La timidez y su relación con la fobia social

Texto extraído de un trabajo realizado en la Univeridad Complutense de Madrid por Cano Vindel, A., Pellejero, M., Ferrer, M.A., Iruarrizaga, I. y Zuazo, A., titulado «Aspectos cognitivos, emocionales, genéticos y diferenciales de la timidez» y que se encuentra publicado en la Revista Electrónica de Motivación y Emoción, volumen 4, número 4.

Cuando un niño de apenas dos años está jugando tranquilamente en su casa y llega una visita, una persona desconocida para el niño, éste puede reaccionar con una respuesta de inhibición comportamental, escondiéndose tras su madre, dejando de jugar, de hablar, escondiendo su cara,… Cuando este niño, ya adolescente, se encuentra en otra situación novedosa, como es estar con una chica que le gusta, puede reaccionar de una manera similar: con rubor, inseguridad, temor, falta de confianza en sí mismo, con dificultad para entablar una conversación,… En ambos casos, este tipo de comportamientos pueden ser calificados en el lenguaje coloquial de timidez. ¿Pero, qué es la timidez?. ¿Cómo podemos entender todos estos aspectos de la timidez?.

A nivel coloquial el término «timidez» es ampliamente utilizado para hacer referencia al malestar experimentado en presencia de personas desconocidas. Desde un punto de vista etimológico, el término timidez procede del latín timidus, que significa temeroso. La Real Academia Española, define el término tímido haciendo referencia a un individuo «temeroso, medroso, encogido y corto de ánimo» (R.A.E., 1992).

Sin embargo, a pesar de ser un concepto aparentemente bien definido y establecido popularmente, en el ámbito científico constituye un concepto ambiguo y poco diferenciado de otros tales como introversión, inhibición comportamental o ansiedad social. Además, nos encontramos con que la timidez constituye una realidad que engloba diferentes dimensiones, tales como el miedo o temor, la inseguridad, la baja autoestima, la dificultad para relacionarse con los demás, el retraimiento, suspicacia, cautela, tensión, activación, etc. ¿Es un rasgo de personalidad, o sinónimo de introversión?, ¿se trata de una reacción o estado emocional?, ¿es un sinónimo de ansiedad social?.

Definición y tipos

Dentro del ámbito de la psicología, los diferentes autores han definido la timidez como «la tendencia a evitar interacciones sociales y a fracasar a la hora de participar apropiadamente en situaciones sociales» (Pilkonis, 1977a, p. 585); ansiedad y disconfor con situaciones sociales, particularmente en aquéllas que implican evaluación por parte de la autoridad, «auto-observación de sí mismo, infelicidad, inhibición, preocupación sobre sí mismo…» (Crozier, 1979, p. 121); reacción de tensión, preocupación, sentimientos de incomodidad y disconfor e inhibición del comportamiento social normalmente esperado (Buss, 1980); disconfor, inhibición, y respuestas de ansiedad, auto-observación de sí mismo, y reticencia en presencia de los otros (Jones, Briggs y Smith, 1985).

Algunos autores señalan la existencia de diferentes tipos o dimensiones de timidez. Uno de los primeros en establecer una clasificación de los sujetos tímidos fue Zimbardo (1977), quien distinguió tres grupos: el primero incluye a aquellos individuos que no temen la interacción social, simplemente prefieren estar solos, sintiéndose más cómodos con sus ideas y sus objetos inanimados que con la gente; el segundo grupo hace referencia a aquellos sujetos con baja confianza en sí mismos, pobres habilidades sociales y sentimientos de vergüenza que hacen que eviten el contacto con los demás; y el tercero integra a aquellos individuos que se sienten atemorizados ante la posible no consecución de sus expectativas sociales y culturales. Por otro lado, Zimbardo y Radl (1985) se refieren a la timidez como un mecanismo de defensa que permite a la persona evaluar situaciones novedosas a través de una actitud de cautela con el fin de responder de forma adecuada a las demandas de la situación.

Así mismo, Buss (1986) distingue entre la timidez ligada al miedo a los demás (fearful shyness) y la relacionada con la auto-observación (self-conscious shyness). La timidez ligada al miedo a los demás surge durante el primer año de vida del niño, se manifiesta a través de la ansiedad provocada por la inseguridad ante la presencia de extraños, normalmente adultos, y se caracteriza por una marcada inhibición comportamental y preocupaciones excesivas por el miedo a ser evaluados negativamente por otros. La timidez relacionada con la auto-observación surge a partir de los 4-5 años cuando el niño toma conciencia de sí mismo como un ente social expuesto a la evaluación crítica de los demás, y se caracteriza por una preponderancia de cogniciones centradas en la evaluación negativa, así como cierta inhibición comportamental, aunque menos que la que se manifiesta en el primer grupo.

Timidez y fobia social

La fobia social, se define como un trastorno caracterizado por «un temor acusado y persistente a una o más situaciones sociales o de actuación en público en las que la persona se ve expuesta a gente desconocida o al posible escrutinio por parte de los demás» (APA, 1994). A partir de los datos del National Comorbidity Survey (realizado entre 1990 y 1992), Magee, Eaton, Wittchen, McGonagle y Kessler (1996) señalan que la fobia social afecta a un 13.3% de la población general, representando el tercer trastorno de mayor frecuencia en los Estados Unidos.

