La sociedad capitalista como generadora de la fobia social


Leo un interesante artículo de Jaime Richart que entre otras cosas explica el problema de la fobia social como una consecuencia de la vida competitiva en las sociedades capitalistas. Seguidamente transcribo una parte del artículo:

La identidad y esas recetas son sólo cosas de gente distinguida, de ricos, para ricos y acomoda­dos. Los demás carecemos de identidad y de ego. Dígasele a ése para quien el ahora es una rutina abomina­ble o un infierno, a ese otro al que le ha visitado la ruina fí­sica, mate­rial o moral, o a aquél que sólo se puede dedicar a sobre­vi­vir que, para soportar el pre­sente, no piense en un pasable preté­rito o en un bello sueño…

Una pedagogía entre religiosa y psicológica tendente a anularnos el presente y el yo, está a la orden del día. Se demanda constante auto­defensa y autoayuda. La sociedad capitalista pierde cohesión a pasos agigantados y promueve la individualización patológica cada vez más. El todos contra todos es lo que predomina. De aquí la bús­queda constante de la protección psicológica y moral frente a los demás pero sobre todo frente a uno mismo, pobres de nosotros, materia, ceniza, pavesas…

Llamo dolor social a esa confrontación que el humano ha de librar con sus congéneres en una sociedad especialmente competidora y primitiva en tantos aspectos aunque aparente desarrollo. Primero en ella se inocula la enfermedad del ego ilusionando al infante con so­bresalir y triunfar, pero luego hay que proporcionarle los sinapismos para la derrota de ese ego que tarde o temprano llega siempre en una u otra forma. Con prozac, con la visita del psicólogo y con la auto­ayuda obsesiva se resuelven las cosas de la perra vida en la sociedad canallesca y capitalista… Del “dolor social”, que se convierte fácilmente en fobia social, natu­ralmente, se resienten unos más que otros. Todo depende del grado de sensibilidad personal de cada cual. Unos se libran de él precisa­mente no sólo no anulando el ego sino reforzándolo, pensando ex­clu­sivamente en sí mismos, obviando los avatares ajenos; los avata­res, tanto los de quienes les hace imaginar que son más felices que ellos como los que son dignos de compasión. Los otros tratan de anularlo o se les incita a suprimirlo. Así se hacen al final pasto su­culento de los tejemanejes del insaciable mercado y piezas muertas del otro mer­cado, el que ventila el tráfico laboral.

No creo en absoluto que el remedio a la infelicidad presente esté en suprimir el ego. Tampoco está en hincharlo. No se trata de olvi­darnos de nosotros pensando demasiado en los demás. Ni se trata de no pensar en los demás y sólo pensar en uno mismo. Ni creo que vivir exclusivamente el ahora a menos que sea agradable y favora­ble sea solución. La existencia es un juego administrativo que re­quiere ten­sión y elasticidad, adaptación y rebeldía. Todo dosificado. Aquí, en la dosis, radica el secreto de una vida en plenitud. General­mente mora­listas y recetistas de la felicidad o de la huida de la infe­licidad, lucen pretensiones ecuménicas o universales como si todo el mundo viviera materialmente desahogado y pudiera luchar contra el ego y atenerse sólo al ahora.

No tienen en cuenta que los humanos, en estas sociedades tan desigualitaristas, viven en dos planos completamente distintos que imprimen sentidos diferentes a la vida. No es lo mismo el indepen­diente que vive de las rentas o disfruta de una pensión, que la vida del trabajo por cuenta ajena que es como vive la inmensa mayoría. La disyuntiva: o yo o el otro tiene mal arreglo. Si elegimos el yo y te­nemos una mínima sensibilidad no será difícil que nos asalte la sen­sación de haber abusado de él, y si pensamos en el otro más que en nosotros mismos terminaremos con la impresión de que so­mos ton­tos. Hay que vivir el ahora, que, por cierto, no existe propiamente como tal porque es a duras penas sólo una sucesión permanente del ins­tante. Pero que no me anulen el pasado, la nostalgia, la año­ranza, el ensueño de la vida hermosa que raro es el humano que no ha tenido alguna vez; que no me anulen tampoco el futuro, la esperanza, la ilu­sión por un mundo mejor y por un alma, la nuestra, en constante per­fec­ción. Que no me priven de mi imaginación. Que no me atosi­guen esos autores de autoayudas. Lo tengo claro: cualquier pasado fue mejor. Y cualquier futuro es esperanza. No estoy dispuesto a re­nun­ciar ni a la nostalgia unas veces, ni a la ilusión de un mundo nuevo. Ello, aunque sólo sea por confiar en un sueño profundo y re­para­dor. El ego sobredimensionado es enemigo de los otros y hace fácil­mente insoportable el presente. Pero nada se consigue anulando el ego. Sólo poner en bandeja a los demás nuestra miseria. Lo que hemos de hacer es justamente lo contrario: robustecerlo. Robuste­cerlo con medida, pero robustecerlo; no permitiendo que sean los de­más protagonistas de nuestra existencia. La conciencia del pre­sente, por otro lado, esa consciencia de los sesenta se­gundos de que se compone el minuto, es, aun dolorosa, vida. No lo niego. Pero para so­portar mejor el presente, nada como soñar unas veces con el pa­sado y otras con un futuro ilusionante aunque jamás llegue. Los libros de autoayuda, los consejos de moralis­tas religiosos y los eticistas capitalistas, sirven para impedir la Revolución que el mundo pide a gritos, sofocados por los poderes fácticos e institucio­nales, por los medios y por la publicidad. Fuente original: El ego y la debilidad del ahora

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3 respuestas a La sociedad capitalista como generadora de la fobia social

  1. g dijo:

    Interesante artículo

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  2. Sanador dijo:

    Encuentro algunas cosa interesantes…Solo me preguntaba si la AÑORANZA es un sentimiento que sirva para algo bueno.Sobre todo teniendo en cuenta que si las emociones no son dirigidas hacia algo positivo se vuelven siempre encontra,incluso cuando causan inacción.Puede la AÑORANZA originar conductas que nos ocasionen algo positivo?

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  3. pablo dijo:

    Quisiera contactar con el autor de este texto, creo que podemos tener alguna conversación de lo más interesante
    Un saludo

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