La Biodanza como método para mejorar la autoestima

LA BIODANZA COMO SISTEMA PARA LA MODIFICACIÓN DE LA AUTOESTIMA

Por Jessica Medel

En la actualidad, se ha hecho frecuente la preocupación por la autoestima y la elaboración de técnicas que la promuevan y desarrollen. Considerando que diversas corrientes terapéuticas toman como foco de atención la autoestima, hemos escogido -dentro de las terapias humanistas- a la Biodanza, como una modalidad de terapia corporal para la modificación de la autoestima.

Entre los factores psicosociales de riesgo del consumo de drogas y alcohol, aparece el déficit de autoestima, del mismo modo aparece como factor predictor de un comportamiento depresivo y asociado a fobia social y trastorno de la conducta alimentaria, entre otros. Por otra parte, una alta autoestima, suele ir asociada con una alta motivación de logro, una red social extendida, mejores niveles de defensa inmunológica y autonomía personal. Se correlaciona, también, con un buen ajuste psicológico, estabilidad emocional, actividad, curiosidad, seguridad, cooperativismo, pensamiento flexible, sentido del humor, alto rendimiento académico, aumento del aprendizaje, creatividad, responsabilidad y mejor comunicación.

Desde la Psicología Humanista
El postulado humanista, afirma que dentro de cada persona está contenida la sabiduría necesaria para alcanzar un estado de salud óptima y que todo ser humano tiene dentro de sí la capacidad de saber lo que necesita para activar y realizar su potencial. Un concepto central es el darse cuenta y alude a la facultad de vivenciar o percibir algo y ser, simultáneamente, capaces de estar vivenciando o percibiéndolo. Otro concepto es el de responsabilidad, que se refiere al hecho de estar constantemente eligiendo nuestra forma de actuar o de reaccionar frente a las realidades externas. Para el movimiento humanista el curar enfermedades es sólo una parte de la potencialidad del trabajo clínico, es la búsqueda y la activación del potencial que en el ser humano existe. Promover el desarrollo del ser humano constituye, por primera vez, una meta de la psicoterapia. Asimismo, las técnicas no verbales, comienzan a tomar su lugar en la psicoterapia, se desarrollan prácticas para el trabajo con el cuerpo -como asiento del síntoma-. Se considera la existencia de una unidad fundamental mente-cuerpo. El cuerpo es considerado una fuente de mensajes acerca de lo que somos, como actuamos y sentimos; también de considera como receptor y medio de expresión de lo que ocurre en nuestras imágenes, pensamientos y emociones. Las psicoterapias humanistas, se basan en la suposición de que la humanidad ha llegado a ser excesivamente intelectual, desvinculada de sensaciones y emociones, por lo que se enfatiza en los métodos experienciales y se aspira al crecimiento individual y a la actualización, en lugar de la adaptación. Comienzan entonces a surgir múltiples técnicas corporales que abordan la indiscutible relación mente-cuerpo, en donde se redescubre la presencia y valor esencial del cuerpo, ya que por él sentimos, nos expresamos y creamos.

Identidad
La identidad se constituye a través de lo vivencial y lo que primero que se vivencia es el estar vivos. Esto se potencia con la conexión con el cuerpo y sus sensaciones, procesos y emociones -que tienen una base corporal-, por lo que la expresión de nuestra identidad es el movimiento corporal. Nuestra identidad se expresa cuando estamos en presencia de otros, por lo que los trabajos grupales fomentan la aproximación a la integración de la identidad. La identidad entendida como la conciencia de sí mismo se da a través de la conciencia del propio cuerpo y la conciencia de ser diferente. La primera evoluciona a través de las experiencias cotidianas, siendo fuente de placer y de dolor. La conciencia de ser diferente se da en los primeros contactos con el otro y con el grupo. La identidad se hace presente en el espejo de otras identidades, entonces se llega a la conciencia de la propia singularidad y pensarse a sí mismo frente al mundo a partir de las primeras nociones de ser diferente.

