A veces solo necesitas un abrazo

Enero de 2004, Sydney. Juan Mann acaba de volver de Londres y se siente solo. Sus mejores amigos están lejos, sus padres se han divorciado, ha roto con su prometida y su abuela está muy enferma. Necesita algo para alegrarse así que va a una fiesta, en donde una absoluta desconocida se le acerca y le da un abrazo. “Me sentí como un rey, fue lo mejor que me ha pasado nunca”.

Ese abrazo cambió su vida, y quizás la del resto del mundo. Seis meses más tarde, un 30 de junio, Mann salió a la calle, al Pitt Mall Street de Sidney, dispuesto a repartir abrazos gratuitamente. La gente le miraba extrañada, no sabía cómo reaccionar, hasta que pasados 15 minutos logró el primer abrazo de una anciana.

Pero lo más increible es que el movimiento Free Hugs ha roto todas las fronteras y ya hay gente que se ha sumado al movimiento en todo el mundo: Nueva York, Polonia, Corea, Canadá, Zurich, Roma, Dussledorf, Kiev, Barcelona, Valencia, Tel Aviv; y sigue…

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Las señales de alarma

Leo en el diario argentino La Capital del día 2 de abril de 2006

Cuando el fóbico social se enfrenta a una situación social se encienden todas las señales de alarma en su cerebro, ya que para él constituye un gran peligro, una amenaza que desencadena ansiedad. Se pondrá muy alerta y centrará toda su atención en lo que vaya a ocurrir (algo muy importante para él).

Lógicamente lo que ocurre serán pensamientos desvalorizantes («soy un desastre», «no valgo nada»); una gran cantidad de sensaciones corporales (sudoración, temblores, enrojecimiento), y si puede abandonará la situación o intentará protegerse por medio de alguna conducta (por ejemplo, ocultar las manos para que no se note el temblor, llevar ropa gruesa o ancha que impida ver su sudoración) y focalizará aún más su atención en sí mismo y se percibirá como altamente torpe e inadecuado.

Para completar esta secuencia es común que el fóbico social continúe rumiando acerca de lo mal que lo ha hecho, y acerca de lo que los demás habrán pensado de él, reforzando aún más esos supuestos previos, y se creará un círculo vicioso que seguirá continuamente perturbándolo más y más.

¿Cómo y cuándo comenzó este círculo vicioso? Es muy común que la fobia social aparezca de una manera lenta y progresiva, en la infancia o la adolescencia, a veces como inseguridad y timidez ante los demás que no se han superado con la edad.

En otros casos, la fobia social puede aparecer de forma brusca, tras vivir una situación social muy desagradable, por ejemplo «haber quedado en blanco dando una lección». En ese momento experimentó temblor y rubor, y tuvo la sensación de haber hecho el ridículo. Esta reacción de ansiedad comienza a aparecer en otras situaciones sociales, junto al miedo a que los demás observen esas reacciones corporales (sudor, rubor), y así va quedando asociado el miedo, las sensaciones corporales de ansiedad, con eventos sociales de modo ya totalmente automático, es decir, que se da más allá del control voluntario, porque ha aprendido a etiquetar esas situaciones como peligrosas.

De allí van a ir surgiendo esos supuestos básicos a través de los cuales (como a través de lentes de colores) la persona ve e interpreta el mundo que lo rodea.

¿Cómo se resuelve la fobia social? El hecho de que una persona haya aprendido a funcionar de este modo, no significa que sea inamovible. De hecho tampoco sería adecuado que la persona elimine absolutamente la ansiedad social, ya que ella forma parte de nuestro sistema biológico de defensa y nos permite la vida en grupos. Es parte de nuestro sistema adaptativo.

Lo que produce problemas es funcionar de modo defensivo cuando no es necesario (por ejemplo, no relacionarse con personas del otro sexo y perder una fuente de disfrute como son las relaciones sentimentales, por miedo al rechazo).

Se tratará entonces de aprender a percibir a los otros seres humanos como iguales, que me pueden dar cooperación y apoyo, y a los que yo también les puedo ofrecer seguridad y protección. Recuperar sentimientos de identificación y confianza como una de las fuentes más importantes de satisfacción y autorrealización como seres humanos.

