Introversión

Del libro «Tipos Psicológicos Jungianos» de Daryl Sharp (autor de Querida Gladys, Lexicon Jungiano y Quien Soy Yo Realmente) 136 pág. 1ª edición en español julio 2002.

Introducción a la Tipología Jungiana

La experiencia de que no todo el mundo funciona de la misma manera ha sido la base de numerosos sistemas de tipología. Para explicar las diferencias entre las personas, desde los tiempos más remotos se han intentado categorizar las actitudes individuales y los patrones de conducta.

El sistema más antiguo de tipología que conocemos es el ideado por los astrólogos orientales. Ellos clasificaron el carácter en términos de cuatro trígonos, correspondientes a los cuatro elementos agua, aire, tierra y fuego. En el horóscopo, por ejemplo, el trígono del aire consiste en los tres signos de aire del zodíaco Acuario, Géminis y Libra; el trígono del fuego está compuesto por Aries, Leo y Sagitario. Según esta antiquísima visión, quien nace bajo estos signos comparte su naturaleza aérea o fogosa y tiene un temperamento y destino acorde a ella; igual cosa sucede con los signos de agua y tierra. Este sistema sobrevive en forma modificada hasta la astrología actual.

Estrechamente conectada con este antiguo esquema cosmológico está la tipología fisiológica de la medicina griega, según la cual los individuos se clasificaban en flemáticos, sanguíneos, coléricos o melancólicos, basándose en los nombres de las secreciones del cuerpo (flema, sangre, bilis amarilla y bilis negra). Estas descripciones aún forman parte del lenguaje corriente, aunque médicamente hace mucho tiempo que quedaron invalidadas.

El propio modelo tipológico de Jung nació de una extensa revisión histórica del tema de los tipos en la literatura, la mitología, la estética, la filosofía y la psicopatología. En el prefacio de Tipos Psicológicos, que contiene su investigación académica y un detallado resumen de sus conclusiones, él escribe:

«Este libro es fruto de casi veinte años de trabajo en el área de la psicología práctica. Se desarrolló poco a poco en mi mente, tomando forma a partir de las innumerables impresiones y experiencias de un psiquiatra en el tratamiento de enfermedades nerviosas; del intercambio con hombres y mujeres de todos los niveles sociales; de mi relación personal con amigos y enemigos por igual; y, finalmente, de una crítica de mis propias peculiaridades psicológicas».

El modelo básico

Mientras las primeras clasificaciones se basaban en observaciones de patrones de conducta temperamentales o emocionales, el modelo de Jung se relaciona con el movimiento de la energía psíquica y la forma en que uno, habitual o preferentemente, se orienta en el mundo.

Desde este punto de vista, Jung distingue ocho grupos tipológicos dos actitudes de personalidad -introversión y extraversión- y cuatro funciones o modos de orientación -pensamiento, sensación, intuición y sentimiento-, cada uno de los cuales puede operar en forma introvertida o extravertida.

Aunque introversión y extraversión se han convertido en palabras de uso diario, su significado es frecuentemente mal comprendido; las cuatro funciones no son tan ampliamente conocidas y menos aún entendidas.

Introversión y extraversión son modos psicológicos de adaptación. En el primero, el movimiento de energía es hacia el mundo interior. En el segundo, el interés está dirigido hacia el mundo exterior. En un caso, el sujeto (realidad interior) y en el otro, el objeto (cosas y otras personas, realidad exterior) es lo que tiene más importancia.

La introversión, escribe Jung, «se caracteriza normalmente por una naturaleza vacilante, reflexiva y retraída que se encierra en sí misma, rehuye de los objetos y siempre está ligeramente a la defensiva».

Por el contrario, la extraversión «se caracteriza normalmente por una naturaleza expansiva, abierta y complaciente que se adapta con facilidad a una situación dada, crea vínculos rápidamente y, dejando de lado cualquier posible recelo, se suele aventurar confiadamente en situaciones desconocidas».

En la actitud extravertida, los factores externos son la fuerza motivadora predominante para los juicios, percepciones, sentimientos, afectos y acciones. Esto contrasta fuertemente con la naturaleza psicológica de la introversión, donde los factores internos o subjetivos constituyen la principal motivación.