Las consecuencias del trastorno se extienden a todos los ámbitos de la vida del individuo, tales como el social, el académico o el laboral.Ahora bien, aun siendo uno de los trastornos más frecuentes y pese a lo incapacitante que resulta para el individuo que lo padece, es un trastorno que recibe escasa atención en la práctica clínica. Según Hirshfeld (1995), la confusión entre fobia social y timidez extrema ha llevado consigo la infravaloración del trastorno y la consecuente menor demanda de tratamiento especializado. En esta línea, síntomas de un trastorno de fobia social pueden ser interpretados por las personas que lo padecen como manifestaciones de una timidez extrema, no acudiendo por ello a tratamiento (Cervera, Roca, Bobes, 1998). El conocimiento de los límites entre fobia social y timidez puede influir, por tanto, en que una persona reciba tratamiento o no, aunque es obvio que también va a influir de manera importante la propia naturaleza del trastorno de ansiedad social, que dificulta a quien lo padece la exposición ante una situación social, y más aún para hablar de sus problemas frente a un especialista.

Debido a la confusión existente entre ambos conceptos, autores como Kastschning (1996) destacan la necesidad de separar la fobia social de la ansiedad social normal o timidez, tal y como él la denomina, con el fin de poder llegar a aplicar a cada problemática el tratamiento más adecuado. Por ello, hemos considerado oportuno llevar a cabo una revisión de los estudios realizados en este ámbito de cara a obtener una mejor delimitación de las semejanzas y diferencias entre ambos conceptos.

En un interesante trabajo, Turner, Beidel y Townsley (1990) estudiaron la relación entre fobia social y timidez, comparándolas en función de seis dimensiones: respuestas fisiológicas, cognitivas y comportamentales, funcionamiento diario, curso clínico y características de inicio, concluyendo que fobia social y timidez poseen en común una serie de características fisiológicas y cognitivas. Por un lado, los individuos fóbicos sociales experimentan intensos síntomas de ansiedad somática tales como rubor, tensión muscular, palpitaciones, temblores y sudoración en situaciones sociales. Tales síntomas también aparecen en la timidez, aunque en menor grado. Por otro, el miedo a la evaluación negativa por parte de los otros constituye el principal componente cognitivo tanto para los individuos fóbicos sociales como para los únicamente tímidos.

Resultados similares habían sido ya señalados en otros estudios previos (Hauk, 1967; Pilkonis, 1977b; Crozier, 1979 y Jones et al., 1985) y han sido confirmados en estudios posteriores. Por ejemplo, Bech y Angst (1996) señalan que la calidad de vida del sujeto, medida en términos de bienestar subjetivo o satisfacción, se encuentra disminuida tanto en la fobia social como en la timidez, y Cervera et al. (1998) establecen que la fobia social y la timidez comparten la misma base, a saber, un temor a las relaciones sociales y un miedo exagerado a las críticas.

Así mismo, diferentes autores señalan que la timidez constituye un factor de vulnerabilidad en el desarrollo del trastorno de fobia social. Marks y Gelder (1966) encontraron que más del 50% de los sujetos fóbicos sociales de su estudio informaban de conductas de timidez durante su infancia. Turner et al. (1990), destacan que, aun estableciendo síntomas comunes entre la fobia social y la timidez, la timidez constituye más bien un factor precursor de la fobia social que una versión moderada de la misma, entre otras cosas porque el inicio de la timidez es más temprano y en muchos casos transitorio. Por otro lado, en un estudio reciente llevado a cabo por Cooper y Eke (1999) los autores sugieren la existencia de una asociación entre timidez infantil y fobia social dado que un alto porcentaje de las madres de los niños tímidos informaron sufrir o haber sufrido fobia social.

Yendo más allá, Salaberría y Echeburúa (1998) plantean que la timidez constituye un factor biológico de vulnerabilidad a la fobia social, así como un factor de vulnerabilidad psicológica si nos encontramos ante formas extremas de timidez.Ahora bien, la relación entre el padecimiento de la timidez y el desarrollo de una posterior fobia social requiere ser matizada. De acuerdo a los resultados de los estudios realizados por Townsley, Turner, Beidel y Calhoun, (1995), existe una relación entre timidez y fobia social generalizada (incluyéndose también como variable determinante la introversión), pero no entre timidez y fobia social específica o discreta, debido a que para el desarrollo de una fobia social específica se consideran como factores determinantes las experiencias traumáticas (Ost y Hugdahl, 1981; Ost, 1987; Townsley et al., 1995; Turner et al., 1996).

Ahora bien, a pesar de las dificultades existentes a la hora de realizar un diagnóstico diferencial entre fobia social y timidez, existen también toda una serie de características y criterios que los diferencian. En esta línea, una de las primeras diferencias establecidas entre fobia social y timidez es la de su prevalencia entre la población general y, en este sentido, la tasa de prevalencia de la timidez es considerablemente más alta que la de la fobia social (Zimbardo, 1977). Así mismo, Turner et al. (1990), López-Ibor y Gutiérrez (1997) y Cervera et al. (1998) establecen las diferencias entre la fobia social y la timidez en torno al grado de interferencia en el acontecer diario (alto para el fóbico social y bajo para el tímido), la edad de inicio (mitad de la adolescencia para la fobia social y 21 meses para la timidez), el curso (crónico, estable e incesante para la fobia social y transitorio para la timidez), y las conductas de evitación (más frecuentes y de mayor gravedad en la fobia social).