Biodanza
La Biodanza plantea una identidad -o sentido de ser uno mismo- que esté enraizado en el cuerpo y las vivencias, abierta a la experiencia presente, vivida como un proceso y que sea creativa. Desde la Biodanza, una identidad sana es aquella que se abre al encuentro con el otro, que es capaz de establecer vínculos de reciprocidad, intimidad y mutua contención. Para la Biodanza, la persona con identidad saludable y autoestima elevada, se hace cargo de su propia vida, pudiendo llegar a dar respuestas cada vez más satisfactorias a las tres cuestiones existenciales formuladas aquí: dónde quiero vivir, con quién quiero vivir y qué quiero hacer. Una persona saludable que está vinculada consigo misma, con sus motivaciones instintivas y emociones tiene mayor posibilidad de responder a esto y lograr un vivir auténtico.

Autoestima
La vivencia del propio valor (autoestima) proviene del sentirse a sí mismo y de la calificación afectiva de los progenitores y otras personas próximas. Las opiniones, ideas, sentimientos y juicios de valor que tenemos sobre nosotros, conforman nuestra autoestima, que se va desarrollando gradualmente a partir de las experiencias, mensajes que recibimos de otras personas y de las vivencias propias. Aparte de la reconocida importancia del entorno familiar en los primeros años de vida, también se otorga una importancia fundamental a la dimensión social que nutre a la autoestima. La autoestima debe ser vista como un proceso en continuo cambio, dirigida por un eje central de estabilidad.

Funciones de la autoestima
– Fundamenta la responsabilidad, ya que sólo se compromete quien tiene confianza en sí mismo y normalmente encuentra en su interior los recursos requeridos para superar las dificultades inherentes a su compromiso.
– Determina la autonomía personal, ya que el joven con alta autoestima, actuará con autonomía, afrontará retos, disfrutará con sus logros, tolerará frustraciones y será capaz de influir en otros, todo lo cual incidirá favorablemente en su proceso de desarrollo personal.
– Apoya la creatividad, porque la persona creativa sólo crece desde la confianza en sí misma, en su originalidad y capacidades, desde la autovaloración y la vivencia de la propia valía.
– El aprecio hacia sí mismo posibilita una relación social saludable, pues existe una relación importante entre la aceptación de sí mismo y la aceptación de los demás.
– Condiciona el aprendizaje, pues la adquisición de nuevas ideas está subordinada a nuestras actitudes básicas.

En Biodanza existen una serie de ejercicios que contribuyen a reforzar la expresión de identidad, la determinación y la seguridad en sí mismo, es decir, permiten un aumento en la autoestima. El fundamento de que estos ejercicios aumenta la autoestima, según Rolando Toro, es que ellos contribuyen a “tomar conciencia de sí mismo y a desarrollar el coraje para enfrentar a los demás; es así como personas tímidas adquieren rápidamente recursos personales para enfrentar la realidad, ya que los procesos de autoestima evolucionan mediante la acción.”

Conclusiones
La Biodanza promueve cambios positivos en la autoestima. En el proceso de socialización muchos potenciales son reprimidos. La Biodanza es una oportunidad para descubrirlos, a través, del movimiento integrado a las emociones y del encuentro humano. Se produce un reaprendizaje en los modos de funcionar, a través de estas nuevas formas de vivenciar, ya que la experiencia interpersonal más significativa es el encuentro de amor en sus diversas formas.

Fuente: Revista electrónica Pensamiento Biocéntrico

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Psicoterapia por internet

La única diferencia que hay entre la Psicoterapia on-line y la Psicoterapia presencial se refiere al medio a través del cual se desarrolla. La Terapia on-line tiene lugar en una Sala de Chat, por medio del teclado, por voz, o por videocamara. Pero para nada es una terapia virtual. Solo el medio lo es. La terapia on-line es una terapia real, pues se produce un contacto real entre el cliente y el terapeuta, si bien en un espacio virtual.

