El cerebro nos traiciona

Cerebro

Me pareció interesante un artículo científico que explica las razones por las que nuestro cerebro nos traiciona tan a menudo en la vida cotidiana. Lo que sigue es un extracto de ese artículo publicado en 2012 en la Revista de Terapia Cognitivo Conductual  y cuyos autores son Lic. José Dahab, Lic. Carmela Rivadeneira y Lic. Ariel Minici.

Un atributo exquisitamente humano puede traicionarnos

Mucho se ha dicho y discutido acerca de las características que distinguen al ser humano del resto de los animales. Desde el pulgar opuesto –gran responsable de nuestro desarrollo tecnológico- hasta el celo crónico en el cual se mantiene la hembra humana –única hembra en el reino animal que se dedica al sexo cuando procrear no está disponible-, las diferencias críticas y esenciales que nos hacen humanos y nos distancian del resto de las especies son todavía una fuente de debate. Aún así, casi todo podemos terminar adjudicándolo al cerebro, órgano único y exquisitamente distinguible de cualquier otro conocido. Quien se sienta atraído por el estudio de entidades complejas cuyo entendimiento se torna difícil, no tiene más que dedicarse a las neurociencias; el cerebro humano es el sistema más complejo conocido hasta hoy.

Por supuesto, resulta muy sencillo decir que una de las cualidades eminentemente humanas es el pensamiento y por consecuencia, el pensar puede trazar una línea divisoria bastante clara entre el hombre y otros animales. Aunque esta posición también presenta sus complicaciones. La primera de ellas es la misma definición de lo que es pensar. Ni que hablar cuando tomamos en consideración el hecho de que en muchas otras especies animales no humanas, también encontramos elementos muy similares a los del pensamiento humano. Por supuesto, nuestros parientes cercanos, los monos, encabezan la lista pero también se han hallado elementos de “pensamiento en sentido amplio” en perros, ratas, palomas, incluso sapos, pero no en lombrices ni moscas. De todos modos, es evidente, hay una diferencia abismal entre el pensamiento humano y el de cualquier otro ser vivo.

¿Por qué pensamos los seres humanos? No hay una única respuesta, hay muchas. Una de ellas destaca el rol favorecedor que el pensamiento tuvo y tiene en la adaptación a nuestro medio, aumentando nuestra capacidad de supervivencia y eficacia reproductiva. Se trata claramente de una línea evolutiva.

El pensamiento es una forma de proceso mediacional simbólico, con él construimos una representación del mundo externo con la que luego podemos operar de manera más efectiva y práctica. Nuestra representación simbólica de la realidad nunca es tan compleja como su contraparte “objetiva”, sino que en el proceso de recrear simbólicamente nuestro entorno el cerebro realiza una gran cantidad de transformaciones de la información de las cuales nosotros no tenemos consciencia alguna. Y si bien en esto radica una gran ventaja, también se halla el germen de algunos problemas. Veámoslo más en detalle.

Algunos rasgos adaptativos pueden traicionarnos

El cerebro humano abrevia, organiza, agrupa, da sentido y coherencia al representar, en este proceso de transformaciones logra una imagen del mundo más clara y sencilla con la cual operar. Como es de esperar, el lenguaje juega en esto un papel central, aunque no exclusivo. Veamos un ejemplo: “Me encuentro en este momento escribiendo un artículo de psicología en mi computadora, sentado frente a una ventana desde la cual veo el parque de mi casa”. La frase anterior describe una acción sencilla, trasmite lo esencial de lo que estoy haciendo en este momento y otro ser humano de mi cultura podría entenderla perfectamente bien.

Pero justamente para lograr tal objetivo, mi cerebro ha realizado una serie de cómputos de los cuales yo no soy consciente, ello simplifica la descripción y la torna más manejable tanto para mí mismo como para quienes reciben este mensaje. Así, por ejemplo, desatiende totalmente a detalles acerca de cómo yo estoy sentado o los elementos que hay en mi parque. Entendemos que estoy frente a algún entorno con vegetación y espacio libre porque eso significa la palabra “parque”. Y aquí tenemos un ejemplo de las estrategias más comunes y más efectivas, “agrupar”, es decir, juntar en una sola representación todo un conjunto de elementos; luego sólo tengo que pensar o decir una única palabra para tenerlos todos en mente. En el ejemplo, la palabra “parque” significa que hay césped, árboles, plantas, seguramente insectos que no veo y muchos elementos más que no interesan a nadie. Pero no hace falta enumerarlos, todo queda contenido en un simple vocablo, “parque”.