Según el diagnóstico diferencial que establece el D.S.M-IV (APA, 1994), la timidez surgida en reuniones sociales con personas que no pertenecen al ámbito familiar no puede ser considerada como fobia social, a no ser que determine el deterioro de las actividades de la persona o un malestar clínicamente significativo. Así mismo, es muy frecuente que aparezca ansiedad ante acontecimientos sociales, especialmente cuando se encuentran en ambientes fuera del marco familiar. Ahora bien, para establecer el diagnóstico de fobia social (o ansiedad social patológica) es preciso determinar si estas conductas se dan también con niños de su misma edad y durante más de seis meses. Las diferencias y semejanzas entre la timidez y la fobia social dependen por lo tanto de toda una serie de variables que se resumen en las tablas 1 y 2.

 

TABLA 1

Diferencias entre fobia social y timidez

VARIABLES

FOBIA SOCIAL

TIMIDEZ

AUTORES

Epidemiología Menor Mayor Zimbardo, 1977
Inicio Adolescencia 1-2 años Turner et al., 1990
Curso Crónico Transitorio Zimbardo et al., 1975
Amies et al., 1983
Brunch et al., 1986
Tuner y Beidel, 1989
Turner et al., 1990
Nivel de incapacidad Alto Moderado Turner et al., 1990
Cervera et al., 1998
Interferencia actividades diarias Alto Bajo López-Ibor y Gutiérrez, 1997
Situaciones temidas Limitadas y no limitadas No limitadas D.S.M..- IV, 1994
Conductas de evitación Frecuentes y graves Poco frecuentes Turner et al., 1990
Grado de heredabilidad No Plomin y Daniels, 1986

 

TABLA 2

Semejanzas entre fobia social y timidez

VARIABLES

AUTORES

Baja calidad de vida

Bech y Angst, 1996

Síntomas de ansiedad somática: rubor, tensión muscular, palpitaciones, temblores y sudoración

Turner et al, 1990
Bech y Angst, 1996

Síntomas de ansiedad cognitiva: miedo a la evaluación negativa y temor a las relaciones sociales

Turner et al., 1990

El texto íntegro

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Soluciones a los problemas de la preocupacón patológica

Dr. José Antonio García Higuera. Centro de Psicología Clínica,Madrid (España)

Solucionar los problemas causados por la preocupación patológica se tiene que hacer saliendo del marco de procesamiento de la información en el que se está, pasando al nivel metacognitivo, en el que se tiene control de la preocupación. Si no se hiciese así, se trataría de solucionar el problema comenzando por preocuparse por él, elaborando planes que ayuden a eliminar la preocupación, por lo que se entra en un camino que no lleva más que a empeorar la situación. Para conseguir este distanciamiento Wells propone la regulación de la atención (Wells y Mathews, 1994) por medio de la cual los sujetos se fijan en sonidos externos en presencia de los estímulos que llevan a la preocupación y cuando se distraen vuelven a ellos.

Wells (2002) plantea que el elemento fundamental en la preocupación patológica es que el procesamiento de los pensamientos no se hace en un nivel metacognitivo, en el que hay control de los pensamientos. Así, quien se preocupa patológicamente ve los pensamientos como sucesos reales en lugar de considerarlos como sucesos internos que no tienen necesariamente que reflejar una realidad objetiva. De esta forma, una amenaza pensada se convierte en real en lugar de ser solamente un pensamiento, y en consecuencia se establece el objetivo de eliminarla, evaluándola e intentando establecer estrategias y conductas para reducirla, acabar con ella o vigilarla, como si fuera totalmente real. Se ha dejado a un lado el funcionamiento metacognitivo que permite que se vean a los pensamientos como procesos que se tienen que evaluar y contrastar.

Funcionar en modo metacognitivo supone que la persona toma una cierta distancia de sus pensamientos y creencias, que no se consideran obligatoriamente como una representación verdadera de la realidad. Con este modelo Wells propone demostrar que la preocupación es controlable, el objetivo para solucionar el problema sería potenciar el modo metacognitivo de pensar de forma que se pudieran evaluar los pensamientos, contrastar su realidad, suspender la preocupación o redirigir la atención a sucesos más probables. Funcionando en un nivel metacognitivo se conseguiría tener un conocimiento más estructurado y desarrollar planes nuevos y efectivos y sería menos probable caer en una preocupación patológica.

Wells (2004) propone que se vaya comprobando que la preocupación es controlable, por ejemplo, sugiere que se intente aplazar indicando al paciente que solamente se preocupe durante un periodo corto y determinado al día. Se le enseña al paciente a estar aquí y ahora para poder ocupar su mente en las cosas que son importantes y que son a los que le conviene dedicarse en ese momento. La experiencia clínica nos dice que cuando la ansiedad es muy alta, lograr dejar la lucha contra lo que tememos es muy difícil, por eso la exposición a sus miedos le ayudará a rebajar la ansiedad y a poder estar en el presente.

Una vez que el paciente ha debilitado sus creencias negativas sobre la preocupación (incontrolabilidad, dañina para la salud, etc.) se atacan sus creencias positivas por las que piensa que la preocupación es una buena estrategia para controlar los resultados. En este paso, es un buen tratamiento la exposición a la imposibilidad o la falta de habilidad para predecir o controlar algunos resultados, lo que implica la aceptación del problema (Dugas et al., 1998). Lo que además ayuda a debilitar la creencia en la propia incapacidad de resolver problemas; ya que la salida del círculo vicioso en el que se ha entrado rompe la creencia en la propia incompetencia y es la forma de aumentar la creencia en la autoeficacia.

