Tres respuestas de un psiquiatra

Juan José López-Ibor Aliño (Madrid 1941),  catedrático de Psiquiatría de la Universidad Complutense y jefe de servicio del Hospital San Carlos, habló de lo que pueden considerarse enfermedades mentales emergentes en una sesión de la Real Academia de Medicina del Principado de Asturias. López-Ibor ha vivido la evolución de su disciplina desde los tiempos crudos de su padre, en los que la enfermedad mental tenía el estigma de lo incurable, hasta los momentos actuales en los que recibe la misma consideración que cualquier otra patología.

– ¿No hemos pasado de menospreciar la enfermedad mental a la psiquiatrización de muchos males?

– En los años 70 se produjo en Estados Unidos un esfuerzo enorme para intentar unificar los criterios de diagnóstico en psiquiatría. Las clasificaciones modernas, que empiezan en 1980, se basan en la descripción de los síntomas de las enfermedades, porque en los síntomas los psiquiatras nos ponemos en seguida de acuerdo, es fácil. Lo que resulta más complejo es construir una enfermedad a partir de esos síntomas. Pero ese procedimiento conlleva el riesgo de psiquiatrizar y de convertir, por ejemplo, la timidez en una enfermedad. ¿Cuándo podemos considerarla una patología? Para responder a eso recurrimos a otros criterios que no tienen que ver con los síntomas sino con valores. Si un tímido vive esa condición como un sufrimiento, recurrirá al médico, al igual que si le genera una discapacidad como no poder hablar en público. La timidez más sufrimiento o más discapacidad es fobia social. Esos dos criterios, sufrimiento o discapacidad, son los que se consideran clínicamente significativos, porque, entre otras cosas, provocan que el paciente recurra al médico, y sirven de contrapeso para no psiquiatrizar cualquier comportamiento. Esa es una definición muy pragmática pero que no entra en la naturaleza de las cosas. El esfuerzo que hay ahora es ir un paso más allá pero resulta muy difícil determinar los límites entre la enfermedad y lo que no lo es.

– Usted habrá vivido de una manera muy directa el despegue de la psiquiatría en España.

– No sólo es despegue, es integración. Cuando yo empecé había tres psiquiatrías, no una. Una se hacía en los hospitales psiquiátricos, que eran instituciones que, entre otras cosas, tenían un cementerio porque los enfermos ingresaban allí de por vida. Otra esa una psiquiatría muy social, muy comunitaria, donde la enfermedad no existía sino sólo los problemas sociales, que había que resolverlos, y una tercera muy psicológica, interesada sólo en los mecanismos psíquicos, aprendidos o generados en el pasado que había que investigar. Eran tres psiquiatrías radicalmente distintas e intelectualmente enfrentadas unas con otras, no podían entenderse entre ellas. Eso ha cambiado. La psiquiatría se ha convertido en una disciplina, lo que facilita su aceptación en los medios médicos. El estigma de la enfermedad mental, que es importante y en algunas más que en otras, ha disminuido bastante porque se conocen mejor los males, se diagnostican y se tratan como cualquier otra enfermedad. Nosotros hicimos una serie de estudios sobre la imagen de la enfermedad mental, el primero de ellos en 1978, otro catorce años después y un tercero más tarde. Comprobamos que a finales de los años 70 la depresión se consideraba una debilidad psíquica, los deprimidos eran flojos mentales, y para superar eso había que hablar con el cura o con el vecino. Poco a poco se fue convirtiendo en una enfermedad más, que tiene un diagnóstico y un tratamiento. Ese es un cambio que se ha gestado en veinte años en España y, en general, en todo el mundo.

– Si desde la perspectiva de la psiquiatría se le pidiese un diagnóstico de la sociedad contemporánea, ¿cuál sería?