A los extravertidos les gusta viajar, conocer nuevas personas y lugares. Son los típicos aventureros, el alma de la fiesta, abiertos y amistosos. El introvertido es esencialmente conservador, prefiere los entornos familiares del hogar, las pequeñas reuniones con unos pocos amigos íntimos. Para el extravertido, el introvertido es anticuado, un aguafiestas aburrido y predecible. A su vez, el introvertido, quien tiende a ser más autosuficiente que el extravertido, podría describir a este último como frívolo, un superficial trotacalles.

En la práctica, es imposible demostrar las actitudes introvertidas y extravertidas per se, es decir, en forma aislada. El hecho de que una persona sea de una u otra manera sólo se evidencia en asociación con una de las cuatro funciones, cada una de las cuales tiene su área especial de destreza.

La función de pensamiento se refiere al proceso de pensamiento cognitivo; la sensación es la percepción mediante los órganos físicos de los sentidos; el sentimiento es la función de evaluación o juicio subjetivo; y la intuición se refiere a la percepción por medio del inconsciente (por ejemplo, receptividad a contenidos inconscientes).

En pocas palabras, la función de sensación establece que algo existe, el pensamiento nos dice qué es, el sentimiento nos indica su valor, y a través de la intuición tenemos un sentido de qué puede hacerse con ello (las posibilidades). Ninguna de las funciones por sí misma basta para ordenar nuestra experiencia de nosotros mismos o del mundo que nos rodea; las cuatro, escribe Jung, son necesarias para una comprensión global. Para una orientación completa, las cuatro funciones deben contribuir por igual: el pensamiento debe facilitar el conocimiento y el juicio; el sentimiento debe decirnos cómo y hasta qué punto una cosa es o no importante para nosotros; la sensación debe transmitirnos la realidad concreta a través de la vista, el oído, el gusto, etc.; y la intuición debe permitirnos adivinar las posibilidades ocultas en el trasfondo, ya que éstas también corresponden al panorama completo de una situación dada.

El ideal, por supuesto, es tener acceso consciente a la función o funciones necesarias o apropiadas para determinadas circunstancias, pero en la práctica las cuatro funciones no están igualmente a nuestra disposición consciente; es decir, no están uniformemente desarrolladas o diferenciadas en ningún individuo. Invariablemente, una u otra está más desarrollada, llamada entonces función primaria o superior, en tanto que el resto permanece en un plano inferior, relativamente indiferenciado.

En este contexto, los términos «superior» e «inferior» no implican juicios de valor. Ninguna función es mejor que las otras. La función superior es, simplemente, la que una persona tiende a usar más; asimismo, inferior no significa patológica, sino meramente no utilizada (o al menos no tan usada en comparación con la función preferida).

¿Qué ocurre con las funciones que no se usan conscientemente en la vida diaria y que por lo tanto no están desarrolladas?

Permanecen en un estado más o menos primitivo e infantil, a menudo sólo medianamente conscientes o incluso del todo inconscientes. Las funciones relativamente no desarrolladas constituyen una inferioridad específica que es característica de cada tipo y es parte integral de su carácter total. El énfasis unilateral en el pensamiento va siempre acompañado de una inferioridad del sentimiento, y la sensación diferenciada es perjudicial para la intuición y viceversa.

Tipológicamente, muchas personas son como un plato de sopa. Funcionan en forma introvertida o extravertida dependiendo de su estado de ánimo, del clima o de su estado mental; piensan, sienten, perciben e intuyen más o menos al azar, sin ser mejores o peores en una función que en otra, y sin tener la menor idea de las consecuencias. A primera vista, tales personas pueden parecer bien equilibradas. Sin embargo, las características anteriores son típicas de la inconsciencia, pues la conciencia implica cierta diferenciación en la forma en que uno funciona. «El estado uniformemente consciente o inconsciente de las funciones», señala Jung, «es la marca de una mentalidad primitiva»…

Fuente: Facultad de Medicina. Universidad Autónoma de Madrid

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Huir

Traigo aquí recortes de un relato que he encontrado en El Blog de Juan Cosaco

que lleva pot título «El hombre que quiso huir de su sombra»

Hace tiempo vivió alguien, a quien algunos llamaron hombre, cuya vida se convirtió de repente en una pesadilla de la que quiso despertar…

…Soñaba con cambiar el mundo, con cambiarse a sí mismo, con cambiar a los demás y, aunque de esto no era consciente, con que realmente apareciera algo o alguien que le hiciera cambiar y dejar de querer cambiarlo todo…

…Soñaba con mundos justos, con amores eternos, con amistades verdaderas, con viajes exóticos, con días soleados y vientos en calma, con tormentas que limpiaban atmósferas contaminadas y con cualquier cosa que un auténtico soñador pudiera imaginar…

…Llevaba mucho tiempo de su vida soñando, el suficiente como para no distinguir con claridad la frontera entre la realidad y su fantasía.

