Historias personales y ansiedad


Extracto del artículo de Gamba-Collazos, H. A. (2014). Ansiedad: Comentarios sobre las historias personales asociadas a ella. Revista Vanguardia Psicológica, 5(1), 60-67.

El autor, Héctor Alfredo Gamba-Collazos, es docente en la Universidad Manuela Beltrán, Bogotá, Colombia. Este texto es producto de un ejercicio semestral en el que los docentes del programa de psicología trabajan alrededor de temas de interés para la disciplina.

Historias personales

La valentía es una de las cualidades más apreciadas y admiradas entre los seres humanos y es en buena medida por ella que desde los grandes héroes de la historia hasta los protagonistas de los cuentos infantiles se convierten en modelos para aquellos que temen, ya sea a la oscuridad, a los animales, a las alturas, a los extraños e incluso a los conocidos.

El valor no se refiere a la falta de las reacciones provocadas por los riesgos del mundo, más bien se trata de la capacidad para identificarlas, regularlas y actuar no a pesar, sino a partir de ellas.

La activación experimentada ante la posibilidad de una amenaza es uno de los mecanismos de supervivencia de mayor valor, tanto así, que la ansiedad no es un fenómeno exclusivamente humano, es parte de repertorio fisiológico y conductual que el hombre comparte con otros animales, de forma que lo que le sucede a alguien que transita por una calle oscura y solitaria o que está a punto de presentarse frente a una gran audiencia es similar a lo experimentado por un roedor en un espacio abierto.

La ansiedad corresponde a la reacción con la que se aumenta el estado de alertan preparando al organismo para responder ante la posibilidad de que algo atente contra su integridad; la APA define el concepto de la siguiente manera: “emoción que se caracteriza por la aprensión y síntomas somáticos de tensión en que un individuo anticipa un peligro, catástrofe o desgracia inminente. El cuerpo a menudo se moviliza para enfrentar la amenaza percibida”.

No obstante, cuando a alguien le tiemblan las manos, suda y respira de manera agitada ante la posibilidad de que algo salga mal, se dice de él que es cobarde o miedoso y que tiene un problema, dejando de lado que todas las respuestas que se dan en el organismo no son un fallo del mismo, sino que por el contrario, se fueron refinando con el paso de los años, millones de ellos, permitiéndoles a los animales (humanos o no) mantenerse con vida.

Para la mayoría de especies animales las respuestas de ansiedad se dan en escenarios en los que el factor común es la posibilidad de resultar físicamente heridos o muertos, sin embargo, para los humanos ya no se trata simplemente de evitar ser devorados, el carácter social de la especie ha dado pie a destacados desarrollos, pero también a una extensa lista de variaciones de las nociones de “muerte” y “lesión”. Quien se presenta en público y falla ante quienes lo observan puede considerarse “muerto” en su institución educativa, en su trabajo o en el mundo del espectáculo cuando con su fracaso se desvanece la obtención de un título, un ascenso laboral o la fama; de manera similar, “muere” quien arruina la primera cita con una persona que le gusta o quien no logra encajar cuando se ve rodeado de desconocidos.

Puede decirse que existen innumerables formas de “morir”, por lo que son solo naturales las reacciones de ansiedad, aunque suelen ser vistas como un defecto, llevando a la problematización de quien las experimenta cuando el resto del mundo lo reduce a la etiqueta de “el ansioso”.

Cualquier persona ha experimentado momentos de ansiedad y sabe que en ellos se está más atento a señales de que algo amenazante se presente, si la situación corresponde a una cita es probable que el sujeto atienda a posibles gestos de desaprobación, a suspiros de aburrimiento y a tonos de voz desinteresados y eso no está mal, después de todo podría tomarse como el equivalente amoroso de la atención que alguien le prestaría a un movimiento extraño de la maleza en medio de la selva.

Entonces, si es un fenómeno común ¿en qué punto se convierte en un problema? La dificultad se da cuando se asume que la ansiedad se “padece”, pues de quien la experimenta se habla como de quien sufre un paro cardiaco, todos, incluido el sujeto mismo, se concentran en cómo hacer que el padecimiento desaparezca a la vez que se hacen campañas para prevenir la ansiedad como si se tratase de un virus que se apodera del organismo y del que sólo puede desearse su desaparición. La ansiedad se convierte así en una entidad activa mientras que el sujeto se torna pasivo, no pudiendo más que resignarse a su condición y estar a la expectativa de lo que puedan hacer por él, en muchos casos, de la medicina que le puedan recetar.

