Características del trastorno psicológico

Extraído del libro «Sentirse Mejor» de J.J. RUIZ SANCHEZ (Psicólogo Clínico) y J.J. IMBERNON GONZALES (Psiquiatra).

Existen dos signos o indicadores que nos pueden avisar de la presencia de un trastorno psicológico: la presencia de emociones dolorosas (sentimientos de ansiedad, depresión o irritación crónica) y la aparición de conflictos continuados en las relaciones sociales o familiares.

El sufrimiento psicológico además puede adoptar múltiples formas (Fernández-Alvarez,1992) según la persona que lo padezca le encuentre o no sentido o explicación al malestar que padece. Existen una primera forma de padecimiento a los que las personas encuentran explicación o sentido (p.e sacrificio ante situaciones limites, una huelga de hambre..etc.) que no suelen ser catalogadas como trastornos psicológicos. Una segunda forma de padecimiento consiste en que quién los sufre no termina de explicárselo o darle sentido (por lo general se trata de trastornos afectivos de tipo depresivo o ansioso). Un tercer grupo, más problemático, son los casos donde la persona que padece el malestar sí le encuentra sentido a su sufrimiento, pero aquellos que le rodean no se lo encuentran (por lo general se trata de casos de trastornos mentales graves como las psicosis). Y por último, el cuarto grupo, se caracteriza mas bien por hacer sufrir a otros, independientemente del grado de malestar subjetivo de esa persona (se suele relacionar con trastornos graves y antisociales de la personalidad). El grupo de personas que no encuentran sentido a su malestar suele ser quienes mas solicitan la ayuda de los servicios de psiquiatría y psicología, seguidos de aquellos que aún encontrandole un sentido, éste no es validado por aquellos que le rodean.

Entre las personas que no ven sentido a su malestar emocional o a sus conflictos relacionales suele ser típico la presencia de una o varias respuestas crónicas de carácter emocional: la ansiedad, la depresión y la ira .

La ansiedad implica la preparación de la persona ante situaciones que percibe erróneamente como amenazadoras o peligrosas haciendo que ésta se prepare para defenderse o escaparse. El pensamiento y las imágenes del individuo ansioso se caracteriza por exagerar las posibilidades de peligro de un acontecimiento interno (p.ej. el que una señal de malestar indique la aparición de un infarto inminente) o de un acontecimiento externo (p.ej. la posibilidad de ser rechazado por otros). También este pensamiento suele hacer que se minusvalore la propia capacidad de hacer frente a la situación. A nivel emocional la persona se siente nerviosa, con deseos de huir de la situación vivida como peligrosa. Su conducta puede incluir la inhibición del habla, la conducta de escapar o la inquietud motora. Su cuerpo puede responder, mediado por su sistema nervioso central y autonómico, con síntomas como la sudoración, taquicardia, dificultades respiratorias, tensión motora, insomnio, etc.

El estado depresivo supone más bien una reducción del nivel de respuesta de la persona ante los acontecimientos de su vida. La persona está centrada en pensamientos e imagenes en torno a sus pérdidas, incapacidad, fracasos o indefensión. Por lo general mantiene una baja autoestima y está centrada en una visión negativa de sí misma, su vida y su futuro.Pueden aparecer también pensamientos o deseos suicidas A nivel emocional predomina el estado de ánimo depresivo, con pérdida por los intereses y actividades habituales, una dificultad para disfrutar de las actividades habituales, y a veces también sentimientos de culpa, ira o ansiedad. La conducta de estas personas se caracterizan por un abandono de sus actividades habituales o por un descenso intenso de las mismas. Trastornos como la pérdida del apetito, las alteraciones del sueño y la pérdida del interés por el sexo, también son característicos del estado depresivo.

La ira crónica consiste en un estilo de conducta centrado en la defensa y ataque directo o indirecto («disimulado» p.ej. por la ironía). Se caracteriza a nivel de pensamientos e imágenes de condena o críticas hacia el ofensor, y exigencias sobre que no debería haber actuado de una manera determinada. A nivel emocional la irritación tensa la musculatura corporal y la dispone al ataque verbal o físico, aparecen sentimientos de rencor y venganza. La conducta se dirige a atacar verbal o físicamente al supuesto ofensor. El cuerpo suele responder con una elevación del ritmo cardiaco, la tensión sanguínea aumenta, la respiración se acelera, y pueden aparecer trastornos del sueño, de la alimentación y de otras necesidades corporales, la rumiación obsesiva sobre el hecho que se exige no debería haber ocurrido, las criticas al ofensor, los planes de venganza y una especial facilidad para «saltar a la más mínima».

