Los otros y yo

Los que sigue creo que nos puede ayudar a interpretar lo que pasa cuando tenemos problemas de baja autoestima y de fobia social.

Comentarios sobre el vivir: El «Yo» y los «Otros». Por Walter Riso (trabaja como psicólogo clínico desde hace 25 años y ha volcado en varios libros la experiencia adquirida en su consulta).

Cuando estamos frente a otro ser humano, nuestra atención se focaliza en dos aspectos: lo que yo hago y lo que el otro hace. Evaluación y autoevaluación, mirar y mirarse, observar y auto observarse, dos procesos inseparables que definen el tono voyerista de toda relación social.

Un señor con problemas de autoestima me decía que nunca coincidían ambas evaluaciones: «Hay días en que me siento bien conmigo mismo, me siento más grande, más importante, mi ego se infla… Pero casi siempre ocurre algo negativo en mi entorno social y me tira al suelo: una crítica, un comentario mordaz sobre mi figura o mi manera de ser, alguien que no me saluda, en fin, siempre pasa alguna cosa… Y en otras ocasiones, me levanto con un yo lastimoso, me siento como un cucaracha, me da vergüenza lo que soy… Y ese día, justo ese día, llegan los refuerzos, los halagos, los buenos comentarios. La verdad es que estoy harto, ¿cómo hago para que el mundo coincida conmigo?».

Hay una sola respuesta posible a este interrogante: Mantenga el «yo» arriba todo el tiempo, independiente de lo que el medio haga o diga, y sólo entonces habrá coincidencias.

Yo y otros, otros y yo, miradas, susurros, autopercepción y percepción: la doble faz de nuestra mente tratando de identificarse a sí misma. Una identidad móvil que nunca se completa, que jamás se acopla totalmente, pero que puede mantenerse tan alto como queramos hacerlo.

De estas dos operaciones mentales surge el modo como nos relacionamos con la gente. Si nos sentimos seguros con nosotros mismos (evaluación del «yo» ) y percibimos a las personas significativas que nos rodean como amigables y no amenazantes (evaluación de los «otros»), nos sentiremos cómodos, espontáneos, tranquilos frente a los demás: el miedo a la evaluación negativa será mínimo o nulo.

Pero si salimos mal librados en cualquiera de las dos evaluaciones, el equilibro se altera, el temor se convertirá en problema y es probable que la fobia social o el trastorno de ansiedad social haga su aparición. Nos sentiremos rechazados, tensos e incapaces de actuar con libertad, o trataremos de defendernos y contra atacar cuando no se justifica hacerlo.

La prevalencia de la fobia social (es decir, la frecuencia con que la enfermedad aparece en un grupo o región determinada), fluctúa entre el 3 % y el 13 %. Es decir, en una población de dos millones de habitantes, ¡habrá alrededor de 200 mil personas con problemas de ansiedad social! Una verdadera urbe de individuos angustiados, incapaces de resolver su dilema fundamental: quiero y necesito a la gente, pero me asusta lo que ellos puedan pensar de mí. Si me alejo, me deprimo, y si me acerco, el miedo me inmoviliza.

¿Qué hacer entonces? No haga nada distinto a ser usted mismo (obviamente, si ello no implica dañar a alguien). No separe tanto el «yo» de «otros». Soy esto, soy como soy y tú eres como eres. Tú y yo, enredados en el confín de nuestros pequeños mundos, al desnudo o vestidos, al derecho o al revés, pero esencialmente honestos. Allí nace la alegría de ser humanos, sea tuya o mía.

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Algunas frases sobre el miedo

El miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peores de lo que son (Livio)

Peor que la muerte, el miedo a morir. Peor que el miedo a morir, el miedo a vivir (Autor desconocido)

El hombre que tiene miedo sin peligro inventa el peligro para justificar su miedo (Alain Emile Chartier)

El miedo es natural en el prudente, y el vencerlo es lo valiente (Alonso de Ercilla y Zuñiga)

La ansiedad es un arroyito de temor que corre por la mente. Si se le alimenta puede convertirse en un torrente que arrastrará todos nuestros pensamientos (A Roche)

El éxito consiste en vencer el temor al fracaso (Saint Beuve)

A veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza (Sandro Pertini)

Hay que luchar, nadie llega a la perfección por mera renuncia (Mahabharata)

En tu lucha contra el resto del mundo, te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo (Franz Kafka)

Hay que seguir la lucha con lo que podamos hasta que podamos (Benito Juarez)

Hay hombres que luchan un dia y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles (Bertolt Brecht)

Lucha contra la tiranía de lo predecible (Grant Morrison)

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La vida misma

Este video tiene muchas interpretaciones, pero los que tenemos fobia social conocemos bien la angustia del caminante.

