Sueños de seductor

La secuencia de la película «Sueños de seductor» es un ejemplo de cómo las personas manifestamos los miedos, los sentimientos, los deseos y, en general, las emociones.

Recordé esta secuencia a través de un enlace escrito por un usuario de twitter, Albel Cortese,  investigador en Inteligencia Emocional.

Aqui os dejo algunas de sus reflexiones sobre asuntos relacionados con la timidez y la fobia social y de como nuestro pensamiento debe enfrentarse a ellas.

Abel Cortese
@Abelcortese
Argentina
Inteligencia Emocional


– La emoción nace de la interpretación de una situación.

– Cualquier emoción (amor, odio, rabia, culpa, deseo, rechazo, vacío) que nos negamos admitir y expresar, la viviremos en forma de «ansiedad».

– Dime de aquello que te quejas y te diré aquello que no quieres cambiar.

– Observa tus pensamientos, porque tus pensamientos son tus emociones, y tus emociones son tus actos, y tus actos son tu destino.

– Para realizar cambios: partir de pequeños pasos, porque eliminan la resistencia del cerebro a asumir un nuevo comportamiento.

– Tratar de fingir que no tenemos temor solo consigue empeorar las cosas.

– La ansiedad es el temor de ser heridos o de perder algo, sea el temor real o imaginario, el sentimiento es el mismo.

– Si somos heridos y no experimentamos el consiguiente enojo debemos preguntarnos por qué.

– La timidez es una forma de miedo. Y los miedos no se pueden superar evitando las situaciones que los desencadenan.

– “No vemos las cosas como son. Las vemos como somos” Talmud

– La mejor ayuda a veces consiste en dejar que las personas afronten sus problemas por ellas mismas.

– Escribir sobre un determinado problema es una forma muy recomendable de trabajar en él.

– El miedo psicológico se refiere siempre a algo que podría pasar, no a algo que está ocurriendo ahora.

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Los números de 2010

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com han analizado el desempeño de este blog en 2010 y te presentan un resumen de la salud del blog:

El Museo del Louvre tiene 8,5 millones de visitantes al año. Este blog fue visto cerca de 230,000 veces en 2010. Si el blog fuera una exposición en el Louvre, tomaría 10 días para verla.

En 2010 se publicaron 24 entradas nuevas, haciendo crecer el archivo hasta 247 entradas. Se añadieron 25 imágenes, ocupando un total de 17mb. Eso son alrededor de 2 imágenes por mes.

El día más visitado del año fue el 16 de noviembre con 933 visitas. La entrada más popular de ese día fue Tratamiento del miedo a hablar en público.

¿De dónde vienen?

Los sitios de referencia más frecuentes en 2010 fueron search.conduit.com, fobiasocial.net, es.wikipedia.org, google.es y psicologiapopular.com.

Los visitantes buscaron el blog, sobre todo por timidez, frases de autoayuda, grupos, frases de autoestima y mi fobia social.

Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

Tratamiento del miedo a hablar en público enero, 2007
421 comentários

2

Trucos para superar la timidez diciembre, 2006
496 comentários

3

Sesenta y tres frases de autoayuda diciembre, 2006
49 comentários

4

Vergüenza a flor de piel noviembre, 2006
454 comentários

5

¿Miedo a ser uno mismo? octubre, 2006
82 comentários

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Así de simple

Un resumen en pocas palabras e imágenes, muy claro y bien diseñado, de lo que es la fobia social.

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En busca del equilibrio

A lo largo de la historia de la medicina han predominado diferentes maneras de entender las enfermedades en general y los trastornos psiquiátricos en particular y, de cada una de ellas, se han derivado diversos modelos de tratamiento. Lo mismo ha ocurrido respecto a los tratamientos psicológicos.

De manera resumida, podríamos hablar de dos grandes modelos o paradigmas: el psicoanálisis y el conductismo y, en años más recientes, la teoría cognitiva. Los tratamientos psicológicos derivados de estos dos últimos modelos son los únicos que disponen de una amplia evidencia científica sobre su eficacia en un amplio grupo de trastornos. Estos tratamientos psicológicos reciben el nombre genérico de terapia cognitivo-conductual y, a grandes rasgos, se considera que los síntomas y las alteraciones que presenta la persona son el trastorno mismo y es éste al que hay que tratar.

La evidencia científica quiere decir que los datos que indican que el tratamiento es eficaz derivan de estudios controlados: se ha probado el tratamiento en un amplio número de personas afectas de un mismo trastorno, se han utilizado instrumentos de evaluación fiables para que el diagnóstico no dependiera exclusivamente de la opinión del clínico, se ha seguido un procedimiento de tratamiento específico y concreto, se han medido los resultados y se han comparado con otros tipos de intervención; finalmente los resultados favorables o desfavorables a la utilidad y eficacia de un tratamiento han sido confirmados por otros equipos de investigadores independientes entre sí.

