Educación emocional

Excelente artículo de Olga Sanmartín, redactora de la sección de Nacional de EL MUNDO desde 2002.

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Los alumnos de siete años del colegio público Tinguaro de Vecindario (Gran Canaria) llevan dos semanas aprendiendo sobre el miedo. Sentados en el suelo del aula formando un círculo, los 25 chicos y chicas de 2º B hablan de monstruos, de arañas y de otras cosas que les hacen temblar.

Los primeros días, Yeray confesaba un poco avergonzado que desde pequeño le daba pánico el tobogán del patio. Sus profesores le entregaron una cámara y le encomendaron la tarea de retratar las distintas emociones de sus compañeros. Él se fue directo a fotografiar el tobogán. Los niños pasaron las imágenes al ordenador y después las proyectaron en una pantalla. El miedo de Yeray desapareció.

La clase va precisamente de eso, de que los críos revelen, proyecten o reconozcan sus sentimientos, de que los observen y los modelen como si fueran plastilina, de que aprendan a ver dentro de sí mismos. La premisa de los profesores, Virginia Santana y David García, se basa en que es más fácil entender y manejar una emoción si ésta se visibiliza. En una de las clases, por ejemplo, utilizaron una pequeña calabaza de Halloween para que los críos se hicieran idea de las dimensiones que tienen, en realidad, las cosas que les asustan.

Se trata de la asignatura de Educación Emocional y para la Creatividad, una materia obligatoria y evaluable (la nota cuenta para la media) que este curso se da por primera vez en los colegios de Canarias. No hay ni ha habido nunca otra igual en España. Se imparte a los niños de 1º, 2º, 3º y 4º de Primaria, que tienen entre seis y nueve años de edad, y su objetivo es desarrollar la “capacidad de gestionar de manera eficiente los sentimientos utilizando la razón”, de “reconocer y expresar las emociones” y de “regularlas, controlarlas y utilizarlas de forma productiva”, según detalla el informe técnico que explica la razón de ser de la asignatura.

“La educación tradicionalmente ha centrado su atención en lo intelectual, ignorando completamente el plano emocional”, prosigue el informe. “La escuela no puede ignorar que las emociones forman parte del ser humano y deben estar presentes explícitamente en el currículo”. “Para poder gestionar adecuada y eficazmente esa esencia que somos, hay que aprenderlo. Las emociones son educables y se necesita de un espacio y un tiempo específico para que este aprendizaje se produzca”.

La asignatura no tiene nada que ver con la Educación para la Ciudadanía del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ni con la de Valores que, como alternativa a Religión, ofrece el Ejecutivo de Mariano Rajoy. En realidad, se sirve de conceptos de los que han hecho bandera tanto el PP -”el espíritu emprendedor”- como el PSOE-”aprender a aprender”- en un currículum en el que se mezclan la empatía con la frustración, la resiliencia con la impulsividad, la autorregulación con la superación de las dificultades…

Todo ello, en unas clases en las que el libro de texto y las fichas han sido desterrados. Hay dramatizaciones, juegos, cuentos y, sobre todo, críos que hablan todo el rato de lo que les pasa. ¿Y qué les pasa? ¿Tienen los niños de hoy en día un problema con el control de sus emociones que justifique la creación de esta materia?

“Vivimos en una sociedad globalizada por la tecnología en la que se tiende al aislamiento. Los periódicos de hoy en día no estarían tan llenos de noticias originadas en conflictos interpersonales no resueltos si tuviésemos la capacidad de gestionar los inconvenientes que nos vamos encontrando en nuestra vida. Tenemos que conocernos mejor a nosotros mismos”, responde Montserrat Gálvez, responsable delServicio de Ordenación Educativa de la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias y coordinadora del equipo que ha elaborado el currículum de esta asignatura.

Esta profesora explica que el origen de Emociones y Creatividad (a veces se llama así, para abreviar) hay que buscarlo en un programa del Gobierno canario que introducía en Primaria “parejas pedagógicas” -dos profesores por clase- “para facilitar la transición” de los niños que acababan de dejar Infantil. “Estaba enfocado a desarrollar la creatividad de los alumnos y a fomentar el aprendizaje natural mediante el juego”, recuerda. El invento tuvo éxito y la idea de las parejas pedagógicas se trasladó a una nueva asignatura que, según detalla el currículum, tiene tres partes.