– A mí no me gusta hacer diagnósticos fuera del despacho, no soy de los que caen en la tentación de explicar que si la felicidad es no sé qué. De lo que sí puedo hablar es de las características de esta sociedad posmoderna, con grandes valores y enormes defectos, entre ellos el subjetivismo y una relativización que nos ha llevado al «todo vale». Por un lado hace que el sujeto sea más libre y más autónomo pero al mismo tiempo implica la responsabilidad de serlo. El otro rasgo es la inmediatez, el ver las guerras en directo, por ejemplo, o el tener que adoptar decisiones rápidas sobre asuntos que con cierto sosiego se podrían ver de otra manera.

Texto íntegro de la entrevista

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Música para un amanecer

Amanece un día de primavera

Dale una oportunidad al optimismo:

Pastora Soler: «Por que llorar»

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Sueños de seductor

La secuencia de la película «Sueños de seductor» es un ejemplo de cómo las personas manifestamos los miedos, los sentimientos, los deseos y, en general, las emociones.

Recordé esta secuencia a través de un enlace escrito por un usuario de twitter, Albel Cortese,  investigador en Inteligencia Emocional.

Aqui os dejo algunas de sus reflexiones sobre asuntos relacionados con la timidez y la fobia social y de como nuestro pensamiento debe enfrentarse a ellas.

Abel Cortese
@Abelcortese
Argentina
Inteligencia Emocional


– La emoción nace de la interpretación de una situación.

– Cualquier emoción (amor, odio, rabia, culpa, deseo, rechazo, vacío) que nos negamos admitir y expresar, la viviremos en forma de «ansiedad».

– Dime de aquello que te quejas y te diré aquello que no quieres cambiar.

– Observa tus pensamientos, porque tus pensamientos son tus emociones, y tus emociones son tus actos, y tus actos son tu destino.

– Para realizar cambios: partir de pequeños pasos, porque eliminan la resistencia del cerebro a asumir un nuevo comportamiento.

– Tratar de fingir que no tenemos temor solo consigue empeorar las cosas.

– La ansiedad es el temor de ser heridos o de perder algo, sea el temor real o imaginario, el sentimiento es el mismo.

– Si somos heridos y no experimentamos el consiguiente enojo debemos preguntarnos por qué.

– La timidez es una forma de miedo. Y los miedos no se pueden superar evitando las situaciones que los desencadenan.

– “No vemos las cosas como son. Las vemos como somos” Talmud

– La mejor ayuda a veces consiste en dejar que las personas afronten sus problemas por ellas mismas.

– Escribir sobre un determinado problema es una forma muy recomendable de trabajar en él.

– El miedo psicológico se refiere siempre a algo que podría pasar, no a algo que está ocurriendo ahora.

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Los números de 2010

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com han analizado el desempeño de este blog en 2010 y te presentan un resumen de la salud del blog:

El Museo del Louvre tiene 8,5 millones de visitantes al año. Este blog fue visto cerca de 230,000 veces en 2010. Si el blog fuera una exposición en el Louvre, tomaría 10 días para verla.

En 2010 se publicaron 24 entradas nuevas, haciendo crecer el archivo hasta 247 entradas. Se añadieron 25 imágenes, ocupando un total de 17mb. Eso son alrededor de 2 imágenes por mes.

El día más visitado del año fue el 16 de noviembre con 933 visitas. La entrada más popular de ese día fue Tratamiento del miedo a hablar en público.

¿De dónde vienen?

Los sitios de referencia más frecuentes en 2010 fueron search.conduit.com, fobiasocial.net, es.wikipedia.org, google.es y psicologiapopular.com.

Los visitantes buscaron el blog, sobre todo por timidez, frases de autoayuda, grupos, frases de autoestima y mi fobia social.

Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

Tratamiento del miedo a hablar en público enero, 2007
421 comentários

2

Trucos para superar la timidez diciembre, 2006
496 comentários

3

Sesenta y tres frases de autoayuda diciembre, 2006
49 comentários

4

Vergüenza a flor de piel noviembre, 2006
454 comentários

5

¿Miedo a ser uno mismo? octubre, 2006
82 comentários

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Así de simple

Un resumen en pocas palabras e imágenes, muy claro y bien diseñado, de lo que es la fobia social.

