida a la que habitualmente reservamos el calificativo de real, la externa a nosotros, la vida social, preñada de frustraciones, errores, desengaños y sufrimientos, aunque a veces, entreverada de éxitos, depare pasajero júbilo. La fantasía, que nadie lo dude, es la ortopedia del sujeto.

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Los felices años 60

Tu eres lo mas lindo de mi vida aunque yo no te lo diga, aunque yo no te lo diga.

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Nota de prensa

 

Realizan un proyecto para detectar si 2.500 alumnos sufren ansiedad social

 

Fuente: Ideal.es. 2006. Mónica Lopera. JAËN

Suelen presentar problemas de aprendizaje, bajo rendimiento escolar o depresión. Son niños generalmente callados y obedientes que se convierten en el blanco perfecto de compañeros violentos, teniendo una gran probabilidad de sufrir el llamado ‘bullying’ o acoso escolar.

A simple vista, para padres y profesores, el problema del alumno no es otro que simple timidez, pero su comportamiento puede estar originado por una enfermedad poco conocida y, sin embargo, muy extendida entre niños y adolescentes: la ansiedad social, un trastorno que si no se trata a tiempo puede convertirse en crónico.

De ahí que un equipo de profesores del área de Psicología de las Universidades de Jaén y Granada vaya a realizar en los próximos meses un estudio para detectar, evaluar e intervenir a adolescentes con este tipo de problemas en Jaén. El proyecto, que está financiado por el Instituto de Estudios Jienenses, la Diputación y el programa Ramón y Cajal del Ministerio, se ha realizado antes en otras ciudades españolas y pretende no sólo detectar los posibles casos existentes, sino también realizar actuaciones proactivas con el fin de llevar a cabo una detección precoz, algo que, según indica uno de los componentes del equipo que lo ejecutará, Luis Joaquín García López, «es muy relevante en la eficiencia del tratamiento».

En total, las pruebas se desarrollarán en diez IES de la capital, abarcando aproximadamente a unos 2.500 alumnos de 14 a 17 años, que previamente deberán contar con un permiso paterno para poder ser evaluados. Además, los propios padres también estarán incluidos en el tratamiento en el que caso de que el niño lo necesite. Actualmente, se ha comenzado la fase de detección, aunque la evaluación y el tratamiento no se llevará a cabo hasta el mes de septiembre, extendiéndose el seguimiento hasta noviembre de 2007.

No llaman la atención

Por experiencias anteriores, el profesor García López afirma que «lo habitual es que en torno a un 8 por ciento de la población adolescente sufra ansiedad social», de ahí la importancia de detectarla a tiempo y actuar sobre ella, ya que los niños con este problema son a menudo reacios a requerir ayuda y sufren en silencio su trastorno. Ellos no destacan tanto como, por ejemplo, aquellos que tienen hiperactividad o problemas de conducta, que reciben, por lo general, más atención por parte de los maestros y de los padres por la interferencia que ocasionan en clase y en el hogar.

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La hormiguita productiva y feliz

ESTE ES UN PEQUEÑO RELATO ENVIADO POR UNA HORMIGUITA TRABAJADORA Y FELIZ

Todos los días, muy temprano llegaba a su empresa la HORMIGUITA productiva y feliz. Allí pasaba sus días, trabajando y tarareando una antigua canción de amor. Ella era productiva y feliz, pero ¡ay!, no era supervisada.

El ABEJORRO gerente general consideró que ello no era posible, así que se creó el puesto de supervisor, para el cual contrataron a un ESCARABAJO con mucha experiencia. La primera preocupación del ESCARABAJO supervisor fue organizar la hora de llegada y de salida y también preparó hermosos informes.

Pronto fue necesario contar con una secretaria para que ayudara a preparar los informes, así que contrataron una ARAÑITA que organizó los archivos y se encargó del teléfono.

Mientras tanto la hormiga productiva y feliz trabajaba y trabajaba. El ABEJORRO gerente general estaba encantado con los informes del ESCARABAJO supervisor, así que pidió cuadros comparativos y gráficos, indicadores de gestión y análisis de tendencias.

