Psicoterapia cognitiva

Una introducción a los conceptos básicos de la Piscoterapia cognitiva escrita por Elia Roca Villanueva, Psicóloga Clínica del Servicio Valenciano de Salud.

La psicología cognitiva considera que el procesamiento de la información (es decir, la forma en que percibimos, procedamos, almacenamos y recordamos la realidad) es el principal determinante de nuestras emociones y conductas. Compara la mente humana con los ordenadores, aunque reconoce que es mucho más complejo y flexible que ellos.

Así, ante una misma situación, cada persona puede reaccionar de diferente forma, ya que la misma realidad puede ser interpretada de manera diferente. Por ejemplo, si alguien llega a un lugar donde se encuentran varios desconocidos y éstos la miran sonriendo, la persona puede interpretarlo como que les gusta, que la encuentran ridícula, etc. Según lo que piense acerca de ese hecho, se sentirá y se comportará en forma diferente.

Si esa persona tiende a sentirse inferior y acomplejada, es fácil que interprete que los otros la están rechazando. Su forma de interpretar la situación determinará asimismo cómo se siente y cómo se comporta. A su vez, su comportamiento influirá en el comportamiento de los demás.

La forma en que percibimos la realidad está también determinada por nuestra forma anterior de ver las cosas, es decir, por nuestras creencias, esquemas y actitudes.

Las actitudes son creencias cargadas de emociones que nos predisponen a actuar en forma congruente con ellas. Nuestras actitudes o creencias determinan, en buena parte, nuestra forma de percibir el mundo, así como nuestras emociones y nuestras conductas.

Nuestras creencias no son permanentes. Muchas de ellas se activan o desactivan según las circunstancias que nos rodean o según lo que pensemos, como ocurre con un programa de ordenador que puede ser activado o permanecer guardado en la memoria.

Percibimos preferentemente las cosas que coinciden con nuestras ideas preconcebidas. Por ejemplo, si un día estás muy enfadado con alguien es fácil que lo veas como un indeseable, tenderás a interpretar negativamente cualquier comportamiento suyo y recordarás más fácilmente cualquier agravio que te hizo en pasado.

Por eso la psicología cognitiva parte de la base de que cuando tenemos una alteración emocional, lo que más nos altera no son las cosas en sí, sino nuestra forma de verlas.

Algunas creencias o actitudes son muy estables y tendemos a tenerlas activadas todo el tiempo. Estas creencias-actitudes suelen adquirirse en la infancia, aunque siguen formándose y modificándose a lo largo de nuestra vida y podemos aprender a librarnos de las que nos perjudican y cambiarlas por otras más convenientes.

Las creencias, muchas veces, están distorsionadas y nos llevan a ver las cosas en formas muy diferentes a como son en realidad. Por ejemplo, no siempre nos vemos a nosotros mismos o a las demás personas del mismo modo «del amor al odio solo hay un paso» y la diferencia entre el amor y el odio se debe, sobre todo, a nuestra forma de ver a la persona amada u odiada.

Algunas creencias son sanas y deseables ya que nos ayudan a vivir felices y en la forma que más nos conviene. Otras creencias son contraproducentes ya que nos llevan a emociones y conductas que nos hacen daño. Las creencias más importantes son las referidas a uno mismo (relacionadas con la autoestima), a continuación las que se refieren a otras personas y a las relaciones interpersonales (relacionadas con las habilidades sociales).

Las creencias referidas a uno mismo son las más importantes ya que si, como hemos dicho, éstas determinan nuestras emociones y conductas, determinarán el que nos tengamos aprecio o que nos odiemos. También determinarán el que nos comportemos en forma que nos ayude a ser felices y a desarrollar nuestras mejores potencialidades, o por el contrario a que nos comportemos en forma que nos autolimitemos o que boicoteemos nuestra vida haciéndonos daño (nadie puede hacerte tanto bien o tanto mal como tú mismo). Las actitudes positivas hacia ti mismo son los que llamamos autoestima.