María Graciela Novoa
Psicóloga de Soltar Amarras

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Afrontamiento de la ansiedad

Leo en Tratamiento de la ansiedad. La desensibilización y la exposición en la terapia cognitivo conductual, Capítulo del libro «Terapia psicológica en el tartamudeo» de editorial Ariel cuyo autor es el Dr. José Antonio García Higuera:

Según Marks (1991) existe una autopista para el manejo de la ansiedad que es la exposición (desensibilización) a la situación temida y otras carreteras secundarias como son la relajación, la tensión muscular en algunos casos, la respiración, etc.

El proceso de exposición o desensibilización consiste en que la persona se exponga al estímulo temido sin que dé las conductas de evitación, huida o lucha. Cuando se hace así de forma sistemática, se da la habituación, junto con la extinción de las conductas de evitación, entonces la ansiedad disminuye y se afrontan las situaciones con tranquilidad creciente.

Hay muchos ejemplos en la vida cotidiana que nos dan una idea de cómo es este proceso. Uno de ellos, porque es muy común, es cuando aprende a nadar alguien que tiene miedo al agua. Puede estudiar muchos manuales, estudiar muchos estilos, pero si finalmente no se va exponiendo al agua, mojándose y metiéndose en la piscina, yendo paulatinamente hacia donde le cubre y teme más poderse ahogar, no conseguirá nada. Al principio, cuando vaya avanzando lo pasará mal, pero finalmente, con tiempo y perseverancia, conseguirá disfrutar del baño. Existe otro método para perder el miedo a nadar y es tirarse a la piscina directamente donde cubre, de esta forma se consigue rápidamente perder el miedo, pero siempre y cuando se haga con un cierto conocimiento de nadar y un socorrista cerca que den las suficientes garantías de que no va a pasar nada.

Aunque hay distintas visiones sobre el mecanismo que funciona en el proceso de exposición o desensibilización, la teoría más aceptada es que se da un fenómeno de habituación por el que nos acostumbramos a la ansiedad y dejamos de sentir las sensaciones asociadas a ella, al no dar respuestas de evitación. Otra visión es que la excitación que está en la base de la ansiedad desaparece porque pierde su funcionalidad al no luchar ni huir. Otra visión más, se basa en la extinción de la ansiedad como conducta de preparación para las acciones de evitar, al no realizarlas. Otra visión adicional es que la desensibilización y la exposición están basadas en el contracondicionamiento, que consiste en lograr que aparezca una nueva respuesta en lugar de la ansiedad en las situaciones temidas. En realidad todas las visiones son complementarias y dan cumplida cuenta del proceso que se sigue.

Una metáfora compara a la ansiedad con un monstruo que vive y se alimenta de adrenalina. Cuando algo nos avisa que hay un peligro, como entrar en una escalera mucho más empinada de lo esperado, realizamos una descarga automática de adrenalina y el monstruo que estaba dormido se despierta y logra que de forma automática nos agarremos a la barandilla y nos ayuda a no caernos. Nos damos cuenta de que tenemos el monstruo dentro y que se ha quedado, porque mientras digiere la adrenalina está fuerte ya que todavía le queda alimento para vivir. Cuando pasa el tiempo sin que veamos un nuevo peligro el cuerpo recupera su nivel normal de adrenalina y el monstruo se hiberna, porque no tiene suficiente alimento. Cuando es el propio monstruo el que nos da miedo y lo queremos echar del cuerpo, y luchamos para que desaparezca de inmediato, volvemos a hacer otra descarga de adrenalina para poder hacer el esfuerzo de luchar contra él. El monstruo, encantado porque tiene más alimento, crece y se hace más amenazador, nos dice que va a comernos el cerebro, que nos va a dañar el corazón, y la garganta nos la va a paralizar para siempre. Si aceptamos al monstruo en nuestro cuerpo y no hacemos nada para que se vaya, dejaremos de darle alimento y el monstruo morirá de inanición. Siempre viviremos el riesgo de que no se vaya, porque no estamos haciendo nada para conseguirlo.

