Los otros y yo


Los que sigue creo que nos puede ayudar a interpretar lo que pasa cuando tenemos problemas de baja autoestima y de fobia social.

Comentarios sobre el vivir: El “Yo” y los “Otros”. Por Walter Riso (trabaja como psicólogo clínico desde hace 25 años y ha volcado en varios libros la experiencia adquirida en su consulta).

Cuando estamos frente a otro ser humano, nuestra atención se focaliza en dos aspectos: lo que yo hago y lo que el otro hace. Evaluación y autoevaluación, mirar y mirarse, observar y auto observarse, dos procesos inseparables que definen el tono voyerista de toda relación social.

Un señor con problemas de autoestima me decía que nunca coincidían ambas evaluaciones: “Hay días en que me siento bien conmigo mismo, me siento más grande, más importante, mi ego se infla… Pero casi siempre ocurre algo negativo en mi entorno social y me tira al suelo: una crítica, un comentario mordaz sobre mi figura o mi manera de ser, alguien que no me saluda, en fin, siempre pasa alguna cosa… Y en otras ocasiones, me levanto con un yo lastimoso, me siento como un cucaracha, me da vergüenza lo que soy… Y ese día, justo ese día, llegan los refuerzos, los halagos, los buenos comentarios. La verdad es que estoy harto, ¿cómo hago para que el mundo coincida conmigo?”.

Hay una sola respuesta posible a este interrogante: Mantenga el “yo” arriba todo el tiempo, independiente de lo que el medio haga o diga, y sólo entonces habrá coincidencias.

Yo y otros, otros y yo, miradas, susurros, autopercepción y percepción: la doble faz de nuestra mente tratando de identificarse a sí misma. Una identidad móvil que nunca se completa, que jamás se acopla totalmente, pero que puede mantenerse tan alto como queramos hacerlo.

De estas dos operaciones mentales surge el modo como nos relacionamos con la gente. Si nos sentimos seguros con nosotros mismos (evaluación del “yo” ) y percibimos a las personas significativas que nos rodean como amigables y no amenazantes (evaluación de los “otros”), nos sentiremos cómodos, espontáneos, tranquilos frente a los demás: el miedo a la evaluación negativa será mínimo o nulo.

Pero si salimos mal librados en cualquiera de las dos evaluaciones, el equilibro se altera, el temor se convertirá en problema y es probable que la fobia social o el trastorno de ansiedad social haga su aparición. Nos sentiremos rechazados, tensos e incapaces de actuar con libertad, o trataremos de defendernos y contra atacar cuando no se justifica hacerlo.

La prevalencia de la fobia social (es decir, la frecuencia con que la enfermedad aparece en un grupo o región determinada), fluctúa entre el 3 % y el 13 %. Es decir, en una población de dos millones de habitantes, ¡habrá alrededor de 200 mil personas con problemas de ansiedad social! Una verdadera urbe de individuos angustiados, incapaces de resolver su dilema fundamental: quiero y necesito a la gente, pero me asusta lo que ellos puedan pensar de mí. Si me alejo, me deprimo, y si me acerco, el miedo me inmoviliza.

¿Qué hacer entonces? No haga nada distinto a ser usted mismo (obviamente, si ello no implica dañar a alguien). No separe tanto el “yo” de “otros”. Soy esto, soy como soy y tú eres como eres. Tú y yo, enredados en el confín de nuestros pequeños mundos, al desnudo o vestidos, al derecho o al revés, pero esencialmente honestos. Allí nace la alegría de ser humanos, sea tuya o mía.

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