¿Miedo a ser uno mismo?

Leo en asociacionamigos.org la siguiente revisión sobre las fobias realizada por el periodista J. Aranda:

Las fobias y los trastornos de ansiedad: graves obstáculos para la comunicación social.

Las personas pueden ser más o menos introvertidas. Pero cuando la timidez erosiona la confianza en uno mismo, bloquea, paraliza y condiciona el comportamiento humano, cuando impide la comunicación con los demás, es posible que nos hallemos bajo la sombra de una fobia social. El miedo es una palabra clave en ambos casos, pues se trata del elemento que niega a la persona la posibilidad de expresar aquello que siente o piensa. Conocer a alguien nuevo, hablar por teléfono, relaciones de grupo, son todas situaciones que la persona tímida intenta por todos los medios evitar. La razón podría ser la inseguridad, el miedo a ser uno mismo, o un sentimiento de inferioridad en las posibilidades personales.

Las fobias, según la OMS, afectan al 7% de la población mundial.

Hoy en día, saboreando todavía el recién estrenado siglo XXI, enfermedades como la depresión, el estrés, las crisis de pánico, las fobias, o los trastornos de ansiedad están muy presentes. Se revelan como la preocupación principal de una sociedad caracterizada por estilos de vida poco saludables, donde prima la filosofía de obtener éxito a cualquier precio, en la que el individuo está constantemente desbordado, pierde el control y tiende al individualismo salvaje.

Ese tipo de sociedad, sumida en las prisas y la incomunicación, ha de recurrir en ocasiones a la consulta de un especialista cuando la enfermedad ya está instaurada en el paciente. Sin embargo, desde el punto de vista de los psiquiatras la estrategia a seguir es la prevención.

El poco encanto de la timidez

Imagínese la situación. Está a punto de hablar ante un auditorio que rebosa, todo está preparado para su intervención y comienza a sentir que se pone rojo, la voz se le quiebra, su corazón late a una velocidad descontrolada, le sudan las manos y parece que su estómago se le pone “al revés”.

En una sociedad en la que prima la filosofía de obtener éxito a cualquier precio, el estrés, la ansiedad, o las fobias, se revelan como importantes preocupaciones.

El origen de la timidez, según los especialistas, se encuentra en un sentimiento o complejo de inseguridad. Es definida en la “Guía práctica de psicología” como “un estado emocional que se produce en ciertos tipos de personalidad y que se acompaña de síntomas vegetativos; rubor, taquicardia, ansiedad, sudoración…”.

A veces, muy estrechamente ligados con la timidez, caminan otros dos conceptos, la introversión, la vergüenza, o el miedo al ridículo. Mientras que la primera es una manera de encerrarse en uno mismo, una particular manera de disfrutar en solitario de todo aquello que rodea a la persona; en la segunda ya interviene el aprendizaje, y principalmente hace acto de presencia cuando el individuo cree poder cometer una acción reprobable o ridícula.

En la actualidad, según los estudios más recientes, cerca de un 40% de las personas se autodefinen tímidas, o afirman haber padecido timidez en algún momento de sus vidas.

Así, la timidez no es precisamente una característica con encanto, y todas sus consecuencias son negativas; afectan a la estabilidad psicológica, la satisfacción personal, y las relaciones con el entorno.

La ansiedad, ¿Miedo a ser uno mismo?

El temor de cometer un error, a ser juzgado, el alejamiento de ciertas situaciones sociales…son cosas que pueden indicar el padecimineto de una fobia. Cuando la timidez se convierte en enfermedad: la fobia social.

En el momento en que la inseguridad da paso al miedo irracional, ya no es posible hablar de timidez, entonces entra en escena la fobia. Definida simplemente como el miedo intenso y persistente hacia un objeto, persona o tipo de situación.

Su consecuencia inmediata, la de cualquier tipo de fobia, es la limitación que supone para el individuo que la padece, así como una acusada disminución de su calidad de vida. Además, la fobia suele llevar de la mano una ansiedad desproporcionada con las situaciones reales, estas personas son conscientes de su miedo irracional.

Por lo general, en las fobias no tienen porqué existir antecedentes familiares de enfermedad mental o de la misma fobia. Las fobias, según los especialistas, aparecen debido a la confrontación real con el objeto o a la situación concreta a la que se teme.