En: Luces y sombras de la terapia por internet

Un tratamiento psicológico vía internet puede llevarse a cabo de forma exitosa si:
– El paciente tiene dificultades para acudir al despacho de un profesional de su localidad.
– El trastorno del paciente le impide inicialmente acudir al despacho del psicólogo (p.e. problemas agorafóbicos, fobia social, etc.)
– En caso de traslados o ausencias por diversas causas.
– Si el paciente desea mantenerse en el anonimato.
– Si el trastorno que presenta no le incapacita para seguir instrucciones a distancia en cuanto a la aplicación de estrategias y técnicas de cambio terapéutico.
– Muestra facilidad de comunicación por esta vía y capacidad de concreción a la hora de intercambiar información con el terapeuta sobre su problema.
– Aun pudiendo acudir a un psicólogo cerca de su lugar de residencia opta por este medio por considerarse familiarizado con él y dispone de recursos personales suficientes para abordar sus problemas con apoyo psicoterapéutico a distancia.
-El trastorno o trastornos presentados no tienen la consideración de graves o muy graves.

En: Efectividad de la terapia psicológica por internet

Todos los medios técnicos que facilita Internet van dirigidos hacia una sola finalidad: mejorar la comunicación entre las personas. Es por ello que en la red han prosperado no sólo sitios de recursos informativos relacionados con la psicología (ya sean bibliografías, artículos, anuncios de congresos, cursos, etc.), sino también foros de debate para especialistas y grupos de autoayuda, normalmente organizados por asociaciones de afectados. Las experiencias de estos últimos grupos, que suelen constar de un moderador profesional, y los avances técnicos a favor de una cada vez más viable comunicación, nos conducen a una inevitable pregunta: ¿por qué no también la terapia individual on-line?

Sin duda, hay casos en los que la aplicación de la terapia on-line podría ser indispensable. Imaginemos por un momento la cantidad de personas que sufren fobia social, o agorafobia, o depresión profunda, y que no van a ver a un psicólogo porque para ello tienen que enfrentarse en el camino con los propios condicionantes de su trastorno. Algunas de estas personas pasan gran parte de su vida encerradas en su hogar. ¿Qué ocurriría si pudieran consultar con el psicólogo sin tener que salir de allí? Desde luego, en estos casos un tratamiento a distancia no podría mantenerse demasiado tiempo, porque acabaría por no someter al cliente directamente a las situaciones conflictivas; no obstante, podríamos utilizar Internet como medio alternativo hasta que consiguiéramos que acudiera en persona a un especialista.

En: La terapia a través de internet: ¿viable o inviable?

Si el terapeuta se está comunicando con el paciente por correo electrónico, o por chat, otros tipos de información (como la apariencia, el lenguaje corporal y el tono de voz) están obviados. No son tenidos en cuenta. Esto fácilmente repercutirá en hacer más difícil el diagnóstico y el control del tratamiento. Sin estas «claves», tampoco el terapeuta podrá verificar la verdadera identidad del paciente. ¿Es la persona quien dice ser? ¿Es este mensaje particular del cliente o de alguien que se hace pasar por él?. La confidencialidad, – un elemento fundamental en la psicoterapia-, fácilmente podría ser violada por esta dificultad, aparte de por la posibilidad de «terceros» de interceptar la transmisión o de tener acceso a los mensajes. Afortunadamente, estos problemas tienen algunas soluciones viables, desde el punto de vista de la técnica como por ejemplo crear redes seguras y utilizar el encriptamiento y el software de verificación de usuario. La videoconferencia, que es una herramienta importante en el movimiento de la Telemedicina, también puede suplir bastantes de aquellas «claves», que están ausentes en la comunicación meramente textual.

En: ¿Psicoterapia en internet?

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Vence tus miedos

Anuncio publicitario de una cadena de tiendas en Perú. Una invitación a vencer los miedos y a cambiar.