¿Pero es realmente la ansiedad un virus o trastorno que deja maniatado al sujeto? Keen (2011) resaltó que tanto para los profesionales como para las personas que sufren por la ansiedad, resulta más útil pensar en el concepto como una categoría de acción, como un “acting” y no como un “happening”, es decir, como aquello que se hace en situaciones en las que el individuo enfrenta escenarios impredecibles en los que podría ser asaltado por algún tipo de amenaza o lo que se hace cuando se sabe qué es exactamente lo que se enfrenta, pero no se tiene la certeza de que los resultados vayan a ser favorables.

Entender la ansiedad como acción evidencia que aunque ésta parte de respuestas fisiológicas no se limita a ellas, sino que se refiere a una forma de interacción, lo cual significa que involucra a un sujeto activo que también pone de su parte en lo que le sucede, por ello vale la pena echar un vistazo a lo que hace una persona que experimenta ansiedad.

Anderson, Goldin, Kurita y Gross (2008) destacaron la evaluación negativa y la evitación como dos de las características fundamentales de la ansiedad social, pero además resaltaron que estas respuestas, tanto como cualquier otra, son perfiladas por la historia personal, lo que implica que la ansiedad es un fenómeno dinámico que se construye con cada evento que es agregado a la historia de vida.

Con la historia de vida que cada uno crea sobre sí mismo, es decir, el recuento y organización de las experiencias personales, se construye una narración en la que se destacan los eventos más intensos o memorables (por la razón que sea) y en la que se conjugan las nociones sobre el mundo y sobre el sujeto mismo (exitoso, amable, nervioso, sensual, inteligente, entre otras) con las que se asumirá cada nueva situación. Cada sujeto construye una historia sobre su vida y con cada evento agrega una página adicional, cargada de antecedentes, de juicios y, en últimas, de sesgos.

En el caso de la ansiedad social las historias suelen estar cargadas de la discrepancia entre los estándares de éxito y pobres resultados personales en relación con ellos (Kurita y Gross, 2008), lo cual no quiere decir que el sujeto nunca haya tenido éxito en escenarios de interacción social o que sea incompetente o desagradable de la manera en la que él mismo lo asume, sino que sólo las experiencias dolorosas son tenidas en cuenta por él para la construcción de la biografía personal, lo cual no es extraño, pues de hecho también es común en las personas “no ansiosas”.

La propensión a buscar indicios de lo que está mal es común cuando se hace una evaluación consciente de cualquier situación, de manera que tampoco es extraño que al calificar ensayos un profesor encuentre con rapidez los errores de sus estudiantes o que un padre encuentre características negativas en el pretendiente de su hija; algo similar ocurre con las autobiografías, en un buen número de casos las personas tienden a dar mayor énfasis a los aspectos negativos de lo que les sucede, particularmente cuando se trata de experiencias displacenteras, el riesgo está cuando la historia de vida se llena sólo de lecturas negativas.

En los casos de ansiedad social la tendencia a detectar lo negativo domina la interacción con el entorno, ya que la autobiografía se escribe desde el fracaso y el temor, de forma que el pasado es asumido como doloroso y lleno de fallas y carencias y el sujeto asume que el mundo lo ataca también en el presente y que seguramente lo seguirá haciendo en el futuro a la vez que él es y será (porque desde su perspectiva ha demostrado serlo) inútil para enfrentarlo.

En muchos casos el relato personal está marcado por altos estándares de éxito social y pobres resultados personales, o sea que el sujeto considera que debe ser aceptado por todos, que conocer a personas nuevas no debe causar inquietud o que siempre se debe decir algo apropiado o gracioso, entre otras muestras de habilidad social.

Como en el caso de los textos que no satisfacen al novelista que los redacta, siempre existe la posibilidad de reescribir lo ya escrito. Pontari y Glenn (2012) encontraron que las respuestas de inquietud asociadas a la ansiedad se reducían en personas que estaban junto a un amigo al interactuar con desconocidos, lo cual fortalece la idea de que para las personas que experimentan ansiedad la sensación de seguridad depende de factores externos, en este caso los autores señalaron que la presencia de alguien de confianza, que representaba un ambiente más seguro, se asociaba con una menor frecuencia de pensamientos centrados en la autoevaluación. Desde luego, la implicación de un resultado como éste no es que las personas que experimentan ansiedad deban acompañarse siempre para enfrentar con éxito situaciones de interacción, sino que resulta necesario cambiar el papel que el sujeto se asigna en su propio relato.