Un reciente estudio ha mostrado que en las personas con fobias se produce un aumento del riego sanguíneo, y de la actividad metabólica en el lado derecho del cerebro.

Los psiquiatras reconocen tres tipos de fobias:

–Las fobias simples, dirigida hacia objetos y situaciones específicas, como por ejemplo a ciertos animales; arañas, serpientes…, a espacios cerrados o las alturas. En el caso de las fobias simples, las personas que la padecen, son capaces de evitar el objeto o la situación temida evitando, así, la ansiedad. Pueden no interferir con la vida normal del sujeto, siempre y cuando pueda evitarse el desencadenante. Por ejemplo, el miedo a volar condiciona menos la vida diaria de un taxista que de un ejecutivo.

–La agorafobia, miedo a espacios públicos cerrados, como el metro o centros comerciales. Normalmente en el agorafóbico, los miedos tienen su origen en un episodio aislado, denominado por los especialistas como crisis de pánico. La persona se siente repetidamente enferma, sin que exista una causa aparente. Los síntomas suelen ser; sensación de ahogo, malestar u opresión en el pecho, mareos, palpitaciones. El enfermo de agorafobia cree perder el control absolutamente de todo, puede llegar incluso, a identificar todos estos síntomas como el presagio de una muerte inminente. El paciente empieza a evitar los lugares en los que cree que puede repetirse esta crisis de pánico, y siente ansiedad anticipatorio con solo pensar que la crisis podría volver a darse. Poco a poco va aumentando el círculo de lugares a evitar, y la vida del enfermo de agorafobia se va resintiendo.

–Y las conocidas con el nombre de “fobias sociales“, como el miedo de sentirse ridículo o sentir vergüenza en público.

El sentido del ridículo, la incomunicación social

El temor de cometer un error, a ser juzgado por los demás, una preocupación exagerada cuando va a conocer a una nueva persona, o alejarse de determinadas situaciones sociales, son todo ese tipo de cosas que a veces, con demasiada facilidad, se tienden a asumir como parte de la personalidad del individuo. Sin embargo, todo este tipo de cosas son las que pueden estar indicando que la persona es víctima de una fobia social.

Están caracterizadas principalmente por un temor continuo e incontrolable a enfrentarse a determinadas situaciones cotidianas. La persona que padece una fobia social es una persona que debido a su timidez ha aprendido a la perfección toda una serie de técnicas para huir de esas situaciones que le producen ansiedad y angustia, llegando a casos tan radicales como es el que consiste en someterse a si mismo a un aislamiento enfermizo y cruel.

Estos enfermos, sujetos con un profundo sufrimiento, llegan a saber disimular ante familiares y amigos su problema. Un problema que comienza a dar señales de vida a partir de la niñez y la preadolescencia. Casi siempre, según los especialistas, a partir de los 10 años, etapa marcada por el inicio de las relaciones sociales complejas.

En cuanto al tratamiento de las fobias, especialmente de las fobias sociales, desde el punto de vista farmacológico, existen medicamentos que sólo sirven apara aliviar los síntomas de forma transitoria. También está demostrada la eficacia de la psicoterapia. En ambos casos, con la aplicación de estos dos tipos de tratamiento se pretende vencer los comportamientos de evitación fóbicos establecidos.

Habitualmente se trata de atacar a la fobia desde distintos puntos, como; (1) componente educativo, (2) reto de pensamientos, (3) exposición, y (4) ensayos de conducta en sesión. ¿En qué consiste cada uno?

-(1) Consiste en la presentación de las líneas generales de la terapia, así como en la explicación de los conceptos fundamentales que un enfermo de FS ha de conocer para hacer frente y vencer su enfermedad. Se suele dividir en cinco módulos, en forma de manuales de autoayuda, son considerados de uso imprescindible y esencial para las personas con algún tipo de fobia.

-(2) En esta fase el terapeuta trata de enseñar al paciente cuáles son los pensamientos “erróneos”. Enseña cómo identificar, desafiar y combatirlos. Ya que en ocasiones a causa de interpretaciones erróneas, tendemos a experimentar una grave sensación de malestar. A través de esta técnica de “reto de pensamientos”, se llega a actuar como un científico, probar hasta que punto estamos acertados o equivocados en nuestra interpretación de una determinada situación.

