Nuevos enlaces sobre Fobia social (1)

Recorriendo la blogosfera he encontrado una serie de enlaces interesantes, relacionados con la timidez o la fobia social.

¿Cómo vencer la timidez?, muy interesante aportación para ayudar a los que han decidido luchar.

Autoestima, en donde se definen los problemas de baja autoestima y sus consecuencias.

Saber decir que no, la conducta asertiva que nos hace gustarnos tanto a nosotros mismos com a los demás.

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Estrategias de superación

Líedo en Reflexiones de la vida

Por extraño que parezca, tener amigos y pasarlo bien en un evento social o, incluso, acudir a una de estas citas no es tarea fácil para todos. Problemas de autoconfianza suelen ser la causa por la que muchas personas se sienten en aprietos cuando de interactuar con otros se trata.

Para ellos, las reuniones sociales terminan convirtiéndose en una pesadilla, las invitaciones a salir son un dolor de cabeza y la posibilidad de conocer gente nueva se transforma en un trago tan amargo que preferirían escapar y salir corriendo.

Muchos llegan a sufrir síntomas como ansiedad, sequedad de boca y sudoración de manos cuando deben asistir a alguna reunión social, explica el sicólogo Marco Antonio Campos, profesor de Sicología Clínica de la U. Central: «No interactúan con nadie y a veces necesitan beber alcohol para relajarse y empezar a conversar», explica el experto.

Aunque en situaciones extremas este problema es conocido como fobia social y necesita ser tratado con la intervención de un especialista, cuando es la timidez la que origina este tipo de conflictos existen ciertas estrategias para superarla.

Enfrentar los temores
Antes que nada, se requiere práctica para mejorar las relaciones sociales, por ello se recomienda no rechazar invitaciones a fiestas, cumpleaños o eventos sociales. También es bueno invitar gente a casa. Andrea Oksenberg, sicóloga del Instituto Neuropsiquiátrico de Chile, opina que «es aconsejable hacer lo máximo posible para enfrentar ese temor, en la medida que sea tolerable. Si lo invitan a una fiesta y le da temor ser rechazado, vaya igual», dice la experta.

Aproximarse gradualmente

Para tener éxito con este emprendimiento, los expertos dicen que lo mejor es enfrentar estos temores gradualmente. «Si la persona no va a cumpleaños, no lo invitan y se siente solo, es importante que se acerque en forma paulatina a esas experiencias, ya que así tendrá menos ansiedad», dice Marcela Aravena, sicóloga clínica infanto-juvenil de la U. del Desarrollo. Marco Antonio Campos agrega que «en una reunión social no piense en llegar y saludar a todo el mundo. En el primer encuentro intente saludar a dos o tres personas y muévase en un círculo pequeño. En reuniones sucesivas irá conociendo a otros hasta que logre ser amigo o conocido de toda la gente».

Manejar el rechazo
Las personas que no tienen éxito social suelen tomarse el rechazo en forma personal. Marco Antonio Campos explica que «uno no puede caerle bien a todo el mundo. Si no calza en grupo, intente con otro». Marcela Aravena agrega que puede ser útil «interpretar la gestualidad del otro para conocer su estado anímico y saber si nuestra presencia tendrá o no aceptación».

Conversar: un ejercicio
Una vez que decidió acercarse a un grupo, se recomienda esperar una pausa para incorporarse a la conversación y ser tomado en cuenta. Intente realizar una pregunta abierta respecto de aquello que se está hablando. Una vez que su pregunta encuentre eco, deje que los demás hablen y prepare su próxima intervención según el curso que va tomando la charla.

Ser uno mismo
Una de las peores estrategias para empatizar con otros es pretender ser lo que no es, o intentar demostrar a los demás que uno es interesante. «Insuflarse el ego no funciona. Evite comentarios como ‘soy especialista en tal cosa’ o ‘he viajado por todo el mundo’. Eso genera una falsa impresión de seguridad que los demás notan», dice Marco Antonio Campos.

Evitar conflictos
Los conflictos son inevitables durante las conversaciones que sostiene la gente, pero para las primeras aproximaciones sociales en un nuevo grupo se recomienda evitar los enfrentamientos de esta clase. Intente explicar sus puntos de vista de un modo amable y sin descalificar, dicen los expertos. Si esto no funciona, intentar buscar un punto de acuerdo intermedio o cambiar de tema como última estrategia.