No hace falta mencionar lo que la capacidad de “agrupar” ha permitido en el desarrollo humano particularmente cuando ella se combina con la creación de categorías abstractas y teóricas; como por ejemplo, “política”, “comunicación social”, “inconsciente”, “aprendizaje”. Estas palabras no son sólo agrupaciones de entes físicos tangibles sino que incluyen todo un conjunto de elementos a simple vista heterogéneos pero que terminan unidos por alguna lógica, razonamiento o el mismo conocimiento.

Entonces, recapitulemos. Los cerebros humanos poseen la capacidad de representar el mundo de manera simbólica y esto ha significado una ventaja en la adaptación al medio; los cerebros que mejor se han representado el mundo más oportunidades han tenido de sobrevivir y dejar descendencia fértil; así esta cualidad se ve fuertemente favorecida por la selección natural.

La estructura y el funcionamiento de nuestro organismo han sido moldeados por presiones ambientales más parecidas a las de una selva o un bosque que a las de una oficina o casa confortablemente calefaccionada. En otras palabras, nuestro diseño responde más a un ambiente como el de los humanos primitivos, donde existen peligros físicos de los cuales defenderse, donde la diferencia entre la vida y la muerte puede depender de unos escasos segundos que tardamos en reaccionar ante la presencia de un depredador o en la velocidad con la que escapamos de él, donde el alimento escasea y requiere esfuerzo físico para ser obtenido. Este es el contexto de presiones ambientales que a lo largo de enormes períodos ha terminado por brindarnos el cerebro que hoy tenemos. Un cerebro que en unos escasos milenios transformó completamente su propio ambiente, salió de las cavernas y creó un mundo tecnológico mucho más confortable para sí mismo.

Pero los tiempos de la evolución cultural son mucho más cortos que los de la evolución biológica y la herencia persiste hoy en nosotros. En gran medida, nuestro cerebro sigue respondiendo a los estímulos de la vida moderna con rasgos que fueron seleccionados para adaptarse a un ambiente arcaico. En esta brecha entre la evolución biológica y la cultural, puede hallarse el origen de muchas de las patologías que hoy observamos.

Así entonces, la misma facultad de representación simbólica que tanto nos ha favorecido en nuestro desarrollo como especie puede en algunos casos volverse en nuestra contra. En términos psicológicos esto es la patología mental. En algunos casos, las construcciones simbólicas de la realidad que las personas efectúan conllevan sesgos y distorsiones que las hacen poco adecuadas. Esto trae aparejado dificultades para operar y ajustarse a los contextos reales por los que la persona transita. La ansiedad suele ser un suelo fértil donde germinan los desórdenes psicológicos, se trata de una de las funciones psicológicas más vulnerables a la patología y esto tiene su razón de ser.

Las investigaciones neurocientíficas han mostrado con claridad que nuestro cerebro reacciona fácilmente y en escasos milisegundos a estímulos amenazantes de los cuales muchas veces ni siquiera somos conscientes. Existen vías asociativas que no atraviesan la corteza pero que rápidamente activan los centros cerebrales del miedo y ponen en guardia al organismo para luchar o huir. Asimismo, se ha documentado que tendemos a reaccionar con ansiedad ante estímulos ambiguos probablemente amenazantes, y que sólo luego de una valoración más detallada, cuando estamos seguros de la ausencia de peligro, tendemos a desactivar los mecanismos defensivos.

Vale decir, nuestro cerebro posee una facilidad incrementada para detectar el peligro, para reaccionar con ansiedad y movilizar recursos ante la ambigüedad. ¿Por qué? Pues simplemente esto ha representado una ventaja evolutiva. Dado que los organismos con una reacción de miedo más rápida y lábil han tenido más oportunidades para sobrevivir, esta característica ha sido favorecida por la selección natural. Pero como ya dijimos, nuestro ambiente se ha modificado, ya no somos depredados por leones ni las serpientes se encuentran en nuestros hábitats. Sin embargo, ello no borra las marcas de la evolución.