Tratamiento

Se han señalado una serie de complicaciones que hacen que la preocupación se convierta en patológica y se han apuntado soluciones que residen fundamentalmente en aceptar la incertidumbre (Dugas y otros, 1998), en controlar los pensamientos empleando un método de entrenamiento en atención que nos ayude a tomar distancia de ellos (Wells, 1990), desarrollar una conciencia plena para no rumiar (Segal y otros, 2002), incrementar la conciencia plena para aumentar la creatividad (Langer, 2000), no evitar experiencialmente para lo que Roemer y Orsill (2002) proponen la meditación para conseguir la conciencia plena.

En todas estas soluciones juega un papel fundamental la conciencia plena (mindfulness) (Borkovec, 2002, Roemer y Orsillo, 2002). La conciencia plena no es sencilla de conseguir, por eso desde la antigüedad se han desarrollado técnicas dirigidas a tal fin, tales como la meditación Zen y otras prácticas similares. En la actualidad se han adaptado esas técnicas a nuestra mentalidad occidental, despojándolas del contexto religioso en la que se crearon (Kabat-Zinn, 1990) con resultados muy prometedores (Baer, 2003). La profundización en el desarme del pensamiento ha encontrado una sintonía muy importante con estas técnicas, lo que ha planteado su incorporación a la terapia de aceptación y compromiso, dado el pragmatismo técnico que constituye una de las bases filosóficas de esta terapia (Hayes et al,, 1999). Es plenamente factible utilizar estas técnicas en la terapia, de forma totalmente compatible con la teoría básica (García Higuera, 2004). Es muy evidente que se pueden emplear para potenciar la aceptación de nuestras experiencias internas, ya que con ellas se pretende un distanciamiento de los pensamientos, sensaciones, sentimientos y emociones aprendiendo a observarlos sin actuar obligatoria o automáticamente, lo que coincide plenamente con los que se plantea la terapia de aceptación y compromiso.

García Higuera (2004) plantea una serie de técnicas para alcanzar la conciencia plena entre las que juega un papel preponderante la aceptación de las sensaciones propias. Cuando se utiliza la preocupación para reducir alguna de ellas que es desagradable, en concreto las respuestas vagales, se está entrando en la preocupación patológica. Si se utilizan las sensaciones como elementos de evaluación de los resultados futuros, que se van a obtener con las acciones planeadas, se corre el peligro de potenciar la preocupación patológica. Si se consideran como evaluaciones de los resultados reales de las acciones, se puede caer en un proceso obsesivo. Si se intenta explicar el por qué se sienten y extrapolar las consecuencias de sentirlas, se entra en un proceso de rumiación que predispone a la recaída en la depresión. Las sensaciones corporales son un elemento importante de nuestra experiencia y juegan un papel fundamental en la evitación experiencial. En consecuencia, la aceptación de las sensaciones en el camino a la conciencia plena, es un camino adecuado para conseguir resolver todos estos problemas. Se pueden ver más detalles de estas técnicas en Psicoterapeutas

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Acerca de la preocupación

La preocupación es un sentimiento natural que quizás nos acompaña desde que nacemos. Pero cuando es excesiva se convienrte en causa de ansiedad. Del interesante portal Inteligencia Emocional, extraigo estos comentarios sobre investigaciones acerca de la preocupación:

Lizabeth Roemer y Thomas Borkovec, psicólogos de la Universidad Estatal de Pensilvania, hicieron una investigación sobre la preocupación -el núcleo de toda ansiedad- planteando el tema desde el arte a la ciencia de la neurosis. Por supuesto, cuando la preocupación trabaja, no existe ningún obstáculo; rumiando una y otra vez un problema -es decir, empleando una reflexión constructiva que puede parecerse a la preocupación- puede surgir una solución.

En efecto, la reacción que se encuentra por debajo de la preocupación es la vigilancia con respecto a un peligro potencial que, sin duda alguna, ha sido esencial para la supervivencia en el curso de la evolución. Cuando el temor pone en marcha el cerebro emocional, parte de la ansiedad resultante fija la atención en la amenaza que está a mano, forzando a la mente a obsesionarse acerca de la forma de enfrentarla, y pasar por alto cualquier otra cosa, de momento. En cierto sentido, la preocupación es un ensayo de lo que podría salir mal y cómo enfrentarse a ello; la tarea de la preocupación es alcanzar soluciones positivas con respecto a los peligros de la vida anticipándose a los riesgos antes de que éstos surjan.

La dificultad surge con las preocupaciones crónicas y repetitivas, el tipo de preocupaciones que vuelve a surgir una y otra vez y nunca lleva a una solución positiva. Un análisis detallado de la preocupación crónica sugiere que tiene todos los atributos de un asalto emocional de tono menor: las preocupaciones parecen surgir de la nada, son incontrolables, generan un murmullo de ansiedad, son impermeables a la razón y bloquean a la persona en un único e inflexible punto de vista acerca del tema que le preocupa. Cuando este mismo ciclo de preocupación se intensifica y persiste, se hace más confusa la línea que lo separa de los auténticos asaltos nerviosos, los trastornos de la ansiedad:fobias, obsesiones y compulsiones, ataques de pánico.

En cada uno de estos trastornos la preocupación se fija de una forma definida; en el caso de la fobia, las ansiedades se fijan en la situación temida; en el caso de la obsesión se fijan en evitar alguna calamidad temida; y en los ataques de pánico, la preocupación se concentra en un temor a la muerte o en la posibilidad de tener el ataque mismo.