Las creencias referidas a las demás personas son también muy importantes ya que somos seres sociales y necesitamos convivir con los demás, por lo cual la calidad de nuestras vidas dependerá, en buena parte, de la calidad de nuestras relaciones interpersonales. Aquí un error bastante común es el de esperar que sean los otros los que nos den lo que necesitamos. Pero lo más razonable y conveniente es pensar que somos nosotros los que tenemos el papel principal para conseguir unas relaciones interpersonales de calidad. Esto nos lleva a trabajar para mejorar nuestras Habilidades Sociales.

Tanto en la forma de vernos a nosotros mismos como en la forma de ver a los demás (y a nuestras relaciones con ellos), existe una serie de creencias que nos ayudan a que todo vaya bien. Son las que fomentan la autoestima y las Habilidades Sociales. También existen otra serie de creencias que nos hacen daño porque impiden lo uno y lo otro.

Entre las creencias-actitudes que nos hacen daño, las más habituales son las exigencias y su extremo opuesto: la negación o minimización de nuestros legítimos deseos y preferencias.

Llamamos exigencias a una serie de actitudes hacia nosotros mismos, hacia los demás o hacia la vida, que hacen que cuando no se cumple lo que exigimos, reaccionemos pensado y sintiendo que es terrible, que no podemos soportarlo y que nosotros o las personas de que se trate somos (o son) unos cretinos, indeseables, etc. Esto último va acompañado de odio hacia nosotros mismos o hacia las otras personas.

La actitud deseable, alternativa a las dos anteriores, es la preferencia que se define como una actitud por la cual aceptamos nuestras limitaciones (o las de los demás), es decir, nos resignamos ante lo que no tiene solución y centramos todos nuestro esfuerzos en luchar por lo posible. Con esta actitud de preferencia, la vida se convierte en un juego en el que siempre ganamos ya que trabajamos por realizar nuestros deseos y preferencias, pero cuando esto no es posible lo aceptamos de buen grado, quedando así libres para centrarnos en la realización de nuestras posibilidades y en disfrutar de ellas.

Con esa actitud experimentamos un mínimo de frustración y/o desahogo y un máximo de agrado y bienestar.

Por lo que se refiere a uno mismo, la actitud de preferencia consiste en: aceptar nuestras limitaciones y centrar nuestras energías en desarrollar nuestras posibilidades o potencialidades. Se trata de una autoaceptación incondicional, independiente de nuestros logros o de que las demás personas nos acepten o no; aunque como es lógico preferimos que otras personas nos acepten y aprecien y también preferimos conseguir logros de diverso tipo. La diferencia con la actitud de exigencia es que no perdemos el tiempo en lamentarnos o en alterarnos por nuestras limitaciones. Las aceptamos y nos centramos en disfrutar de (y en desarrollar) nuestras posibilidades. Esto nos lleva a una actitud de autoestima en la que nos aceptamos incondicionalmente y además nos cuidamos, protegemos, disfrutamos de nuestros aspectos positivos y nos facilitamos el desarrollo de nuestras posibilidades.

Por lo que se refiere a las demás personas y a nuestra relación con ellas, también dejamos de exigir que sean diferentes a como realmente son. Las aceptamos como son, aceptamos que tienen derecho a tener limitaciones de todo tipo, aunque podemos preferir que fuesen de otra forma, y reconocemos nuestro derecho (o el de la sociedad) a protegerse de ellos para que no nos hagan daño. Pero si aceptamos que cada persona siente y actúa según su visión de si mismo y del mundo, dejamos de sentirnos profundamente indignados cuando los demás actúan de forma que no nos gustan. Procuraremos que se comporten en la forma que deseamos a través de nuestras habilidades sociales y reconoceremos, en todo caso, su derecho a actuar según su visión de la realidad. También a ellos los aceptaremos como son, nos resignaremos a lo que no tiene solución o no depende de nosotros y nos centraremos en disfrutar o conseguir lo posible (independientemente de que nos apartemos de ellos para evitar que nos adñen, si fuese necesario).