Nuestro cerebro tiene una facilidad incrementada para detectar la amenaza y para interpretar la ambigüedad en su sentido amenazante. Esta tendencia natural puede a su vez verse intensificada por las experiencias de aprendizaje.  Así, por ejemplo, si una persona que padece Trastorno de Ansiedad Generlizada (TAG) recibe una llamada de su jefe suele tener cogniciones tales como “me va a decir que trabajo mal” o “tiene algo malo para decirme”. Aunque la persona ha pasado varias veces por esta situación y sus interpretaciones se han mostrado equivocadas, no puede evitar volver a pensar de manera similar. Este es justamente un ejemplo de cómo los procesos mediacionales simbólicos pueden volverse desadaptativos. No es en sí misma la capacidad de representar, ni tampoco el hecho de que se represente algo negativo pues ello podría ser correcto.

El TAG también ilustra bien cómo, ante la ambigüedad, el cerebro tiende a efectuar interpretaciones negativas amenazantes en lugar de las neutrales o positivas. Por ejemplo, el paciente con TAG espera a su hijo que regresa de la facultad, pero éste último se retrasa; el paciente pensará muy probablemente “tuvo un accidente”, “le pasó algo malo y grave”. Vale decir, ante la ambigüedad de lo que representa una llegada tarde, el cerebro tenderá a seleccionar una de las peores explicaciones. Y nuevamente, solemos observar el mismo patrón que en el ejemplo anterior, esto es, el hijo del paciente ha llegado muchas veces tarde pero nunca debido a un accidente o suceso grave; no obstante ello, la persona con TAG no puede evitar volver a pensar trágicamente. El ejemplo remarca no sólo que la representación de la situación no es adaptativa, también resalta la idea de que el cerebro prefiere las explicaciones amenazantes sobre las neutrales en una situación de incertidumbre.

Esquema

El terapeuta

En el entorno de la Terapia Cognitivo Conductual, casi cualquier afección psicológica podría caracterizarse en alguna medida por el alejamiento que la representación simbólica del paciente tiene respecto de la realidad empírica. Cuanto mayor es la brecha entre una y otra, mayor será el grado de patología y por consecuencia, el trabajo terapéutico consistirá en acortar la distancia, esto es, en ayudar al paciente a que su realidad mediacional describa más adecuadamente a su entorno real.

Técnicamente hablando, este es el marco de trabajo propuesto por Aaron Beck con el nombre de “empirismo colaborador”.  Se apunta a la modificación de los pensamientos y creencias del paciente siguiendo un criterio empírico: un pensamiento será tomado como válido si existe evidencia favorable al mismo. No obstante, el trabajo terapéutico no termina ahí.

Si el paciente padece un desorden psicológico debido en parte a la formación de pensamientos y creencias distorsionadas, parece lógico no sólo ocuparse de modificar a estos últimos sino también enseñar al paciente a que lo haga por sí mismo. Este derrotero técnico aborda un problema de meta-aprendizaje, vale decir, del aprender a aprender. Si la persona ha formado una representación del mundo tan distorsionada que dio lugar a una patología psicológica, han de existir fallas en la manera en la cual la persona aprende de la experiencia.

La forma en que aprovechamos la retroalimentación que nos da la experiencia, el modo en que extraemos conclusiones y aprendemos de los hechos de la vida cotidiana puede mostrar fallas y distorsiones. Por lo tanto, es una de las metas de la Terapia Cognitivo Conductual que el paciente no sólo modifique su representación simbólica del mundo sino que aprenda a realizar por sí mismo las transformaciones de la información necesarias para mantener a largo plazo una realidad mediacional adaptativa. Este es tal vez, uno de los máximos objetivos a los cuales aspiramos.

Conclusión y síntesis

La capacidad de formar representaciones simbólicas del mundo constituye una característica adaptativa fuertemente favorecida por la evolución. No obstante, en algunos casos ella puede tornarse patológica porque el modelo mediacional de nuestra realidad no se ajusta adecuadamente a su contraparte objetiva. Sumado a esto, la brecha existente entre la evolución cultural y la evolución biológica podría dar lugar a que muchas de nuestras reacciones arcaicas no sean adecuadas a las necesidades de nuestra vida moderna. Ambos factores colaborarían en la formación de la patología psicológica.