-LOS DOS SIGNOS DE LOS TRASTORNOS PSICOLOGICOS

1. Presencia de emociones dolorosas crónicas (ansiedad, depresión, ira).

2. Presencia de conflictos duraderos en las relaciones sociales, familiares o de pareja.

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Trastorno psicológico

Extraído del libro «Sentirse Mejor» de J.J. RUIZ SANCHEZ (Psicólogo Clínico) y J.J. IMBERNON GONZALES (Psiquiatra)

Definir que es un trastorno mental, psicológico o emocional, es un problema dificil para la psiquiatría y la psicología clínica. Esa dificultad está relacionada con los distintos criterios que se han utilizado para su definición a lo largo de la historia. Básicamente se refiere a comportamientos que se han considerado «anormales» y que han sido estudiados y clasificados por los profesionales de la psicopatologia (estudio de las causas y clasificación de los trastornos mentales).

Históricamente las causas de los trastornos psicológicos se han buscado fundamentalmente en tres modelos o tradiciones muy diferentes: el modelo sobrenatural, el modelo biológico y el modelo psicológico. El modelo sobrenatural, llamado también demonológico, parte de que los trastornos de la conducta están causados por posesión de espíritus o demonios. En este caso el sacerdote o brujo debía diagnosticarlo y expulsar el mal espíritu mediante un ritual exorcista. La idea de la posesión persiste aún en determinadas culturas primitivas y en ciertas religiones (como la católica, aunque ésta trata de distinguir entre posesión y trastorno mental). El modelo biológico se originó en la medicina griega hipocrática, y actualmente se le llama también modelo médico. Parte de la concepción de que los trastornos mentales son enfermedades que tienen una causa biológica (bioquímica, genética, física..), fundamentalmente relacionada con el sistema nervioso central o el cerebro. Es el médico especialista en psiquiatría quien lo diagnostica y trata con procedimientos médicos, donde destacan los psicofármacos.

El modelo psicológico parte de que los trastornos mentales derivan de determinadas experiencias de la persona a lo largo de su vida que se organizan en forma de estructuras mentales, aprendizajes o significados que generan conductas anormales. Sería el psicólogo clínico el encargado de su diagnóstico y tratamiento mediante la terapia psicológica (psicoterapia).

En la actualidad la mayoría de los psiquiatras y psicólogos clínicos suelen considerar que en los trastornos psicológicos o mentales están implicadas causas tanto biológicas, psicológicas como sociales (son los llamados «modelos multifactoriales», «interactivos» o «psicobiosociales»). Según se hable de qué determinado trastorno psíquico concreto, el peso de las causas biológicas, psicológicas o sociales será mayor o menor. También el tratamiento en determinados casos suele ser de tipo «interdisciplinar» requiriendo la intervención coordinada de varios profesionales (psiquiatra, psicólogo clínico, asistente social..).

Los dos sistemas de clasificación de los trastornos psicológicos más utilizados y difundidos a nivel mundial (CIE-10 y DSM-IV) definen a los trastornos mentales de la siguiente manera:

La CIE-10 (Clasificación de la Organización Mundial de la Salud de 1993) define a los «trastornos» mentales en función de la presencia de determinadas conductas anormales, lo que la persona hace o dice -criterio psicosocial- o de determinados síntomas de malestar, las señales de malestar que presenta la persona -criterio médico.

Por su parte el DSM-IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría de 1994) define el trastorno mental en función de sus componentes psicológico (funciones mentales alteradas) y conductual de un cuadro clínico y de las repercusiones biológicas y de malestar que produce. Por lo tanto se sigue observando un criterio psicológico, el comportamiento anormal, junto con otro médico, la organización en la presentación de los síntomas.

Definición de «trastorno» mental (CIE-10).- Presencia de un comportamiento o de un grupo de síntomas identificables en la práctica clínica que en la mayoría de los casos se acompañan de malestar o interfieren en la actividad del individuo.

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Los otros y yo

Los que sigue creo que nos puede ayudar a interpretar lo que pasa cuando tenemos problemas de baja autoestima y de fobia social.

Comentarios sobre el vivir: El «Yo» y los «Otros». Por Walter Riso (trabaja como psicólogo clínico desde hace 25 años y ha volcado en varios libros la experiencia adquirida en su consulta).