Entonces fue necesario contratar una CUCARACHA ayudante para el supervisor y fue indispensable un nuevo ordenador con impresora a color. Pronto la hormiga productiva y feliz dejó de tararear sus melodías y comenzó a quejarse de todo el papeleo que había que hacer ahora.

El ABEJORRO gerente general, entonces, consideró que era momento de adoptar medidas. Así crearon el cargo de gerente del área donde trabajaba la hormiga productiva y feliz. El cargo fue para una CIGARRA que alfombró su oficina e hizo adquirir un sillón especial. El nuevo gerente del área -claro está- necesitó un nuevo ordenador y – cuando se tiene más de un ordenador- hay que tener una red local.

El nuevo gerente pronto necesitó un asistente (que había sido su ayudante en la empresa anterior), para que le ayudara a preparar el plan estratégico y el presupuesto para el área donde trabajaba la hormiga productiva y feliz.

La HORMIGA ya no tarareaba sus viejas melodías y cada vez se le notaba más irascible. «Vamos a tener que contratar un estudio de clima laboral un día de estos» dijo la CIGARRA.

Pero un día el gerente general, al revisar las cifras, se dio cuenta que la unidad de negocios (donde trabajaba la hormiga productiva y feliz) ya no era tan rentable como antes. Así que contrató al BÚHO, prestigioso consultor, para que hiciera un diagnóstico. El BÚHO estuvo tres meses en la empresa y pronto emitió un sesudo informe: «Hay demasiada gente en este departamento…..». Así el gerente general siguió el consejo del consultor y… despidió a la hormiga productiva y feliz.

Moraleja: No se te ocurra por nada del mundo en ser una hormiga productiva y feliz. Es preferible ser un inútil e incompetente. Los incompetentes no necesitan supervisores, para qué, todo el mundo lo sabe. Si a pesar de todo eres productivo, no demuestres por nada del mundo que eres feliz. No te lo perdonarán. Invéntate de vez en cuando alguna desgracia, eso genera lástima. Pero si a pesar de todo lo anterior te empeñas en ser una HORMIGA PRODUCTIVA Y FELIZ, instala tu propia empresa, por lo menos que no vivan a tu costa abejorros, escarabajos, arañitas, cucarachas, cigarras y búhos de este mundo.

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Sobre los libros de autoayuda

Leo en la revista virtual Buena Siembra:

¿Sirven los libros de autoayuda?

La crítica literaria los destroza o los ignora. Algunos psiquiatras, sociólogos y filósofos dicen ahora que son útiles, o por lo menos no hacen daño. Creen que pueden ser un estímulo para mejorar, pero advierten que no son una panacea. El debate sigue abierto.

En el mundo literario la opinión es casi unánime: las críticas destrozan estos textos, tratándolos, en el mejor de los casos, como un género menor. La otra opción es simplemente ignorarlos, aunque encabecen las listas de best-séllers durante meses.

Pero más allá del estilo de la narración o la riqueza del lenguaje, estos libros tienen sentido. Eso sostienen algunos psicólogos, psiquiatras, filósofos. Y otra cosa en la que todos también concuerdan: no hacen mal a nadie.

«El ser humano busca siempre un referente externo de lo que le pasa. El libro de autoayuda es una producción cultural, y si está bien escrito es de mucha utilidad, porque instruye, orienta, hace compañía», asegura el psiquiatra y psicoanalista Humberto Gobbi. Y agrega: «La lectura de estos textos en general es el paso previo de otras actividades, como seguir un curso, un taller o hacer una consulta profesional. Funcionan como estímulos o palancas para hacer otras cosas».

La filósofa Esther Díaz no los defiende ni los ataca, pero sí los justifica. «En algunos casos pueden ser muy útiles. Conozco personas que mejoraron su calidad de vida con ellos. Es cierto que la gente que los lee probablemente nunca lea algo de filosofía dura, pero esta es una buena forma de entrar al maravilloso mundo de la lectura. Por otra parte, habla bien de una persona buscar ayuda aunque sea así, porque significa que no se dio por vencida. También hay que tener presente que no son mágicos y tienen sus limitaciones».