-(3) Ésta es una de las más empleadas en el tratamiento de las fobias, y también se emplea con bastante frecuencia en las FS. Consiste en la exposición gradual de las personas que padecen alguna fobia, a situaciones que temen y/o evitan. A partir de esta “provocación” se intenta que el paciente consiga vencer el miedo y la ansiedad que le produce hacer ciertas cosas. Es una desensibilización progresiva.

-(4) Como una terapia de grupo, sus miembros “ensayan” aquellas situaciones que les producen miedo. En estos ensayos participan todos los miembros del grupo, lo que supone una ocasión perfecta para la implicación de todos en el problema. En estos ensayos se trata de emular la realidad al máximo posible con el objetivo claro de que la persona pueda poner en práctica lo aprendido.

Cara a cara con el problema

En España, cerca del 10% de la población padece algún tipo de fobia, siendo las más frecuentes la fobia social y la agorafobia, según apunta la doctora Mº Gracia Lasheras, psiquiatra del USP Institut Universitari Dexeus de Barcelona.

En el origen de las fobias, los científicos también han llegado a señalar la relación con algunos factores biológicos. Así, por ejemplo, en uno de los más recientes estudios llevados a cabo sobre el tema, se ha demostrado que hay un aumento de riego sanguíneo y de la actividad metabólica de las neuronas en el lado derecho del cerebro en los pacientes con fobias.

Otra curiosidad más en el universo de las fobias, es la también reciente demostración de que dos gemelos pueden desarrollar el mismo tipo de fobias, incluso siendo educados en ambientes separados.

De una u otra manera, y partiendo de lo ya apuntado sobre el inicio de la enfermedad, de cualquier fobia, en la niñez o preadolescencia, la principal labor para vencer las fobias es la prevención. A través de la observación, se favorecerá una rápida intervención de las fobias con un tratamiento a base de terapias específicas. Dependerá del tipo de fobia y del tipo de paciente, en cada caso se aplicará un tratamiento farmacológico y una psicoterapia adecuada a ese determinado tipo de fóbico.

Es, sobre todo, muy importante para conseguir superar una fobia, permanecer muy atentos a los comportamientos típicos y propios de las personas tímidas y un tanto retraídas. Es necesario analizar si éstos se tratan de meros rasgos del carácter, o si por el contrario están indicando que la persona que los muestra es víctima de una fobia que interfiere en su comunicación con los demás, llegando a “marginarla” y arrastrándola a un universo aparte, caracterizado por el aislamiento, la ansiedad y el miedo a ser ella misma.

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Miedo a las hembras de mi especie

mantis

ADVERTENCIA: el relato que podrán leer a continuación se basa en hechos reales tomados de la vida de las mantis, si bien los nombres y circunstancias han sido modificados para salvaguardar el derecho a la intimidad de los insectos.

HISTORIA DE UN MACHO

Yo soy un macho de Mántido. Para vuestros científicos pertenezco a una especie de insecto llamada Mantis religiosa y en verdad no acabo de comprender todavía el calificativo sagrado que nos habéis adjudicado, aunque dicen que es por la postura que adoptamos en reposo, como si estuviéramos en genuflexión. La realidad es bien distinta porque yo, y todos los de mi especie, no nos inclinados ante nadie, bueno, ante casi nadie.

Ya sabéis que somos una especie depredadora de otros insectos. Para que entendáis el significado real del término os diré que la depredación se parece bastante a la alimentación de carne fresca, sólo que nosotros comemos la carne más que fresca, viva. Nos agrada sentir los movimientos agónicos de la presa y percibir el olor de su hemolinfa. Si me permitís un chiste malo, es indudable que nuestra gastronomía está mucho más viva que la vuestra.

Para capturar a nuestras presas no usamos herramientas de ningún tipo. Cuando estamos lo suficientemente cerca de algún pequeño insecto, si es posible blandito y jugoso, extendemos nuestras extremidades anteriores con rapidez y lo cazamos. Mientras lo mantenemos atrapado entre nuestro fémur y tibia (ayudados por las púas que adornan estos prodigiosos apéndices), damos gracias a la diosa Naturaleza por el alimento que vamos a tomar y acto seguido clavamos nuestras fuertes mandíbulas en el cuerpo de la víctima y la vamos ingiriendo lentamente, trocito a trocito, chupándonos los palpos de vez en cuando (ummm, de pensarlo, me está entrando hambre).