Así mismo, cuando tengamos un fallo en nuestras relaciones interpersonales, no nos sentiremos demasiado alterados ni nos condenaremos por él, sino que lo veremos como algo normal y procuraremos aprender de nuestros errores.

A la hora de cambiar actitudes, la psicología cognitiva considera que la herramienta más útil es el descubrir las actitudes-creencias que nos hacen daño y cambiarlas por otras más convenientes. Una de las formas más eficaces de conseguirlo es hacernos conscientes de cuáles son nuestras creencias o actitudes irracionales (hablando de ello, con lecturas, haciendo autorregistros en los que las vamos anotando,…) y, una vez identificadas, actuar según las creencias-actitudes y deseables en contra de las contraproducentes.

Fuente: Medicina Información

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Terapia cognitivo-conductual

Leo en la página www.psicomag.com este claro resumen de la terapia cognitivo conducutal, con la que se obtiene los mejores resultados para los problemas de fobia social.

La terapia cognitivo conductual (TCC), a diferencia de las terapias psicodinámicas, que se focalizan en los pensamientos inconscientes y ponen énfasis en la catarsis, se aboca a modificar comportamientos y pensamientos, antes que brindarle al paciente la oportunidad de simplemente descargar sus sentimientos.

Está orientada hacia el presente, se investiga el funcionamiento actual y no hay mayores exploraciones del pasado, aunque por supuesto se hace una historia clínica, y se pone énfasis en los patrones disfuncionales actuales de los pensamientos y conductas. El énfasis de la TCC está puesto más en el “Qué tengo que hacer para cambiar” que en el “Por qué”. Muchas veces, el explorar expresamente y conocer cuáles son los motivos de lo que nos ocurre no alcanza a brindar una solución y no es suficiente para producir un cambio.

Pone énfasis en la cuantificación, y se pueden medir los progresos obtenidos. Desde la primera sesión se administran cuestionarios y planillas en los que se evalúan los síntomas específicos, en su frecuencia, duración, intensidad y características. Esta medición es repetida periódicamente hasta la sesión final, para tener una idea del cambio obtenido.

La relación terapeuta-paciente es de colaboración y el enfoque es didáctico. Paciente y terapeuta se comprometen a trabajar con un objetivo común. Los pacientes pueden aportar sugerencias y participar en el diseño de las tareas para el hogar. En muchos casos, se utiliza la biblioterapia, que consiste en que el terapeuta recomiende o facilite libros, folletos o apuntes acerca del problema para que el paciente se informe de lo que le sucede.

Tiende a fomentar la independencia del paciente. Dado que este tipo de terapia busca lograr un funcionamiento independiente, en ella se enfatiza el aprendizaje, la modificación de conducta, las tareas de autoayuda y el entrenamiento de habilidades intersesión. Además, se refuerza el comportamiento independiente.

Está centrada en los síntomas y su resolución. El objetivo de la terapia es aumentar o reducir conductas específicas, como por ejemplo ciertos sentimientos, pensamientos o interacciones disfuncionales. Se definen objetivos concretos a lograr y de esa forma es mucho más fácil evaluar o modificar los síntomas específicos y saber claramente lo que se quiere obtener o hacia adonde apunta la terapia.

Rechaza el principio de sustitución de síntomas. La falsa idea de sustitución, difundida por la escuela psicodinámica, que considera a un síntoma como la única salida a un proceso neurótico subyacente que si se elimina surgirán otros, es cuestionada por esta metodología. La meta de la TCC es eliminar, o al menos reducir los síntomas, y postula que si desaparecen, por ejemplo, los síntomas de pánico, inmediatamente también va a haber una mejoría en otras áreas, sin que aparezcan otros síntomas que los reemplacen.

Pone el énfasis en el cambio. Se le solicita al paciente practicar nuevas conductas y cogniciones en las sesiones, y generalizarlas afuera como parte de la tarea.

