Grupos de Ayuda Mutua

ayuda

Los Grupos de Ayuda Mutua se definen como pequeños grupos de personas afectadas, cuyos miembros se reúnen de forma voluntaria y libre, movidos por la necesidad de dar respuesta o encontrar una solución a los problemas que comparten, de afrontar y superar situaciones conflictivas y de lograr cambios personales y/o sociales. En este tipo de grupos, no está presente ningún profesional (al menos que un grupo lo llame de forma puntual para pedirle algún tipo de orientación o información técnica). Sus componentes se ayudan los unos a los otros a través de las interacciones que, entre ellos y en el marco del grupo, se producen.

La recién creada Asociación Española de Ayuda Mutua contra Fobia Social y Trastornos de Ansiedad (AMTAES) está formada por afectados que se comprometen a prestarse apoyo, tanto de forma virtual (redes sociales), como a través de los encuentros presenciales de los GAM que se están formando en diferentes ciudades de España.

Si te interesa formar parte de esta Asociación infórmate entrando aquí:
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Etimología y concepto de Fobia

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En: “La Fobia Social” trabajo publicado por José Armando Castro Hernández (2014)

Etimología del vocablo fobia

La palabra fobia proviene de Fobos, hijo de Afrodita, diosa del amor y de Ares, dios de la guerra, mencionado por Hesíodo (siglo VIII a.C. ) en la Teogonía: ”con Ares, perforador de escudos, Afrodita concibió a los temibles  Miedo (Fobos) y Terror (Deimos) que ponen en confusión a las compactas falanges de varones en la guerra sangrienta, junto con Ares destructor de ciudades” (Hesíodo, 933-935).

El origen del término muestra que el afecto central de la fobia es el miedo distinguiéndose del terror que se vincula tanto al dios Deimos como al dios Pan de quien surge la palabra pánico. Graves (1985) afirma que Pan, hijo de Hermes y de Dríope, era tan feo al nacer que si madre huyó de él aterrorizada. Era pastor y se vengaba de quienes lo molestaban en su siesta con un grito repentino que provocaba un intenso temor.

Esta distinción entre el miedo asociado a la fobia y el terror vinculado al pánico, dará lugar en el campo del estudio de las perturbaciones psíquicas al establecimiento de diferencias en relación a los cuadros en los que estos afectos participan. Este acercamiento inicial al tema conduce a la descripción de las distintas formas bajo las cuales fue conceptualizada la fobia a lo largo de la historia de la psiquiatría.

El concepto de fobia en la historia de la psiquiatría

La preocupación humana por el miedo irracional que caracteriza a la fobia es muy antigua y, como señala Nemiah (1982), se la menciona en antiquísimos documentos médicos egipcios y en el Corpus Hippocraticum.

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Pero no es hasta mediados del siglo XIX que el fenómeno comienza a interesar a clínicos como Westphal y Legrand du Saulle, quienes publicaron estudios sobre la agorafobia abriendo el camino para que otros investigadores catalogaran largas listas de fobias, dándoles a cada una un nombre de origen griego o latino que designaba el objeto o la situación temidos.

Según Saurí (1984) fue Morel (1866) quien con el nombre de delirio emotivo describió por primera vez, de forma sistemática y ordenada, las neurosis fóbicas y obsesivas pero, en la medida en que se centró en el trastorno afectivo, ubicó en una misma categoría diferentes estructuras. La diferenciación la realizará Janet (1903) (en Saurí J. comp., 1984), quien muestra que ciertas fobias tienen características propias de las llamadas psicastenias, mientras que otras se emparentan con las obsesiones estableciendo, además, una distinción dentro de las neurosis entre la histeria, cuyo origen es una disociación de la conciencia y que se caracteriza por fenómenos sensoriomotores y la psicastenia, que incluye entre sus síntomas la fobia, la ansiedad y la depresión. Considera a las fobias como el resultado de un descenso constitucional de la energía nerviosa, descenso que sería el punto de partida que conduce a la neurosis.

Desde otro enfoque, dentro de la escuela alemana de psiquiatría, Kraepelin (1883), en las diferentes ediciones de su Compendio de Psiquiatría, incluye a las fobias en las obsesiones y en la neurastenia, estableciendo una estrecha relación entre aquellas y estos cuadros. Pero fue a fines del siglo XIX en Francia, en la Salpetrière donde, a partir del estudio de la histeria, Freud (1893) inicia las formulaciones teóricas psicodinámicas que no solo lo diferencian de sus contemporáneos, sino que también inauguran una nueva concepción nosológica de las alteraciones neuróticas y del funcionamiento del aparato psíquico. Sus investigaciones, siempre basadas en la clínica, lo llevarán a establecer una distinción entre la histeria de conversión y la histeria de angustia, siendo la fobia una manifestación de esta última. Su conceptualización de la fobia, la cual se halla en íntima relación al desarrollo que hará de la noción de angustia, sufrirá modificaciones a lo largo de su obra, siendo éste el tema que constituye el eje del capítulo siguiente del presente trabajo.