En todos estos estados, el común denominador es la preocupación que causa estragos. Por ejemplo, una mujer tratada por un trastorno obsesivo-compulsivo tenía una serie de rituales que le llevaban la mayor parte del tiempo que pasaba despierta: duchas de cuarenta y cinco minutos varias veces al día, lavado de las manos durante cinco minutos veinte veces al día o más. Nunca se sentaba a menos que antes hubiera limpiado el asiento, fregándolo con alcohol para esterilizarlo. Tampoco tocaba a los niños ni a ningún animal, ya que ambos eran ‘demasiado sucios’. Todas estas compulsiones eran provocadas por su malsano y subyacente temor a los gérmenes; se preocupaba constantemente por el hecho de que si ella no lavaba y esterilizaba lo que tocaba, se contagiaría alguna enfermedad y moriría (Temor a los gérmenes: David Riggs y Edna Foa, Obsessive-Compulsive Disorder en David Barlow, CLINICAL HANDBOOK OF PSYCHOLOGICAL DISORDERS, Guilford Press, 1993).

Las preocupaciones se expresan casi siempre en el oído de la mente, no en su ojo -es decir en palabras, no en imágenes-, hecho que tiene importancia para el control de la preocupación. Borkovec y sus colegas comenzaron a estudiar la preocupación en sí misma mientras trataban de encontrar un tratamiento para el insomnio. La ansiedad, según han señalado otros investigadores, se presenta en dos formas: COGNITIVA o pensamientos preocupados, y SOMÁTICA, los síntomas fisiológicos de la ansiedad, como sudoración, aceleración del ritmo cardíaco o tensión muscular. El principal problema con los insomnes, descubrió Borkovec, no era la excitación somática. Lo que los mantenía despiertos eran los pensamientos impertinentes. Eran personas que se preocupaban de una manera crónica y no podían dejar de preocuparse, al margen del sueño que sintieran. Lo único que servía para ayudarlos a conciliar el sueño era apartar las preocupaciones de su mente, concentrándola en las sensaciones producidas por un método de relajación. En síntesis, las preocupaciones podían cesar distrayendo su atención.

Sin embargo, la mayor parte de las personas que se preocupan constantemente pueden no dar la impresión de que lo hacen. En opinión de Borkovec, el motivo tiene que ver con una compensación parcial de la preocupación que refuerza en gran medida el hábito. Al parecer, existe algo positivo en las preocupaciones: estas son formas de enfrentarse a las posibles amenazas y a los peligros que pueden interponerse en el camino de cada uno.

La tarea de preocuparse -cuando tiene éxito- es ensayar cuáles son esos peligros, y reflexionar en las formas de enfrentarse a ellos. Pero la preocupación no funciona así de bien. Las soluciones nuevas y las formas renovadas de considerar un problema, no surgen típicamente de la preocupación, menos aún de la preocupación crónica. En lugar de encontrar soluciones a estos problemas potenciales, las personas que se preocupan en exceso simplemente reflexionan sobre el peligro mismo, sumergiéndose de una forma discreta en el temor asociado con éste, mientras permanecen en la misma rutina de pensamiento.

Las personas que se preocupan en exceso y de una manera crónica lo hacen con respecto a una amplia gama de asuntos, la mayoría de los cuales casi no tienen posibilidades de ocurrir; estas personas ven en la vida peligros que otros jamás perciben. Sin embargo, las personas que se preocupan de una manera crónica le dicen a Borkovec que la preocupación los ayuda, y que sus preocupaciones se autoperpetúan y son una curva interminable de pensamiento dominado por la angustia.

Por extraño que parezca, como lo señala Borkovec, el hábito de la preocupación proporciona un refuerzo en el mismo sentido en que lo hacen las supersticiones. Dado que la gente se preocupa por muchas cosas que tienen muy pocas probabilidades de ocurrir en la vida real -que un ser querido muera en un accidente de aviación, que vaya a la bancarrota, y cosas por el estilo- existe, al menos para el primitivo cerebro límbico, algo mágico con respecto a eso. Como un amuleto que nos protege anticipadamente de algún mal, la preocupación tiene fama de evitar psicológicamente el peligro por el cual se obsesiona.

(‘Worry: Unwanted Cognitive Activity That Controls Unwanted Somatic Experience’, en Wegner y Pennebaker, HANDBOOK OF MENTAL CONTROL).

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Dolencias per capita

Leo y transcribo un breve artículo de Gonzalo Casino publicado en el Portal DOYMA del grupo editorial Elsevier Doyma, líder mundial en edición biomédica y el mayor y más importante proveedor de información científico-médica en lengua castellana:

Si alguien se toma la molestia de recapitular las cifras de afectados por las mil y una dolencias reales o imaginarias que afectan a la población, según proclaman los expertos y recogen los medios de comunicación, el empeño resulta enormemente revelador de cómo las cifras se pueden inflar y maquillar para mostrar el impacto social de todo tipo de enfermedades y condiciones.