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En busca del equilibrio

A lo largo de la historia de la medicina han predominado diferentes maneras de entender las enfermedades en general y los trastornos psiquiátricos en particular y, de cada una de ellas, se han derivado diversos modelos de tratamiento. Lo mismo ha ocurrido respecto a los tratamientos psicológicos.

De manera resumida, podríamos hablar de dos grandes modelos o paradigmas: el psicoanálisis y el conductismo y, en años más recientes, la teoría cognitiva. Los tratamientos psicológicos derivados de estos dos últimos modelos son los únicos que disponen de una amplia evidencia científica sobre su eficacia en un amplio grupo de trastornos. Estos tratamientos psicológicos reciben el nombre genérico de terapia cognitivo-conductual y, a grandes rasgos, se considera que los síntomas y las alteraciones que presenta la persona son el trastorno mismo y es éste al que hay que tratar.

La evidencia científica quiere decir que los datos que indican que el tratamiento es eficaz derivan de estudios controlados: se ha probado el tratamiento en un amplio número de personas afectas de un mismo trastorno, se han utilizado instrumentos de evaluación fiables para que el diagnóstico no dependiera exclusivamente de la opinión del clínico, se ha seguido un procedimiento de tratamiento específico y concreto, se han medido los resultados y se han comparado con otros tipos de intervención; finalmente los resultados favorables o desfavorables a la utilidad y eficacia de un tratamiento han sido confirmados por otros equipos de investigadores independientes entre sí.

El objetivo del tratamiento psicológico es identificar y modificar los elementos del comportamiento que se han alterado como consecuencia directa del sufrimiento de un trastorno psiquiátrico, o bien que ya estaban alterados antes y han contribuido al desarrollo de un trastorno mental o una alteración psicológica.

Por tanto, el tratamiento psicológico es la intervención dirigida a modificar los síntomas “comportamentales” del trastorno mental.

Igual que las emociones, el resto de elementos que configuran la conducta humana, que es el objeto del tratamiento psicológico, es universal; es decir, los experimentamos, los realizamos, los sentimos, los aplicamos, los afirmamos todas las personas y de maneras muy variadas a lo largo de nuestra vida. Todos tenemos nuestra propia manera de ser, de sentir, de pensar, de actuar, de entender, de reaccionar, de desear, de expresar. Y no somos máquinas programadas para hacer, sentir, pensar, expresar de una única manera y la mejor en cada circunstancia. De hecho, habitualmente los “errores”, equivocaciones, frustraciones que cometemos y que se producen en la vida cotidiana de todas las personas no tienen ninguna repercusión trascendente y, además, las personas tenemos y buscamos recursos muy diversos y maneras alternativas de actuar para resolver y superar los problemas y las adversidades. Por tanto, la conducta normal es variada entre las personas, como lo es en una misma persona en diferentes momentos y depende de diversos factores (tanto individuales como situacionales).

Así, pues, no es necesario un tratamiento psicológico para corregir problemas, alteraciones o dificultades transitorias que todos podemos experimentar.

Un trastorno psicológico no es la manifestación de ninguno de estos factores por separado sin la combinación entre ellos y la persistencia o prolongación en el tiempo de las alteraciones que se asocian a estas manifestaciones. Significa que, por motivos causales diversos, la persona experimenta de manera intensa y persistente un único tipo de emoción, y al mismo tiempo presenta alteraciones en sus comportamientos y el estilo de pensamiento se torna poco adaptativo, cambia su funcionamiento habitual, se le hace difícil mantener sus objetivos vitales, o directamente no los toma en consideración. Según cuál sea el trastorno que sufre la persona, las manifestaciones tendrán una mayor o menor repercusión en su vida cotidiana, tanto personal como afectiva, relacional, laboral e intelectual.

En definitiva, el tratamiento psicológico tiene como objetivo única y exclusivamente la conducta anormal: es decir, manifestaciones conductuales, emocionales y estilo de pensamiento que, en general, son habituales en todas las personas pero que por la intensidad, la frecuencia y la duración con que se experimentan llegan a ser disfuncionales y contribuyen a la persistencia del malestar y del trastorno.

 

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