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La influencia de las madres

Leo esta noticia en la sección de Actualidad de la revista IntraMed

LAS MADRES SON CLAVE PARA EVITAR LA TIMIDEZ DE SUS HIJOS

Investigadores de la Universidad de Maryland estudiaron a chicos portadores de una mutación en un gen relacionado con la timidez. Y no sólo concluyeron que el retraimiento excesivo tiene que ver con las interacciones entre los genes y el ambiente, sino que ademá determinaron que las madres juegan un rol central para que su hijo sea tímido o no.

Por Anna Paula Buchalla

El sentido común asegura que si alguien alguna vez fue tímido, lo será para siempre. En los últimos 20 años, con todo, los estudios sobre el comportamiento humano revelaron que la timidez, al contrario de lo que ocurre con el color de ojos, es una característica que puede ser modificada. Un niño inhibido no está condenado a ser un adulto retraído.

Publicada en la revista Current Directions in Phsychological Science, la última investigación sobre el tema aporta pistas acerca de cómo se puede ayudar a los pequeños a vencer las inhibiciones. La llave, según los psicólogos de la Universidad de Maryland, en los EE.UU., está en la relación que establece el chico con su madre (¡siempre ella!).

La mamá juega un papel esencial en la timidez del hijo, para bien o para mal. Ella es la que debe estimularlo para que se haga amigos, pero, al mismo tiempo, debe entender que la timidez, en un grado razonable, no es una enfermedad. Sólo se torna un problema cuando aísla al chico del mundo y corre el riesgo de, en la adolescencia, desarrollar trastornos psiquiátricos como ansiedad y fobia social.

Estudio. Durante cinco años, los investigadores de Maryland observaron a nenes y nenas portadoras de una mutación en el gen 5-HTT que, como se sabe desde hace una década, aumenta la tendencia a la timidez. La primera evaluación se realizó cuando los chicos tenían 2 años. Cuando fueron analizados nuevamente a los 7 años, los especialistas notaron que algunos continuaban retraídos y otros no. Las madres respondieron, entonces, a un cuestionario sobre cómo habían lidiado con la introversión de sus hijos durante ese período. “Las mujeres más solitarias y más estresadas eran las madres de los chicos con mayores dificultades de socialización”, explicó Nathan Fox, uno de los autores del estudio y coordinador del Laboratorio de Desarrollo Infantil de la Universidad de Maryland.

Los resultados del trabajo venían siendo esbozados por otras investigaciones. Una de ellas había constatado que los chicos tímidos, hijos de padres superprotectores, tienen grandes posibilidades de ser adultos retraídos. Por otro lado, los bebés anotados en una guardería en los primeros meses de vida resultaron ser, una vez crecidos, más capaces de vencer la timidez que aquéllos que permanecieron en casa con sus madres.

Las señales de que un chico es tímido ya se notan en la cuna. “Los bebés que responden rápido a los estímulos de gente extraña o a las novedades, como un juguete que no conocen, tienden a ser chicos más extrovertidos”, afirma la psicóloga brasileña Ceres Alves de Arauno, profesora de la Pontificia Universidad Católica de San Pablo. “Los que se muestran más rezagados frente a una situación nueva, tienden a ser más tímidos”, agregó.

Como la madre es un modelo de socialización del hijo en los primeros años de vida (mucho más que el padre), es ella la que debe ayudarlo a enfrentar las situaciones incómodas. ¿Cómo se logra? Actuando naturalmente. No hay que pretender que un hijo introvertido se convierta, de un momento a otro, en el chico más popular de la escuela.

“Exigir de un chico lo que él no puede dar sólo aumenta su angustia y refuerza su comportamiento retraído”, dijo el psiquiatra infantil Francisco Assumçao Júnior, profesor del Instituto de Psicología de la Universidad de San Pablo. “Si su hijo no quiere ir a una fiesta de la escuela –continuó– es importarte hacerlo cambiar de opinión. Al final de cuentas, es fundamental que comparta actividades con sus compañeros. Pero si no quiere bailar, no lo fuerce. Ese tipo de exposición sólo lo dejará más afligido y, entonces, más tímido”.