Fobia social: la timidez extrema
Las personas que sufren fobia social suelen pensar que se trata de preocupaciones normales o que los síntomas de la enfermedad forman parte de su manera de ser.

Sin embargo, esta enfermedad caracterizada por una timidez extrema puede tener muchas consecuencias en la capacidad para desenvolverse y conseguir metas de las personas que la padecen.

«Es una angustia excesiva a enfrentarse a grupos u otras personas. Hace que la persona definitivamente no pueda relacionarse, porque empieza a experimentar una serie de sensaciones físicas que le impiden hacerlo», dice la sicóloga Andrea Oksenberg. Entre estos síntomas se cuentan bochornos, sudoración, temblor y sensaciones de desmayo cuando el sujeto se ve enfrentado a una situación de exposición al público.

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Rema al otro lado del río

Seguro que conocéis la canción de Jorge Drexler titulada «Al otro lado del río». Para mi representa un canto a la esperanza y una forma de valorar nuestra lucha contra las limitaciones.

Clavo mi remo en el agua,
llevo tu remo en el mío.
Creo que he visto una luz
al otro lado del río.
El día le irá pudiendo
poco a poco al frío.
Creo que he visto una luz
al otro lado del río.
Sobre todo, creo que
no todo está perdido.
Tanta lágrima, tanta lágrima,
y yo, soy un vaso vacío.
Oigo una voz que me llama,
casi un suspiro:
¡Rema, rema, rema!
En esta orilla del mundo
lo que no es presa, es baldío.
Creo que he visto una luz
al otro lado del río.
Yo, muy serio, voy remando,
y muy adentro, sonrío.
Creo que he visto una luz
al otro lado del río.

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El humor como terapia

Sobre el valor terapéutico del humor y su uso en medicina
Autor: Gonzalo Casino

Voltaire bromeaba con que el arte de la medicina era entretener al paciente mientras la naturaleza seguía su curso. Desde nuestro distante y digitalizado siglo XXI, esta broma puede provocar en muchos una tierna sonrisita. Desde nuestra atalaya tecnológica admitimos que la ironía de Voltaire era esencialmente cierta en la época de la Ilustración, pero asumimos que ahora las cosas son bien distintas. El médico de hoy tiene menesteres más serios que distraer al paciente y amenizar sus horas. El sentido del humor está muy bien como adorno personal del médico pero no parece un asunto central en la práctica clínica. Las revistas médicas serias, de hecho, no lo han considerado un asunto serio, en parte porque si hay algún tema especialmente elusivo al abordaje científico este es el del humor. Con todo, en los últimos años han empezado a menudear los estudios y artículos que reivindican sus virtudes terapéuticas. Algunos pensarán, y no faltan ejemplos que les dan la razón, que muchos de los trabajos que se ocupan de asuntos tan intangibles como el amor, la felicidad o el humor carecen de base científica y hasta de un mínimo rigor. Sin duda, no se puede hablar del efecto terapéutico de algo tan difícil de definir y medir como el humor en los mismos términos que se hace con un fármaco cualquiera. Pero eso no quita para que el humor como valor terapéutico pueda ser abordado con rigor y seriedad en una revista seria. Este es el caso del “artículo especial” de Jaime Sanz Ortiz, publicado en Medicina Clínica del 30 de noviembre (ir a Texto completo), que condensa en cuatro páginas una lección de humanidad, humildad y medicina.

Trenzado de definiciones, reflexiones y citas (Holden: “Si ayudas a alguien a reír, le estás ayudando a vivir”; Chaplin: “La vida es una tragedia si se la contempla en primer plano, pero una comedia, vista de lejos”), el artículo de Sanz Ortiz es una reivindicación, apoyada en la bibliografía existente, del sentido del humor como complemento terapéutico: “Entre los beneficios de la risa y el humor podemos citar: reducir el estrés, facilitar la comunicación, potenciar la inmunidad, aliviar el dolor, mejorar la ansiedad, relajar la tensión psíquica y muscular, inspirar la creatividad y mantener la esperanza”. El autor marca los límites del humor con los del ingenio (más intelectual, menos compasivo) y la ironía (“hace sufrir”, “es despiadada, maledicente, humillante”), y ofrece una guía práctica sobre el buen uso del “humilde, misericordioso, beneficente” humor. “No se puede aliviar las preocupaciones de otra persona sin ser prudente en la utilización del humor”, escribe Sanz Ortiz. “Normalmente la dosis debe ser pequeña y nunca con pauta horaria”. Este reconfortante artículo del jefe de Oncología Médica y Cuidados Paliativos del Hospital Valdecilla de Santander nos recuerda que la medicina se extiende más allá de los límites de la evidencia científica y que en muchas circunstancias no estamos tan distanciados de los tiempos de Voltaire.