Como en todo proceso de habituación es imprescindible que los sucesos se repitan durante mucho tiempo para que se dé. Todos sabemos que los hombres somos capaces de habituarnos a las condiciones de vida más difíciles, solamente necesitamos tiempo y querer hacerlo, es decir, exponernos a ellas sin huir.

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La metamorfosis

La metamorfosis de Frank Kafka (1883-1924) es un relato abierto a múltiples interpretaciones, de hecho, en su libro The Commentator’s Despair (La desesperación del comentarista) Stanley Corngold da cuenta de más de 159 interpretaciones.

Entre las más obvias están las referidas al trato de la sociedad hacia el individuo diferente. Otros temas incluyen el de la soledad de las relaciones rotas y las esperanzas desesperadas y poco realistas que crea tal aislamiento. Algunos autores han querido ver también en esta historia, a un mismo tiempo absurda, cruel, conmovedora y con pinceladas cómicas, una alegoría de las diversas actitudes que toma el ser humano ante la enfermedad grave e irreversible y de cómo a pesar de todo, la vida continúa.

Otra interpretación podría ser la de que la obra plasma el egoísmo humano ante el bienestar de los demás. Esto lo podemos identificar en la obra en la situación en la que se encontraba Gregor, ya que sobre él recaía todo el peso de mantener económicamente a su familia. Sin embargo cuando la situación vira y ahora es la familia la que tiene que hacerse cargo de Gregor, esta rehuye de responsabilidades y lo dejan morir.

El relato empieza así:

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.

Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana; el tiempo nublado infundióle una gran melancolía.

«Bueno -pensó-; ¿Qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías?» Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarse en el costado.

Mientras pensaba y meditaba atropelladamente, sin poderse decidir a abandonar el lecho, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron quedo a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.

-Gregorio -dijo una voz, la de la madre-, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a marcharte de viaje?

¡Qué voz más dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, sí, pero que salía mezclada con un doloroso e irreprimible pitido, en el cual las palabras, al principio claras, confundíanse luego, resonando de modo que no estaba uno seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera querido contestar dilatadamente, explicarlo todo; pero, en vista de ello, limitóse a decir:

-Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.

A través de la puerta de madera, la mutación de la voz de Gregorio no debió de notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró. Pero este corto diálogo hizo saber a los demás miembros de la familia que Gregorio, contrariamente a lo que se creía, estaba todavía en casa. Llegó el padre a su vez y, golpeando ligeramente la puerta, llamó:

-Gregorio, ¡Gregorio! ¿Qué pasa?

Esperó un momento y volvió a insistir, alzando algo la voz:

-Gregorio, ¡Gregorio! -Mientras tanto, detrás de la otra hoja, la hermana lamentábase dulcemente:

-Gregorio, ¿no estás bien? ¿Necesitas algo?

-Ya estoy listo -respondió Gregorio a ambos a un tiempo, aplicándose a pronunciar, y hablando con gran lentitud, para disimular el sonido inaudito de su voz.

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Autogénesis de la ansiedad

Utilizo la palabra autogénesis al referirme al fenómeno de la ansiedad, porque entiendo a ésta, no como una enfermedad en si misma, tal y como suele hacerse habitualmente, incluidos muchos profesionales de la salud mental, sino como un mero síntoma, como una manifestación organísmica o aviso de que la persona que lo experimenta se está saliendo peligrosamente del ámbito de lo real. Ese ámbito de lo real no es otro que el de lo posible, lo factible. Entonces, tan pronto como un ser humano- a través de diversos mecanismos mentales, que no van más allá de su pensamiento y de su fantasía – intenta escapar de esa realidad posible, que no es otra cosa que su actuación, percepción y vivencia del «aquí» y el «ahora», estará perdiendo, sea o no consciente de ello, el contracto con la realidad. Estará comenzando a operar, de forma exclusiva, con su imaginación, con sus fantasías, con sus pensamientos, guiados todos ellos, por regla general, por el miedo, el deseo, la culpa y, por encima de todos estos sentimientos a cual más neurótico, por la necesidad de controlar la realidad en un momento imposible.