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Retrato de un fóbico social

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El fóbico social es un narcisista que no se atreve a serlo. Así pues, el temeroso de ser él mismo es un ansioso con una intensa preocupación acerca del control racional e inteligente con el que cree que debe afrontar las situaciones que le horrorizan y que podrían poner en entredicho su dignidad y su capacidad de control emocional. En el fondo, lo que teme es el resultado catastrófico de una liberación imprevista e inadmisible de sus deseos inconscientes.

El fóbico es pues necesariamente un reprimido, además de ser un inseguro.El temor de ser uno mismo nace de la ineluctable tendencia a encerrar los deseos más recónditos en una razón entendida como represión, orden, normalidad y moral. La fobia social es, en este sentido, una negación del derecho de desear. El fóbico aparta de su consciencia todos aquellos afectos, emociones e instintos inaceptables, e intenta abolirlos con tal rigidez que quedan cautivos en el inconsciente, pero con tal fuerza perturbadora que parecen una olla a presión a punto de estallar. El control de los deseos a los que ha negado el derecho de existencia es difícil, hasta el punto de que éstos pugnan constantemente por emerger y arrastrarle hacia conductas que teme sean repudiadas por su entorno, y en particular por las personas de autoridad.

El deseo, que la represión ha separado de su representación simbólica por miedo al repudio, queda libre en forma de angustia, la cual es elaborada y ligada a numerosas situaciones sociales. Además , el fóbico tiene interiorizado un orden moral tan rígido, persecutorio y destructivo, que necesita reproyectarlo y ubicarlo fuera, donde lo percibe amenazador, formándose mediante este complejo mecanismo las situaciones temidas, que incluyen tanto el deseo como su recusación. Quedan así estranguladas sus posibilidades de un desenvolvimiento social satisfactorio.

El fóbico se siente sofocado en sus iniciativas y empobrecido en sus posibilidades personales. Evita mirar cara a cara, pues su escasa seguridad queda en evidencia. No le gusta que le observen mientras desarrolla una actividad que no domina, ni ser objeto de críticas ni de comentarios chistosos. Se retrae, se refugia en un mundo imaginario, no atiende a las solicitudes de los demás y parece ensimismado. Hablar en público tiene para él connotaciones apocalípticas, supone un apunte dramático, urgente y dantesco. Las palpitaciones, el temblor, la sudoración y una inoportuna sequedad de boca acuden a la cita con puntualidad inglesa y atenazan implacablemente su discurso ante la mirada escrutadora del público.

La valoración que hace de sí mismo es baja y tiende, por ello, a considerar a los demás como críticos despiadados, por lo que opta por el laconismo en cuanto intuye la presencia de un semejante. Odia a los demás, pues problematizan más aún su vida, que ya de por sí es una angustiosa incógnita. Se siente incómodo ante las figuras de autoridad. No es extraño pues que adopte frente a ellas una actitud sumisa e incluso suplicante.

Nunca se atreve a negarse a nada ni protesta si cree ser víctima de un engaño. Es un artista de la resignación, un especialista en la aquiescencia y un mártir sin causa. Ejerce sus derechos ciudadanos con timidez, de puntillas y sin hacer ruido, pidiendo perdón por el atrevimiento. Es más espectador que actor de su propia biografía. Dubitativo ante las exigencias cada vez mayores de la vida social y laboral, se muestra huidizo de los compromisos y responsabilidades. Inseguro y dependiente, el temeroso de ser exterioriza una queja permanente en forma de cansancio crónico, ansiedad y temor a la soledad, nacida de un agrietamiento de su frágil estructura psicológica; derivada, a su vez, de la frustración producida por su insignificancia existencial, que choca frontalmente con un mundo extremadamente complejo.

Prefiere hablar por teléfono o expresarse por escrito que enfrentarse a la hostil mirada del otro. Alérgico a la burocracia, detesta ir a las ventanillas de la administración pública, sobre todo si va con la razón, pues teme no saber defender sus intereses y quedar además como un imbécil. Vive las relaciones interpersonales como conflictos inevitables que provocan la necesidad de protegerse de ellas. De ahí, la urgencia de enviar su cuerpo adecuadamente vestido a luchar contra los elementos, mientras su propio Yo queda en casa bien arropado.