El objetivo del tratamiento psicológico es identificar y modificar los elementos del comportamiento que se han alterado como consecuencia directa del sufrimiento de un trastorno psiquiátrico, o bien que ya estaban alterados antes y han contribuido al desarrollo de un trastorno mental o una alteración psicológica.

Por tanto, el tratamiento psicológico es la intervención dirigida a modificar los síntomas “comportamentales” del trastorno mental.

Igual que las emociones, el resto de elementos que configuran la conducta humana, que es el objeto del tratamiento psicológico, es universal; es decir, los experimentamos, los realizamos, los sentimos, los aplicamos, los afirmamos todas las personas y de maneras muy variadas a lo largo de nuestra vida. Todos tenemos nuestra propia manera de ser, de sentir, de pensar, de actuar, de entender, de reaccionar, de desear, de expresar. Y no somos máquinas programadas para hacer, sentir, pensar, expresar de una única manera y la mejor en cada circunstancia. De hecho, habitualmente los “errores”, equivocaciones, frustraciones que cometemos y que se producen en la vida cotidiana de todas las personas no tienen ninguna repercusión trascendente y, además, las personas tenemos y buscamos recursos muy diversos y maneras alternativas de actuar para resolver y superar los problemas y las adversidades. Por tanto, la conducta normal es variada entre las personas, como lo es en una misma persona en diferentes momentos y depende de diversos factores (tanto individuales como situacionales).

Así, pues, no es necesario un tratamiento psicológico para corregir problemas, alteraciones o dificultades transitorias que todos podemos experimentar.

Un trastorno psicológico no es la manifestación de ninguno de estos factores por separado sin la combinación entre ellos y la persistencia o prolongación en el tiempo de las alteraciones que se asocian a estas manifestaciones. Significa que, por motivos causales diversos, la persona experimenta de manera intensa y persistente un único tipo de emoción, y al mismo tiempo presenta alteraciones en sus comportamientos y el estilo de pensamiento se torna poco adaptativo, cambia su funcionamiento habitual, se le hace difícil mantener sus objetivos vitales, o directamente no los toma en consideración. Según cuál sea el trastorno que sufre la persona, las manifestaciones tendrán una mayor o menor repercusión en su vida cotidiana, tanto personal como afectiva, relacional, laboral e intelectual.

En definitiva, el tratamiento psicológico tiene como objetivo única y exclusivamente la conducta anormal: es decir, manifestaciones conductuales, emocionales y estilo de pensamiento que, en general, son habituales en todas las personas pero que por la intensidad, la frecuencia y la duración con que se experimentan llegan a ser disfuncionales y contribuyen a la persistencia del malestar y del trastorno.

 

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Emociones causadas por la autoevaluación

 

Leo estos interesantes apuntes del psiquiatra Lizardo Cruzado sobre las emociones:

Las emociones básicas y más estudiadas son, todos lo sabemos, cuatro: la alegría, la tristeza, la cólera y el miedo. De hecho, éstas son las que más precisa y universalmente se muestran en la expresión facial -aunque este privilegio compartido es, además, por la sorpresa y el disgusto-.

Ya el mismo Darwin había notado que existían, sin embargo, una serie de otros sentimientos, prevalentes en la especie humana y que no son exactamente aquellos antes enumerados. Son emociones que podríamos conceptualizar como aquellas que emergen ante la conciencia de uno mismo y, más precisamente, ante la evaluación que hacemos de nosostros mismos. Estaríamos hablando, por ejemplo, de la vergüenza, de la culpa, del orgullo, del bochorno.

Aunque para Darwin estas emociones uniformemente desencadenaban el rubor facial, tal parece que ello es predominante en relación a la vergüenza y el bochorno o embarazo, y no así tal vez en caso de la culpa. Asimismo existen variaciones étnicas e individuales que matizan el aserto. Otra interesante diferencia de estas emociones con las cuatro básicas enumeradas al principio, es que sus desencadenantes son más individualizados e idiosincraticos, más específicos para cada persona. Adicionalmente,  estas emociones, más que expresarse con la sola gestualidad facial, involucran un más amplio repertorio del lenguaje corporal.