La persona está huyendo, se está alejando peligrosamente hacia mundos imaginarios con el ansia de manipular y modificar la realidad a su antojo.

La dirección que suelen tomar esas fantasías, presuntamente manejadoras de la realidad (y digo presuntas porque tan control jamás se da de hecho, sino única y exclusivamente en el ámbito de lo ilusorio), puede ser, las más de las veces, de alguno de estos cuatro tipos que paso a describir a continuación:

1. La persona intenta con su mente adelantarse en el tiempo y situarse en una fecha y situación posteriores al momento y lugar en el que vive en ese instante. Su intención es, generalmente, la de evitar un peligro potencial, conseguir algo que considera un bien, etc. Lo cierto es que tal meta es de todo punto imposible: no se puede estar en Madrid, en la casa propia, el 2 de febrero a las 5:00 p.m. sentado en un sillón y, al mismo tiempo, pongamos por caso, estar evitando que un hijo pequeño, que juega en torno nuestro, sea mayor, lo llamen a filas, sea enviado por el ejército a otro país con un conflicto bélico y reciba el impacto de un obús.

Una persona que en su mente esté generando una fantasía similar a la del ejemplo que acabo de citar, indefectiblemente experimentará ansiedad; quizás incluso llegue a sentir en su propio cuerpo, ese correlato físico de la ansiedad que es la angustia.

¿Podemos decir que esa persona que experimenta tal angustia sea una persona enferma? Es obvio que la respuesta sería unánime: no. Lo único que ha ocurrido es que dicha persona se ha salido con su mente de esa única realidad posible que es vivir su momento presente y ha intentado manipular, de forma estéril por otra parte, un posible futuro. Por tanto, no tiene sentido hablar de patología ansiosa ni ningún otro cuadro o etiqueta psicopatológica, pues la ansiedad que ha experimentado es simplemente eso: una ansiedad- señal, que como decíamos, genera su propio organismo, para que sea consciente de lo ilusorio de su propósito y rectifique cuanto antes reingresando de nuevo en el ámbito de lo real.

2. La persona, también con su mente como todo utillaje, se sale de su realidad, de la realidad, y comienza, inconscientemente, a compararse con un modelo de lo que cree que tiene que ser, modelo habitualmente generado por sus padres, por sus educadores y por la influencia del entorno, y que, al final, ha llegado a hacer suyo, (bien sea un modelo en el plano físico, estético, moral, profesional, afectivo, etc.). Por un momento, está intentando también otro imposible: ser quien no es. Podrá fantasear durante minutos, horas y hasta días, pero todo ese proceso sobreideacional no se convertirá, ni por su duración ni por su contenido, en algo real. Y, de nuevo, su naturaleza generará la ansiedad-señal para recordarle que no puede ser otro, en esos momentos, que el que es.

3. La persona, en esta ocasión, fantasea con ser recompensado con un valioso trofeo por su sensacional actuación en un campeonato internacional de patinaje artístico. Los aplausos son atronadores. Los latidos de su corazón se aceleran de la emoción y de la satisfacción de haber conseguido su meta más anhelada. Inmediatamente, esas sensaciones se convierten en una intensificación galopante de los latidos de su corazón, en una enorme dificultad para respirar y en una sensación de poder desplomarse, o incluso morir, de un momento a otro. La persona de nuestro ejemplo vive, desde hace muchos años, sentada en una silla de ruedas.

De nuevo estaríamos ante alguien que huye de la realidad e intenta lo imposible. No se trata de que una persona, sea cual fuere su estado de invalidez o de salud, no tenga legítimo derecho a tener aspiraciones y metas, de todo tipo y de todo tamaño. Lo que le estará recordando la ansiedad-señal será que, justamente esa meta que estaba soñando, y quizás algo más que soñar, se estaba «exigiendo», era algo absolutamente imposible. Que, para él, como para tantos otros, queda fuera del alcance de su realidad.