Cuando estamos frente a otro ser humano, nuestra atención se focaliza en dos aspectos: lo que yo hago y lo que el otro hace. Evaluación y autoevaluación, mirar y mirarse, observar y auto observarse, dos procesos inseparables que definen el tono voyerista de toda relación social.

Un señor con problemas de autoestima me decía que nunca coincidían ambas evaluaciones: «Hay días en que me siento bien conmigo mismo, me siento más grande, más importante, mi ego se infla… Pero casi siempre ocurre algo negativo en mi entorno social y me tira al suelo: una crítica, un comentario mordaz sobre mi figura o mi manera de ser, alguien que no me saluda, en fin, siempre pasa alguna cosa… Y en otras ocasiones, me levanto con un yo lastimoso, me siento como un cucaracha, me da vergüenza lo que soy… Y ese día, justo ese día, llegan los refuerzos, los halagos, los buenos comentarios. La verdad es que estoy harto, ¿cómo hago para que el mundo coincida conmigo?».

Hay una sola respuesta posible a este interrogante: Mantenga el «yo» arriba todo el tiempo, independiente de lo que el medio haga o diga, y sólo entonces habrá coincidencias.

Yo y otros, otros y yo, miradas, susurros, autopercepción y percepción: la doble faz de nuestra mente tratando de identificarse a sí misma. Una identidad móvil que nunca se completa, que jamás se acopla totalmente, pero que puede mantenerse tan alto como queramos hacerlo.

De estas dos operaciones mentales surge el modo como nos relacionamos con la gente. Si nos sentimos seguros con nosotros mismos (evaluación del «yo» ) y percibimos a las personas significativas que nos rodean como amigables y no amenazantes (evaluación de los «otros»), nos sentiremos cómodos, espontáneos, tranquilos frente a los demás: el miedo a la evaluación negativa será mínimo o nulo.

Pero si salimos mal librados en cualquiera de las dos evaluaciones, el equilibro se altera, el temor se convertirá en problema y es probable que la fobia social o el trastorno de ansiedad social haga su aparición. Nos sentiremos rechazados, tensos e incapaces de actuar con libertad, o trataremos de defendernos y contra atacar cuando no se justifica hacerlo.

La prevalencia de la fobia social (es decir, la frecuencia con que la enfermedad aparece en un grupo o región determinada), fluctúa entre el 3 % y el 13 %. Es decir, en una población de dos millones de habitantes, ¡habrá alrededor de 200 mil personas con problemas de ansiedad social! Una verdadera urbe de individuos angustiados, incapaces de resolver su dilema fundamental: quiero y necesito a la gente, pero me asusta lo que ellos puedan pensar de mí. Si me alejo, me deprimo, y si me acerco, el miedo me inmoviliza.

¿Qué hacer entonces? No haga nada distinto a ser usted mismo (obviamente, si ello no implica dañar a alguien). No separe tanto el «yo» de «otros». Soy esto, soy como soy y tú eres como eres. Tú y yo, enredados en el confín de nuestros pequeños mundos, al desnudo o vestidos, al derecho o al revés, pero esencialmente honestos. Allí nace la alegría de ser humanos, sea tuya o mía.

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Algunas frases sobre el miedo

El miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peores de lo que son (Livio)

Peor que la muerte, el miedo a morir. Peor que el miedo a morir, el miedo a vivir (Autor desconocido)

El hombre que tiene miedo sin peligro inventa el peligro para justificar su miedo (Alain Emile Chartier)

El miedo es natural en el prudente, y el vencerlo es lo valiente (Alonso de Ercilla y Zuñiga)

La ansiedad es un arroyito de temor que corre por la mente. Si se le alimenta puede convertirse en un torrente que arrastrará todos nuestros pensamientos (A Roche)

El éxito consiste en vencer el temor al fracaso (Saint Beuve)

A veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza (Sandro Pertini)

Hay que luchar, nadie llega a la perfección por mera renuncia (Mahabharata)

En tu lucha contra el resto del mundo, te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo (Franz Kafka)

Hay que seguir la lucha con lo que podamos hasta que podamos (Benito Juarez)

Hay hombres que luchan un dia y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles (Bertolt Brecht)

Lucha contra la tiranía de lo predecible (Grant Morrison)

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La vida misma

Este video tiene muchas interpretaciones, pero los que tenemos fobia social conocemos bien la angustia del caminante.

ADVERTENCIA: absténganse de ver el video las personas muy impresionables.

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¿Existe la enfermedad mental?