Desafía la posición del paciente, sus conductas y sus creencias. Activamente se lo confronta con la idea de que existen alternativas posibles para sus pensamientos y patrones habituales de conducta, se promueve al autocuestionamiento.

Se centra en la resolución de problemas. Al comienzo de cada sesión el terapeuta indaga acerca de los problemas en los que el paciente focalizó su trabajo y cuáles necesita resolver en ese momento. Al concluir la sesión, le pregunta si ha hecho algún progreso al respecto.

Utiliza planes de tratamiento. Generalmente, la terapia utiliza planes específicos de tratamiento para cada problema, no utilizando un formato “único” para las diversas consultas. Propone una continuidad temática entre las sesiones. En cada sesión se revisan las tareas indicadas para la semana anterior, se estudia cuál es el problema actual y se planean actividades para la semana siguiente.

Desmitifica la terapia. El plan de tratamiento y el proceso terapéutico retiran el “velo de misterio” que cubre a casi todas las psicoterapias, al permitirle al paciente un libre acceso a la información teórica o metodológica mediante la biblioterapia.

Tiene una base empírica y trabaja con la participación activa del paciente. Las tesis cognitivo conductuales han sido ampliamente comprobadas respecto de su eficacia para tratar una variedad de trastornos. Es decir, más que simplemente decir que funciona, esta comprobado que funciona.

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Introversión

Del libro «Tipos Psicológicos Jungianos» de Daryl Sharp (autor de Querida Gladys, Lexicon Jungiano y Quien Soy Yo Realmente) 136 pág. 1ª edición en español julio 2002.

Introducción a la Tipología Jungiana

La experiencia de que no todo el mundo funciona de la misma manera ha sido la base de numerosos sistemas de tipología. Para explicar las diferencias entre las personas, desde los tiempos más remotos se han intentado categorizar las actitudes individuales y los patrones de conducta.

El sistema más antiguo de tipología que conocemos es el ideado por los astrólogos orientales. Ellos clasificaron el carácter en términos de cuatro trígonos, correspondientes a los cuatro elementos agua, aire, tierra y fuego. En el horóscopo, por ejemplo, el trígono del aire consiste en los tres signos de aire del zodíaco Acuario, Géminis y Libra; el trígono del fuego está compuesto por Aries, Leo y Sagitario. Según esta antiquísima visión, quien nace bajo estos signos comparte su naturaleza aérea o fogosa y tiene un temperamento y destino acorde a ella; igual cosa sucede con los signos de agua y tierra. Este sistema sobrevive en forma modificada hasta la astrología actual.

Estrechamente conectada con este antiguo esquema cosmológico está la tipología fisiológica de la medicina griega, según la cual los individuos se clasificaban en flemáticos, sanguíneos, coléricos o melancólicos, basándose en los nombres de las secreciones del cuerpo (flema, sangre, bilis amarilla y bilis negra). Estas descripciones aún forman parte del lenguaje corriente, aunque médicamente hace mucho tiempo que quedaron invalidadas.

El propio modelo tipológico de Jung nació de una extensa revisión histórica del tema de los tipos en la literatura, la mitología, la estética, la filosofía y la psicopatología. En el prefacio de Tipos Psicológicos, que contiene su investigación académica y un detallado resumen de sus conclusiones, él escribe:

«Este libro es fruto de casi veinte años de trabajo en el área de la psicología práctica. Se desarrolló poco a poco en mi mente, tomando forma a partir de las innumerables impresiones y experiencias de un psiquiatra en el tratamiento de enfermedades nerviosas; del intercambio con hombres y mujeres de todos los niveles sociales; de mi relación personal con amigos y enemigos por igual; y, finalmente, de una crítica de mis propias peculiaridades psicológicas».

El modelo básico

Mientras las primeras clasificaciones se basaban en observaciones de patrones de conducta temperamentales o emocionales, el modelo de Jung se relaciona con el movimiento de la energía psíquica y la forma en que uno, habitual o preferentemente, se orienta en el mundo.