La insoslayable mención a la figura de Freud dentro del breve recorrido histórico de la noción de fobia, tiene como propósito indicar cómo a partir de su obra, se inician diversas corrientes de investigación que abordarán el problema, por un lado, dentro del marco teórico del psicoanálisis por él inaugurado y, por otro lado, fuera del psicoanálisis y siguiendo la vertiente clásica de la psiquiatría. Desde esta última posición se comienza a hablar de neurosis fóbica, término con el que se designa a la fobia en los actuales tratados psiquiátricos.

En esta última línea de investigación se encuentran las conceptualizaciones de Freedman, Kaplan y Sadock (1982)  que caracterizan a la neurosis fóbica de la siguiente forma:

1) En la neurosis fóbica, la ansiedad es el componente central, no se trata de una “ansiedad flotante”, como ocurre en la neurosis de ansiedad, sino que está  ligada a una idea, objeto o situación específica que no constituye un peligro real, 2) la ansiedad no esta justificada por el estímulo que la provoca, o por lo menos, es desproporcionada frente a la situación real y 3) la víctima es completamente consciente de la irracionalidad de su acción.(p.1377-1378).

Desde la psiquiatría actual se plantea, entonces, que la fobia se caracteriza por la aparición de miedo en relación a personas, objetos, situaciones o actos, miedo que no puede ser modificado ni por el razonamiento ni por la voluntad y que lleva a conductas de evitación y reaseguramiento. Como se señaló, el objeto fobígeno debe cumplir la condición de no constituir un peligro real, pero la cualidad amenazante con que lo reviste el sujeto provoca en el mismo un afecto de tal intensidad que lo lleva a perder el control de sí. Se entiende que la fobia es el síntoma central y diagnóstico de la neurosis fóbica pero, si bien se realiza una extensa descripción y clasificación de sus diferentes modalidades y se establece el diagnóstico diferencial con otros cuadros, no se especifica la etiología de la misma ni el origen de la ansiedad (angustia) asociada a ella.

Armas contra el lado oscuro del miedo

El estrés y la ansiedad se han convertido en el pan de cada día de este siglo XXI en pañales. La mayoría conocemos muchos casos de ansiedad por no encontrar trabajo, el miedo a perderlo o a lo que está por llegar, fobias a animales, a hablar en público… y una casi infinita lista de etcéteras. Aún así, el término clínico “fobia” es uno de los que peor se usan desde que se popularizó hace ya varias décadas. Hoy en día se han acuñado fobias para casi cualquier objeto o idea, llegando a veces a extremos esperpénticos. Es muy, pero que muy frecuente oír a alguien decir que tiene fobia a tal o cual cosa, como si de un miedo más o menos común se tratase, y sin embargo, una fobia es algo mucho más intenso.

Cuando alguien posee fobia a algo, digamos a las arañas (aracnofobia), el hecho de encontrarse una o sospechar de su presencia desencadena una respuesta simpática importante. El tronco encefálico (formado por una enorme cantidad de núcleos) y el sistema noradrenérgico decretan el estado de alarma: se empieza a sudar, el corazón se acelera, las pupilas se dilatan, náuseas, la boca se seca… Si este estado se prolonga, incluso puede llegarse a perder la consciencia o sufrir un verdadero ataque de pánico que conduzca a un fallo cardíaco.

Este sería un caso extremo, claro; ni las fobias suelen ir más allá de un miedo muy intenso que lleva a huir, ni las arañas van por ahí causando infartos en masa, por suerte para nuestro sistema sanitario. El miedo no es algo negativo, sino que puede salvarnos la vida, pero también puede amargárnosla durante muchos años. Entonces si la respuesta no es deshacernos del miedo ¿cuál es?

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Reconfigurar nuestros temores

Cuando un miedo intenso o una fobia dificultan nuestra vida diaria parece claro que hay que intentar superarlo, puede que incluso pidiendo ayuda profesional. Lamentablemente, los potenciales clientes que sepan algo de estos casos sabrán que para superar sus miedos sólo tienen un camino: enfrentarse a ellos.

Por ello, es enormemente importante que la primera sesión de un psicólogo se destine a informar al cliente de los beneficios para su vida diaria que conllevará liberarse de ese hándicap, y el bajo número de sesiones que se suelen necesitar. Aunque pueda parecer pecar de optimista para el que carga con un miedo intenso, eliminarlos o encauzarlos en límites normales suele llevar mucho menos tiempo que la gran mayoría de intervenciones psicológicas.