ADVERTENCIA: absténganse de ver el video las personas muy impresionables.

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¿Existe la enfermedad mental?

Siguiendo como mi interés (un tanto enfermizo) de si la Fobia Social puede ser considerada una enfermedad, he encontrado en la web http://www.antipsychiatry.org el siguiente artículo que me parece interesante

por Lawrence Stevens, J.D.

Traducido por César Tort, Ciudad de México, México.

Todo diagnóstico y tratamiento en siquiatría, especialmente en siquiatría biologista, presupone la existencia de algo llamado enfermedad mental, conocido también como trastorno mental. ¿Pero qué se quiere decir exactamente con «enfermedad» o «trastorno»? Semánticamente, enfermedad (disease en inglés) significa simplemente lo opuesto a tranquilidad o alivio (ease en inglés). Pero por enfermedad no queremos decir cualquier cosa que perturbe la tranquilidad, ya que tal definición significaría que perder un empleo o los problemas que acarrean las guerras, las depresiones económicas o las riñas con la pareja serían «enfermedades». En su libro ¿Es hereditario el alcoholismo? el siquiatra Donald W. Goodwin habla de la definición de enfermedad y concluye: «Las enfermedades son algo por lo que la gente va a ver doctores… Se les consulta a los médicos acerca del problema de alcoholismo y por consiguiente el alcoholismo se convierte, por definición, en una enfermedad (Ballantine Books, 1988, p. 61). De aceptar esta definición – por ejemplo, que por alguna razón la gente consultara a los doctores sobre cómo sacar la economía de la recesión o cómo resolver los problemas conyugales o con una nación vecina -, estos problemas calificarían como enfermedades. Pero claramente esto no es lo que se quiere decir con «enfermedad». En su exposición sobre el significado de enfermedad, el Dr. Goodwin reconoce que existe «una definición más estrecha de enfermedad que requiere de una anomalía biológica» (ibid.). En este artículo mostraré que no hay anomalías biológicas responsables de las llamadas enfermedades o trastornos mentales porque la enfermedad mental no tiene existencia biológica. Lo que es más, mostraré que la enfermedad mental tampoco tiene una existencia no biológica, excepto en el sentido que el término se usa para indicar desaprobación de algún aspecto de la mentalidad de la persona.

La idea que la enfermedad mental es una entidad biológica es fácil de refutar. En 1988 el Dr. Seymour S. Kety, profesor emérito de neurociencia en siquiatría, y el Dr. Steven Matthysse, profesor asociado de sicobiología, ambos de la Escuela Médica de Harvard, constataron: «una lectura imparcial de la literatura reciente no nos proporciona la esperada clarificación de la hipótesis de la catecolamina, ni provee evidencia persuasiva sobre otras diferencias biológicas que pueden caracterizar los cerebros de pacientes que padecen una enfermedad mental» (La nueva guía Harvard de siquiatría, Harvard Univ. Press, p. 148). En 1992 un panel de expertos reunidos por la Oficina del Congreso Americano de Evaluación Tecnológica concluyó: «Muchas preguntas quedan sin contestar acerca de la biología de los trastornos mentales. De hecho, las investigaciones aún tienen que identificar causas biológicas específicas para cualquiera de estos trastornos… Los trastornos mentales se clasifican sobre la base de síntomas porque aún no existen signos biológicos o pruebas de laboratorio para ellos» (La biología de los trastornos mentales, U.S. Gov’t Printing Office, 1992, pp. 13 & 46). En su libro Guía básica sobre medicamentos siquiátricos, el profesor de la Universidad de Columbia, el Dr. Jack M. Gorman dijo: «Realmente no sabemos qué causa cualquier enfermedad siquiátrica» (St. Martin’s Press, 1990, p. 316). En su libro La nueva siquiatría, otro profesor de la misma universidad, el Dr. Jerrold S. Maxmen, dijo: «Es un hecho no reconocido el que los siquiatras son los únicos especialistas médicos que tratan trastornos que, por definición, no tienen causas o curaciones conocidas… Un diagnóstico debe indicar la causa del trastorno mental, pero como diré posteriormente, como las etiologías de la mayoría de los trastornos mentales es desconocida, los actuales sistemas de diagnóstico no pueden reflejarlos» (Mentor, 1985, pp. 19 & 36, énfasis en el original). En su libro Siquiatría tóxica, el Dr. Peter Breggin dijo: «no hay evidencia que cualquiera de los trastornos sicológicos o siquiátricos tenga un componente genético o biológico» (St. Martin’s Press, 1991, p. 291).