Claro está, si hablamos de emociones suscitadas ante la evaluación de uno mismo, se debe presumir la existencia de un conglomerado de normas, metas y presupuestos con los que efectuar la comparación. Este grupo de normas, aunque determinado por la cultura imperante y el entorno social, tiene un matiz personal insoslayable y trascendente (de otro modo, todos los participantes de una misma cultura o hasta de un mismo grupo familiar tendríamos exactamente el mismo conjunto de preceptos). Su incorporación y procesamiento empiezan ya a edad temprana pues primordios de las emociones del ser-consciente-de-sí-mismo pueden columbrarse en pequeñuelos de 2 a 3 años de edad (recuérdese la teoría psicoanalítica de la culpa y la vergüenza en relación al control de esfínteres y la sexualidad incipiente).

La autoevaluación respecto al cumplimiento de las normas y metas prefijadas lleva a una dicotomía: ¿las satisfacemos o no? A su vez, la menor o mayor proclividad para considerar alcanzado el logro o asumirlo como fracasado, tiene correlación con factores distintos en los que interactúan las predisposiciones individuales y el entorno facilitador o entorpecedor de aprendizajes. Esto tiene que ver también con la atribución posterior: si no satisfice mi meta, ¿atribuyo esto a mí mismo o a un factor externo que influyó sobre mí? Y si yo mismo me considero el responsable, ¿me centro en mi conducta específica considerada fallida o en la totalidad de mi persona como fracasada y deficiente?

Del hipotético cruce de estas variables encontramos como resultado emociones placenteras tal el orgullo y su extremo, la arrogancia; y por otro lado, se establecen la culpa y la vergüenza. Queremos considerar en este breve apunte fundamentalmente a la vergüenza.

La vergüenza es un estado displacentero, causante de gran incomodidad psíquica y que toma a la persona por asalto: paraliza su actividad mental, dificulta el habla, congela el movimiento. Se puede observar a la persona avergonzada como tratando de hundirse en sí misma, a guisa de querer esfumarse, desaparecer (¡trágame, tierra!). El bochorno o embarazo, estrechamente relacionado a la vergüenza, guarda diferencias básicamente cuantitativas con ella: no se evidencia como estrictamente displacentero, no paraliza ni aturde a quien lo experimenta e incluso la postura corporal no denuncia el intento de hundirse y desvanecerse -como la vergüenza- sino que existe una postura más bien ambivalente entre el interés y la retirada, una mirada de soslayo a los otros y una sonrisa nerviosa en los labios. Resulta muy llamativo que situaciones como el recibir cumplidos en público o notar que una persona del sexo opuesto nos mira con interés, pueden suscitar el bochorno. A diferencia de la vergüenza, usualmente pública pero no en la totalidad de las veces, el bochorno siempre lo es.

Mucho debate ha suscitado el constructo de la fobia social, llamada ahora trastorno de ansiedad social,  y la medicalización de la timidez como una enfermedad (léase, por ejemplo, a David Healy: Have Drug Companies Hyped Social Anxiety Disorder to Increase Sales?; o a S. Wessely: How shyness became social phobia.) Hasta aquí hemos considerado someramente a la vergüenza, al bochorno, pero ¿y la timidez?

Lamentablemente, como en lo hasta aquí enunciado, las definiciones sobre todo son negativas, más basadas en la carencia de- que en la existencia de-. Así, la timidez se concibe como la tendencia a la incomodidad en situaciones sociales, como una peculiar e inefable oscilación entre la evitación y el acercamiento, entre el temor y el interés. Ahora bien, aparentemente la timidez vendría a ser un factor idiosincrático, no relacionado con la autoevaluación, digámoslo así: simplemente lo opuesto a la sociabilidad.

Aún a riesgo de resultar maniquea y simplista la hipótesis, pongámoslo de esta manera: si la estructura sociocultural valora en demasía la sociabilidad y deplora y posterga la timidez, apreciaremos que desde edad temprana se hará señalamiento y escarnio del niño tímido (por aquí los llamamos «chunchos» y «chupados», claro está «cariñosamente»). En este proceso, la timidez, de no ser ni valorada ni valorativa, adoptará rápidamente estándares fijos y será evaluada posteriormente como demérito y prenda por demás vergonzosa. Cabría aquí el complejo discernimiento con la realidad de otras sociedades, algunas orientales, donde la timidez es valorada de un modo distinto.

Pero, y si hablamos de un espectro entre sociabilidad y timidez, estaríamos ante el esbozo de rasgos de personalidad, y aquí la consideración nosológica es mucho más amplia pues se describe una personalidad evitativa como máximo grado de severidad de la ansiedad social (en el primer caso hablamos de un tipo de personalidad; en el segundo, de un supuesto desorden psiquiátrico).

