El efecto placebo

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Los expertos le llaman “efecto placebo” al fenómeno por el cual una sustancia inerte (digamos, una píldora de azúcar) parece tener propiedades curativas cuando se administra como si fuese un medicamento. Pero no tiene por qué ser una píldora, puede ser también una inyección de suero salino o una cirugía en la que no se extirpa nada.

¿Por qué algo que no tiene principio activo puede tener un efecto tan convincente? Nuevas investigaciones en torno a este intrigante fenómeno parecen minimizar cualquier simplificación y se encaminan a demostrar cómo una mejor comprensión de la neurobiología y la psicología del “efecto placebo” podría tener profundas implicaciones en la práctica médica.

Las compañías farmacéuticas llevan años tratando de entender el “efecto placebo”, el cual les dificulta demostrar por qué fármacos, cuyo desarrollo ha costado millones de dólares, a veces no son mejores que una píldora de azúcar para tratar un problema de salud.


Mecanismos de acción

Hace unas semanas, la Revista de Neurociencia publicó un estudio científico que vincula la actividad de un gen, el TPH2, con una mayor probabilidad de que se presente el efecto placebo en el tratamiento de la disfunción psicológica conocida como “fobia social”, que identifica el pánico irrefrenable que sienten algunas personas a hablar en público.

“En este caso podemos decir que el efecto placebo es claro y significativo; es decir, para las personas con ese gen, una píldora de azúcar es suficiente para tranquilizar su fobia”, asegura un experto.

“Hay que recordar que no existe sólo un efecto placebo, sino muchos”, dice Fabrizio Benedetti, de la Universidad de Turín, una autoridad mundial en esta materia.

“El placebo prototípico es la pastilla de azúcar sin ningún principio activo, que se utiliza en los ensayos clínicos para comparar la eficacia de un fármaco. Pero hay otros placebos; por ejemplo, cuando alguien va al médico y después de hablar con él se siente mejor, o cuando recibe un diagnóstico negativo y el paciente comienza a sentirse peor.

El efecto placebo parece estar especialmente relacionado con enfermedades asociadas a los circuitos cerebrales vinculados al dolor, a los problemas mentales, a los procesos inflamatorios y a las patologías del sistema inmune, como la artritis y las alergias.

“Si se trata de dolor, encontramos a muchos pacientes que responden al placebo; pero si se trata de un cáncer, el efecto placebo es práct icamente nulo”, señala Benedetti.

“Y a medio camino están condiciones como las inflamaciones del intestino, en las que el 40 por ciento de las personas a las que se les suministra un placebo declaran sentir mejoría».

“Pensamos en el placebo como un efecto puramente psicológico, pero las nuevas investigaciones muestran que, en realidad, el placebo utiliza los mismos canales neurológicos que los fármacos a los que imita, y que realmente desata una serie de efectos bioquímicos que son no sólo demostrables, sino que se pueden medir, como es el caso de la liberación de endorfinas, neurotransmisores que calman el dolor”.

En 2004, el profesor Benedetti demostró que el placebo propicia la liberación de dopamina en enfermos con Parkinson. Los pacientes del estudio respondían igual a una solución salina que al fármaco con el que eran tratados contra la enfermedad.

“Se ha podido demostrar que tanto el fármaco como el placebo evocan actividades similares en el cerebro, implican las mismas estructuras y desencadenan la liberación de los mismos neurotransmisores.

“Esto nos indica el porqué de la mejoría que experimentan los pacientes. En este caso, la explicación de que la persona sienta menor dolor después de tomar el placebo se debe a que su cerebro está produciendo endorfinas y tiene realmente menor percepción del dolor”, dice Benedetti.

Sugestión y ensayos clínicos

La gran paradoja del efecto placebo es que aun cuando tomemos un medicamento que realmente funciona, necesitamos estar conscientes de que lo estamos tomando para que sea realmente efectivo.

En otras palabras, si no somos conscientes de que estamos tomando un fármaco, éste no tiene el mismo efecto. Es decir, el efecto del medicamento se produce en cierta medida porque esperamos que funcione, de modo que si la misma dosis se aplica a personas que por una determinada razón no tienen la misma expectativa de curación, el efecto no es igual. O sea que la creencia de que “va a funcionar”, forma parte del proceso de curación.

Una de las principales aplicaciones del placebo es su utilización controlada en ensayos clínicos. Los participantes se dividen en dos grupos, a uno de ellos se le da el fármaco cuya eficacia se pretende evaluar, y al otro, una píldora sin principio activo. Si se constata que la mejoría ha sido mayor en el grupo que recibió el principio activo, se habrá demostrado la eficacia del fármaco.

Para evitar los posibles efectos de la sugestión, la investigación se sujeta a lo que se conoce como “estudio doble ciego”. Un procedimiento al azar en el que ni los pacientes que participan en el experimento ni los investigadores que intervienen saben qué toma cada uno de los participantes en el estudio.

Sin embargo, se ha demostrado que incluso utilizando este método, en teoría seguro, algunos fármacos que no son efectivos pueden dar mejores resultados que el placebo. Y a la inversa, hay casos de medicinas de efectividad demostrada que no han superado al placebo.

“Nunca podemos estar completamente seguros del efecto de un fármaco, ya que el simple acto de administrarlo activa una compleja cascada de sucesos bioquímicos en el cerebro”, dice Benedetti.