Siguiendo como mi interés (un tanto enfermizo) de si la Fobia Social puede ser considerada una enfermedad, he encontrado en la web http://www.antipsychiatry.org el siguiente artículo que me parece interesante

por Lawrence Stevens, J.D.

Traducido por César Tort, Ciudad de México, México.

Todo diagnóstico y tratamiento en siquiatría, especialmente en siquiatría biologista, presupone la existencia de algo llamado enfermedad mental, conocido también como trastorno mental. ¿Pero qué se quiere decir exactamente con «enfermedad» o «trastorno»? Semánticamente, enfermedad (disease en inglés) significa simplemente lo opuesto a tranquilidad o alivio (ease en inglés). Pero por enfermedad no queremos decir cualquier cosa que perturbe la tranquilidad, ya que tal definición significaría que perder un empleo o los problemas que acarrean las guerras, las depresiones económicas o las riñas con la pareja serían «enfermedades». En su libro ¿Es hereditario el alcoholismo? el siquiatra Donald W. Goodwin habla de la definición de enfermedad y concluye: «Las enfermedades son algo por lo que la gente va a ver doctores… Se les consulta a los médicos acerca del problema de alcoholismo y por consiguiente el alcoholismo se convierte, por definición, en una enfermedad (Ballantine Books, 1988, p. 61). De aceptar esta definición – por ejemplo, que por alguna razón la gente consultara a los doctores sobre cómo sacar la economía de la recesión o cómo resolver los problemas conyugales o con una nación vecina -, estos problemas calificarían como enfermedades. Pero claramente esto no es lo que se quiere decir con «enfermedad». En su exposición sobre el significado de enfermedad, el Dr. Goodwin reconoce que existe «una definición más estrecha de enfermedad que requiere de una anomalía biológica» (ibid.). En este artículo mostraré que no hay anomalías biológicas responsables de las llamadas enfermedades o trastornos mentales porque la enfermedad mental no tiene existencia biológica. Lo que es más, mostraré que la enfermedad mental tampoco tiene una existencia no biológica, excepto en el sentido que el término se usa para indicar desaprobación de algún aspecto de la mentalidad de la persona.

La idea que la enfermedad mental es una entidad biológica es fácil de refutar. En 1988 el Dr. Seymour S. Kety, profesor emérito de neurociencia en siquiatría, y el Dr. Steven Matthysse, profesor asociado de sicobiología, ambos de la Escuela Médica de Harvard, constataron: «una lectura imparcial de la literatura reciente no nos proporciona la esperada clarificación de la hipótesis de la catecolamina, ni provee evidencia persuasiva sobre otras diferencias biológicas que pueden caracterizar los cerebros de pacientes que padecen una enfermedad mental» (La nueva guía Harvard de siquiatría, Harvard Univ. Press, p. 148). En 1992 un panel de expertos reunidos por la Oficina del Congreso Americano de Evaluación Tecnológica concluyó: «Muchas preguntas quedan sin contestar acerca de la biología de los trastornos mentales. De hecho, las investigaciones aún tienen que identificar causas biológicas específicas para cualquiera de estos trastornos… Los trastornos mentales se clasifican sobre la base de síntomas porque aún no existen signos biológicos o pruebas de laboratorio para ellos» (La biología de los trastornos mentales, U.S. Gov’t Printing Office, 1992, pp. 13 & 46). En su libro Guía básica sobre medicamentos siquiátricos, el profesor de la Universidad de Columbia, el Dr. Jack M. Gorman dijo: «Realmente no sabemos qué causa cualquier enfermedad siquiátrica» (St. Martin’s Press, 1990, p. 316). En su libro La nueva siquiatría, otro profesor de la misma universidad, el Dr. Jerrold S. Maxmen, dijo: «Es un hecho no reconocido el que los siquiatras son los únicos especialistas médicos que tratan trastornos que, por definición, no tienen causas o curaciones conocidas… Un diagnóstico debe indicar la causa del trastorno mental, pero como diré posteriormente, como las etiologías de la mayoría de los trastornos mentales es desconocida, los actuales sistemas de diagnóstico no pueden reflejarlos» (Mentor, 1985, pp. 19 & 36, énfasis en el original). En su libro Siquiatría tóxica, el Dr. Peter Breggin dijo: «no hay evidencia que cualquiera de los trastornos sicológicos o siquiátricos tenga un componente genético o biológico» (St. Martin’s Press, 1991, p. 291).