Está de tal modo habituado a temer el ridículo, la crítica o la desaprobación, que su mirada, su voz y sus gestos, contra su voluntad , expresan un miedo irracional ante la proximidad de cualquier potencial adversario. Es una de esas patéticas personas cuyo principal problema consiste en protegerse de los demás. Es rígido, cauteloso, silencioso si es necesario, receloso siempre e incapaz de mostrarse natural y confiado. Ante el prójimo su escasa espontaneidad se pierde y su despreocupación termina.

Parece resignado con el espacio logrado. No siente demasiada curiosidad por lo que rebasa la línea de su horizonte, pues teme a lo que puede haber más allá. Insiste una y otra vez en lo conocido, en un inamovible recorrido dentro del repertorio de lo consuetudinario. Sus iniciativas se reducen a la consumación de recorridos harto repetidos y familiares, en un marco social atestado de temores injustificados, del cual sólo emerge hacia destinos estrictamente previstos. Y si traspasa este umbral, no lo hace sin la presencia de su acompañante habitual -objeto contrafóbico-, con quien mantiene una estrecha relación dependiente, inmadura y cargada de agresividad, que incluso puede llegar a ser sádica.

Como todo solitario tiene una gran vocación de masas, vive y sobrevive rodeado de gente, aunque sea imaginaria. Hace las cosas para que lo quieran los demás, y también para que le odien un poco, que el odio bien llevado acompaña mucho.

Fuente: Las crisis existenciales del nuevo siglo. Ana Isabel Zuazu (Psicóloga de la Clínica de Rehabilitación de Salud Mental) y Fabricio de Potestad (Jefe Servicio de Psiquiatría y Director del Sector I-A de Salud Mental) del Servicio Navarro de Salud.

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La fobia social en niños y adolescentes

Francisco Javier López González, Licenciado en Psicología, Especialidad Psicología Clínica y de la Salud y María Teresa Pérez Marín, del Centro Clínico «Helike» (Alicante, España) han publicado recientemente (2 de marzo de 2007) una «Revisión descriptiva sobre los principales trastornos emocionales infanto-juveniles y sus tratamientos cognitivo-conductuales«.

De este trabajo hemos extraído lo relacionado con la fobia social.

Introducción

Cuando a los clínicos se nos presenta en nuestra consulta un niño o un adolescente con problemas emocionales (trastornos de ansiedad, miedos, fobias y/o depresión) por poner algunos ejemplos de ellos, se nos plantean varias cuestiones considerables. La pregunta lógica en una primera entrevista que queda resuelta luego de realizarse el análisis funcional, es cómo ha llegado el niño/adolescente a adquirir, consolidar y mantener el trastorno por el que acude a nuestro despacho, es decir, a) ¿qué mecanismos de aprendizaje han sido los responsables del «fallo»; b): ¿son adecuadas las competencias educativas de sus progenitores? y c): ¿tendremos más dificultades con las técnicas o tratamientos por aplicar al joven, o con las habilidades de que tengamos que dotar a sus progenitores?

Otros aspectos por señalar serían: 1º Si ya nos aflige el ver a un adulto con problemas psicológicos o de conducta, el hecho de verlo en un niño o adolescente al considerarlo más indefenso (con menos recursos), todavía nos conmueve más. 2ª: La biología en general, y el sistema nervioso en particular del niño o adolescente, está en vivo desarrollo, debiéndose enfrentar a numerosos eventos estresantes (externos e internos) y a una edad muy vulnerable. De lo que podemos jactarnos los psicólogos que nos dedicamos al arduo, -pero gratificante- trabajo de la clínica, es que con esta población, a diferencia de lo que ocurre con la adulta, tenemos una ventaja. A saber:

Al nacer, el niño no está provisto de los numerosos esquemas de pensamiento, creencias etc., en muchos casos erróneos, que el adulto sí posee. Es decir, como relataban los empiristas británicos, el niño nace con su «tabula rasa» (o en el mejor de los casos, con una gran memoria «por llenar»). La historia vital y personal del adulto es, evidentemente, más larga. El niño por el contrario es más moldeable o maleable, siendo por ello mucho más fácil de tratar. Es como si fuera barro o cera, pudiendo darle la forma deseada.