Desde este punto de vista, Jung distingue ocho grupos tipológicos dos actitudes de personalidad -introversión y extraversión- y cuatro funciones o modos de orientación -pensamiento, sensación, intuición y sentimiento-, cada uno de los cuales puede operar en forma introvertida o extravertida.

Aunque introversión y extraversión se han convertido en palabras de uso diario, su significado es frecuentemente mal comprendido; las cuatro funciones no son tan ampliamente conocidas y menos aún entendidas.

Introversión y extraversión son modos psicológicos de adaptación. En el primero, el movimiento de energía es hacia el mundo interior. En el segundo, el interés está dirigido hacia el mundo exterior. En un caso, el sujeto (realidad interior) y en el otro, el objeto (cosas y otras personas, realidad exterior) es lo que tiene más importancia.

La introversión, escribe Jung, «se caracteriza normalmente por una naturaleza vacilante, reflexiva y retraída que se encierra en sí misma, rehuye de los objetos y siempre está ligeramente a la defensiva».

Por el contrario, la extraversión «se caracteriza normalmente por una naturaleza expansiva, abierta y complaciente que se adapta con facilidad a una situación dada, crea vínculos rápidamente y, dejando de lado cualquier posible recelo, se suele aventurar confiadamente en situaciones desconocidas».

En la actitud extravertida, los factores externos son la fuerza motivadora predominante para los juicios, percepciones, sentimientos, afectos y acciones. Esto contrasta fuertemente con la naturaleza psicológica de la introversión, donde los factores internos o subjetivos constituyen la principal motivación.

A los extravertidos les gusta viajar, conocer nuevas personas y lugares. Son los típicos aventureros, el alma de la fiesta, abiertos y amistosos. El introvertido es esencialmente conservador, prefiere los entornos familiares del hogar, las pequeñas reuniones con unos pocos amigos íntimos. Para el extravertido, el introvertido es anticuado, un aguafiestas aburrido y predecible. A su vez, el introvertido, quien tiende a ser más autosuficiente que el extravertido, podría describir a este último como frívolo, un superficial trotacalles.

En la práctica, es imposible demostrar las actitudes introvertidas y extravertidas per se, es decir, en forma aislada. El hecho de que una persona sea de una u otra manera sólo se evidencia en asociación con una de las cuatro funciones, cada una de las cuales tiene su área especial de destreza.

La función de pensamiento se refiere al proceso de pensamiento cognitivo; la sensación es la percepción mediante los órganos físicos de los sentidos; el sentimiento es la función de evaluación o juicio subjetivo; y la intuición se refiere a la percepción por medio del inconsciente (por ejemplo, receptividad a contenidos inconscientes).

En pocas palabras, la función de sensación establece que algo existe, el pensamiento nos dice qué es, el sentimiento nos indica su valor, y a través de la intuición tenemos un sentido de qué puede hacerse con ello (las posibilidades). Ninguna de las funciones por sí misma basta para ordenar nuestra experiencia de nosotros mismos o del mundo que nos rodea; las cuatro, escribe Jung, son necesarias para una comprensión global. Para una orientación completa, las cuatro funciones deben contribuir por igual: el pensamiento debe facilitar el conocimiento y el juicio; el sentimiento debe decirnos cómo y hasta qué punto una cosa es o no importante para nosotros; la sensación debe transmitirnos la realidad concreta a través de la vista, el oído, el gusto, etc.; y la intuición debe permitirnos adivinar las posibilidades ocultas en el trasfondo, ya que éstas también corresponden al panorama completo de una situación dada.

El ideal, por supuesto, es tener acceso consciente a la función o funciones necesarias o apropiadas para determinadas circunstancias, pero en la práctica las cuatro funciones no están igualmente a nuestra disposición consciente; es decir, no están uniformemente desarrolladas o diferenciadas en ningún individuo. Invariablemente, una u otra está más desarrollada, llamada entonces función primaria o superior, en tanto que el resto permanece en un plano inferior, relativamente indiferenciado.