…Pero no todo era bello y claro en su mundo; también había pesadillas, temores que amenazaban las ganas de seguir soñando, de seguir viviendo, de nuestro protagonista.

…El caso es que poco a poco fue siendo consciente de que casi todos sus miedos, casi todos sus temores, pesadillas y angustias se concentraban en él mismo, no en cosas externas. Sus temores iban con él, le acompañaban y le impedían dejarse llevar y disfrutar de cualquier momento. Siempre había un pero, siempre un porqué y un hasta cuándo. Dudas, preguntas que evitaban que fuera feliz…

…Una noche, al volver a casa paseando, tuvo la extraña sensación de que era observado. Sintió que algo oscuro se cernía sobre él, como si fuera a estrangular la pequeña felicidad que atesoraba su corazón en aquel instante. Entonces la vio. Era su sombra…

…quiso echar a correr, a volar incluso para avanzar más rápido que esa sombra, para escapar de su influjo y conseguir ser feliz; y lo que más quería, transmitir esa felicidad a los que eran importantes para él. Y corrió, y corrió más aún. Y al principio no pudo despegarse de ella. Parecía imposible esquivar la atracción de su sombra, como si en el fondo, fuera una parte más de su cuerpo, de su vida y no pudiera separarse jamás…

…Un día, se dio cuenta de que ya no tenía sombra, de que la había dejado atrás. Consiguió tal velocidad que superó ese límite que ata a los humanos a su lado oscuro. Entonces dejó de hacerse preguntas, dejó de diseccionar sentimientos y personas, se dejó llevar por sus apetencias y gustos. Olvidó el pasado y el futuro, la velocidad le hizo capaz de realizar muchas actividades, de compaginar tareas, de llegar a lugares que parecían demasiado lejanos. Pensó que era feliz…

…El problema que empezó a notar, fue que había tomado tal velocidad, que parecía que incluso su alma caminaba unos metros por detrás de él. Se había alejado también de sus sentimientos, de su corazón: intentó sentir y no pudo. Dios! Debía pararse un poco para dar tiempo a que el alma volviera a entrar en su cuerpo. Lo hizo, pero entonces, inexpugnable, incansable, viniendo desde el horizonte lejano, la sombra se acercó de nuevo…

…Entendió que debía elegir entre el sentimiento pleno y esa felicidad; comprendió que si quería volver a tener alma, tenía que parar, darse la vuelta, levantar los puños y esperar a que su sombra apareciera…

…Bajó la cabeza, miró al suelo, se giró y alzó de nuevo la vista, con miedo, con terror, pero convencido de que tendría que volver a luchar con su sombra, consigo mismo, para poder recuperar y defender lo que nunca debió dejar atrás, su alma.

 

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Mis felicitaciones

AL TEMINAR ESTE AÑO DESEO MUCHA FELICIDAD A TODOS LOS LECTORES DE ESTE BLOG

con esta genial interpretación de Bebo Valdés y El Cigala de un tema «inolvidable».

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La voluntad de poder

Fuente: Historia de la Filosofía

Nietzsche intentó compensar su débil salud con una voluntad férrea por vivir e imponerse a su naturaleza enfermiza. Por boca de Zaratustra Nietzsche afirma que se ve impulsado a superarse constantemente a sí mismo. Un pasaje del Zaratustra, titulado De la superación de sí mismo, expresa bien lo que Nietzsche entiende por «voluntad de poder»:

[…] En todos los lugares donde encontré seres vivos, encontré voluntad de poder, e incluso en la voluntad del que sirve encontré voluntad de ser señor.
[…] Y este misterio me ha confiado la vida misma. Mira, dijo,
yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo. En verdad, yo os digo: ¡Un bien y un mal que fuesen imperecederos no existen! Por sí mismo deben una y otra vez superarse a sí mismos.
[…] Y quien tiene que ser un creador en el bien y en el mal: en verdad ése tiene que ser antes un aniquilador y quebrantar valores. Por eso el mal sumo forma parte de la bondad suma: mas ésta es la bondad creadora.

[…] ¡Hay muchas cosas que construir todavía!

Así habló Zaratustra.