Algunas veces se dice que el que las drogas siquiátricas «curen» un pensamiento, emociones o conducta que se denomine enfermedad mental, demuestra la existencia de causas biológicas en las enfermedades mentales. Este argumento es fácilmente refutado. Supongamos que alguien toca el piano y que no nos guste que lo haga. Supongamos que lo forcemos a que tome una droga que lo invalide tanto que ya no pueda tocar más. ¿Probaría eso que su afición musical era causada por una anomalía biológica que fue curada por la droga? Esta forma de pensar, tan tonta como parece, es común entre los siquiatras. La mayoría de las drogas siquiátricas (si no es que todas) son neurotóxicas, esto es, producen en mayor o menor grado una incapacitación neurológica generalizada: detienen la conducta que disgusta a algunos, incapacitando tanto a la persona que ya no puede sentirse enojada, infeliz o deprimida. Pero llamarle a esto «curación» es absurdo, tan absurdo como la extrapolación que la droga le debió haber curado a tal persona una anomalía biológica, misma que causó las emociones o conductas que a algunos les disgustaron.

Cuando son confrontados con la falta de pruebas que la enfermedad mental es una entidad biológica, algunos defensores de tal creencia dirán que las «enfermedades» sí existen y que pueden definirse como tales sin que haya una anomalía biológica que la cause. La idea de una enfermedad mental como una entidad no biológica requiere de una refutación más extensa que la postura biologista.

Se cree que la gente está enferma mentalmente sólo cuando su pensar, emoción o conducta es contraria a lo que es considerado aceptable, es decir, cuando a otros (o a los pacientes mismos) no les gusta algo acerca de ellos. Una manera de ver el absurdo de llamarle a una cosa enfermedad, no porque haya anomalía biológica sino porque algo nos disgusta en una persona, es observar cómo difieren los valores de una cultura a otra y cómo cambian con el tiempo.

En su libro La sicología de la autoestima, el sicólogo Nathaniel Branden escribió: «Una de las tareas de la sicología es proveer definiciones para salud mental y enfermedad mental… Pero no existe acuerdo general entre sicólogos y siquiatras sobre la naturaleza de éstas; no hay ni definiciones aceptadas ni un parámetro para comparar un estado sicológico con otro. Muchos escritores dicen que es imposible establecer definiciones o estándares básicos, esto es, un concepto universal de salud mental. Estos escritores aseveran que debido a que una conducta es considerada normal y saludable en una cultura, pero neurótica o aberrante en otra, todo es una cuestión de prejuicios culturales. Quienes mantienen esta posición insisten que lo más que uno puede hacer es definir la salud mental como el acato a las normas culturales, declarando que el hombre está sicológicamente sano en la medida en que esté adaptado a su cultura… La pregunta obvia que surge ante tal definición es ¿qué pasa si los valores y normas de una sociedad dada son irracionales? ¿Puede la salud mental consistir en estar adaptado a tal irracionalidad? ¿Qué decir de la Alemania nazi, por ejemplo? ¿Es un empleado del estado nazi que se siente sereno y feliz en tal régimen un caso de salud mental?» (Bantam Books, 1969, pp. 95s, énfasis en el original). El Dr. Branden dijo aquí muchas cosas. Primero, confundió la moralidad con la racionalidad, diciendo que el respeto a los derechos humanos es racional cuando, de hecho, no es una cuestión de racionalidad sino más bien de moralidad. Además de ser incapaz de ver la diferencia, el Dr. Branden confiesa sus valores: que el respecto a los derechos humanos es bueno y que la violación de los mismos (como en el nazismo) es malo. Pero luego dice: violar estos valores es «irracional» o enfermedad mental. Aunque los practicantes de siquiatría y de sicología «clínica» no lo admitirán, estas disciplinas tratan esencialmente de valores – valores ocultos bajo la manta de un lenguaje que hace que nos parezca que no son valores sino que se habla de promover la «salud». Mi respuesta al Dr. Branden es la siguiente: Una persona que viva en la Alemania nazi y que esté bien adaptado a la misma anteriormente era considerado «mentalmente sano» por esa sociedad, pero si lo juzgamos con los valores de una sociedad que respeta los derechos humanos estaba «enfermo», como el resto de su cultura. Sin embargo, alguien como yo añadiría que tal persona estaba moralmente «enferma» reconociendo que la palabra no tiene sino un significado metafórico. Para alguien como el Dr. Branden, que cree en el mito de la enfermedad mental, esa persona está literalmente enferma y necesita de un doctor. La diferencia es que yo reconozco mis valores por lo que en realidad son: moralidad. Es común que un creyente en el concepto de enfermedad mental, como el Dr. Branden en el citado pasaje, tenga los mismos valores que los míos pero que los confunda con el concepto de salud.