Algunas veces se dice que el que las drogas siquiátricas «curen» un pensamiento, emociones o conducta que se denomine enfermedad mental, demuestra la existencia de causas biológicas en las enfermedades mentales. Este argumento es fácilmente refutado. Supongamos que alguien toca el piano y que no nos guste que lo haga. Supongamos que lo forcemos a que tome una droga que lo invalide tanto que ya no pueda tocar más. ¿Probaría eso que su afición musical era causada por una anomalía biológica que fue curada por la droga? Esta forma de pensar, tan tonta como parece, es común entre los siquiatras. La mayoría de las drogas siquiátricas (si no es que todas) son neurotóxicas, esto es, producen en mayor o menor grado una incapacitación neurológica generalizada: detienen la conducta que disgusta a algunos, incapacitando tanto a la persona que ya no puede sentirse enojada, infeliz o deprimida. Pero llamarle a esto «curación» es absurdo, tan absurdo como la extrapolación que la droga le debió haber curado a tal persona una anomalía biológica, misma que causó las emociones o conductas que a algunos les disgustaron.

Cuando son confrontados con la falta de pruebas que la enfermedad mental es una entidad biológica, algunos defensores de tal creencia dirán que las «enfermedades» sí existen y que pueden definirse como tales sin que haya una anomalía biológica que la cause. La idea de una enfermedad mental como una entidad no biológica requiere de una refutación más extensa que la postura biologista.

Se cree que la gente está enferma mentalmente sólo cuando su pensar, emoción o conducta es contraria a lo que es considerado aceptable, es decir, cuando a otros (o a los pacientes mismos) no les gusta algo acerca de ellos. Una manera de ver el absurdo de llamarle a una cosa enfermedad, no porque haya anomalía biológica sino porque algo nos disgusta en una persona, es observar cómo difieren los valores de una cultura a otra y cómo cambian con el tiempo.