Basta hacer una suma de urgencia de los afectados por los trastornos más mediáticos, esto es, los que saltan con mayor asiduidad y persistencia a los titulares de los medios de comunicación y las revistas profesionales, para constatar que el número empieza a resultar excesivo. Por centrarnos sólo en el caso español y utilizando datos publicados en JANO, al ir sumando los 3 millones de españoles con osteoporosis, los 3,6 millones de personas que padecen EPOC, los 4 millones que tienen varices, los 8 millones de pacientes con dermatitis atópica, los 2 millones de deprimidos, los 1.200.000 afectados de fibromialgia, los 7 que tienen estreñimiento, el medio millón de anoréxicos y bulímicos, los 800.000 con psoriasis, los 1.200.000 que tienen fobia social, los 6 millones de pacientes neurológicos, los 9 millones de reumáticos, los 6 millones que padecen eso que se ha dado en llamar colon irritable, los 10 millones con trastornos mentales, el millón y medio de personas con hipercolesterolemia familiar, el millón de pacientes con glaucoma, los 12 millones de insomnes, los 400.000 epilépticos, y cerrar la cuenta con unos 15 millones de alérgicos (en el año 2015 habrá 20 millones, nos dicen), pues resulta que tenemos ya, sólo con este puñado de dolencias mediáticas, más de 80 millones de enfermos en una población de 40 millones de habitantes. Sin contar los bebedores excesivos y los impotentes, los enfermos cardiovasculares, los de cáncer y tantos otros, resulta que con esta suma apresurada tocamos a dos enfermos o enfermedades per capita. Algunos cálculos más finos y detenidos han computado hasta 20 dolencias per capita en un país como el Reino Unido, cuyas condiciones de vida no son tan diferentes a las de España. Así las cosas, tampoco sería de extrañar que con las estadísticas de mortalidad que saltan a los medios de comunicación ocurriera algo parecido. Pero vamos a dejar en paz a los muertos.

Bien mirado, quizá no sea descabellado considerar el número de enfermedades per capita como un indicador del desarrollo sociosanitario de un país. Está claro que la fobia social o la impotencia sólo empiezan a considerarse trastornos de salud a partir de cierto nivel de desarrollo. Como demostraba con datos Amartya Sen, premio Nóbel de Economía en 1998, cuanto más gasta una sociedad en cuidados de salud, más proclives son sus ciudadanos a considerarse enfermos. Y por si alguien se considera todavía sano, que repare en esta última dolencia, el “síndrome de desinformación médica”, pues tal y como están las cosas igual afecta al 100% de la población. O incluso más.

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No sabemos lo que nos hace felices

Programa Redes de TVE del 2 de Febrero de 2005. El cerebro tiene un cierto sistema inmunológico-psicológico (término metafórico) para auto engañarnos y hacernos cambiar fácilmente la forma de ver las cosas, con el objetivo de superar las decepciones y seguir adelante. Al cerebro no le interesa la verdad sino sobrevivir.

VIDEO 1

VIDEO 2

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El psicólogo de la Universidad de Harvard, Daniel Gilbert, es entrevistado por Eduard Punset:

Eduard Punset:
Una de las cosas en la que más insistes, y eres famoso en todo el mundo por ello –y por otras cosas–, es lo que denominas el “impact byas”, es decir, el hecho de que cuando las personas intentan anticipar el afecto, el amor o la felicidad que sentirán, siempre se equivocan, siempre se hace una predicción por exceso. ¿Por qué sucede esto, o cómo?

Daniel Gilbert:
Es un aspecto interesante y sorprendente del ser humano: a menudo se comete el mismo error dos, tres y a veces hasta cuatro veces. Pero evitar este error no es tan simple como tu sugieres. Para evitar un error hay que ser consciente de que se ha cometido. Y uno de los resultados que hemos obtenido de nuestra investigación es que las personas se equivocan con lo felices que serán y también recuerdan mal lo felices que fueron. La prospección – mirar hacia delante – y la retrospección – mirar al pasado – de la gente a menudo se corresponde bastante bien, pero lo que sucede es que ninguna de las dos se corresponde con la experiencia que tuvieron. Un ejemplo es que si un mes antes de unas elecciones se pregunta a las personas cómo se sentirán si pierde su candidato después de las elecciones, la respuesta es que será terrible. Un mes después de las elecciones se les pregunta cómo se sienten en realidad y la respuesta es: bien.

Eduard Punset:
¿Es cierto que el cerebro, de alguna manera, nos vuelve a colocar en el punto de partida, para que no estemos sobreexcitados o excesivamente deprimidos? ¿Es así como funciona?

Daniel Gilbert:
Las emociones son una especie de brújula que orienta en una cierta dirección, pero una brújula que siempre marca el norte no sirve para nada. Si las emociones siempre están en “felicidad”, dejan de ser una guía útil para reaccionar ante los cambios o nuevas situaciones que nos encontremos. Por eso no se puede estar siempre en un único estado emocional, porque las emociones están hechas para fluctuar como la aguja de una brújula.

Eduard Punset:
O sea que lo están oyendo … y como todas las emociones, es transitoria, no existe la felicidad eterna. Esto es lo que dices ¿no?

Daniel Gilbert:
Pero tampoco existe la infelicidad eterna. Esto es lo importante.

Eduard Punset:
Hay otra invención vuestra: tuya y de tus colegas, que habéis puesto sobre la mesa, y es “el vacío de empatía” (empathy gap). Que pone el acento en el carácter transitorio de nuestras emociones y las diferentes formas de reaccionar. ¿A qué os referís exactamente con la noción de “vacío de empatía” (empathy gap)?.