En este contexto, los términos «superior» e «inferior» no implican juicios de valor. Ninguna función es mejor que las otras. La función superior es, simplemente, la que una persona tiende a usar más; asimismo, inferior no significa patológica, sino meramente no utilizada (o al menos no tan usada en comparación con la función preferida).

¿Qué ocurre con las funciones que no se usan conscientemente en la vida diaria y que por lo tanto no están desarrolladas?

Permanecen en un estado más o menos primitivo e infantil, a menudo sólo medianamente conscientes o incluso del todo inconscientes. Las funciones relativamente no desarrolladas constituyen una inferioridad específica que es característica de cada tipo y es parte integral de su carácter total. El énfasis unilateral en el pensamiento va siempre acompañado de una inferioridad del sentimiento, y la sensación diferenciada es perjudicial para la intuición y viceversa.

Tipológicamente, muchas personas son como un plato de sopa. Funcionan en forma introvertida o extravertida dependiendo de su estado de ánimo, del clima o de su estado mental; piensan, sienten, perciben e intuyen más o menos al azar, sin ser mejores o peores en una función que en otra, y sin tener la menor idea de las consecuencias. A primera vista, tales personas pueden parecer bien equilibradas. Sin embargo, las características anteriores son típicas de la inconsciencia, pues la conciencia implica cierta diferenciación en la forma en que uno funciona. «El estado uniformemente consciente o inconsciente de las funciones», señala Jung, «es la marca de una mentalidad primitiva»…

Fuente: Facultad de Medicina. Universidad Autónoma de Madrid

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Huir

Traigo aquí recortes de un relato que he encontrado en El Blog de Juan Cosaco

que lleva pot título «El hombre que quiso huir de su sombra»

Hace tiempo vivió alguien, a quien algunos llamaron hombre, cuya vida se convirtió de repente en una pesadilla de la que quiso despertar…

…Soñaba con cambiar el mundo, con cambiarse a sí mismo, con cambiar a los demás y, aunque de esto no era consciente, con que realmente apareciera algo o alguien que le hiciera cambiar y dejar de querer cambiarlo todo…

…Soñaba con mundos justos, con amores eternos, con amistades verdaderas, con viajes exóticos, con días soleados y vientos en calma, con tormentas que limpiaban atmósferas contaminadas y con cualquier cosa que un auténtico soñador pudiera imaginar…

…Llevaba mucho tiempo de su vida soñando, el suficiente como para no distinguir con claridad la frontera entre la realidad y su fantasía.

…Pero no todo era bello y claro en su mundo; también había pesadillas, temores que amenazaban las ganas de seguir soñando, de seguir viviendo, de nuestro protagonista.

…El caso es que poco a poco fue siendo consciente de que casi todos sus miedos, casi todos sus temores, pesadillas y angustias se concentraban en él mismo, no en cosas externas. Sus temores iban con él, le acompañaban y le impedían dejarse llevar y disfrutar de cualquier momento. Siempre había un pero, siempre un porqué y un hasta cuándo. Dudas, preguntas que evitaban que fuera feliz…

…Una noche, al volver a casa paseando, tuvo la extraña sensación de que era observado. Sintió que algo oscuro se cernía sobre él, como si fuera a estrangular la pequeña felicidad que atesoraba su corazón en aquel instante. Entonces la vio. Era su sombra…

…quiso echar a correr, a volar incluso para avanzar más rápido que esa sombra, para escapar de su influjo y conseguir ser feliz; y lo que más quería, transmitir esa felicidad a los que eran importantes para él. Y corrió, y corrió más aún. Y al principio no pudo despegarse de ella. Parecía imposible esquivar la atracción de su sombra, como si en el fondo, fuera una parte más de su cuerpo, de su vida y no pudiera separarse jamás…