Trastornos emocionales infanto-juveniles más frecuentes

Más del 40% de los niños y adolescentes sufren, por ejemplo, de miedos que interfieren significativamente en su desarrollo: interrumpen su maduración social y evolución normal de su aprendizaje, causan déficits en su rendimiento académico, alteran las relaciones familiares, se pueden consolidar si no se tratan a tiempo y se convierten en factores de riesgo para otros cuadros psicopatológicos y pueden verse complicados (si no son la causa) del abuso del alcohol u otras drogas. Evidencia empírica de lo que decimos es el hecho de que la mayoría de los trastornos que presentan los adultos han sido generados o adquiridos durante su infancia o adolescencia.

Los trastornos de ansiedad en sus diferentes modalidades, los miedos y las fobias, junto con la depresión, son los problemas emocionales más comunes en la niñez y adolescencia y hasta hace bien poco no se les había prestado la atención que merecían en cuanto a estudios se refiere, siendo estos muy limitados.

Las psicopatologías o trastornos más frecuentes en esta franja de edad o población de estudio son, como hemos dicho, Fobia Social (muy común, sobre todo en la adolescencia), el Trastorno de Ansiedad por Separación (TAS), Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG), Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), la Depresión (uni o bipolar), Trastorno de Pánico, Trastorno por Estrés Post-Traumático (TEPT), consecuente con abusos sexuales o a vivencias traumáticas de todo tipo; y, como no, todo el elenco de fobias específicas o simples, como podrían ser la las de tipo (S.I.D.): sangre inyección daño, ante intervenciones quirúrgicas, dentistas, etc., a la oscuridad, escolar o a determinados animales, por citar algunas como ejemplos.

Y las describimos, desde luego, sin ánimo de jerarquizar, ya que, si es difícil de por sí establecer prevalencias en cuanto a cada problema por separado, siendo los datos al respecto muy controvertidos, no digamos ya el decir cuál es el que va primero o segundo y, seguido de… No se trata de esto. Nuestro objetivo es el de exponer los más relevantes o los que más se ven en las consultas de Psicología Clínica o Psiquiatría infanto-juvenil, y en la literatura clínica evidente hasta el momento.

La prevalencia de la Fobia Social (Trastorno de Ansiedad Social, DSM-IV-TR) oscila entre un 1% y un 1.5% para la población general. En muestras clínicas, es decir, en niños o adolescentes que han sido remitidos a centros para tratar otros problemas, ésta se ha situado en torno al 15%, (Vasey, 1995); incluso estudios posteriores han sugerido porcentajes mayores. Sin embargo, estudios más recientes y exhaustivos en nuestro país y en población comunitaria, del grupo de investigación encabezado por el profesor Olivares de la Universidad de Murcia, encontró tasas del 8.2% en el sureste español.

La fobia social, aunque en muchos casos de inicio y consolidación en la infancia es más común, es mucho más incapacitante en las distintas etapas de la adolescencia, esto debido a las relaciones interpersonales que es conveniente que se establezcan a esa edad y que se ven mermadas durante este período del ciclo vital a causa de dicho trastorno. Se podría definir la fobia social como lo hace un gran investigador español en este campo, simplificada, pero comprehensivamente como «el temor o miedo a relacionarse y a actuar ante los demás», Olivares (2004).

Al igual que en el adulto, el niño o adolescente con fobia social teme ser evaluado, escudriñado, juzgado, miedo a ser humillado o simplemente observado en su comportamiento ante sus iguales, otros adultos o a relacionarse con personas con cierto nivel de autoridad sobre él. El DSM-IV-TR deja bien claro que este temor no debe existir en las relaciones familiares (sobre todo en los niños), y que éstas han sido normales desde siempre.