La Terapia Cognitivo Conductual constituiría un intento por ayudar a las personas con desórdenes psicológicos a ajustar su realidad mediacional más cercanamente al contexto objetivo pero también a que aprendan a realizar este proceso de adecuación por sí mismos. Se trata de un meta-aprendizaje que podemos sintetizar como “aprender a aprender”.

Fuente: Revista de Terapia Cognitivo Conductual

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El miedo se desvanece cuando damos el paso

 

zona_comodidad

Me impresionó este texto que transcribo acontinuaicón:

Salir de la comodidad puede ser toda una aventura. Le llamo comodidad a las situaciones en las que nos manejamos de acuerdo a formas y patrones que ya conocemos y nos ofrecieron anteriormente una sensación de seguridad.

Hasta que un día llega lo nuevo, la comodidad desaparece y se presenta el desafío.

Ese desafío nace porque nos encontramos ante lo desconocido, lo que nunca hemos experimentado y que no podemos prever los resultados. A veces, en estas condiciones, podemos llegar a sentir miedo.

El miedo habitualmente nos paraliza, porque no sabemos cómo actuar, no sabemos qué hacer; y por eso tendemos a quedarnos quietos. Pero también puede ser un gran motivador con el que contamos para sacar afuera lo mejor de nosotros, seguir descubriendo lo que verdaderamente somos, ser creativos y animarnos a avanzar.

Cuando damos el paso el miedo se desvanece, y es así porque en realidad era sólo una ilusión reforzada por el pensamiento; como si imagináramos una película de terror.

Tenemos miedo cuando creemos en algo que no existe.

Sólo basta con aceptar que no sabemos qué pasará y seguir adelante; más allá del resultado. Animarse a descubrir lo desconocido por el hecho de aprender de una nueva experiencia.

Tú das el paso, y el universo se encarga del resto.

Cuando sientas miedo recuerda que sólo el amor es real. Cierra los ojos, respira y baja de la cabeza al corazón. Allí todo temor desaparece. Allí hay paz y no hay límites.

Fuente: Inspirulina

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¿Es suficiente la Autoayuda para el cambio?

Hoy quiero presentaros a Mertxe Pasamontes, Licenciada en Psicología (Universidad de Barcelona) con reconocimiento de la especialidad clínica y acreditación Europea de Experta en Psicoterapia (EuroPsy) y Licenciada en Humanidades (UOC).  Ha completado su  formación  académica con un Posgrado en Trastornos mentales (Universidad de León).

La podéis encontrar en las redes sociales pues su actividad en ellas es de especial relevancia. Como ejemplo de sus excelentes aportaciones traigo aquí una pequeña muestra:

ayudame

Hay buenos libros de divulgación, que incluyen técnicas o consejos imposibles de llevarse a la práctica por uno mismo. El libro y la teoría que lo sustenta pueden ser buenas, pero la aplicación requiere de lo que podríamos llamar “un observador imparcial”.  Es importante tener a una persona, de fuera de nuestro entorno, que de manera neutral, pueda decirnos cosas de nosotros mismos que no vemos. Porque por mucho empeño que pongamos, es imposible verlo todo de nosotros mismos sin ayuda externa. Estamos demasiado metidos en nuestra propia historia para ser capaces de verla con la objetividad que requiere. Es como si quisiéramos ver nuestros propios ojos sin un espejo.

Por eso, la autoayuda, puede ser “peligrosa” al darnos una falsa sensación de cambio.  Y esta reflexión me ha surgido a raíz entre otras cosas de personas que me comentan que mi blog les ha ayudado mucho. Y es algo que me satisface muchísimo como os podeis imaginar, pero que también me obliga a lanzar alguna advertencia, como lo hago con respecto a la autoayuda. Cuando leemos algo que parece que nos sirve, puede ser que realmente nos sirva, pero también puede ser que estemos sesgando nuestra percepción, acomodándola a nuestro mapa mental. Es posible que estemos entendiendo lo que nos es más cómodo entender.  A veces, cuando de conocernos a nosotros mismos se trata, nos hacemos trampas al solitario. A lo mejor estamos “pensando la experiencia” en lugar de vivirla. Y de lo que se trata es de vivir las cosas y sobre todo,  de experimentarlas emocionalmente. Y para eso a veces nos hace falta un referente externo y lo sé por propia experiencia.