Esta voluntad alcanza una dimensión cósmica en uno de sus textos:

¿Queréis saber qué es para mí «el mundo»?
[…] Es un monstruo de fuerza, sin principio ni fin, una magnitud férrea y fija de fuerzas que ni crece ni disminuye, y que únicamente se transforma,
[…] un juego de fuerzas y ondas de fuerza
[…] un mar de fuerzas tempestuosas que se agitan y transforman desde toda la eternidad y vuelven eternamente sobre sí mismas en un enorme retorno de los años
[…] Éste es mi mundo dionisíaco, que se crea eternamente a sí mismo y que se destruye eternamente a sí mismo, este mundo-enigmático de la doble voluptuosidad, ni «más allá del bien y del mal», sin meta, a no ser que exista una meta en la felicidad del círculo, sin voluntad; a menos que un anillo tenga buena voluntad respecto a sí mismo. ¿Queréis un nombre para este mundo? ¿Y una solución para todos sus enigmas? ¿Queréis una solución para todos vosotros, los desconocidos, los fuertes, los impávidos, los hombres de medianoche? ?
Este mundo es la voluntad de poder, y nada más que eso.

¡Sed vosotros también esa voluntad de poder, y nada más que eso!

La voluntad de poder, aforismo 1067, ed. de Schlechta, II).

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Miedo al encuentro personal

Del artículo Historia de la redescripción de la angustia clínica publicado en la Revista Chilena de Neuropsiquiatría (nº 41: 95-102), extraigo el siguiente texto relativo al miedo ante el encuentro personal:

Esta forma de miedo, representada clínicamente por las fobias sociales, surge desde el interior mismo del proyecto personal. Y esto no es mera retórica. Cuando decimos «desde el interior del proyecto personal», estamos afirmando algo esencial.

El sentido que preside el desarrollo de la vida del hombre contempla, desde la partida, la presencia de otras personas con las que, de diverso modo, se establecen vinculaciones familiares, sociales y laborales. A diferencia de la humanidad abstracta, estos vínculos fácticos son los que dan a cada uno su «sitio», su espacio de pertenencia e identidad y dónde ser la persona que soy adquiere, no sólo su fisonomía, sino también sus derechos y obligaciones intransferibles.

El respetar, amar y valorar a «ciertos» otros, y el ser respetado, amado y valorado por ellos no es, pues, algo prescindible o adjetivo; a la inversa, es esencial para el desarrollo de las posibilidades de cada cual. El otro nos falta, en algún sentido, siempre, de allí que nuestra necesidad de él sea perpetua. Por eso hablamos: para abrir y abrirnos a un otro que ineluctablemente se nos cierra.

Sin embargo, esta necesidad del otro, como cualquier carencia, no sólo es camino de satisfacción, sino también de fracaso: el otro nos falta, pero su presencia también nos amenaza. El fracaso frente a los otros que nos importan y definen, no se relaciona ya con la naturaleza que nos posibilita y limita al mismo tiempo, con esa dimensión que nos hace nacer pero también morir, sino con un ingrediente necesario al sentido de la vida humana, siempre ya «con otros». ¿En qué contexto si no, pueden entenderse experiencias como la vergüenza, la culpa, la envidia y la humillación? La vergüenza sólo es posible por la mirada del otro, por su ser testigo.

Entre los actos diarios de cualquier persona hay muchos que realizados en soledad son, por así decirlo, neutros, pero que por la simple mirada del otro, y sin que éste haga algo distinto que estar ahí, se transforman en vergonzosos. De allí que el componente decisivo en este caso no sea el acto en sí, sino el acto frente a la mirada de los otros. La culpa, por ejemplo, es un adeudar a estos mismos otros, un no haber estado a la altura que ellos merecen y que también en muchos aspectos define mi propia altura. La envidia y la humillación, respectivamente pasiva y activa, dan al otro un lugar de superioridad. Envidio lo que me falta, aquello de lo que carezco y que creo que el otro tiene y que lo dignifica. Y es también el otro el que activamente me rebaja en mi condición humana al humillarme.

Todos estos sentimientos son complejos, pero al hacer este boceto, lo que quiero es resaltar que en todos ellos el otro es definitorio. Sin embargo, sin el otro cercano, amado o valorado, y precisamente sin él, se dan las experiencias de las crisis de pánico y de agorafobia. La presencia del otro con quien se posee vínculos, aminora o incluso colapsa dicho tipo de miedo.