Esta es una de nuestras actividades más frecuentes y que nos ocupa gran parte de la vida. Nos quedamos muy quietos entre el follaje pasando así inadvertidos, en espera de que se pongan a tiro los más despistados del lugar. Nuestros grandes ojos compuestos siempre andan buscando algún manjar.

Hasta aquí podríamos decir que no somos nada originales en el mundo animal, si bien nuestra técnica y especialización es digna de admiración.

Pero vayamos al asunto que me trae aquí. He de confesaros que yo soy un macho que le tiene miedo a las hembras. No creáis que eso es muy raro; a la mayor parte de mis amigos les ocurre lo mismo. No se trata de un miedo irracional, tiene su explicación. Os cuento.

Los machos de mi especie tenemos que andar con mucho cuidado cuando nos relacionamos con una hembra. Eso lo aprendí hace ya bastante tiempo.

Recuerdo que, siendo yo todavía inmaduro, merodeaba por una densa vegetación en busca de alguna presa que llevarme a la boca, cuando vi a una pareja de Mantis iniciar lo que más tarde supe que era el cortejo previo a la cópula. Ella, una gran y hermosa hembra, no dejaba ni un momento de mirar con sus enormes ojos a un pequeño macho que muy lentamente se acercaba a ella. Después de unos tímidos tocamientos, el macho se dispuso a copular con sumo cuidado, como temiendo hacer algo que podría lamentar para siempre.

Mi atención se centró en la pareja. Me acerqué un poco más, con sigilo para no ser descubierto y seguí observando. Pude ver cómo ambos estaban ya bien unidos, no sólo en objetivos, sino también físicamente. Pero algo sucedió en sólo una décima de segundo. No sé si fue un movimiento erróneo del macho o tal vez un capricho de la hembra, pero lo cierto es que ésta giró su cabeza bruscamente, se revolvió y con sus patas delanteras agarró fuertemente al macho que se mantenía en cópula con una gesto de asombro. Sin dar tiempo a pedir explicaciones, la mandíbulas de la hembra seccionaron de un mordisco certero el cuello de su compañero. Pude intuir una expresión placentera de la hembra en el momento de la ejecución casi ritual de su compañero.

Seguían unidos pero el macho ya no era consciente de lo que estaba pasando. La hembra prosiguió con su minuciosa y sádica labor ingiriendo la cabeza y el resto del cuerpo hasta dejar sólo unos trozos irreconocibles. Poco más tarde ella buscó un lugar resguardado en el suelo, en donde depositar una ooteca repleta de huevos que habían sido fertilizados por los espermatozoos de un macho que nunca llegaría a saber que había sido «papá».

Yo estaba asustado. No comprendía bien lo que estaba pasando. Procuré salir de allí lo antes posible, no fuera que la devoradora de machos no quedara satisfecha y buscara también a los inmaduros como yo.

Más tarde me enteré por mis amigos de mayor edad que muchas de las copulaciones en mi especie terminan de esta forma. Dicen que cuando la hembra secciona el cuello del macho se produce una descarga total de espermatozoos procedentes de las vesículas seminales, dando lugar a una abundante eyaculación que permite a la hembra (además de obtener el máximo placer) llenar su espermateca para asegurar la fertilización de todos sus ovocitos. En caso contrario la eyaculación es menos abundante pues nuestro cerebro, el de los machos, inhibe en cierta medida esta descarga. Una vez que el macho es «exprimido» de esta forma, ya sólo queda terminar de aprovecharlo, en este caso como alimento energético para la futura madre y por el bien de la especie.

Esta es la razón de mi miedo a las hembras. Creo que es justificado. Sin embargo, mi instinto me dice que debo arriesgarme, que en ellas puedo encontrar la mayor felicidad del mundo, aunque tengo muchas probabilidades de morir en el intento. Es así de duro ser macho en mi especie.

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Nuevos enlaces sobre Fobia social (1)

Recorriendo la blogosfera he encontrado una serie de enlaces interesantes, relacionados con la timidez o la fobia social.

¿Cómo vencer la timidez?, muy interesante aportación para ayudar a los que han decidido luchar.

Autoestima, en donde se definen los problemas de baja autoestima y sus consecuencias.

Saber decir que no, la conducta asertiva que nos hace gustarnos tanto a nosotros mismos com a los demás.