En su libro La sicología de la autoestima, el sicólogo Nathaniel Branden escribió: «Una de las tareas de la sicología es proveer definiciones para salud mental y enfermedad mental… Pero no existe acuerdo general entre sicólogos y siquiatras sobre la naturaleza de éstas; no hay ni definiciones aceptadas ni un parámetro para comparar un estado sicológico con otro. Muchos escritores dicen que es imposible establecer definiciones o estándares básicos, esto es, un concepto universal de salud mental. Estos escritores aseveran que debido a que una conducta es considerada normal y saludable en una cultura, pero neurótica o aberrante en otra, todo es una cuestión de prejuicios culturales. Quienes mantienen esta posición insisten que lo más que uno puede hacer es definir la salud mental como el acato a las normas culturales, declarando que el hombre está sicológicamente sano en la medida en que esté adaptado a su cultura… La pregunta obvia que surge ante tal definición es ¿qué pasa si los valores y normas de una sociedad dada son irracionales? ¿Puede la salud mental consistir en estar adaptado a tal irracionalidad? ¿Qué decir de la Alemania nazi, por ejemplo? ¿Es un empleado del estado nazi que se siente sereno y feliz en tal régimen un caso de salud mental?» (Bantam Books, 1969, pp. 95s, énfasis en el original). El Dr. Branden dijo aquí muchas cosas. Primero, confundió la moralidad con la racionalidad, diciendo que el respeto a los derechos humanos es racional cuando, de hecho, no es una cuestión de racionalidad sino más bien de moralidad. Además de ser incapaz de ver la diferencia, el Dr. Branden confiesa sus valores: que el respecto a los derechos humanos es bueno y que la violación de los mismos (como en el nazismo) es malo. Pero luego dice: violar estos valores es «irracional» o enfermedad mental. Aunque los practicantes de siquiatría y de sicología «clínica» no lo admitirán, estas disciplinas tratan esencialmente de valores – valores ocultos bajo la manta de un lenguaje que hace que nos parezca que no son valores sino que se habla de promover la «salud». Mi respuesta al Dr. Branden es la siguiente: Una persona que viva en la Alemania nazi y que esté bien adaptado a la misma anteriormente era considerado «mentalmente sano» por esa sociedad, pero si lo juzgamos con los valores de una sociedad que respeta los derechos humanos estaba «enfermo», como el resto de su cultura. Sin embargo, alguien como yo añadiría que tal persona estaba moralmente «enferma» reconociendo que la palabra no tiene sino un significado metafórico. Para alguien como el Dr. Branden, que cree en el mito de la enfermedad mental, esa persona está literalmente enferma y necesita de un doctor. La diferencia es que yo reconozco mis valores por lo que en realidad son: moralidad. Es común que un creyente en el concepto de enfermedad mental, como el Dr. Branden en el citado pasaje, tenga los mismos valores que los míos pero que los confunda con el concepto de salud.

Uno de los casos que mejor ejemplifica lo dicho arriba es el del homosexualismo. Hasta 1973 éste fue definido oficialmente como enfermedad mental por la Asociación Psiquiátrica Americana, pero no a partir de ese año. La homosexualidad estaba definida como trastorno mental en la página 44 del texto de referencia DSM-II: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (segunda edición), publicado en 1968. En ese libro la homosexualidad es categorizada como «desviación sexual» en la citada página. En 1973 la Asociación Psiquiátrica Americana votó para remover la homosexualidad de sus categorías diagnósticas de enfermedades mentales (véase «Una curación instantánea» en la revista Time del 1 abril 1974, p. 45.) De manera que cuando la tercera edición del DSM se publicó en 1980, observó que «en sí misma, la homosexualidad no es una enfermedad o trastorno» (p. 282). La edición de 1987 del Manual Merck de diagnóstico y terapia dice: «La Asociación Psiquiátrica Americana ya no considera a la homosexualidad una enfermedad siquiátrica» (p. 1495). Si la enfermedad mental fuera realmente una enfermedad en el mismo sentido que las enfermedades físicas, la idea de descalificar a la homosexualidad o cualquiera otra mediante el voto sería tan absurdo como que un grupo de médicos descalifiquen el cáncer o la diabetes de la categoría de enfermedad. Pero la enfermedad mental no es una enfermedad como las otras. A diferencia de las enfermedades físicas donde hay hechos físicos que tratar, las «enfermedad» mental es completamente una cuestión de valores, de lo correcto y lo equivocado, de lo apropiado y lo inapropiado. En otro tiempo la homosexualidad parecía tan extraña y difícil de entender que fue necesario invocar el concepto de enfermedad mental para explicarla. Pero una vez que los homosexuales se movilizaron, mostraron su fuerza numérica y demandaron al menos cierta aceptación social, ya no se consideró apropiado explicar la homosexualidad como una enfermedad. […]

Lo que demuestran estos ejemplos es que la «enfermedad mental» es simplemente el desviarse de lo que la gente quiere o espera en una sociedad en particular. La «enfermedad mental» es cualquier cosa en una mentalidad humana que ocasione gran disgusto en otra persona que lo describe así. […]