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Quien lo iba a suponer

La vida nos suele guardar alguna que otra sorpresa agradable y mientras esperamos podemos bailar.

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¿Se puede cambiar?

En este breve artículo de José Antonio Marina se expone lo que tantas veces muchas personas nos hemos preguntado.

Pepa Fernández, una morenita guapa, brillante y veloz como un relámpago, me invita a su programa de Radio Nacional para hablar de la risa. Asunto serio, sin duda. El sentido del humor es una de las grandes creaciones de la inteligencia, capaz de resolver envenenados problemas de convivencia. Aprender a reírse de lo risible es importante. Pero, ¿es además posible? Todos sabemos que cuando estamos sufriendo resulta irritante el consejo de «tómatelo con buen humor». Hay psicólogos que intentaron una «risoterapia», una curación mediante la risa, y tuvieron que tomárselo con calma porque a veces exacerbaban los problemas que pretendían aliviar.

Dos lectoras, y además la directora de una revista de gran tirada, nos plantean un problema estrechamente relacionado con éste. ¿Es posible cambiar? El afán o la necesidad de hacerlo lleva a la gente descontenta o desdichada a todo tipo de consultas. Los libros de auto ayuda ocupan nutridas baldas en muchas librerías. Prometen más de lo que suelen dar, desde luego. Las modas se suceden. Modas que son con frecuencia contradictorias. La psicología americana siempre ha sido más optimista que la europea, y ha pensado que el ser humano podía rehacerse casi a voluntad. Los europeos han creído más en el peso de lo ya vivido. El pasado, según Freud, o las estructuras económicas, según Marx, determinaban nuestro presente. En la actualidad, las investigaciones genéticas vuelven a poner en tela de juicio la posibilidad de cambio. ¿Qué hay de verdad en todo esto?

Las psicoterapias han gozado durante mucho tiempo de una cierta impunidad. No había un control riguroso de su eficacia. Hace años, cuando Gerald Klerman fue nombrado director del departamento federal estadounidense de salud mental, propuso que las psicoterapias se evaluasen de la misma forma que se evalúan los medicamentos. Se emprendieron muchos estudios que no llegaron a la opinión pública. La American Psychological Association ha publicó un libro titulado The Heart and Soul of Change. El subtítulo – lo que funciona en la terapia – expresa su interés por estudiar la eficacia de los distintos métodos. Lo más sensato que he leído sobre este asunto se debe a Martin Seligman, un prestigioso psicólogo. Según él, hay cosas que se pueden cambiar y otras que no se pueden. En la estructura personal de cada uno de nosotros podemos distinguir tres niveles: temperamento, carácter y personalidad. El temperamento está biológicamente condicionado. El carácter es aprendido, pero constituye el núcleo duro de la memoria. Se puede cambiar, pero con la dificultad que entraña aprender un segundo idioma. La personalidad incluye nuestros planes de vida y es, decididamente, modificable. Hay un aspecto especialmente relevante: cada uno de nosotros tiene un estilo afectivo propio, es decir, la propensión a responder de la misma manera -con agresividad, tristeza, pesimismo, irresponsabilidad- a muchos desencadenantes. Hay personas acobardadas, irritables, envidiosas, pesimistas. Ahora sabemos que una parte importante de estos estilos afectivos son adquiridos, aprendidos. y también sabemos que podemos cambiarlos con un proceso de reeducación. Son esfuerzos lentos, que han de ser dirigidos sabiamente. Tienen que estar dirigidos por competentes pedagogos de la afectividad, del comportamiento, de la motivación.

Ni se deben alentar esperanzas falsas, ni se debe disuadir de los esfuerzos eficaces. No se trata de evitar a toda costa los sentimientos desagradables, porque pueden ser indispensables sistemas de orientación. No se trata de buscar sin más un ánimo impecable. Leo en L’Express que la moda del «cuidado de sí mismo», de la «asertividad», de la «autoestima», está llevando a un narcisismo insoportable en Francia.

Les recuerdo una antigua plegaria:
Que Dios me conceda serenidad
para aceptar las cosas
que no puedo cambiar,
valentía para cambiar
las que sí puedo,
y sabiduría para ver la diferencia.

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