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Estrategias de superación

Líedo en Reflexiones de la vida

Por extraño que parezca, tener amigos y pasarlo bien en un evento social o, incluso, acudir a una de estas citas no es tarea fácil para todos. Problemas de autoconfianza suelen ser la causa por la que muchas personas se sienten en aprietos cuando de interactuar con otros se trata.

Para ellos, las reuniones sociales terminan convirtiéndose en una pesadilla, las invitaciones a salir son un dolor de cabeza y la posibilidad de conocer gente nueva se transforma en un trago tan amargo que preferirían escapar y salir corriendo.

Muchos llegan a sufrir síntomas como ansiedad, sequedad de boca y sudoración de manos cuando deben asistir a alguna reunión social, explica el sicólogo Marco Antonio Campos, profesor de Sicología Clínica de la U. Central: «No interactúan con nadie y a veces necesitan beber alcohol para relajarse y empezar a conversar», explica el experto.

Aunque en situaciones extremas este problema es conocido como fobia social y necesita ser tratado con la intervención de un especialista, cuando es la timidez la que origina este tipo de conflictos existen ciertas estrategias para superarla.

Enfrentar los temores
Antes que nada, se requiere práctica para mejorar las relaciones sociales, por ello se recomienda no rechazar invitaciones a fiestas, cumpleaños o eventos sociales. También es bueno invitar gente a casa. Andrea Oksenberg, sicóloga del Instituto Neuropsiquiátrico de Chile, opina que «es aconsejable hacer lo máximo posible para enfrentar ese temor, en la medida que sea tolerable. Si lo invitan a una fiesta y le da temor ser rechazado, vaya igual», dice la experta.

Aproximarse gradualmente

Para tener éxito con este emprendimiento, los expertos dicen que lo mejor es enfrentar estos temores gradualmente. «Si la persona no va a cumpleaños, no lo invitan y se siente solo, es importante que se acerque en forma paulatina a esas experiencias, ya que así tendrá menos ansiedad», dice Marcela Aravena, sicóloga clínica infanto-juvenil de la U. del Desarrollo. Marco Antonio Campos agrega que «en una reunión social no piense en llegar y saludar a todo el mundo. En el primer encuentro intente saludar a dos o tres personas y muévase en un círculo pequeño. En reuniones sucesivas irá conociendo a otros hasta que logre ser amigo o conocido de toda la gente».

Manejar el rechazo
Las personas que no tienen éxito social suelen tomarse el rechazo en forma personal. Marco Antonio Campos explica que «uno no puede caerle bien a todo el mundo. Si no calza en grupo, intente con otro». Marcela Aravena agrega que puede ser útil «interpretar la gestualidad del otro para conocer su estado anímico y saber si nuestra presencia tendrá o no aceptación».

Conversar: un ejercicio
Una vez que decidió acercarse a un grupo, se recomienda esperar una pausa para incorporarse a la conversación y ser tomado en cuenta. Intente realizar una pregunta abierta respecto de aquello que se está hablando. Una vez que su pregunta encuentre eco, deje que los demás hablen y prepare su próxima intervención según el curso que va tomando la charla.

Ser uno mismo
Una de las peores estrategias para empatizar con otros es pretender ser lo que no es, o intentar demostrar a los demás que uno es interesante. «Insuflarse el ego no funciona. Evite comentarios como ‘soy especialista en tal cosa’ o ‘he viajado por todo el mundo’. Eso genera una falsa impresión de seguridad que los demás notan», dice Marco Antonio Campos.

Evitar conflictos
Los conflictos son inevitables durante las conversaciones que sostiene la gente, pero para las primeras aproximaciones sociales en un nuevo grupo se recomienda evitar los enfrentamientos de esta clase. Intente explicar sus puntos de vista de un modo amable y sin descalificar, dicen los expertos. Si esto no funciona, intentar buscar un punto de acuerdo intermedio o cambiar de tema como última estrategia.

Fobia social: la timidez extrema
Las personas que sufren fobia social suelen pensar que se trata de preocupaciones normales o que los síntomas de la enfermedad forman parte de su manera de ser.

Sin embargo, esta enfermedad caracterizada por una timidez extrema puede tener muchas consecuencias en la capacidad para desenvolverse y conseguir metas de las personas que la padecen.