“Sabemos a ciencia cierta que el placebo puede oscurecer los resultados de sustancias que han demostrado previamente ser efectivas. Cualquier medicamento que esté en proceso de ser validado puede interferir con los mecanismos del placebo llevándonos a una interpretación errónea’, explica Benedetti.

Por eso él y otros colegas proponen la utilización de experimentos alternativos, en los que el paciente además de desconocer si está recibiendo un placebo o un fármaco, desconoce cuándo se produce esta administración, o incluso que se elimine todo aquello que lleve al paciente a creer que está tomando una cosa cuando en realidad se le administra la contraria, para así poder estudiar mejor los efectos contradictorios del placebo.

“Una alternativa sería, por ejemplo, dar dos pastillas al paciente, una verde y otra amarilla, sin decirle cuál es cuál, y pedirle que tome la que prefiera, siempre que no sean las dos a la vez. Después podríamos estudiar, no lo que el paciente nos dice, sino su comportamiento, ver qué pastilla toma más como indicio de su efectividad. La cuestión de fondo en estos tratamientos alternativos es la ética, ya que probablemente no van a ser aceptados por los organismos reguladores”, explica Benedetti.

La ética

Así llegamos al punto espinoso de la cuestión. ¿Es ético decirle a alguien que está tomando un fármaco cuando en realidad está recibiendo un placebo? Sin duda, no lo es, y por ello a las personas que participan en experimentos clínicos se les avisa de que pueden estar tomando el fármaco o el placebo y que ni ellos ni los médicos saben qué toma cada uno.

¿Es ético que haya pacientes a quienes su médico recete sólo un placebo? Según una encuesta publicada recientemente por la Revista Médica Británica, más de la mitad de los médicos estadounidenses suministran placebos a sus pacientes.

“En cuestiones de placebo se ha demostrado que cuanto más vistoso y costoso sea el tratamiento, el valor simbólico que el paciente asigna al mismo es también mayor. Por ejemplo, se ha observado que las píldoras rojas consiguen un mejor efecto placebo que las amarillas, que un placebo es más efectivo si se inyecta, y que el efecto es aún más impresionante si el placebo consiste en ingresar al paciente a un quirófano (en este último caso el paciente se anestesia y se le practica una incisión. Nada más).

Diversos experimentos han demostrado que si a una persona se le administra un fármaco que funciona y en un determinado momento se le sustituye por un placebo, el paciente experimenta la misma respuesta.

Esto nos hace ver el inmenso potencial de la función terapéutica del placebo. Por ejemplo, usarlo en enfermedades crónicas para las que no existe tratamiento, o cambiarle a ciertos pacientes los fármacos que tienen fuertes efectos secundarios.

©El País, SL. Todos los derechos reservados

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El rubor expresa nuestra honestidad

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El sonrojo es una experiencia que nos afecta a todos los seres humanos. Incluso nos ruborizamos cuando estamos solos. Y sin embargo, hasta ahora no existe una explicación científica de por qué tenemos esta capacidad de anunciarle al mundo que estamos avergonzados.

Frans de Waal, biólogo de la Universidad de Emory en Atlanta, cree que una de las más grandes lagunas en la teoría de la selección natural es precisamente la de explicar por qué entre todos los animales los humanos somos los únicos que nos sonrojamos.

«No somos la única especie que tiene la capacidad de cambiar de color» dijo el científico a la BBC. «El calamar cambia de color igual que otros animales cuando están estresados o por un proceso hormonal. Pero los humanos somos los únicos que cambiamos de color como una expresión», explica.

Según el científico, el sonrojo podría ser la señal con la cual intentamos comunicar a los otros que estamos conscientes del impacto de nuestras acciones, y que nos preocupa la cooperación con los demás y la honestidad. Quizás entre nuestros antepasados esta respuesta de conciencia social pudo hacer más atractiva a una pareja sonrojada y la expresión evolucionó.

«Darwin fue el primero que se dio cuenta de esta tendencia porque estudió las expresiones faciales de los monos, simios y humanos y notó por primera vez que sólo los humanos se sonrojaban», explica el profesor de Waal. «Aunque descubrió que muchas de nuestras expresiones faciales son iguales a las de otros primates, el sonrojo era una expresión que no encontró en otros animales».

Lo que ocurre cuando nos ruborizamos es que los vasos sanguíneos en nuestra piel se dilatan y permiten que fluya más sangre, lo que nos da el color rojo en el rostro. Aunque quizás el sonrojo sería difícil de detectar en monos o simios con rostros cubiertos de vello, hasta ahora y a pesar de haber sido investigada ampliamente, los científicos no han logrado encontrar vestigios de esta expresión en otros primates.

«Pero creo que el sonrojo es una característica humana de anunciar nuestra honestidad«, dice. «Así que tal como Darwin lo especuló -afirma el investigador- nos sonrojamos como una señal de que los humanos hemos evolucionado como una especie sumamente cooperadora, al menos comparada con otros animales».

Fuente: 20minutos

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Historia del trastorno de Fobia Social

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No se tienen noticias de la aparición de la Fobia Social en el ser humano, sin embargo es posible que muchos de nuestros antepasados la hayan sufrido aún sin saberlo, desde el mismisimo Adán hasta nuestros días.