Cuando el sujeto se define a sí mismo como carente de habilidades y como incapaz de llegar a tenerlas, terminará irremediablemente relegado a ser un extra en su película.

Para cambiar esto se han desarrollado diferentes intervenciones narrativas que buscan reescribir el relato personal partiendo de la idea de que el lenguaje no sólo refleja la realidad, sino que la construye al crear categorías, hilar eventos de manera no necesariamente cronológica y al resaltar u omitir diferentes experiencias (Balbi, 2004; Tsoi, 2005).

Al respecto es importante aclarar que la idea de que el lenguaje crea realidad no quiere decir que las palabras en el aire cambien el mundo, las palabras sólo tienen sentido en tanto promuevan acción y para ello, particularmente cuando se buscan comportamientos diferentes a los habituales, se requiere una completa deconstrucción de la perspectiva que el sujeto tiene de la vida, es decir que hace falta todo un esfuerzo por descubrir, aceptar y reconstruir la historia personal, proceso que en muchos casos se da en el marco de una psicoterapia (no es obligatorio y no todos requieren del paso por un consultorio), como un ejercicio en el que se busca identificar los eventos, condiciones y personajes relevantes para el sujeto, la relación entre ellos, los significados y valores asignados a las experiencias, las emociones asociadas, los juicios atribuidos, la posibilidad de versiones alternativas de la historia y la construcción de una nueva biografía enmarcada en un contexto reinterpretado que oriente la incorporación de nuevas acciones con las que finalmente se dirá que la palabra se vuelve acto.

Hay que destacar que no debe creerse en que todo se reduce a deseos repetitivos en los que se llama a la “buena energía” a través de invocaciones de algún tipo, las “cosas buenas” no pasan sólo porque se piense en ellas. Son comunes entre la población prácticas como escribir y quemar palabras en papel o imaginarse como alguien exitoso y amado esperando que con ello sea suficiente para que todo lo deseado se haga realidad.

La idea de que las experiencias de ansiedad tienen como agente activo al sujeto resulta de valor tanto para psicólogos como para quienes se encuentran del lado de los consultantes. Para los profesionales pone de manifiesto que la ansiedad no corresponde a un virus que debe quitársele al paciente y que su abordaje debe reconocer al sujeto como constructor de su propia experiencia y no como receptor pasivo de la experticia del terapeuta.

Respecto a quien vive desde la ansiedad, la consideración es que no es suficiente con lamentarse por “ser ansioso”, sino que es necesario apropiarse de la historia personal de forma tal que cada uno se perciba como el agente de mayor poder en su propia experiencia y en ese sentido actúe en pos de sus deseos y pretensiones.

La tarea no es sencilla y requiere esfuerzo, como sucede siempre que se busca el cambio, pero es posible y relevante, incluso a nivel cultural, ya que la noción de ansiedad no sólo se queda en el caso de las personas que experimentan una fuerte tensión en situaciones como las de interacción social, sino que aparece también como un fenómeno poblacional, dehecho puede decirse que existen culturas ansiosas.

Es importante recuperar (desde el nivel individual hasta el cultural) al ser humano como protagonista de su propia historia, capaz de asumir los riesgos de forma satisfactoria no porque no se sienta alterado ante ellos (de hecho tal reacción sí sería problemática en sí misma, pues no sentir ansiedad puede llevar al sujeto a la muerte), sino porque consigue reconocer cuáles son las situaciones y condiciones que representan un peligro para él y establecer, desde una lectura reflexiva sobre sí mismo y sobre su mundo, qué posibilidades tiene ante ellas y sobre todo, que decisiones tomará al afrontarlas.

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Una respuesta a Historias personales y ansiedad

  1. Psicoadapta dijo:

    Muy buen artículo! Es esencial explicar lo “natural” de la ansiedad, para qué sirve y cuándo se convierte en “un problema”.
    Un artículo que podría complementar a este, ya desde el punto de vista de “ansiedad como problema a solucionar” es: http://www.psicoadapta.es/blog/ataque-de-ansiedad-ataque-de-panico/
    Saludos y enhorabuena por el artículo.

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