Lógicamente, esto varía mucho en función del tipo de terapia que sigamos, si se apoya o no en medicación (aunque eso es más controvertido) y sobre todo, del nivel de compromiso del paciente con el tratamiento que ha iniciado. En Psicología hay tantas formas de abordar un problema como perspectivas teóricas, pero por tradición y por sus buenos resultados la que lleva años en el trono del tratamiento de fobias y ansiedad es el Tratamiento Conductual.

Exposición

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Para los conductistas, y muchos otros especialistas, el factor que mantiene ese miedo, y al cual hay que atacar para dejarlo en el pasado, no es otro que la conducta de evitación.

Cuando una persona huye de su miedo no se libra de él, como intuitivamente puede parecerle, sino que lo cronifica. Así, este adulto que cada vez que ve una barba o animal blanco empieza a sentirse muy mal y se va de la habitación entiende que está haciendo lo correcto para huir de esa molesta sensación de peligro. Pero acaba consiguiendo lo contrario: no poder evitarlo, da igual cuánto se aleje. ¿Cómo se ataja esta aparente contradicción? Su terapeuta seguramente entonará el siguiente mantra: exposición, exposición y más exposición.

Entrenamiento en relajación

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Un entrenamiento en relajación puede ayudar a atajar los signos que indican al paciente que la situación puede irse de las manos y ofrecer mayores garantías al especialista, que debe estar atento a cualquier signo de pérdida de control de la sesión (una experiencia negativa hasta con el psicólogo presente puede limitar seriamente las posibilidades terapéuticas). Con el fin de consolidar cada logro, el profesional puede optar por exponer gradualmente a la persona a la situación ansiógena, consiguiendo incluso que sea el propio cliente quien lleve la iniciativa para afrontar su miedo y síntomas ansiosos.

La fobia social

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“Imagínatelos a todos desnudos”. A a la mayoría le sonará el (y casi freudiano) consejo para que las personas que se ponen nerviosas o ansiosas hablando en público consigan relajarse y desenvolverse con mayor tranquilidad. Por desgracia, en casos de mayor gravedad, la fobia social llega a resultar muy incapacitante, dejando de limitarse a las temidas (por casi todos) charlas y exposiciones ante multitudes y englobando también a relaciones más íntimas.

Este tipo de trastorno ansioso es muy frecuente en niños y adolescentes, por lo que el uso de un coterapeuta familiar (que se encargue de ayudarle a realizar sus tareas y favorecer su adherencia al tratamiento) puede resultar muy positivo. El alto índice de abandono por parte de los aquejados por fobia social parece apoyar la utilidad de incorporar esto último. Otras recomendaciones en estos casos serían las sesiones grupales y añadir un entrenamiento en habilidades sociales, mediante el cual el cliente no sólo pierda el miedo a estar en público, sino que cuente con herramientas para no frustrarse en su relación con los demás.

¿Y que hay de la medicación?

Aunque en muchas ocasiones los médicos y psiquiatras recomienden el uso de medicación para ayudar contra fobias específicas y social lo cierto es que, de realizarse correctamente los tratamientos conductuales, éstos tardan tan poco tiempo en hacer efecto que resulta un engorro introducir prescripciones, instaurar el hábito de tomar las pastillas y planear de qué forma y a qué ritmo dejarlas. Además, numerosos estudios han puesto en duda la utilidad de tratar químicamente las fobias y trastornos de ansiedad más “simples”, poniendo el foco clínico en el tratamiento psicológico.

Sin embargo, esto no quiere decir que en cuestiones más complejas como un Trastorno Obsesivo Compulsivo, un Trastorno de Estrés Postraumático o un Trastorno de Ansiedad Generalizada, por poner algunos ejemplos, no se requiera un apoyo farmacológico a la terapia tradicional. De hecho, en estos casos lo ideal es un enfoque clínico más multidisciplinar, en el que el protagonista deja de ser un tratamiento puramente conductual para convertirse en uno Cognitivo-Conductual, más complejo, extenso y apoyado por otros profesionales además del psicólogo.

Extracto de un artículo publicado en  Psico Memorias por: Alfonso Muñoz, Psicólogo formado en Italia en Psicología Clínica y Jurídica. Anteriormente estudiante interno de Evaluación Psicológica, participó en una tesina sobre psicopatología en militares y una investigación en el Laboratorio de Conducta Animal, Aprendizaje, Cognición y Neurociencia de la Universidad de Sevilla sobre métodos alternativos de aprendizaje animal y su aplicación clínica.

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