La primera se refiere a la “alfabetización emocional” y pretende que los alumnos conozcan lo que sienten al tiempo que atienden las emociones de sus compañeros.

La segunda es la llamada “regulación emocional”, que les enseña a relacionarse y a resolver conflictos.

La tercera es la creatividad propiamente dicha.

Los niños tienen clase de Emociones y Creatividad dos veces a la semana, en sesiones de 45 minutos. La asignatura de Lengua ha perdido dos sesiones a lo largo de la etapa respecto al currículo de 2007, mientras que Matemáticas tiene una sesión menos en toda la etapa.

Montserrat Gálvez defiende que todo se recupera en la nueva asignatura, en la que se trabajan al mismo tiempo la competencia lingüística y la competencia de resolución de problemas, pero “desde un punto de vista creativo”. También se fomenta el espíritu emprendedor y la competencia digital. Victoria Soto, profesora de Emociones y Creatividad del colegio público San Andrés de Santa Cruz de Tenerife, cuenta que, en su clase, a los niños de 3º de Primaria (ocho años) les enseña a ser autónomos, a dar las gracias, a mirar siempre a los ojos del interlocutor y a poner palabras a lo que van sintiendo.

¿Y todo esto qué provoca en los críos? “Estos alumnos van a saber reconocer sus propias emociones y van a poder controlarlas, que no es reprimirlas, sino ser conscientes de ellas. A mí los niños me dicen: ‘Profe, me gusta cómo me siento en esta clase’”. Algo parecido apunta el currículum: “El alumnado que es más feliz, confiado, asertivo, resiliente, original, innovador, audaz, equilibrado… tiene más éxito en la escuela y en la vida”.

Fuente original: El Mundo

El inicio del trastorno de ansiedad social

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La Fobia social se define como el temor a relacionarse con los demás, incluyendo el miedo a ser evaluado por los otros, en cualquier situación social. Las hipótesis actuales apuntan a un mayor riesgo en los niños pequeños con conductas inhibitorias y a su desarrollo durante los años de la adolescencia, en los que las relaciones sociales cobran especial importancia.

Los criterios o síntomas que establece para su diagnóstico el manual de referencia de los trastornos psiquiátricos (DSM-V) son el temor a la interaccion social, sufrir ansiedad grave, evitar las situaciones sociales, sufrir deterioro en algún área importante o varias de la vida y que estos temores no se atribuyan a otro trastorno o enfermedad médica.

Según explica Vicente Caballo, investigador y Catedrático de Psicología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada, los datos apuntan que el trastorno podría estar presente en hasta un 6% o 7% de la población. El diagnóstico de los casos es más reducido ya que, entre otros aspectos, estas personas temen el hecho mismo de acudir a consulta con un médico o psicólogo desconocido.

“Muchos de ellos acuden a consulta tras muchos años, incluso tras 12 o 14 años sufriendo el problema, cuando toda su vida está organizada alrededor de la fobia. Acuden entonces forzados por algún familiar o cuando ya no aguantan más”, señala Caballo que hace especial énfasis en que el tratamiento de la patología es más fácil y eficaz de lo que en principio pudieran creer quienes la padecen.

Se considera que en la estructura básica de la fobia social existen cinco dimensiones en las que la persona sufre miedo y desarrolla ansiedad: ante los desconocidos, frente al sexo opuesto, a hablar en público, a expresar el malestar (falta de asertividad) y a hacer el ridículo o a quedar en evidencia.

Los investigadores del equipo de Caballo llevan más de 10 años estudiando la fobia social junto a colegas de Portugal y de 18 países latinoamericanos a través de más de 150 equipos de investigación que han estudiado a más de 50.000 personas de la población general y a 700 pacientes diagnosticados de fobia social.

En cuanto a aquellas personas bajo un mayor riesgo, los estudios señalan que el trastorno puede comenzar en los primeros años de vida en aquellos niños con un temperamento de inhibición conductual que muestran comportamientos como asustarse con facilidad ante situaciones nuevas o incluso juguetes, los que lloran en mayor medida sin justificación aparente o que presentan más miedo ante los extraños

“Son niños más propensos a sufrir fobia social en la adolescencia y vida adulta y si, además, en estos primeros años de vida sus padres les sobreprotegen esto les dificulta superar estos miedos”, señala Caballo.