Lo que está mal con este enfoque es decir que alguien tiene una «enfermedad» siquiátrica sólo porque él o ella no encaja en el cuadro del supuesto diagnosticador o con las ideas de otros sobre cómo «debe ser» respecto a los estándares de vestirse, conducta, pensamiento u opinión. Claro, cuando esto involucra violar los derechos de otros, el no acatarse a las normas o valores sociales debe detenerse por medio de la ley. Pero el llamarle a una conducta que no nos gusta «enfermedad», o el suponer que debe estar causada por una enfermedad sólo porque es inaceptable para los valores actuales, carece de sentido. Nosotros le llamamos así porque no conocemos las verdaderas razones del pensamiento, emociones o conducta que nos desagradan. Cuando no entendemos estas razones, creamos mitos para dar una explicación. En siglos anteriores la gente usó mitos como espíritus malignos o posesiones demoniacas para explicar un pensamiento o conducta inaceptables. Actualmente la mayoría de nosotros creemos en el mito de la enfermedad mental. Creer en entidades mitológicas como espíritus malignos o enfermedades mentales nos da la ilusión de que creer el mito es más reconfortante que reconocer nuestra ignorancia.

El llamar al pensamiento, emociones o conducta inaceptables una enfermedad mental podría perdonarse si el concepto «enfermedad mental» fuera un mito útil, pero no lo es. En lugar de ayudarnos a entender cómo tratar a gente con problemas, o a gente problemática, el mito de la enfermedad mental nos distrae de los problemas reales que requieren enfrentarse. En vez de estar causados por «desequilibrios químicos» u otros problema biológicos, el desacato a las normas y las reacciones emocionales que les llamamos enfermedades mentales son el resultado de dificultades que la gente tiene para satisfacer sus necesidades, y también tal conducta es resultado de lo que esta gente ha aprendido en sus vidas. La solución es enseñarle a la gente cómo satisfacer sus necesidades, cómo comportarse y usar cualquier posición que tengan en la sociedad para forzar a otros a respetar sus derechos. Éste es un trabajo de educación y de vigencia de la ley, no de medicina o de terapias.

 

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Carta de un grillo a los humanos

ADVERTENCIA: este relato está basado hechos reales tomados de la vida de los grillos, si bien los nombres y circunstancias han sido modificados para salvaguardar el derecho a la intimidad de los insectos.

Hola, amigos humanos:

Empezaré por deciros que soy un verdadero grillo, bueno para ser más exacto un macho de Gryllus campestris. Me llamo Pepe, aunque me podéis llamar Pepito. Yo tuve una etapa de mi vida en que mi autoestima era muy baja y podríamos decir que padecía algo parecido a lo que los humanos llaman fobia social.

Nací, hace apenas unos meses, de un huevo abandonado. Nunca conocí a mis padres, algo por otra parte normal en mi especie. Durante mi crecimiento me dediqué a sobrevivir en un mundo lleno de amenazas. Puedo asegurar que tuve suerte y huí de todos los depredadores que trataban de aniquilarme para alimentar su vanidad y al mismo tiempo llenar su tubo digestivo. Supongo que muchos hermanos míos cayeron en el camino. Es una primera razón para sentirse afortunado.

A pesar de tales amenazas, siempre tuve tiempo de disfrutar del hábitat que la generosa naturaleza me brindaba. Las plantas no solo eran mi única fuente de alimento, sino también un bello paisaje del que gozar.

En mi etapa infantil yo era un grillo tímido pero feliz. Durante la adolescencia, en mi fase de ninfa, mis alas poco a poco fueron creciendo y sentía próximo el momento de mi madurez. Soñaba con volar y ser un adulto guapo y atractivo para las hembras. Por fin un día mi cuerpo se desarrolló plenamente. Mis cuatro alas eran magníficas, podía desplegarlas y desplazarme por el aire hasta llegar a lugares que no había conocido hasta entonces.

En el mismo momento en que mi cuerpo completó su desarrollo, empecé a sentir algo nuevo, la necesidad de tener relaciones sexuales. Para nosotros los grillos el sexo es algo totalmente relacionado con la función reproductora. Sin embargo, no quiero que penséis que no disfrutamos del sexo, al contrario, es casi el único placer que tenemos y por eso le dedicamos casi todo el tiempo de nuestra vida adulta.

Yo había visto de pequeño a algunos grillos macho utilizar sus propias alas para rozarlas con suma delicadeza y emitir una bella música que entusiasmaba a las hembras de los alrededores, que acudían intrigadas y excitadas por la dulce melodía.