Pero, he aquí que ese mismo otro «significativo» –y no cualquier otro–, ese que nos alivia de ese miedo, es ahora él mismo fuente del miedo. En las Fobias Sociales el miedo aparece frente a una persona o a un grupo de ellas, con los que se posee una vinculación significativa, y donde se espera del sujeto una conducta personal e intransferible, es decir, donde quedo especificado y no puedo ser anónimo. ¿Quién si no yo debe firmar mi libreta de cheques? ¿Quién si no yo es el que está haciendo esta conferencia? ¿Quién si no yo es amigo de esa persona que camina en la acera de enfrente, o quién habla con su boca en la cena de fin de año? Pues bien, si los otros en muchos sentidos me definen y me importan, ese quien, que digo al decir yo, frente a ellos, debe hacerse cargo: cargo de sí mismo.

Y el camino del hacerme cargo, es angustia, puesto que me hace explícita la máscara tenue y frágil de todas las consideraciones acerca de mí mismo, me pone en contacto con la «insignificancia». Por ello, me tiembla la mano al firmar, olvido lo que estoy diciendo, no sé qué decir en ese encuentro casual con un amigo en la calle, enrojezco al darme cuenta que la atención de los comensales se ha detenido en mí. De allí en adelante, el mecanismo fóbico parasita la estructura, la fija y se encarga de darle repetición a lo dicho.

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Trucos para superar la timidez

Estos son los trucos que según la Psicóloga Clínica Vicenta Sanz Herrero pueden ayudar a enfrentarse a la timidez y vencerla.

1. Reconoce tu miedo y acéptalo como algo propio y personal. No intentes sacarlo de ti. No lo conseguirás. Lo mejor es asimilar que te ocurre.
2. Habla sobre tu miedo y compártelo con los demás, es la forma de habituarte a que es una característica tuya y a tratarla con normalidad.
3. Descodifícalo y defínelo: ¿de qué sentimientos se compone ese miedo? Angustia, pena, decepción, culpa, indefensión. Identifica cada uno de los sentimientos y llega al fondo de la cuestión, tal vez descubras que el miedo es una coraza que oculta algo más profundo y a lo que tienes que dedicarle tiempo.
4. Busca toda la información que puedas necesitar. Si tienes miedo a la comunicación con las personas, es absurdo que intentes no saber nada de ello, cada vez estarás peor debido a la falta de información, y tendrás más oportunidades de pensar en lo peor e inventártelo o distorsionarlo. Si estás bien informado esto no te pasará.
5. Reafírmate y céntrate en tus éxitos. Enumera tus cualidades, quiérete. Habla sobre ti mismo con respeto y cariño. Evita las recriminaciones y los insultos.
6. Pídele a alguien que te ayude y te dé apoyo, que funcione como observador, más tarde podrá decirte si lo hiciste bien o no.
7. Concédete un espacio de tiempo para anticipar en positivo, busca opciones distintas y haz un listado de cosas positivas que pueden ocurrir, intenta visualizarte realizándolas con éxito, mira como te desenvuelves de manera adecuada y como consigues tu objetivo.”estoy hablando con gente y estoy tranquilo”, “se ríen de un chiste mío”, “me escuchan cuando hablo”, “doy mi opinión y es valorada”, etc.
8. Actúa conservando la conciencia de este ideal, de esta anticipación positiva y del apoyo de la persona que te está ayudando.
9. Una vez que hayas superado el miedo y hayas salido con éxito recuerda a la persona que eras antes dominada por el terror y comparte con ella el orgullo del éxito conseguido. Haz una comparación positiva entre lo que eres hoy y lo que eras ayer, será la forma de conseguir tener cada vez menos miedo y adquirir confianza. Si sólo recuerdas la forma positiva de actuar y el trabajo que te costó actuar bien podrás superarlo, ya que te aferras sólo a aspectos positivos de la situación.
10. Intenta expresar las emociones que te provoca el miedo en voz alta y a otras personas. Al hablarlo, se separa de ti y podrás ser más objetivo a la hora de analizarlo. Pide a los demás que te ayuden a vivir con intensidad el miedo, no necesitas soluciones ni alivio, sólo que te escuchen, tú mismo encontrarás la solución cuando te distancies de la emoción en bruto y busques soluciones a los hechos concretos.
11. Intenta hacer una descripción del futuro tal y como a ti te gustaría, viéndote bien y con el problema resuelto. Identifica las sensaciones que te produce y retenlas en tu mente para generar mayor positividad.

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