Yo he leído muchos libros de psicología y de autoayuda como os podéis imaginar. Y he puesto cosas en práctica de esas lecturas y con buenos resultados en algunas ocasiones. Pero no por ello he dejado de complementar eso, con la experiencia con otras personas. Y no hablo de amigos, pues como ya dije en otra ocasión, un amigo tiene otr a función.  No es alguien que tenga la suficiente objetividad, puede ayudarte en algunas cosas, pero su función no es ser tu terapeuta. Cuando yo he querido hacer un cambio sustancial, he acudido a cursos en donde pudiera tener aprendizajes vivenciales o a psicólogos y terapeutas de lo más diverso. Aunque la tentación, teniendo conocimientos y muchas herramientas, era hacerlo yo sola. Pero no he querido autoguiarme en los momentos transcendentales. Y en esa combinación, entre lecturas y la mirada del otro, es en dónde he obtenido los mejores resultados. La ayuda de unos guías externos sirve para empujarnos, animarnos o llegado el caso hacernos ver que el camino elegido por nosotros no era el más conveniente para nuestro crecimiento.

autocontrolPorqué además, una de las cosas más importantes en cualquier proceso de cambio es vivir las cosas. Vivirlas, no pensarlas. Y es una diferencia sustancial, pues muchas veces creemos que con sólo pensar en algo o entenderlo, ya lo hemos vivido.  Y nuestro cerebro necesita experiencias reales para aprender de verdad, no sólo pensamientos. Necesitamos vivir las cosas con todos los sentidos, para que causenuna experiencia de referencia en nosotros. Y son esas experiencias de referencia las que nos ayudan de verdad a crecer y avanzar.

Por eso os animo a leer y aplicar lo leído. Las buenas lecturas ayudan a abrir la mente e incluso a preparar el camino posterior. Pero os conmino también a experimentar. A que busquéis, probéis, testéis…pero sobre todo a que no os quedéis quietos, dando vueltas al pensamiento. Nunca sabemos cuál será la técnica, metodología o persona que nos ayude a hacer el “click”. Lo que si que os aseguro es que cuando notéis ese click sabréis que realmente ha sucedido. Y en ese momento, todo lo que habéis hecho hasta entonces cobrará sentido. De repente, como dijo Jobs, veréis que los puntos se unen.

Fuente: Mertxe Pasamontes

Si entráis en su blog encontraréis muchos temas interesantes (sobre autoestima, superación, ansiedad, etc.) tratados de forma personal, clara y sencilla.

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Un paseo por el lado salvaje

Lou Reed, el influyente compositor y guitarrista que ayudó a dar forma a casi cincuenta años del rock, falleció hoy.

Como recuerdo, uno de los temas de siempre que nunca me cansaré de escuchar:

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Aprendizaje social y emocional

Alicia –«verdad», en griego– es el personaje inseparable de Eduardo Punset en esta historia apasionante sobre la vida y la ciencia que reúne el legado científico y humanístico de personas sabias con la osadía de romper barreras y desvelar conocimientos que creíamos imposibles. Conocimientos que logran sumergirnos en la arqueología de las emociones e iluminar habitaciones secretas de nuestra mente. Ésta es una obra llena de respuestas y de preguntas abiertas. Es también una apuesta de esperanza y de futuro, avalada por los últimos descubrimientos científicos, que Eduardo Punset nos hace llegar a través de un «sueño» donde a menudo ficción y realidad se dan la mano.

 

El sueño de Alicia 2

Eduardo Punset ha logrado fusionar la “aventura vital con los últimos descubrimientos de la ciencia” en su última novela ‘’ en la que insiste en que “si nuestra realidad, nuestra conducta y nuestro aprendizaje está marcado por las emociones, darle una explicación científica a las mismas parece algo imprescindible para acercarnos a la verdad del ser humano”.
 