Por eso, después de mi primer vuelo, decidí probar. Intenté una y otra vez rozar mis alas, pero algo no funcionaba. Por mucho que las moviera no era capaz de emitir música alguna, tan sólo escuchaba un ligero sonido que no alcanzaba más allá de mis propios tímpanos de mis patas anteriores.

Así fue como me di cuenta de que yo no era como la mayoría de los grillos machos a los que admiraba. Mis relaciones sexuales no iban a ser fáciles y empecé a deprimirme pensando que ninguna hembra se acercaría nunca a un pobre grillo incapaz de ofrecer su canto a una bella dama.

Debo reconocer que durante un tiempo pasé una fuerte depresión considerándome un grillo desgraciado y preguntándole al mundo por el sentido de mi vida. Pero dicen los viejos grillos del lugar que la naturaleza es sabia y a cada cual le otorga unas cualidades que bien desarrolladas le puede conducir a una vida satisfactoria.

Me puse a pensar, pues los grillos también tenemos cerebro, aunque por supuesto mucho menos complejo que el de vosotros los humanos (lo cual no sé si es mejor o peor), y por fin encontré la solución.

Un atardecer fui a un lugar por donde solían pasar grillos machos a los que conocía y sabía que eran buenos cantores, pues los había escuchado noche tras noche mientras me lamentaba en mi refugio por mi desgraciada vida. Los grillos tenemos unos ojos compuestos bien desarrollados y buena memoria así que no se nos olvida ninguna cara.

Pasó uno muy famoso, se llamaba Juan Grillo, aunque todos lo conocíamos como Don Juan. Todas las hembras soñaban con oir algún día su bello canto para acercarse a él y poder gozar, no sólo con su música sino también con su amor (tengo que decir que el concepto de amor de los grillos es bastante más prosaico que el de algunos humanos).

Cuando lo vi, le llamé y pregunté que a donde iba, si se podía saber. Me miró de forma despectiva y me contestó que se dirigía a una lugar cercano para ejecutar su canto por lo que en poco tiempo estaría gozando de la compañía de una bella hembra.

La verdad es que este grillo era algo engreído, se creía el más guapo y listo en muchos kilómetros a la redonda. Pero a mí me podía servir de maravilla para mis propósitos.

Le dije que si me permitía acompañarle, que yo era inexperto y quería aprender su música. Me dedicó una sonrisa llena de vanidad y consintió que fuera con él, advirtiéndome que su cualidades musicales eran un don natural y que por mucho que quisiera imitarle jamás  conseguiría igualarle.

Volamos juntos hasta el lugar y nos detuvimos en una pequeña piedra. Se acicaló las sedas de su cuerpo, preparó sus alas y comenzó el dulce reclamo sexual.

Yo me quedé un poco separado de él. Pude contemplar como Juan cantaba y cantaba sin descanso, y hasta creí interpretar en su mirada un cierto grado de excitación, tanto que parecía estar ensimismado sin reparar mucho a su alrededor. Yo también estaba excitado porque pronto mi objetivo iba a cumplirse.

Al cabo de unos minutos vi llegar desde lo lejos a una hermosa hembra, andaba en dirección al macho cantor parandose de vez en cuando para deleitarse con la música. Pronto estuvo cerca, a unos metros de nosotros. Era ciertamente hermosa. Sus ojos compuestos tenían un brillo especial, sus patas eran esbeltas, su ovipositor terso y brillante, hasta sus espiráculos respiratorios eran bellos.

No lo pensé ni un instante, mientras mi compañero seguía frotando sus alas en espera de que acudiera irremisiblemente la bella hembra, yo di un salto con mis patas posteriores y me coloqué entre ella y el cantor.

Pude apreciar la gran excitación que le producía a ella el canto de mi compañero, tanto que aproveché ese aturdimiento para caminar hacia ella y acariciarle suavemente con mis antenas. Todo fue muy fácil. Ella estaba receptiva y disfrutamos del amor a la luz de la luna, mientras escuchábamos la dulce melodía del grillo cantor.