4. Un último caso de ansiedad-señal, generada, como en todos los otros ejemplos, por el propio individuo, esta vez en el sentido inverso al que exponíamos en el primer caso. La persona, aquí se limita a recordar. Recuerda con tal intensidad que llega a perder la consciencia de que simplemente está recordando. De repente, siente un extraordinario agotamiento y un entumecimiento de su musculatura, especialmente de cintura para abajo. Se ve avanzando en una larguísima playa mediterránea. En un descuido, su hijo de cinco años, que jugaba tranquilamente en la arena, con su cubo y su pala, ha cambiado de actividad y ha decidido meterse en el mar, – que en un principio cubría sólo sus tobillos – para pasar a estar, en un escaso espacio de tiempo, cubierto literalmente por el agua. El niño se ahoga. Su padre intenta lo imposible. El corazón parece salírsele por la boca. Un ruido cualquiera, el timbre de la puerta o el sonido del teléfono, le devolverán de nuevo al «aquí» y «ahora». Ha estado confundiendo el presente con el pasado, lo que sucede con lo que sucedió. Ha querido, con su mente, con su fantasía, rescatar y librar de la muerte a un hijo que, por desgracia, perdió hace muchos años en unas funestas vacaciones.

De nuevo la persona ha huido, se ha salido del presente, con la ilusoria pretensión de modificar un error de su pasado. Esfuerzo de todo punto inútil. Esa crisis de ansiedad, esa angustia, le están indicando la imposibilidad absoluta de actuar en un tiempo que ya no existe. Esa y no otra es la función de la ansiedad.

Conclusión: Todo esfuerzo dirigido a la consecución de un objeto imposible sólo puede generar ansiedad, como aviso inicial, o una tremenda frustración existencial y un proceso crónico de ansiedad y angustia, si el individuo no se percata de dicha imposibilidad, persiste en su irreal empeño, y no se centra, en suma, en lo que le es factible.

¿Ansiedad Normal y Patológica?

Todos los ejemplos expuestos más arriba lo serían, por tanto, de ansiedad normal. Una ansiedad también normal – y esto ya ha sido suficientemente estudiado desde hace bastantes años – es aquella que todos los seres humanos necesitamos en una dosis moderada, y que nos resulta imprescindible para experimentar la motivación, el estímulo imprescindible para la acción. Sin ella, el individuo caería en un estado de postración y pasividad cuasi absolutos, que más bien pronto que tarde le conduciría inexorablemente a la muerte.

Pero ¿y la ansiedad que acompaña a todos los procesos neuróticos, a las obsesiones y fobias, a las histerias y a la angustia, a la depresión y las somatizaciones, a los trastornos y disfunciones sexuales? Esa será la patológica ¿no?

Pues mi opinión es que no. Mi opinión es que en todos y cada uno de esos procesos, tan bien clasificados y etiquetados, el tema de fondo viene a ser el mismo: el «enfermo», de mil y una maneras diferentes, se está empeñando en no ser él mismo, se está empeñando en ser como le gustaría ser, en ser como le dijeron que tenía que ser…Se está empeñando en ser, en definitiva, como cualquiera menos como él mismo. Y es ese descuido en el ser uno mismo, esa imposibilidad de asumirse tal y como uno es, y emplear todas las energías en metas imposibles y batallas perdidas lo que conduce a eso que se ha venido en llamar: ENFERMEDAD MENTAL.

Autor del texto: Dr. V. Pablo Rodríguez Fernández, Psicólogo Clínico, Sexólogo y Psicoanalista. Miembro Psicoterapeuta de la “Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicología Médica” y de la “Sociedad Española de Psicología”. Psicoterapeuta acreditado por la «Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas» (F.E.A.P.) Miembro de la «Sociedad Madrileña de Sexología» (World Association for Sexology). Miembro de la «Sección de Psicología Clínica y de la Salud» del Colegio Oficial de Psicólogos. Miembro de la «Asociación Iberoamericana de Webmasters de la Sanidad»(AIWS). Miembro de la «Sociedad Iberolatinoamericana de Salud Mental en Internet»(SISMI).