Inclusive el endofenotipo de Inhibición comportamental descrito por Kagan, consistente en conductas de retraimiento, búsqueda del regazo materno y supresión de conductas habituales en niños pequeños ante la presencia de personas o eventos desconocidos, aunque asociado a posterior existencia de fobia social, lo es sólo en un 30% de casos: el 70% restante de niños con inhibición comportamental no poseerá trastorno de ansiedad alguno.

En el año 1903, el eminente psicólogo galo Pierre Janet, describió la ‘phobie des situations sociales’, enfocando su concepto sobre todo en el temor exagerado e irracional ante el desempeño de deteminados actos bajo el escrutinio público, ante la tormentosa mirada ajena -fobia que, de hecho, posee muy buena respuesta a procedimientos psicoterápicos-. De allí al desarrollo trepidante del constructo de ‘trastorno de ansiedad social generalizada’ que existe hace no más de cinco lustros y que hasta ha sido descrito como insospechado y enorme ‘problema de salud pública’, sin duda que media bastante. Da la impresión que en ese tráfago podríamos haber extraviado alguna vez la brújula.

Con saludos cordiales para Rodrigo Peña, futuro colega nuestro que nos distinguió acompañándonos en una rotación electiva,  y de cuyo fino obsequio: Handbook of emotions, hemos glosado algunos de estos apuntes.

Fuente original: Desde el Manicomio

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Pseudociencia y oscurantismo: de entrada… no.

Leo este comentario en el blog Mondo Medico:

«Argumentan los pseudocientíficos que los estudiantes y profesionales de la Salud desprecian las terapias alternativas por sistema, sin pararse a comprobar su eficacia empírica. Precisamente ese es el problema, pues cuando se inteta comprobar su eficacia con unos métodos estandarizados,  cumpliendo el principio de reproducibilidad de la investigación (todo lo que se descubra debe ser repetido por diversos investigadores en diversos estudios y laboratorios, con el fin de verificar que no haya sido fruto de la casualidad, sino un verdadero descubrimiento científico) nos encontramos con que no podemos demostrar que esas terapias y esos remedios tan fantásticos realmente sean ciertos

Nos unimos al manifiesto que lanza J.M. Hernández desde la Ciencia y sus demonios y os animamos a que os unáis y lo apoyéis, tanto en esta declaración como en el gran trabajo que está realizando Fernando Frías desde la Lista de la Verguenza.

Si una vez leído, deseas firmar el manifiesto, pulsa en el enlace situado al final del texto. También agradeceríamos que, si lo consideras conveniente, lo difundieras entre tus contactos. La intención es que, si recogemos un número importante de adhesiones, se pueda presentar ante los estamentos correspondientes para reflejar nuestra preocupación sobre este tema.

MANIFIESTO POR UNA UNIVERSIDAD LIBRE DE PSEUDOCIENCIA Y OSCURANTISMO

Ante la cada vez más abundante proliferación de conferencias, cursos, seminarios y todo tipo de actividades que diferentes corrientes pseudocientíficas están desarrollando dentro del marco de las universidades españolas y latinoamericanas, tendencia que cristaliza en la reciente creación de una Cátedra de Investigación sobre Homeopatía en la Universidad de Zaragoza, los abajo firmantes (científicos, profesores, alumnos y ciudadanos en general) nos vemos en la necesidad de manifestar lo siguiente:

La colaboración entre la Universidad y la Empresa, así como con otros organismos y agentes sociales es enriquecedora, productiva y debe ser considerada como una de las prioridades de la política universitaria. Los acuerdos y contratos para la transferencia de resultados de la investigación a la empresa privada pueden representar una importante fuente de financiación para las universidades públicas; los cuales, desarrollados convenientemente, permiten una mayor productividad científica y la optimización de las aplicaciones de tal actividad. Sin embargo, creemos que no es justificable que la Universidad busque vías de financiación a cualquier precio, y aún menos si con ello pervierte su filosofía y fines fundamentales.

La Universidad Pública, como cualquier otro organismo de la administración, debe estar al servicio del ciudadano, manteniendo un contacto permanente con la sociedad de la que forma parte, mediante una comunicación constante que permita la sintonía entre el mundo universitario y las necesidades sociales. Para cumplir estos objetivos, la Universidad debe ser un adalid en lo referente a innovación y a exploración de nuevos caminos para el conocimiento. La Universidad nunca debe ser una estatua, sino una animación en constante movimiento.