Esa fue mi primera relación sexual y a ella han seguido otras utilizando siempre la misma estrategia. Estoy seguro que entre mi descendencia habrá siempre un grupo de machos que no puedan cantar, pero podrán usar esta otra estrategia para tener un vida plena.

Siempre existirán los grillos cantores, pero tened en cuenta que los que no cantamos, también sobreviviremos porque tenemos algunas cualidades excepcionales: sabemos sufrir, esperar y aprovechar nuestra oportunidad.

Gracias por leer esta historia, la de un simple grillo que ni siquiera sabe cantar.

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¿Tengo una enfermedad?

Alguna que otra vez me he preguntado si la fobia social es o no una enfermedad. Siempre he sido partidario de considerarla un trastorno psicológico y de conducta, mas que una enfermedad propiamente dicha.

Sin ánimo de abrir un debate sobre el tema (aunque se aceptan opiniones) os transcribo las palabras de un especialista, el el Dr. José Antonio García Higuera:

¿La fobia social es una enfermedad?

Hay que tener en cuenta que la fobia social es una entidad diagnóstica, es decir, una etiqueta en la que los profesionales incluimos conductas que se caracterizan por la evitación de situaciones sociales. La vida y la humanidad es más compleja. Así por ejemplo, junto a la fobia social aparece muy a menudo la depresión, frecuentemente ataques de pánico o crisis de angustia, y a veces el trastorno obsesivo compulsivo. Esta complejidad se debe a que de lo que estamos hablando es de conductas y no de enfermedades.

Los psicólogos, en nuestra práctica clínica diagnosticamos, pero tenemos muy claro las diferencias de lo que hacemos con el diagnóstico de una enfermedad típica. Por ejemplo, una tuberculosis se diagnostica, primero en base a determinados síntomas, tos con emisión de sangre, cierta fiebre, cavernas en los pulmones, etc. que son debidos a una causa externa, la presencia del bacilo de Koch. En la fobia social no hay un agente externo que la produzca. Cuando un médico diagnostica enfermedades debidas al mal funcionamiento de algún órgano, se basa igualmente en síntomas externos que son manifestaciones de los problemas en ese órgano. Por ejemplo, si tuviéramos mal el corazón lo notaríamos en que nos cansamos al mínimo esfuerzo, nos ponemos morados, etc. etc. En el caso de la fobia social tampoco es así. Los que leen el diagnóstico y se sienten identificados piensan que les falla su autoestima, o que los neurotransmisores los tiene desequilibrados. Pero la autoestima no es un ente con existencia independiente de nuestra conducta, y los neurotransmisores están al servicio de nuestra conducta y también se desequilibran debido a como nos comportamos.

Lo que los psicólogos sabemos es que, en los trastornos de ansiedad, son nuestras propias conductas, nuestras evitaciones, las que mantienen el problema, independientemente de su origen.

Hay que diferenciar entre lo que llamamos fobia social y lo que llamamos timidez. La diferencia desde el punto de vista clínico está en el impacto que tiene en la vida de la persona, por eso hablamos de fobia social cuando la vida personal o laboral está gravemente afectada. Pero la diferencia fundamental reside en que el tímido acude a las situaciones en las que está incómodo, con mucho miedo, pero acude. Y, cuando lo hace sistemáticamente, finalmente se le aplica la ley universal de la habituación y las situaciones se le hacen más soportables. Mientras que el que decimos que tiene fobia social suele evitar esas situaciones de manera sistemática o si acude se preocupa más de intentar estar tranquilo y controlar su ansiedad que de atender, participar o hacer lo que tiene que hacer en esa situación.

El tratamiento psicológico se basa en la ley de la habituación. Los hombres somos la especie que mejor se habitúa a cualquier ambiente o situación, por ejemplo, si nos damos golpes sistemáticamente en el canto de la mano, finalmente se hará callo, nos habituaremos a ello y seremos buenos karatekas y los golpes dejarán de dolernos. De la misma forma, si se enseña a la persona a comportarse en las situaciones temidas y después a dejar de evitarlas y poner en práctica lo aprendido de forma reiterada, se habitúa, hace callo y su ansiedad se reduce a niveles normales.

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