Aunque la Fobia Social o Trastorno de Ansiedad Social fue incluida dentro de la nomenclatura diagnóstica a finales del siglo pasado, se conoce la existencia de textos antiguos en los que se recogen algunos casos de personas que parecen presentar este trastorno:

– Robert Burton (1845), en su obra “La Anatomía de la Melancolía”, recoge la descripción de un paciente de Hipócrates de cuyo trastorno se indica que “es más que una timidez, suspicacia o temerosidad. No se atreve a estar con otras personas por el miedo a que va a vocalizar mal o excederse en sus gestos mientras habla, y teme que va a ser deshonrado ante los demás. Piensa que cada persona le observa”.

– Se dice que Demóstenes, el gran orador griego, caminaba por la playa con pequeñas piedras en su boca para perfeccionar su dicción y así evitar equivocarse cuando tenía que hablar en público (c.f., Greist, 1995).

– Una de las pocas revisiones históricas publicadas sobre Fobia Social, la realizada por Pélissolo y Lépine (1995), recuerda como autores como Casper en 1846 (c.f. Pélissolo y Lépine, 1995) o Pitres y Regis (1897) habían descrito casos de angustia social en pacientes con “ereutofobia”.

– La evitación excesiva del contacto ocular, alteración que puede aparecer en sujetos con Fobia Social, fue descrita por Beard en 1879, citado por Marks (1987), como una forma de temor mórbido que se acompaña de la desviación de los ojos e inclinación de la cabeza hacia abajo. Beard añadía que cuando en algunos casos sostenía entre sus manos la cabeza del paciente para enfrentar sus caras, incluso entonces involuntariamente desviaba sus ojos.

Sin embargo, no es hasta principios del siglo XX, en Europa, cuando Janet (1903) acuñó el término phobie des situations sociales con el objeto de describir a los sujetos que temían hablar en público, tocar el piano o escribir mientras les observaban.

Hartemberg en 1910 ( reeditado en 1921) describió diversas formas de ansiedad social bajo el término genérico de “timidez”.

Posteriormente, según Pélissolo y Lépine (1995), tras un período de relativo silencio sobre el tema, aparecen descripciones puntuales en la literatura alemana (Kontaktneurosen) e inglesa (social neurosis), así como algunas aportaciones del japonés Morita en los años 30.

La distinción y descripción de la Fobia Social como forma diferenciada de otros trastornos de ansiedad fue propuesta por primera vez, también en Europa, por Marks y Gelder (1966). Estos autores diferenciaron cuatro tipos de fobias: fobia a los animales, fobia específica, agorafobia y Fobia Social , entendida esta última como “un miedo ante situaciones sociales, expresado por timidez, miedo a ruborizarse en público, a comer en restaurantes, a encontrarse con hombres o mujeres, a ir a fiestas o bailes, o bien a temblar cuando se es el centro de atención”.

Pese a que se conocían datos que sugerían la existencia de este trastorno a principios de siglo pasado y posteriormente se argumentó su diferenciación con respecto a otros tipos de fobias, las primeras ediciones del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-I y DSM-II; American Psychiatric Association, 1952, 1968) agrupaban todas las fobias en una sola categoría, siguiendo los postulados psicoanalistas.

Posteriormente, Nichols (1974) concretó todavía más la delimitación de la Fobia Social indicando que lo que la caracterizaba era la excesiva sensibilidad a la desaprobación, la crítica, una baja auto-evaluación, unas reglas rígidas acerca de cómo comportarse, ansiedad anticipatoria, una sensibilidad elevada ante el hecho de ser observado o evaluado por parte de los demás así como una interpretación desmesurada hacia el feedback sensorial relacionado con situaciones que pueden resultar embarazosas (es decir, prestar especial atención a los estímulos sociales potencialmente amenazantes).

A pesar de esto, la Fobia Social no se reconoce oficialmente como una entidad diagnóstica hasta la tercera edición del DSM (DSM-III; APA, 1980). En esta edición la Fobia Social era considerada como un miedo excesivo e irracional a la observación o al escrutinio por parte de los demás en situaciones sociales específicas tales como hablar en público, escribir o usar aseos públicos.

De acuerdo con los criterios del DSM-III, los sujetos que cumplían los criterios requeridos para el diagnóstico de la FS no podían presentar además un diagnóstico de trastorno de personalidad por evitación (TPE), el cual era descrito como hipersensibilidad ante un posible rechazo, retraimiento social a pesar de existir un deseo de ser aceptado, reticencia a iniciar relaciones sociales a menos que se tengan garantías de ser aceptado y baja autoestima. Así, el aspecto característico del TPE en el DSM-III era más el miedo a las relaciones interpersonales que el miedo a la humillación o a sentirse avergonzado en situaciones sociales específicas. En el DSM-III, para el diagnóstico de la Fobia Social no se contemplaba el deterioro en el funcionamiento sociolaboral, mientras que el TPE debía causar “incapacitación significativa en el funcionamiento social o laboral”. Además, se indicaba que no se debía establecer el diagnóstico de Fobia Social si la ansiedad se podía explicar mejor por la presencia de un TPE. Sin embargo, en una aparente contradicción, en el apartado de TPE se mencionaba que la FS podía ser diagnosticada como una complicación del TPE si los miedos a situaciones sociales específicas estaban presentes en el contexto de una ansiedad interpersonal más general o extendida.