…Un día, se dio cuenta de que ya no tenía sombra, de que la había dejado atrás. Consiguió tal velocidad que superó ese límite que ata a los humanos a su lado oscuro. Entonces dejó de hacerse preguntas, dejó de diseccionar sentimientos y personas, se dejó llevar por sus apetencias y gustos. Olvidó el pasado y el futuro, la velocidad le hizo capaz de realizar muchas actividades, de compaginar tareas, de llegar a lugares que parecían demasiado lejanos. Pensó que era feliz…

…El problema que empezó a notar, fue que había tomado tal velocidad, que parecía que incluso su alma caminaba unos metros por detrás de él. Se había alejado también de sus sentimientos, de su corazón: intentó sentir y no pudo. Dios! Debía pararse un poco para dar tiempo a que el alma volviera a entrar en su cuerpo. Lo hizo, pero entonces, inexpugnable, incansable, viniendo desde el horizonte lejano, la sombra se acercó de nuevo…

…Entendió que debía elegir entre el sentimiento pleno y esa felicidad; comprendió que si quería volver a tener alma, tenía que parar, darse la vuelta, levantar los puños y esperar a que su sombra apareciera…

…Bajó la cabeza, miró al suelo, se giró y alzó de nuevo la vista, con miedo, con terror, pero convencido de que tendría que volver a luchar con su sombra, consigo mismo, para poder recuperar y defender lo que nunca debió dejar atrás, su alma.

 

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Mis felicitaciones

AL TEMINAR ESTE AÑO DESEO MUCHA FELICIDAD A TODOS LOS LECTORES DE ESTE BLOG

con esta genial interpretación de Bebo Valdés y El Cigala de un tema «inolvidable».

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La voluntad de poder

Fuente: Historia de la Filosofía

Nietzsche intentó compensar su débil salud con una voluntad férrea por vivir e imponerse a su naturaleza enfermiza. Por boca de Zaratustra Nietzsche afirma que se ve impulsado a superarse constantemente a sí mismo. Un pasaje del Zaratustra, titulado De la superación de sí mismo, expresa bien lo que Nietzsche entiende por «voluntad de poder»:

[…] En todos los lugares donde encontré seres vivos, encontré voluntad de poder, e incluso en la voluntad del que sirve encontré voluntad de ser señor.
[…] Y este misterio me ha confiado la vida misma. Mira, dijo,
yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo. En verdad, yo os digo: ¡Un bien y un mal que fuesen imperecederos no existen! Por sí mismo deben una y otra vez superarse a sí mismos.
[…] Y quien tiene que ser un creador en el bien y en el mal: en verdad ése tiene que ser antes un aniquilador y quebrantar valores. Por eso el mal sumo forma parte de la bondad suma: mas ésta es la bondad creadora.

[…] ¡Hay muchas cosas que construir todavía!

Así habló Zaratustra.

Esta voluntad alcanza una dimensión cósmica en uno de sus textos:

¿Queréis saber qué es para mí «el mundo»?
[…] Es un monstruo de fuerza, sin principio ni fin, una magnitud férrea y fija de fuerzas que ni crece ni disminuye, y que únicamente se transforma,
[…] un juego de fuerzas y ondas de fuerza
[…] un mar de fuerzas tempestuosas que se agitan y transforman desde toda la eternidad y vuelven eternamente sobre sí mismas en un enorme retorno de los años
[…] Éste es mi mundo dionisíaco, que se crea eternamente a sí mismo y que se destruye eternamente a sí mismo, este mundo-enigmático de la doble voluptuosidad, ni «más allá del bien y del mal», sin meta, a no ser que exista una meta en la felicidad del círculo, sin voluntad; a menos que un anillo tenga buena voluntad respecto a sí mismo. ¿Queréis un nombre para este mundo? ¿Y una solución para todos sus enigmas? ¿Queréis una solución para todos vosotros, los desconocidos, los fuertes, los impávidos, los hombres de medianoche? ?
Este mundo es la voluntad de poder, y nada más que eso.

¡Sed vosotros también esa voluntad de poder, y nada más que eso!

La voluntad de poder, aforismo 1067, ed. de Schlechta, II).

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