Daniel Gilbert:
El “vacío de empatía” es la incapacidad del “yo” actual para empatizar con el “yo” futuro, de ser realmente capaces de ponernos en el lugar de la persona que vamos a ser. Todos hemos tenido esta experiencia, hacemos una gran comida familiar en vacaciones y comemos y comemos y comemos, y al final de la comida decimos: nunca más voy a comer. Y si alguien pregunta: ¿qué te gustaría desayunar mañana? Dices: mañana no tendré hambre. Tu “yo” actual ha comido tanto que no puede concebir la idea de un “yo futuro” con hambre. Tenemos datos muy fiables que demuestran que cuando las personas no tienen hambre y van a comprar al supermercado no compran lo suficiente para toda la semana, porque no pueden imaginar que después, a lo largo de la semana, volverán a tener apetito. Cuando nos encontramos en cualquier clase de estado emocional: hambre, excitación sexual, miedo, alegría, nos resulta muy difícil imaginar que nuestros “yos” futuros no se encontrarán exactamente en el mismo estado. ¿Cuántas personas conoces que apagan el cigarrillo y dicen: no fumare más, voy a ser otra persona? Esto es algo muy fácil de decir cuando el nivel de nicotina que tienes en la sangre es muy alto, porque ahora mismo es verdad que no quieres otro cigarrillo, y es muy difícil imaginar que mañana te estarás subiendo por las paredes y rebuscando en los cajones de los demás para encontrar un cigarrillo.

Eduard Punset:
Creo que has sugerido, en esto de la predicción excesiva, equivocada, es que hay una especie de sistema psicológico inmunológico– ya sé que es una metáfora – que te prepara para lo mejor y lo peor. ¿Es cierto esto? ¿Has identificado este sistema inmunológico?

Daniel Gilbert:
Sí, todo el mundo que ha tratado el tema de la felicidad desde Aristóteles ha subrayado el hecho de que los seres humanos quieren ser felices y lo intentan, pero cuando no lo consiguen encuentran una manera alternativa de crear la felicidad. Esta observación sobre los humanos no es nada nuevo, somos increíblemente capaces de cambiar nuestro punto de vista sobre el mundo para que nos haga sentir mejor respecto al mundo en el que nos encontramos. Hay pocas personas que sean conscientes de hacerlo, muy pocos se dan cuenta de cuándo están modificando los hechos, alterando la realidad, para sentirse mejor; es como si tuviéramos un talento invisible, un escudo invisible, un sistema inmunológico psicológico que nos protege de “los golpes y dardos de la malévola fortuna”, como decía Shakespeare, pero los psicólogos sí somos conscientes de que existe y que éste es en parte uno de los motivos por los que cometemos errores al predecir nuestras propias reacciones emocionales. Creemos que nos enfrentamos al futuro sin contar con un aliado, y sin embargo todos tenemos en nuestro cerebro a un aliado, un amigo, un ayudante, que en caso de que algo negativo nos suceda en el futuro nos ayudará a sobrellevarlo.

Eduard Punset:
Parece ser, que si te afecta un desastre, o algo serio como romperte la pierna, los mecanismos de recuperación de la felicidad se activan, pero no se activan cuando esta frustración proviene de cosas triviales, como dejarse los platos sucios en la mesa.

Daniel Gilbert:
Cuando experimentamos traumas verdaderos, que en realidad nos afectan, nos hieren, afectan nuestra autoestima o ponen en peligro la felicidad, es cuando se activa el sistema inmunológico psicológico; por ejemplo un divorcio, la muerte de los padres, la pérdida del trabajo… estos son sucesos muy importantes en la vida, y en cuanto suceden el sistema inmunológico psicológico se activa y ayuda a la persona a encontrar de nuevo la felicidad. Los traumas pequeños, lo que podemos denominar “contrariedades”, no tienen suficiente poder para activar el sistema inmunológico psicológico, o sea que aunque nos hacen sentirnos un poco mal, seguimos sintiéndonos un poco mal. Quizá una forma mejor de explicar esto es que la gente no racionaliza los traumas muy pequeños, pero si me abandona mi mujer yo diré: “nunca fue la mujer para mi y soy más feliz sin ella…”

Eduard Punset:
El mecanismo comienza a funcionar…

Daniel Gilbert:
Uno mismo fabrica nuevas historias que hacen que cambie la forma en que percibimos el mundo y la forma de sentirse. Cuando se rompe un cordón del zapato no se dice “estoy mejor sin el cordón”, lo que se dice es “caramba, necesito cordones nuevos porque llevo todo el día perdiendo el zapato”. Hemos demostrado que estas pequeñas contrariedades pueden causar más preocupación a largo plazo que los problemas importantes. Una buena analogía es una enfermedad física: si te rompes una pierna haces algo para que se arregle, este es un problema mayor: se va al hospital, donde la enyesan, y después de 6 meses la pierna vuelve a estar bien. Pero si tenemos un problema de rodilla, porque nos hacemos mayores, éste no es suficientemente importante como para ir al médico. No duele mucho pero dolerá para siempre porque no se hace nada para resolverlo. Ésta es exactamente la misma lógica que la metáfora del sistema inmunológico psicológico: si el trauma no es suficientemente importante el sistema inmunológico psicológico no se activa y no hace nada por curar el trauma.

Eduard Punset:
Ahora una pregunta básica, que seguro que la audiencia está esperando: es sobre la riqueza. La búsqueda de la riqueza, el dinero, para asegurar la felicidad.