A pesar de lo establecido por el DSM-III, Falloon, Lloyd y Harpin (1981) propusieron distinguir entre Fobia Social específica (ante una situación concreta- por ejemplo, comer en público-) y generalizada, cuando los miedos se presentaban en una gama amplia de situaciones sociales. Yendo también más allá del concepto de Fobia Social circunscrito a situaciones específicas de actuación social (hablar, comer, escribir en público), Amies, Gelder y Shaw (1983) definieron la Fobia Social como una ansiedad incontrolable que es experimentada por una persona cuando se encuentra en compañía de otras, la cual se incrementa en situaciones formales y está acompañada por el deseo de evitar la situación social.

Pese al interés por investigar estas y otras cuestiones, una revisión de la literatura existente sobre el tema llevada a cabo por Liebowitz, Gorman, Fyer y Klein (1985), hace llegar a estos autores a la conclusión de que la Fobia Social era “el trastorno de ansiedad olvidado”. De hecho el interés no empieza a ser mayoritario hasta la publicación de la tercera edición revisada del DSM-III (DSM-III-R; APA, 1987), la cual marca un punto de inflexión a partir del que se desarrolla exponencialmente el número de trabajos que han investigado sobre este tema (Norton, Cox, Asmundson y Maser, 1995).

Dado que la evidencia científica puso de manifiesto que una alta proporción de sujetos con Fobia Social temían más de una situación social (Hazen y Stein, 1995), en el DSM-III-R (APA, 1987) se introdujo el subtipo generalizado, que hacía referencia a los sujetos que mostraban ansiedad ante la mayoría de situaciones sociales, y el criterio de interferencia sociolaboral. Asimismo no sólo se permitió el diagnóstico conjunto de la Fobia Social y el TPE, sino que además se sugería. Los sujetos que no presentaban el subtipo generalizado eran incluidos dentro de la categoría Fobia Social “no generalizada”, “específica” o “discreta”.

Mientras que las anteriores versiones del DSM estaban basadas principalmente en el juicio de investigadores y de psicólogos o psiquiatras que trabajaban en el marco clínico y que habían demostrado una avalada experiencia, el equipo que se ocupó de la redacción del DSM-IV ( Task Force’s o grupo de consenso), también tuvo en cuenta los datos generados por los estudios experimentales. Sin embargo, respecto a la Fobia Social el grupo de consenso señaló varios aspectos que permanecían sin aclarar: (a) la ambigua definición de la frase “la mayoría de situaciones sociales” para describir el subtipo generalizado, (b) la validez del sistema de clasificación de los subtipos, el cual se basa en la existencia de diferencias cuantitativas (número de situaciones sociales) en vez de diferencias cualitativas (ansiedad ante situaciones de interacción social vs. ansiedad ante situaciones de actuación social), y (c) la ausencia de un subtipo intermedio (entre generalizado y específico) que pudiera ser empleado para describir a los sujetos que presentan miedo ante varias (pero no todas) las situaciones sociales.

Puesto que el grupo de consenso no logró unificar criterios respecto a tales cuestiones, se optó por mantener en el DSM-IV (APA, 1994) los criterios del DSM-III-R (APA, 1987). Con respecto al DSM-III-R, el DSM-IV prácticamente no realiza cambios. Y por último, el Texto Revisado del DSM-IV (DSM-IV-TR; APA, 2000) no ha introducido ninguna modificación.

En Europa también se emplea el sistema de Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Mientras que la Fobia Social fue incluida dentro de la nomenclatura diagnóstica del DSM en 1980, no es hasta 1992 cuando la C IE-10 recoge la Fobia Social como categoría diagnóstica independiente. Hasta entonces, en la CIE-9, sólo se hablaba de trastornos fóbicos.

Extraido de la Tesis Doctoral del Dr. D. José Olivares Rodríguez, titulada “Análisis de la eficacia de la Intervención en Adolescentes con Fobia Social en función de una nueva propuesta de subdivisión y operacionalización del subtipo generalizado” Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos, Facultad de Psicología, Universidad de Murcia (2005).

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Fobia social en los niños

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  • La fobia social (o FS), también llamada desorden de ansiedad social, es un problema de ansiedad basado en temor. Es el tipo más común de problemas de ansiedad en niños mayores y adolescentes. Con FS, su niño tiene una fobia (miedo intenso, continuo) a situaciones sociales o aquellas situaciones donde el funciona. La FS de su niño puede estar limitado a hablar en público o algunas otras actividades de expresión. Su niño puede tratar de evitar o participar en ellas, pero con mucha preocupación y estrés. Su niño puede tener una forma más severa (muy mala) de FS. Podría temer la mayoría de los eventos donde esta alrededor de otras personas o tiene que hacer alguna función en frente de estos. La FS puede verse en niños de primaria, pero más frecuentemente inicia durante la adolescencia temprana. Cuando su niño tiene FS, también puede tener uno o más tipos de otros desórdenes de ansiedad. La FS podría ser un problema que continua durante la vida de su niño, y permanecer hasta que llegue a ser un adulto.
  • Cuando su niño tiene FS puede ser muy tímido y callado cuando está con más gente, incluso con aquellos que conoce. Puede tratar de evitar hablar con otras personas que no conoce bien. Los niños más pequeños con FS también pueden tener una condición llamada mutismo selectivo (no hablar). Si su niño tiene esta condición, no puede hablar con otras personas en eventos sociales. Su niño también puede ser muy introvertido siempre que esté con gente que no sean su propia familia. Teme a ser juzgado por otros y piensa que hará o dirá algo que lo avergüence. Puede ser incapaz de comer en público o usar un baño público. En la escuela puede temer a contestar preguntas, leer en voz alta, a hacer deportes o actividades musicales. Puede evitar ir a fiestas o salir con alguien, y tener pocos o ningún amigo.