De esto habla Abel Fainstein, presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina. «La autoayuda es posible. Estos libros sirven porque dan instrumentos, orientaciones y pautas generales para solucionar los problemas de la gente. Pero hay que saber que tienen un tope de utilidad que está en el propio dinamismo del inconsciente. El ejemplo más claro se da con un masoquista cuyo límite justamente es que no va a autoayudarse. La idea de que uno puede arreglar sus cosas es muy tentadora, pero no hay que entusiasmarse demasiado, estos libros no resuelven toda la vida».

Para el psicólogo Juan Carlos Volnovich, el éxito de estos libros se debe a la necesidad de comprensión, afecto y espiritualidad en una sociedad acostumbrada al consumo de bienes materiales: «La gente busca ávidamente espiritualidad, algo con lo cual sentirse comprendida. Tiene que ver con la falta de espacios afectivos. Estos libros no aportan nada nuevo, refuerzan estereotipos, convenciones. Y provocan una mezcla de satisfacción y frustración, por eso se consume uno tras otro».

Y para eso está el mercado o los propios autores. Enrique Mariscal, por ejemplo, publicó 15 obras (300.000 ejemplares): «Mis libros son de compromiso social, de transformación personal, de ampliación perceptiva, inteligencia práctica, desarrollo emocional, autoironía, lenguaje metafórico, simbología, buen humor, inspiración y pensamiento de síntesis», dice.

Y sigue: «No escribo para entretener o eludir los problemas sino para encontrar la armonía desde una visión positiva de las dificultades. Debemos aprender a vivir en la incertidumbre y la confusión sin enloquecer. La gente busca seguridad, salvamento de emergencia, no quiere sufrir más. Mis libros convocan potencialidades de la identidad que se expresan con siete palabras esenciales: alegría, conciencia, gratitud, libertad, paz, renacimiento y servicio.

Por: Mariana Iglesias

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¿Fobia social específica o generalizada?

Lo que a continuación transcribo es la introducción de una artículo científico referido a la fobia social. Los autores pertenecen al Departamento de Psicología Básica y Metodología y al Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos de la Universidad de Murcia (España).

Me parece interesante la revisión actualizada de los conceptos de fobia social específica y la generalizada, así como de las terapias apropiadas en cada caso. Se puede deducir que falta aún mucho por avanzar en el conociemiento de la fobia social. Mientras tanto, los que tenemos este trastorno seguiremos en la lucha diaria buscando superar, al menos, los síntomas más limitantes y conociéndonos un poco mejor a nosostros mismos.

Sánchez Meca, J., Rosa Alcázar, A.I. y Olivares Rodríguez, J. 2004. El tratamiento de la fobia social específica y generalizada en Europa: Un estudio meta-analítico. Anales de Psicología, 20: 55-68.

Según el DSM-IV (American Psychiatric Association, 1994), la fobia social consiste en un miedo intenso y duradero a una o más situaciones sociales en las que la persona se expone a ser observada por los demás y experimenta el temor de hacer algo o comportarse de una manera que puede resultarle humillante o embarazosa. Aunque la ansiedad social está presente en todos los problemas de ansiedad, la fobia social se distingue de los otros trastornos por el miedo y la evitación de un mayor número de situaciones interpersonales que suponen el componente nuclear de este cuadro clínico, y por la mayor interferencia de los temores sociales en la vida cotidiana de los pacientes (Caballo y Mateos, 2000).

Ese constructo ha cambiado de forma significativa desde su primera inclusión como entidad diagnóstica en el DSM-III (American Psychiatric Association, 1980) hasta el momento actual, fundamentalmente por la aparición de dos subtipos de fobia social: específica y generalizada. Según el DSM-IV, la fobia social puede estar referida a estímulos muy específicos (comer, beber, hablar en público, escribir delante de otros, etc.) o presentarse de forma generalizada ante la gran mayoría de situaciones sociales. Ello ha conllevado un nuevo análisis de los resultados de las investigaciones sobre la fobia social, en tanto que se ha puesto en tela de juicio si los subtipos generalizado y específico son entidades nosológicamente diferentes, tanto cualitativa como cuantitativamente.