Uno de los casos que mejor ejemplifica lo dicho arriba es el del homosexualismo. Hasta 1973 éste fue definido oficialmente como enfermedad mental por la Asociación Psiquiátrica Americana, pero no a partir de ese año. La homosexualidad estaba definida como trastorno mental en la página 44 del texto de referencia DSM-II: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (segunda edición), publicado en 1968. En ese libro la homosexualidad es categorizada como «desviación sexual» en la citada página. En 1973 la Asociación Psiquiátrica Americana votó para remover la homosexualidad de sus categorías diagnósticas de enfermedades mentales (véase «Una curación instantánea» en la revista Time del 1 abril 1974, p. 45.) De manera que cuando la tercera edición del DSM se publicó en 1980, observó que «en sí misma, la homosexualidad no es una enfermedad o trastorno» (p. 282). La edición de 1987 del Manual Merck de diagnóstico y terapia dice: «La Asociación Psiquiátrica Americana ya no considera a la homosexualidad una enfermedad siquiátrica» (p. 1495). Si la enfermedad mental fuera realmente una enfermedad en el mismo sentido que las enfermedades físicas, la idea de descalificar a la homosexualidad o cualquiera otra mediante el voto sería tan absurdo como que un grupo de médicos descalifiquen el cáncer o la diabetes de la categoría de enfermedad. Pero la enfermedad mental no es una enfermedad como las otras. A diferencia de las enfermedades físicas donde hay hechos físicos que tratar, las «enfermedad» mental es completamente una cuestión de valores, de lo correcto y lo equivocado, de lo apropiado y lo inapropiado. En otro tiempo la homosexualidad parecía tan extraña y difícil de entender que fue necesario invocar el concepto de enfermedad mental para explicarla. Pero una vez que los homosexuales se movilizaron, mostraron su fuerza numérica y demandaron al menos cierta aceptación social, ya no se consideró apropiado explicar la homosexualidad como una enfermedad. […]

Lo que demuestran estos ejemplos es que la «enfermedad mental» es simplemente el desviarse de lo que la gente quiere o espera en una sociedad en particular. La «enfermedad mental» es cualquier cosa en una mentalidad humana que ocasione gran disgusto en otra persona que lo describe así. […]

Lo que está mal con este enfoque es decir que alguien tiene una «enfermedad» siquiátrica sólo porque él o ella no encaja en el cuadro del supuesto diagnosticador o con las ideas de otros sobre cómo «debe ser» respecto a los estándares de vestirse, conducta, pensamiento u opinión. Claro, cuando esto involucra violar los derechos de otros, el no acatarse a las normas o valores sociales debe detenerse por medio de la ley. Pero el llamarle a una conducta que no nos gusta «enfermedad», o el suponer que debe estar causada por una enfermedad sólo porque es inaceptable para los valores actuales, carece de sentido. Nosotros le llamamos así porque no conocemos las verdaderas razones del pensamiento, emociones o conducta que nos desagradan. Cuando no entendemos estas razones, creamos mitos para dar una explicación. En siglos anteriores la gente usó mitos como espíritus malignos o posesiones demoniacas para explicar un pensamiento o conducta inaceptables. Actualmente la mayoría de nosotros creemos en el mito de la enfermedad mental. Creer en entidades mitológicas como espíritus malignos o enfermedades mentales nos da la ilusión de que creer el mito es más reconfortante que reconocer nuestra ignorancia.

El llamar al pensamiento, emociones o conducta inaceptables una enfermedad mental podría perdonarse si el concepto «enfermedad mental» fuera un mito útil, pero no lo es. En lugar de ayudarnos a entender cómo tratar a gente con problemas, o a gente problemática, el mito de la enfermedad mental nos distrae de los problemas reales que requieren enfrentarse. En vez de estar causados por «desequilibrios químicos» u otros problema biológicos, el desacato a las normas y las reacciones emocionales que les llamamos enfermedades mentales son el resultado de dificultades que la gente tiene para satisfacer sus necesidades, y también tal conducta es resultado de lo que esta gente ha aprendido en sus vidas. La solución es enseñarle a la gente cómo satisfacer sus necesidades, cómo comportarse y usar cualquier posición que tengan en la sociedad para forzar a otros a respetar sus derechos. Éste es un trabajo de educación y de vigencia de la ley, no de medicina o de terapias.

 

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