¿Cuál es la causa de la fobia social? Nadie sabe por cierto cuál es la causa de este desorden. La FS puede venir después que su niño ha tenido una experiencia vergonzosa o un estrés mayor durante la vida. Su niño puede estar estresado cuando está lejos de sus padres o si sus padres ya no viven juntos. Tener una enfermedad por un tiempo largo también puede causar estrés. La historia de abuso sexual o peleas en la familia también pueden ser situaciones que causan estrés a su niño. Los siguientes pueden incrementar el riesgo de su niño para FS:

  • Temperamento del niño: Algunos niños son más temerosos a personas desconocidas, lugares, o cosas que otros niños. Esto puede verse incluso cuando son bebés. Estos niños pueden desarrollar FS más fácilmente.
  • Historia familiar: Tener un familiar cercano con FS u otro desorden de ansiedad.
  • Comportamiento social familiar: El comportamiento (forma de actuar) puede ser imitado por un niño de padres que demuestran temor a situaciones sociales. Por ejemplo, si uno de los padres evita salir al público, su niño también podría también evitar hacerlo.
  • Comportamiento de los padres hacia el niño: Tener padres que son demasiado protectores, demandantes y juzgan demasiado.

¿Cuáles son los signos y síntomas de la fobia social? Los signos y síntomas de la FS pueden aumentar con el tiempo. Su niño puede mostrar cualquiera de los siguientes:

  • Nivel y duración del miedo: Tiene un miedo incrementado, muy malo, y continuo de una o más situaciones sociales o de expresión. Esto incluye miedo de estar cerca de otros niños, no sólo de adultos.
  • Conocimiento del nivel de miedo: Dependiendo de la edad de su niño, él puede estar consciente de que su miedo no es razonable. Puede saber que está preocupándose demasiado, o la acción no es solicitada.
  • Respuesta a situaciones de miedo: El niño casi siempre está ansioso y temeroso antes del evento. Trata de evitar o pasar la situación pero con gran angustia.
  • Signos físicos y quejas: Cuando su niño está ansioso por el miedo a sus situaciones sociales, puede mostrarlo como cualquiera de los siguientes:
    • Sonrojándose o ruborizándose, sudando, o con la boca seca. Voz quebrada o incapacidad de hablar.
    • Llorando, paralizándose o huyendo de ciertos lugares y tiempos donde hay otras personas.
    • Latidos cardíacos rápidos o palpitaciones.
    • Dificultad para concentrarse en una tarea.
    • Temblando, sacudiéndose, o con los músculos tensos.
    • Dolor de estómago, náusea (molestias estomacales), o diarrea (ausencia o frecuencia aumentada de evacuaciones).
    • Enfadado (arrebato de enojo), y se enoja fácilmene.

¿Como se diagnostica la fobia social?

  • El médico de su niño les hará preguntas a usted y a su niño. Éstas incluyen información sobre la historia de salud de su niño, su comportamiento, sus miedos y preocupaciones. También necesitará saber si otros miembros de la familia han tenido desordenes de ansiedad u otros problemas de salud mental. Puede querer saber cómo le va a su niño en la escuela o en otras actividades. También querrá saber cómo se lleva su niño con otros niños y si tiene amigos. Pueden requerirse estudios para buscar problemas médicos que puedan estar causando los síntomas de su niño.
  • El médico de su niño observa el comportamiento del niño, sus miedos, y preocupaciones buscando signos y síntomas de FS. Si su niño tiene los cuatro signos y síntomas de FS, puede ser que padezca el desorden. Para tener este desorden, los signos y síntomas deben estar presentes por lo menos seis meses. Son lo suficientemente malos como para causarle problemas en su aprendizaje, sus habilidades sociales, sus relaciones, y otras áreas de la vida. La preocupación de su niño no debe ser causada por otro problema de salud mental o condición médica. No debe de estar relacionada con efectos secundarios de algún medicamento o sustancia de abuso.

¿Cómo se trata la fobia social? Debido a los graves problemas que pueden venir junto con la fobia social, recibir tratamiento es muy importante. Con tratamiento, la fobia social de su niño podría disminuir, y este podría hacer más actividades. Al niño recibir tratamiento para SP durante su juventud, es posible que prevenir que tenga SP durante su etapa adulta. Los médicos de su niño pueden usar cualquiera de los siguientes para tratar a su niño:

  • Medicamentos: Estos pueden incluir antidepresivos, tranquilizantes, u otros medicamentos antiansiedad. Pueden indicarse si su niño tiene síntomas severos de ansiedad.
  • Terapias del comportamiento: Son programas se enfocan en cambiar la forma en que una persona actua y responde en ciertas situaciones:
    • Terapia cognitiva del comportamiento: Esta es la terapia más usada para la FS. Sirve para cambiar la forma en la que una persona actúa en parte cambiando su forma de pensar. Puede ser hecha por su niño solo, en grupo, o junto con usted o su familia. Esta terapia ayuda a su niño a aprender cómo controlar sus acciones y mejorar su comportamiento. Su niño puede ser enseñado a cambiar su comportamiento viendo los resultados de sus acciones. Puede aprender que ciertas acciones tienen diferentes resultados que pueden hacerlo senrtir ya sea bien o mal con si mismo. Su buen comportamiento será recompenzado y alentado, mientras que el comportamiento no deseado será desaprobado. Esta terapia puede incluir cualquiera de los siguientes:
      • Cursos de afirmación personal: Esta es una terapia para ayudarle a su niño a controlar mejor sus sentimientos. Puede ayudarle a entender sus sentimientos y aprender cómo lo hacen reaccionar. Esta terapia puede entrenar a su niño para tener más confianza. Le enseña formas para manejar situaciones que causan pensamientos negativos y ansiedad.
      • Exposición o desensibilización: La terpia de exposición o desensibilización ayuda a su niño a enfrentar el objeto, persona, o situación temida. La fantasía (no real) o situaciones de la vida real se utilizan en esta terapia. La meta de la terapia de desensibilización es ayudar a disminuir el miedo o ansiedad de su niño.
      • Terapia para los padres: Usted puede recibir orientación especial para ayudarle a enfrentar y manejar la ansiedad de su niño. Esta orientación le ayudará tambien a controlar su propia ansiedad.
      • Terapia de relajación: Su niño puede ser instruido para relajarse a través de ejercicios especiales. Esta terapia le enseña a su niño cómo calmar su cuerpo y su mente. La meta es disminuir el estrés corporal y emocional (sensaciones mentales) de su niño.
      • Terapia de habilidades sociales: Esto enseña y entrena a su niño para poder convivir con otras personas. El entrenamiento puede incluir enseñarle a su niño a mantener contacto visual y una sonrisa. También puede ser instruido para aceptar elogios y hacer preguntas.
  • Terapias cognitivas: Éste es un tipo de terapia que ayuda al gente a entender por qué o cómo piensan de cierta manera. Su forma de pensar puede afectar su manera de actuar. Es una terapia o asesoría que usualmente se hace en varias reuniones o pláticas. Pueden ser impartidas para usted, su niño, o su familia. Estas terapias incluyen:
    • Reestructuración cognitiva: Los médicos ayudan a su niño a aprender qué pensamientos le provocan ansiedad. Estos pensamientos son reemplazados con otros más realistas y placenteros. Su niño puede ser instruido para usar declaraciones positivas para ayudarle a manejar su ansiedad.
    • Terapia psicodinámica: Esta terapia ayuda a su niño a tratar con el conflicto de una manera más saludable. Lo ayuda a enfrentar el rechazo y las cosas malas que sucedieron en el pasado. Esta terapia puede ayudarle a sentirse mejor con él mismo, y a sentirse más en control de su vida.

¿Qué puedo hacer para ayudar a mi niño con la fobia social?

  • Sea un modelo positivo para su niño. Aprenda formas de controlar su propia ansiedad. Su niño aprenderá de observar su comportamiento. Puede ser más fácil que él enfrente sus miedos si ve que usted puede hacerlo. Tenga cuidado de que sus acciones no apoyen o refuercen el comportamiento de fobia social de su niño. Estas acciones pueden incluir su evasión ante situaciones que causen ansiedad o tomar alcohol para controlar su ansiedad. Hable con el médico de su niño si está teniendo dificultad para controlar su propia ansiedad.
  • Anime a su niño a socializar. Ayude a su niño a desarrollar sus habilidades sociales. Ayúdelo a enfrentar sus miedos y desarrollar formas de lidiar con ellos, como pensar en otras cosas. Elogie y recompense a su niño cuando se necesite.
  • Aprenda más sobre la fobia social. Consulte con su médico sobre lugares en la red y libros sobre FS. Entre más sepa acerca de la condición de su niño, mejor podrá ayudarlo a manejar su ansiedad. Trabaje con los maestros de su niño para ayudarle en la escuela.

¿Cuáles son los riesgos para mi niño si tiene fobia social?

  • La FS de su niño podrá no desaparecer y empeorar si se deja sin tratamiento. Al evitar actividades sociales, su niño puede volverse aislado, solitario, y deprimido (sentirse profundamente triste). Puede tener problemas con su aprendizaje escolar y con sus habilidades para resolver problemas. Sus habilidades sociales pueden ser pobres y puede tener problemas con amistades y otras relaciones. Puede tener una mala imagen de si mismo y baja autoestima. Los adolescentes con FS tienen tasas más altas de tabaquismo, y uso de alcohol y drogas. Las niñas adolescentes con FS pueden tener un riesgo aumentado para embarazos no planeados. Los niños con FS pueden tener también otros desórdenes de ansiedad o problemas mentales.
  • Si no se reconoce y se trata, la FS puede volverse un problema de por vida que continua mientras su niño se hace adulto. Los adultos con FS pueden volverse aislados socialmente ya que temen tanto ser burlados como no agradarle a otros. Tienen menores tasas de asistencia a universidades y problemas con estar en trabajos estables. Tienen tasas menores de contraer matrimonio y tasas mayores de divorcio y separación. También tienen tasas mayores de uso y abuso de drogas y alcohol. La mayoría de los adultos con FS también tienen al menos otro desorden mental. Tienen mayor riesgo de desarrollar depresión mayor que puede ser muy severa, duradera, o recurrente. Están en mayor riesgo de intentos de suicidio (deseo de lastimarse o matarse ellos mismos).