Como consecuencia, existen actualmente dos corrientes o formas de delimitar el subtipo generalizado. Por una parte, Turner, Beidel y Townsley (1992) delimitan la fobia social generalizada como “ansiedad ante situaciones de interacción social” frente a la fobia social específica, que se caracteriza como “miedo a situaciones de actuación social”. Por el contrario, Heimberg, Holt, Schneier et al. (1993) asumieron un criterio cuantitativo para entender el subtipo generalizado, en el que lo relevante sería el número de situaciones temidas e incluyen dos subtipos adicionales: el subtipo circunscrito, aplicable a aquellas personas que temen tan sólo una o dos situaciones discretas, y el subtipo no generalizado, aplicable a aquellas personas que, demostrando un funcionamiento adaptativo en algunas áreas sociales, experimentan ansiedad en un número mínimo de situaciones interactivas, aunque superior a las del subtipo circunscrito.

Stein (1997) considera que los sujetos con fobia social se pueden dividir en tres categorías: los que presentan únicamente miedo a hablar en público, los que muestran miedo a hablar en público acompañado de otro miedo social y los que sufren miedo a una gran variedad de situaciones sociales. Los dos primeros conformarían lo que otros autores denominan fobia social específica, mientras que el último constituiría el subtipo generalizado.

Otros autores abogan por la existencia de un continuo entre la fobia social específica, fobia social generalizada y trastorno de personalidad por evitación, sosteniendo que tan sólo existen diferencias desde un punto de vista cuantitativo. Por el contrario, otros creen que son trastornos diferentes en su génesis, en su pronóstico y requieren tratamientos diferentes.

Ante esta variedad de opiniones, nosotros nos basamos en los criterios del DSM-IV considerando fobia específica cuando se refiere a miedo a uno o dos estímulos muy específicos (comer, beber en público, escribir delante de otros, etc.) en los que no hay interacción, y fobia generalizada cuando se presenta ante la gran mayoría de situaciones sociales, tanto de interacción como de actuación.

Los estudios de prevalencia han constatado que en la clínica el 60%-70% del total de los pacientes tratados pertenecen al subtipo generalizado (Turner, Beidel, Cooley et al., 1994). Respecto de las variables sociodemográficas relacionadas con ambos subtipos de fobia social, se ha encontrado que los fóbicos con ansiedad social generalizada muestran una edad de inicio más temprana, menor nivel educativo, mayor proporción de desempleados, mayor porcentaje de solteros, mayor correlación con familiares de primer grado que también reciben un diagnóstico de fobia social y una mayor tasa de sujetos que hacen uso de psicofármacos (Brown, Heimberg y Juster, 1995; Stemberger, Turner, Beidel y Calhoum, 1995). También informan de una mayor comorbilidad con otros trastornos de los ejes I y II. Igualmente, muestran mayor grado de neuroticismo, introversión e historia de timidez en la infancia (Mannuzza, Seier, Chapman et al., 1995; Stemberger et al., 1995).

En lo que respecta a la elección de los tratamientos, a pesar de que no existen resultados concluyentes, algunos autores indican que en la fobia social específica la exposición (Exp) parece ser una técnica altamente eficaz y recomendable y, por tanto, debería ser incluida en el tratamiento de pacientes que sufren este subtipo de trastorno (Echeburúa, 1995; Turner, Beidel y Jacob, 1994). En el caso de la fobia social generalizada, la evidencia disponible parece indicar que es conveniente añadir a la Exp elementos de reestructuración cognitiva (RC) y entrenamiento en habilidades sociales (HHSS). No obstante, se han encontrado resultados contradictorios, ya que en algunos estudios la adición de técnicas cognitivas mejora los resultados de la Exp sola (Butler, Cullington, Munby et al., 1984; Feske y Chambless, 1995; Gould, Buckminster, Pollack et al., 1997; Heimberg, Liebowitz, Hope et al., 1998; Marks, 1995; Mattick, Peters y Clarke, 1989; Otto, 1999), mientras que en otros las técnicas cognitivas no potencian de forma significativa su eficacia (Biran, Augusto y Wilson, 1981; Méndez, Sánchez y Moreno, 2001; Mersch, 1995; Scholing y Emmelkamp, 1993b).

En lo que respecta a la evidencia empírica obtenida sobre el tratamiento de la fobia social con psicofármacos, parece ser que los antidepresivos son más eficaces en el subtipo generalizado, mientras que los betabloqueantes lo son en el subtipo específico (Echeburúa, 1995).

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