El autor va más allá y recuerda que “la introducción del aprendizaje social y emocional en el sistema educativo no puede retrasarse ni un año más”, ya que “la gestión de las emociones es un requisito imprescindible en la reforma educativa porque la intuición ocupa más en los circuitos cerebrales que la propia razón”.

Asimismo, el autor arremete contra el sistema sanitario actual y defiende “las políticas de prevención” sobre las “políticas de curación”, que en su opinión estas últimas “están a años luz de lo que deberían ser”, y subraya la importancia de hacer ejercicio físico, cuidar la dieta y saber disfrutar de lo que tenemos. Además, Punset apuesta por la prevención, cuyas políticas considera un “arsenal virgen a explotar” y anuncia que el desarrollo de éstas “reducirían las futuras demandas de prestaciones sanitarias, educativas o de trastornos mentales”.

Precisamente, respecto a la enfermedad mental, la soledad y la exclusión social afirma que su causa radica en el desprecio de uno mismo y en que estas personas “creen que hacen las cosas mal constantemente”. Respecto a este tema, Punset defiende que la sociedad tiene que “dejar de subestimar a las personas que padecen estos problemas”, que hay que saber que “la exclusión social, según la neurociencia, provoca en el cerebro la misma reacción que el dolor físico” y que “hasta ahora no se ha hecho casi nada por ellos, cuando hay un campo enorme para las políticas de innovación, que hagan frente a estas dolencias”. Según los datos aportados por Punset, estos trastornos “afectan al 24% de la población y en España a 2,5 millones de personas” y la mejor solución para ellos, mucho mejor que los fármacos “son los amigos”, asegura.

Punset se muestra esperanzado y siente un “horizonte muy cercano en el que será posible gestionar lo más recóndito del corazón y del cerebro”.

LEE EL PRIMER CAPÍTULO DE: El sueño de Alicia

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Excusas para pensar

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Leo un artículo publicado por Eduard Punset  en la revista XL Semanal que me hace reflexionar sobre la importancia de mis pensamientos y lleva  a pensar que aprender a modificarlos puede ser determinante para cambiar mi vida.

Será posible que lo importante no sea lo que uno hace, sino lo que uno piensa? ¿Y será verdad que los efectos de lo que uno piensa perduran toda la vida? Lo que se está sugiriendo –después de haberlo comprobado en un experimento tras otro– es que mediante procesos exclusivamente cerebrales se puede influir en las vinculaciones
genéticas y cambiarlas. El viejo debate entre los partidarios de las estructuras genéticas y las estructuras del pensamiento está a punto de terminarse. O si se quiere, que las cosas no son tan sencillas y simples como se creía.

¿Quieren saber en qué consistía el experimento que acaba de echar por tierra todo el dogmatismo implantado en la mente de casi todo el mundo? Se dividió a los participantes en dos grupos, a los que se pedía que limpiasen un piso. El primer grupo estaba formado por mujeres que apenas les costaba pensar que, en lugar de limpiar un piso, estaban haciendo deporte. «es como hacer deporte; nada de limpiar», decían.  El resultado de este grupo de mujeres empeñadas en pensar que estaban haciendo algo distinto del cometido asignado es que adelgazaron, como si hicieran deporte. El segundo grupo estaba formado por mujeres convencidas de que estaban haciendo lo que estaban haciendo –es decir, sencillamente limpiar un piso–. En este caso su peso permaneció inalterable al final de la tarea.

Acabo de leer una historia terrible en un diario francés: dos padres jóvenes le habían propinado tal paliza a su hijo menor de edad que le habían causado la muerte; fueron los efectos del abuso de la droga los que los indujeron a comportarse como dos delincuentes. Esto es lo que contaba el diario, pero a nadie se le ocurrió intentar descubrir lo que estarían pensando mientras cometían esa salvajada. La verdad es que la mayoría de la gente da importancia a lo  que se está haciendo, y no a lo que se está pensando.  Es difícil imaginar cómo sería el relato del mundo en el que solo nos fijáramos en lo que los protagonistas de todas las historias estuvieran pensando, y no en lo que estuvieran haciendo. En el caso concreto que nos ocupa, explicaríamos con todo detalle lo que estaban pensando los padres homicidas sobre lo que pasaría después de esa  muerte, porque descubri precisamente esto era lo que les había motivado a llevar a cabo su crimen.

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