¿Cuándo debo llamar al médico de mi niño? Llame al médico de su niño si:

  • Usted y su niño no podrán acudir a su siguiente consulta con el médico.
  • Su niño tiene problemas para comer o come más de lo habitual.
  • Su niño no puede dormir bien o está durmiendo más de lo habitual.
  • La fobia social de su niño está empeorando o está teniendo nuevos signos o síntomas de problemas de salud mental.
  • Usted tiene preguntas o dudas acerca de la fobia social o el tratamiento de su niño.

¿Cuándo debo buscar atención inmediata? Busque ayuda inmediata si:

  • Su niño siente ganas de lastimarse a si mismo.
  • Su niño tiene dificultad para respirar, dolores de pecho, o una respiración rápida.
  • Su niño acaba de tener una convulsión.

¿Dónde puedo encontrar apoyo y más información? Aceptar que su niño tiene fobia social puede ser duro. La condición de su niño puede hacerlo a usted sentir enojado, triste, o asustado. Estos sentimientos son normales. Hable con los médicos de su niño, familia, o amigos sobre sus sentimientos. Los médicos de su niño pueden ayudarle a su familia a entender mejor cómo apoyar a su niño con FS. Usted y su familia pueden unirse a un grupo de apoyo.

ACUERDOS SOBRE SU CUIDADO:

Usted tiene el derecho de participar en la planificación del cuidado de su niño. Para ayudar en esta planificación; usted debe informarse acerca del estado de salud del niño y sobre la forma como puede tratarse. De esta manera, usted y los médicos pueden hablar acerca de las opciones del niño y decidir el cuidado que se usará durante su tratamiento.

Esta información es sólo para uso en educación. Su intención no es darle un consejo médico sobre enfermedades o tratamientos. Colsulte con su médico, enfermera o farmacéutico antes de seguir cualquier régimen médico para saber si es seguro y efectivo para usted.

Fuente original: Allina Hospitals & Clinics

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La preocupación de los jóvenes

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Cuando niño una de mis responsabilidades, era »hacer los mandados». Esto significaba que yo tenía que ir al mercado para buscar los alimentos del almuerzo. De más está decirles que no me gustaba hacerlo. No por el viaje bajo el sol caribeño, sino por miedo a un perro que tenía el vecino y me hacía dar carreras cada vez que me veía. Esta experiencia me causaba una preocupación que se convertía en miedo. Al cabo de un tiempo se convirtió en una ansiedad que se manifestaba con un sudor profuso y taquicardia cada vez que pensaba en el viaje al mercado. Aquella ansiedad afectaba toda mi vida pues pensaba en el dichoso perrito todo el día: en la casa, en la escuela y mientras jugaba. No obstante, tenía que enfrentarme solo a mi realidad. Por años dominó mi vida sin que nadie lo supiera.

Los niños se preocupan por muchas razones. Mientras más pequeños son, más fantasiosas son sus preocupaciones y miedos: monstruos, la oscuridad, etc. A medida que van entrando en los años de la adolescencia estas preocupaciones van cambiando y terminan controlándoles su vida física y psicológica.

Los jóvenes que tienen experiencias traumáticas en sus vidas como violencia, muertes y accidentes suelen ser más susceptibles a vivir bajo el acoso de su propio nerviosismo. Este tipo de miedo desatendido crece hasta convertirse en ansiedad que tiene manifestaciones físicas y sociales.

En el libro Siete pasos para ayudar a su hijo a preocuparse menos el doctor Sam Goldstein y otros colegas tratan este tema de la preocupación. Dicen que es saludable hasta cierto punto. Cuando un alumno se preocupa significa que algo importante va a suceder y no sabe cuál será el resultado. En este sentido, una preocupación saludable motiva al joven a poner mayor esfuerzo para controlar dichos resultados. En estos casos, la preocupación es saludable siempre y cuando sea motivo balanceado de mayor esfuerzo.

Sin embargo, hay muchos jóvenes que viven con preocupaciones, miedos, fobias, ansiedades y nervios que no son nada saludable y que limitan su vida evadiendo todo aquello que les angustia.

O sea que por evadir aquello que les causa miedo cambian su sistema de vida: sus amigos, actividades y forma de divertirse hasta ser verdaderos esclavos de sus ansiedades. Hay jóvenes que son sumamente introvertidos y tímidos por temor a no ser aceptados socialmente. Enfrentarse solo a estas ansiedades pudiera ser perjudicial para la salud mental de su hijo. Nunca deje que su niño enfrente solo estas ansiedades. Si es necesario consulte con un profesional para establecer un sistema de ayuda.

Fuente: El nuevo Herald

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El pánico secreto

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Por: Giselle Balido

Unos las llaman tímidas; otros, raras o insociables… La realidad es que estas personas padecen de un desorden común y poco conocido: el miedo a relacionarse con los demás. Pero hay soluciones!

Andrea se siente al borde de un ataque de pánico. La joven de 32 años tiene las manos fríaas, las piernas le tiemblan y le falta la respiración. En medio de estas sensaciones tan desagradables, ella trata por todos los medios de mantener la compostura, pues no quiere que las personas que la rodean noten su incomodidad. Mirando al frente, como hipnotizada, ella avanza hacia su objetivo: la línea de la caja registradora en el supermercado.