Si a esto se une que estos niños más vulnerables puedan pasar por algún tipo de trauma social como burlas de los compañeros de clase o incluso acoso escolar, las posibilidades de tener fobia social en la vida adulta aumentan.

La adolescencia es la época de la vida más importante para el establecimiento de las relaciones sociales ya que la esfera social toma más importancia, comienzan las relaciones con el sexo opuesto y los amigos, el grupo, toma más fuerza.

El 30% de los menores comienza con la fobia antes de los 10 años y el resto en la adolescencia. “Es muy raro que sin antecedentes un adulto desarrolle fobia social a no ser que haya pasado por algún trauma social muy grave”, aclara Caballo.

El tratamiento puede venir de la mano de los ansiolíticos recetados desde la psiquiatría o bien el uso de la terapia psicológica cognitivo-conductual que es la que está dando mejores resultados.

“Ambos métodos tienen ventajas, ya que los fármacos suponen una opción fácil y rápida aunque ligada a posibles efectos secundarios y a su uso crónico. La terapia cognitivo conductual supone un trabajo que hay que seguir en casa después de trabajar en la consulta aunque tiene resultados duraderos y supone no depender de los fármacos”, señala Caballo.

En las sesiones de terapia cognitivo-conductual se trabaja la relajación para controlar la ansiedad, se realiza un entrenamiento en habilidades sociales para dotar de herramientas a la persona a la hora de relacionarse con los otros y se ensayan situaciones difíciles de interacción social en un ambiente seguro para el paciente que luego tendrá que poner en práctica en su día a día.

Según explica Caballo, la terapia se muestra eficaz, el pronóstico es muy favorable y en varios meses se consiguen buenos resultados y tras varias sesiones los jóvenes suelen engancharse al encontrarse mejor. Lo mismo sucede con los adultos, “lo importante es pedir ayuda e intentarlo”, apunta el investigador.

Fuente original: Valenciaplaza.com

 

La terapia cognitiva

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La psicología científica se basa en la evidencia, en los hechos o pruebas que se obtienen de los estudios y de las investigaciones científicas realizadas. Esto le permite al psicólogo clínico saber cómo abordar las diferentes problemáticas por las cuales consultan los pacientes de manera eficaz, utilizando técnicas o instrumentos que tienen un aval científico, ya que su eficacia y efectividad ha sido probada y demostrada en el abordaje de un determinando trastorno o perturbación.

Hoy no genera ningún beneficio -menos para los pacientes- la confrontación entre los terapeutas defendiendo con pasión el enfoque teórico que sustentan; la eterna lucha si es mejor el Psicoanálisis o la Terapia Conductual, porque forma parte de una discusión ingenua, sin sentido, que pertenece al pasado. Esto se debe a que en la actualidad, NO son las Teorías en sí mismas lo determinante, sino la efectividad probada de las técnicas terapéuticas para el tratamiento de las diferentes patologías, sin importar si dicho instrumento pertenece al Psicoanálisis; Sistémica; Psicodrama o Análisis Transaccional.

La Terapia Cognitiva pertenece a la psicología científica o basada en la evidencia, ya que justifica sus resultados mediante la investigación científica, produciendo técnicas de comprobada eficacia, como así también incorpora recursos terapéuticos de otras teorías que han demostrado un alto grado de efectividad en el abordaje de las distintas problemáticas.

En la actualidad, ningún terapeuta informado puede desconocer la eficacia de la Terapia Cognitiva en el tratamiento de las crisis de pánico; fobias; trastornos del ánimo; adicciones y disfunciones sexuales, entre otras patologías.

Hoy, nuestros pacientes no solo buscan saber la causa de la problemática que padecen, sino que también necesitan recursos o herramientas terapéuticas para poder modificar aquellas conductas que tanto lo hacen sufrir, por otras que le permitan poder mejorar su calidad de vida. Es por esto que las teorías que pertenecen a la psicología basada en la evidencia, van creciendo cada vez más en diferentes partes del mundo, debido al alto grado de efectividad y eficacia que muestran sus resultados a lo largo del tiempo.

Fuente: Psicólogo Santiago Gómez. Director de Decidir Vivir Mejor y del Centro de Psicología Cognitiva  http://www.decidirvivirmejor.com.ar

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