No es posible entender la función investigadora y el compromiso social de la Universidad sin la imbricación con su papel fundamental en la formación de ciudadanos libres, capaces de enfrentarse al mundo mediante una mentalidad crítica que les permita escapar de las cadenas de la irracionalidad, la superstición y la ignorancia. Esta función docente, completamente consustancial a la institución universitaria, va más allá de las aulas, al representar la Universidad un referente en cuanto a conocimiento y racionalidad para toda la sociedad.

En este sentido, la Universidad juega un papel muy importante ante el avance que en la sociedad contemporánea están teniendo determinadas corrientes anticientíficas y antirracionales, que pueden suponer un significativo retroceso hacia el oscurantismo y la superstición, algo que se encuentra en el polo opuesto de los objetivos universitarios. Nos preocupa, como universitarios y como ciudadanos, que bien entrado el siglo XXI cada vez prolifere un mayor número de terapias más próximas a la magia que a la medicina, en muchas ocasiones amparadas por instituciones y empresas médicas profesionales; nos preocupa que presidentes de gobierno consulten astrólogos; que pulseras mágicas declaradas oficialmente fraudulentas sean portadas por ministros de sanidad y constituyan el regalo más vendido de las últimas navidades; que cada vez haya más ciudadanos que crean firmemente que las vacunas son tóxicas y nefastas para la salud; que aumente el número de enfermos que abandonan el tratamiento médico para abrazar alternativas esotéricas; nos preocupa muy seriamente que gran parte de la población vuelva a confiar más en los curanderos que en la medicina científica.

Nos preocupa que la Universidad pueda convertirse en un mercadillo que de cabida a cualquier alternativa irracional al conocimiento científico. Sólo una mal entendida apertura de mentalidad puede justificar que se enseñe alquimia en las Facultades de Química, ufología en las de Física o el diluvio universal en las de Historia. Ofrecer el foro universitario a las pseudociencias, en igualdad de condiciones con el conocimiento racional, no se traduce en ningún enriquecimiento cultural, sino en una validación universitaria de la superstición y la charlatanería. Difícilmente podremos educar a nuestros hijos sobre la inexistencia de bases empíricas en la predicción astrológica si van a encontrar en el campus universitario cursos de postgrado en astrología.

Reza una de las máximas en ciencia que la razón no debe aceptar algo como cierto sólo porque lo afirme mucha gente o porque lo suscriban personajes importantes, y que siempre es necesario detenerse ante cualquier afirmación y dudar sobre si es o no cierta. Esto obliga a actuar mucho más despacio, a sopesar cuidadosamente las opciones, a avanzar con cautela ante cualquier tipo de propuesta. Y esta es una de las cosas que creemos firmemente que debe enseñarse en las universidades.

Por todo ello, nos preocupa que la Universidad de cabida a cursos sobre acupuntura, a conferencias sobre creacionismo, a seminarios sobre astrología y a cátedras sobre homeopatía. Nos preocupa especialmente si no se enfocan como un debate crítico y un análisis racional, sino con un presupuesto de funcionalidad y validación científica de los que no sólo carecen, sino que están en frontal oposición al espíritu crítico universitario.

En el caso concreto de la homeopatía, aunque de igual aplicación para el resto de pseudociencias, no se ha demostrado científicamente ni su fundamento teórico (que contradice nuestros conocimientos sobre química y medicina más elementales), ni su efectividad más allá de un placebo. Décadas atrás, se destinaron importantes estudios a buscar una posible base en los postulados homeopáticos, los cuales no han variado significativamente en doscientos años, base que jamás se encontró.

Nos resulta extremadamente paradójico que mientras gobiernos europeos retiran fondos y apoyos estatales a la práctica homeopática, en España se instauren cátedras dentro de las universidades públicas. El aval que esto supone, sitúa a la homeopatía, a la astrología o al espiritismo dentro de la categoría de disciplinas universitarias; máxime cuando no nos encontramos exclusivamente ante una actividad de investigación sobre un fenómeno dudoso, sino ante una institucionalización dirigida a la formación y divulgación de estos postulados.

Consideramos por último, que si bien está justificado profundizar y destinar fondos a cualquier aspecto que pueda ser investigado, la especial situación económica actual convierte la inversión de esfuerzo y medios en este tipo de disciplinas totalmente desacreditadas en un acto de puro despilfarro de recursos, que podrían emplearse en líneas de investigación y docencia muchísimo más prioritarias.

Las personas que desde distintos estamentos y colectivos de la sociedad suscribimos este manifiesto, deseamos llamar la atención sobre este importante aspecto al conjunto de la población y, especialmente, a las autoridades académicas y gubernativas, confiando en que la razón acabe imponiéndose sobre la superstición y el oscurantismo.

FIRMAR EL MANIFIESTO

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