Ernesto, un ejecutivo de una importante firma comercial, camina rápidamente hacia la estación del metro, huyendo de las miradas de los otros transeúntes; a pesar de esto, siente los ojos de todos clavarse en él como flechas. Pero aún le espera lo peor: llegar a la oficina, donde debe asistir a una reunión con todo el personal. ¿Y qué si le piden que hable? ¿Y si tiene que presentarse a los visitantes de otra empresa? Varias veces se pregunta que pasará si llama para decir que está enfermo y que tiene que ausentarse… una vez más. A pesar del temor que lo atenaza, quitándole el aliento, Ernesto decide ir al trabajo, pues teme que sus colegas se enteren de que padece de esta ‘rara’ condición.

La misma que sufre Alissa, una joven estudiante de 21 años. Bonita, inteligente y simpática, su familia se pregunta por qué la chica no tiene vida social. Cuando la cuestionan, ella siempre responde que no le interesan las fiestas y que prefiere dedicarse de lleno a sus estudios. Pero la realidad es que la sola idea de verse en un bar o en una discoteca rodeada de personas, la mayoría de ellas desconocidas, la llena de terror. Pero ni siquiera en la universidad se siente cómoda. Alissa nunca asiste al primer día de clases, pues sabe que muchos profesores les piden a los alumnos que se presenten ante el resto de la clase. ‘Y esto es algo que yo nunca, nunca podría hacer’, confiesa.

Hace años, con menos conocimientos médicos y sicológicos, Andrea, Ernesto y Alissa eran considerados personas ‘raras’ o insociables, que preferían vivir alejadas de los demás. Muchos los marginaban. Esto creaba un círculo vicioso que aumentaba su sufrimiento. Afortunadamente, hoy esta condición ha perdido ese estigma y es reconocida como un desorden llamado fobia social o desorden de ansiedad social.

Cuando no se reconoce ni se trata en la forma adecuada, la fobia social puede llegar a ser una condición debilitante a nivel sicológico, emocional y espiritual para las personas que viven con ella. Muchas llegan a perder relaciones importantes; otras ven truncados sus sueños de sobresalir en los estudios o de triunfar en el trabajo.

Reconocer el problema es el primer paso hacia la cura. ’Desde el momento mismo en que me diagnosticaron, sentí un gran alivio’, admite Marcela, un ama de casa de 42 años. ‘Ya no tenía que sentirme rara ni defectuosa, y mucho menos inestable; comprendí que padezco de una condición’.

Es por eso que es vital conocer los síntomas de esta fobia que actualmente afecta al 3,7 % de la población de los Estados Unidos, o 5,3 millones de norteamericanos.

QUE ES Y A QUIEN AFECTA

De acuerdo con «Psychology Today», la fobia social puede abarcar todo tipo de evento, desde hablar en público y comer o beber delante de otros, hasta sentirse incómodo en compañía. Entre los síntomas físicos que suelen acompañar este desorden se encuentran sonrojarse, sudar copiosamente, náuseas y temblores. En casos más extremos, algunas personas buscan cualquier excusa para faltar a la escuela o al trabajo, o limitan su contacto incluso con familiares y amigos. Un agravante: el miedo a estas desagradables sensaciones predispone a la persona a padecerlas; en otras palabras: se crea un círculo vicioso de fobia a los síntomas de la fobia que acaba por aumentarlos. Otro peligro es que algunas personas intentan automedicarse usando alcohol u otras drogas, lo cual las puede llevar a la adicción. Este desorden afecta a las mujeres dos veces más que a los hombres, y suele manifestarse en la niñez o la adolescencia. Por regla general, no se desarrolla después de los 25 años de edad. De acuerdo con el sicólogo Thomas A. Richards, Ph.D., la mayoría de las personas que la padecen son conscientes de que sus miedos y pensamientos son irracionales, que, en efecto, los demás no están observándolos, criticándolos o juzgándolos. Pero aun así no pueden librarse de ella. Por otra parte, como se trata de un problema poco difundido en los medios, muchos médicos, sicólogos y terapeutas no están familiarizados con él, por lo que hasta el 90 % de las personas que lo padecen reciben un diagnóstico incorrecto.

Es un problema que va más allá de una excesiva timidez, o preferencia por la soledad; esta condición puede causar serios estragos en la vida de quien la padece. Y esa es la pregunta que muchos se hacen: ¿quién la padece… y por qué?

LAS CAUSAS

Actualmente, la fobia social está sujeta a muchas investigaciones. Hasta el momento, se sospecha que el problema ocurre en un área del cerebro llamada la amígdala (que significa avellana en griego; esta zona ha recibido ese nombre por parecerse a una avellana, precisamente). Se cree que la amígdala es el centro responsable de la sensación de miedo. Por otra parte, estudios llevados a cabo con animales de laboratorio sugieren que la fobia social es una condición hereditaria, que a menudo está acompañada de depresión u otros desórdenes de la ansiedad. Otras investigaciones exploran la posibilidad de que el desorden de ansiedad social sea causado por factores bioquímicos u hormonales, mientras que algunos exploran otra opción: que el entorno —el factor crianza y la sociedad— contribuye a crear este problema. Al final, la causa podría ser una, o una combinación de varios factores únicos del individuo. Pero lo realmente importante, después de reconocer los sóntomas, es buscar la ayuda necesaria para aliviarlos o eliminarlos.

Fuente: http://www.esmas.com/vanidades/medicinasalud/767479.html

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