Algunas de las situaciones temidas en este grupo de edad pueden ser: interaccionar con iguales del sexo opuesto; iniciar, mantener o cerrar conversaciones; hablar, comer, escribir o, incluso leer en público; utilizar aseos o servicios; asistir a fiestas o reuniones dónde hay desconocidos, aunque se acuda con familiares u otros amigos; unirse o incorporarse a un grupo de iguales que ya están hablando, o pasar andando por delante de ellos; no negarse a prestar algo cuando no se quiere; solicitar peticiones a figuras con autoridad o mayores, como devolver algún artículo a un dependiente; hablar con el director o tutor del colegio, etc.

Nosotros intervinimos (en grupo, pero con una parte de tutoría individual) sobre un joven que temía contestar incluso a su teléfono móvil cuando el número reflejado era desconocido -a veces sí, veces no- o al propio teléfono fijo de la vivienda paterna. Cuando el joven se enfrenta a estas situaciones, la ansiedad acusada se manifiesta a nivel cognitivo, psicofisiológico y motor o conductual con respuestas tales como: vegetativas o autonómicas (taquicardia, sudoración con temblores manifiestos, sensación de asfixia, llegando incluso a desembocar en una crisis de pánico situacional más o menos intensa); pensamientos del tipo «me voy a quedar en blanco no sabiendo qué decir», «todos me van a notar que estoy nervioso», «seguro que haré el ridículo como siempre»; (en los niños adopta la forma de lloros o rabietas con síntomas de inhibición) y, lógicamente toda esta sintomatología hace que la persona, primero escape de estas situaciones cuando se le presente la ocasión; y una vez constatado que «se pasa mal», las evite de las más variadas formas, perpetuando así el cuadro descrito.

Los tratamientos psicológicos más efectivos para estos tipos de trastornos han sido los de corte cognitivo-conductual (terapia racional emotiva, cognitiva de Beck y técnicas de exposición individualizadas), con porcentajes de éxito en torno al 60%-80% de los casos. Aún siendo satisfactorios, son algo menores que en otros trastornos fóbicos (Öst, 1989). El programa propuesto por un autor ya consagrado como Echeburúa para casos grupales, consta de técnicas de exposición a los estímulos o situaciones sociales fóbicas y terapia cognitiva de Beck, en concreto, siendo diez el número de sesiones (Echeburúa, 1995). Se utiliza tanto para adultos, como para adolescentes. En este último campo, ya en concreto, los estudios más relevantes y dignos de mención utilizan casi exclusivamente el formato grupal, al poder ser abordados desde una perspectiva comunitaria y preventiva de otros males como el abuso de substancias, depresión, otros cuadros de ansiedad, psicosis, etc.

El primero de ellos fue elaborado por la profesora Albano colaboradora del equipo de Heimberg que, tras probar con éxito el CBGT (Cognitive Behavioral Group Therapy) en adultos, hizo lo propio en adolescentes construyendo la versión CBGT-A (para adolescentes y, después la CBGT-C, para niños. Resultando los protocolos Therapist`s manual for Cognitive Behavioral Group Therapy for Adolescents or Children with Social Phobia. Sus componentes son: técnicas de exposición, entrenamiento en asertividad, en habilidades sociales y terapia cognitiva de Beck.

Posteriormente a este surgen protocolos o programas como el SASS (Masia-Warner et al., 2001), el SET-A, (Turner et al., 1994), el SET-Asv (Spanish version) (Olivares et al., 1998) y el IAFS del último autor mencionado, Olivares, 1998). Todos con el objetivo de detectar y tratar en un contexto académico (y grupal, como decimos) el problema de conducta descrito. Los porcentajes de éxito en cada uno de ellos son muy elevados y básicamente incluyen la variedad de técnicas arriba aludidas más la incorporación en algunos del entrenamiento en habilidades sociales y asertividad, así como el uso del video-feedback.

 

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