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Evaluación de la Fobia Social

Leo en Psicología On Line una ficha para la evaluación de la Fobia Social dirigida a profesionales. Su contenido expresa las claves para un diagnóstico acertado.

1. ÁREA COGNITIVA

(1) Preguntarle si en las situaciones sociales presenta pensamientos de temor anticipatorio del estilo:

– A ser rechazado/a, que se rian, criticado/a…

– A hacer algo vergonzoso en público.

(2) Preguntarle si en las situaciones sociales mantiene diálogos internos autoderrotistas del estilo:

– No ser capaz de desenvolverse adecuadamente en la situación.

– Autocríticas extremas (p.e decirse «inutil», «estúpido»..) sobre la propia actuación.

(3) Preguntarle por la creencia o convicción de que las miradas u acciones de las otras personas presentes indican que se dan/darán cuenta de su insuficiencia.

(4) Preguntarle por que opina sobre creencias generales (irracionales) del estilo:

– «El valor de una persona depende de que la gente le apruebe»

– «Las personas necesitan de la aprobación de otros para sentirse bién»

2. ÁREA AFECTIVA:

(1) Preguntarle al sujeto que nos diga diversos ejemplos de su vida cotidiana que le producen sentimientos de verguenza o ansiedad social.

(2) Preguntarle si presenta de manera asociada un estado depresivo (tristeza, pérdida de apetito, trastorno del sueño, irascibilidad,etc).

(3) Preguntarle sobre, si a pesar del temor social, el/ella desea hacer amigos o más bién desconfia bastante de la gente (pistas de rasgos paranoides que nos alejarian de la fóbia social).

(4) Recabar información sobre otros miedos o temores del sujeto.

3. ÁREA SOMÁTICA:

(1) Recabar información sobre los sintomas somáticos que aparecen en las situaciones sociales (sequedad de boca, taquicardia,etc..) y si presentan una intensidad fuerte tipo trastorno de pánico (ansiedad brusca e intensa con sintomas del estilo taquicardia, ahogos..etc; donde se tiene la sensación inminente a morir, ataque cardiaco, volverse loco, etc..).

(2) Preguntar si el sujeto abusa de las bebidas u otras drogas como medio de afrontar las situaciones sociales.

4. ÁREA INTERPERSONAL

(1) Preguntar si en la familia (padres, hermanos..) hay otras personas con rasgos de fobia social o timidez.

(2) Preguntarle por la actitud del entorno familiar hacia sus temores sociales y pedir ejemplos de que le dicen y como actuan ante ellos.

(3) Recabar información sobre las habilidades sociales del sujeto: Preguntas generales sobre su capacidad para comenzar conversaciones, mantenerlas y terminarlas; y su abanico de relaciones sociales (amistades, calidad-cantidad y frecuencia de encuentro sociales; y tipo de actividades sociales donde participa activamente).

5. ÁREA CONDUCTUAL

(1) Recabar información del inicio y breve historia de los temores sociales; y si ya se presentaron en la infancia, escuela, etc.

(2) Preguntarle que nos describa diferentes áreas de posibles temores sociales pidiendole nos describa su conducta habitual ante esas situaciones (sobretodo las conductas de huida o evitación de las mismas):

-Telefonear en público/ Participar en pequeños grupos/ Comer en lugares públicos/ Beber con otras personas en lugares públicos/Conversar con otras personas con autoridad/Actuar o hablar algo ante un auditorio/Ir a una reunión/ Trabajar siendo observado/Escribir siendo observado/ LLamar a alguién a quién se conoce poco/Hablar con personas poco conocidas/Reunirse con extraños/ Orinar en un baño público/Entrar en una habitación cuando los demás yá se han sentado/Ser el centro de atención /Hablar en una reunión/Realizar una prueba/ Expresar desacuerdos a personas poco conocidas/Mirar a los ojos a personas poco conocidas/Presentar un informe en grupo/ Intentar convencer a alguién/Devolver un árticulo en una tienda/Dar una fiesta/ Resistir la presión de un vendedor

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