«Es una angustia excesiva a enfrentarse a grupos u otras personas. Hace que la persona definitivamente no pueda relacionarse, porque empieza a experimentar una serie de sensaciones físicas que le impiden hacerlo», dice la sicóloga Andrea Oksenberg. Entre estos síntomas se cuentan bochornos, sudoración, temblor y sensaciones de desmayo cuando el sujeto se ve enfrentado a una situación de exposición al público.

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Rema al otro lado del río

Seguro que conocéis la canción de Jorge Drexler titulada «Al otro lado del río». Para mi representa un canto a la esperanza y una forma de valorar nuestra lucha contra las limitaciones.

Clavo mi remo en el agua,
llevo tu remo en el mío.
Creo que he visto una luz
al otro lado del río.
El día le irá pudiendo
poco a poco al frío.
Creo que he visto una luz
al otro lado del río.
Sobre todo, creo que
no todo está perdido.
Tanta lágrima, tanta lágrima,
y yo, soy un vaso vacío.
Oigo una voz que me llama,
casi un suspiro:
¡Rema, rema, rema!
En esta orilla del mundo
lo que no es presa, es baldío.
Creo que he visto una luz
al otro lado del río.
Yo, muy serio, voy remando,
y muy adentro, sonrío.
Creo que he visto una luz
al otro lado del río.

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El humor como terapia

Sobre el valor terapéutico del humor y su uso en medicina
Autor: Gonzalo Casino

Voltaire bromeaba con que el arte de la medicina era entretener al paciente mientras la naturaleza seguía su curso. Desde nuestro distante y digitalizado siglo XXI, esta broma puede provocar en muchos una tierna sonrisita. Desde nuestra atalaya tecnológica admitimos que la ironía de Voltaire era esencialmente cierta en la época de la Ilustración, pero asumimos que ahora las cosas son bien distintas. El médico de hoy tiene menesteres más serios que distraer al paciente y amenizar sus horas. El sentido del humor está muy bien como adorno personal del médico pero no parece un asunto central en la práctica clínica. Las revistas médicas serias, de hecho, no lo han considerado un asunto serio, en parte porque si hay algún tema especialmente elusivo al abordaje científico este es el del humor. Con todo, en los últimos años han empezado a menudear los estudios y artículos que reivindican sus virtudes terapéuticas. Algunos pensarán, y no faltan ejemplos que les dan la razón, que muchos de los trabajos que se ocupan de asuntos tan intangibles como el amor, la felicidad o el humor carecen de base científica y hasta de un mínimo rigor. Sin duda, no se puede hablar del efecto terapéutico de algo tan difícil de definir y medir como el humor en los mismos términos que se hace con un fármaco cualquiera. Pero eso no quita para que el humor como valor terapéutico pueda ser abordado con rigor y seriedad en una revista seria. Este es el caso del “artículo especial” de Jaime Sanz Ortiz, publicado en Medicina Clínica del 30 de noviembre (ir a Texto completo), que condensa en cuatro páginas una lección de humanidad, humildad y medicina.

Trenzado de definiciones, reflexiones y citas (Holden: “Si ayudas a alguien a reír, le estás ayudando a vivir”; Chaplin: “La vida es una tragedia si se la contempla en primer plano, pero una comedia, vista de lejos”), el artículo de Sanz Ortiz es una reivindicación, apoyada en la bibliografía existente, del sentido del humor como complemento terapéutico: “Entre los beneficios de la risa y el humor podemos citar: reducir el estrés, facilitar la comunicación, potenciar la inmunidad, aliviar el dolor, mejorar la ansiedad, relajar la tensión psíquica y muscular, inspirar la creatividad y mantener la esperanza”. El autor marca los límites del humor con los del ingenio (más intelectual, menos compasivo) y la ironía (“hace sufrir”, “es despiadada, maledicente, humillante”), y ofrece una guía práctica sobre el buen uso del “humilde, misericordioso, beneficente” humor. “No se puede aliviar las preocupaciones de otra persona sin ser prudente en la utilización del humor”, escribe Sanz Ortiz. “Normalmente la dosis debe ser pequeña y nunca con pauta horaria”. Este reconfortante artículo del jefe de Oncología Médica y Cuidados Paliativos del Hospital Valdecilla de Santander nos recuerda que la medicina se extiende más allá de los límites de la evidencia científica y que en muchas circunstancias no estamos tan distanciados de los tiempos de Voltaire.

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