Daniel Gilbert:
Hay dos respuestas muy populares muy extendidas a la pregunta de si con el dinero se puede comprar la felicidad. Las respuestas son: sí y no. Los líderes espirituales dicen que no, y la gente que crea productos y los anuncia por la televisión dice que sí. Y resulta que las dos están equivocadas porque son muy simples. El dinero sí compra la felicidad: cuando te permite pasar de la pobreza a un estatus de clase media. El dinero no compra la felicidad: cuando te permite pasar de la clase media a la clase media alta. Un vaso de vino te hace sentir muy bien, dos te hace sentir maravilloso, pero 100 vasos de vino no te hacen sentir 100 veces mejor, te hacen sentir peor. Es decir que una de las maldiciones de la riqueza es que decepciona, ya que no proporciona lo que se esperaba. Las relaciones sociales en todo el mundo son uno de los mejores índices de predicción de la felicidad humana…

Eduard Punset:
¿Mejor que la riqueza?

Daniel Gilbert:
Mucho mejor, hay una correlación muy clara y fuerte. Una actitud inteligente sería intentar maximizar la felicidad utilizando la riqueza que se tiene para aumentar el tiempo disponible para las relaciones sociales. Hay pocas personas, en mi país al menos, que se paren en los $50.000 y digan: voy a trabajar media jornada y el resto del día lo pasaré con mi familia.

Eduard Punset:
Probablemente, si tenemos en cuenta tus investigaciones sobre la relación del dinero con la felicidad, lo que intentamos asimilar como política de la izquierda — aumentar los niveles de ingresos de los más pobres — es una política mejor que las de centro o derecha, que intentan aumentar los ingresos de todos. ¿Explica esto por qué es una menos popular que la otra?

Daniel Gilbert:
Gracias a Dios no soy un científico político, porque son todavía menos felices que los parasitólogos… pero el caso es que si una persona tuviera el control de la distribución de la riqueza de toda una población, y el único objetivo fuera maximizar la felicidad en esa población, se debería frenar a la gente cuando ha ganado el máximo necesario para ser feliz . Si hay $100.000 en el mundo y hay dos personas, se creará más felicidad si a cada uno se le da 50.000 que si se le da 90.000 a uno y 10.000 al otro.

Eduard Punset:
En algún sitio has dicho que “la sociedad quiere que consumamos, no que seamos felices, y las personas quieren ser felices”. ¿Cómo podemos desenvolvernos en esta paradoja, o contradicción?

Daniel Gilbert:
Hay muy pocas personas que piensen que sea responsabilidad suya individual mantener viva la economía. Las personas creen que su responsabilidad consiste en maximizar su propia felicidad. A la economía –y pensamos en ella como si fuera alguien que nos mira desde arriba– no le preocupa si los consumidores son felices, lo que le preocupa es que los consumidores consuman. La manera en que confluyen estos dos intereses consiste en que las sociedades convencen a las personas de que el consumo les traerá la felicidad. De esta manera las personas siguen consumiendo, en busca de felicidad, y la economía de la sociedad sigue adelante porque los consumidores van consumiendo. Se puede pensar en esto como una mentira, porque sabemos a partir de los datos que tenemos, que el consumo sin límites no proporciona la felicidad.

Eduard Punset:
Daniel, dices que otra de las cosas de las que aparentemente no nos damos cuenta es que tener más posibilidades de elección no significa ser más feliz. ¿Qué quieres decir con esto?

Daniel Gilbert:
Te puedo poner un ejemplo de un experimento, porque esto es muy fácil de demostrar de forma experimental. A un grupo de estudiantes, que estaban haciendo un curso en fotografía, les explicamos cómo hacer y revelar las fotos. Al final del curso tenían dos fotografías maravillosas, en blanco y negro de 8 x 10, de las que estaban muy orgullosos. Les dijimos que ellos se podían quedar una y que nosotros nos quedaríamos la otra. A la mitad de los estudiantes se les dijo que si cambiaban en cualquier momento de opinión y querían cambiar la foto no pasaba nada, y a la otra mitad se le dijo que una vez que habían tomado una decisión ésta era irrevocable. Hicimos un seguimiento de los estudiantes, de lo satisfechos que estaban con la foto que habían elegido, y no había ninguna duda en los resultados: los que no tenían opción a cambiarla estaban más contentos. Los que tuvieron la posibilidad de cambiarla vivían en un estado de duda: hice la elección correcta, quizá me equivoqué. Pero lo más interesante es que en nuestros experimentos, cuándo se le pregunta a las personas “¿en cuál de estas dos condiciones anteriores te gustaría estar?” siempre escogen “el poder elegir”. Es decir que esto es muy importante: sabemos que una de las dos situaciones hace a la gente más feliz que la otra, y sin embargo siempre escogemos la que no nos hace feliz.

Eduard Punset:
¿Crees que hemos mejorado en los últimos 60.000 años? Porque por lo que dices con todos estos “impact byas” y “empathy gap” y tal, me da la impresión de que no hemos mejorado mucho en los últimos 60.000 años.

Daniel Gilbert:
Hace 50.000 años, el futuro del ser humano se extendía hasta la hora siguiente, o quizá el día siguiente, pero nadie pensaba en términos de años o décadas. Es por esto que predecir nuestra emociones futuras resulta tan difícil: es algo que nuestra especie apenas ha empezado a hacer: considerarse a sí misma extendiéndose hacia largos periodos de tiempo. Y el resultado es que intentamos llevar a cabo esta tarea tan nueva y difícil con un cerebro muy viejo, y naturalmente cometemos errores.

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Las emociones

En el programa de Redes de TVE emitido el 15 de Noviembre de 2005, se habla sobre las emociones. La ciencia nos dice que son mecanismos cerebrales seleccionados para ayudarnos a sobrevivir y que sería muy difícil explicar la evolución humana al margen de las emociones. Pero a veces no podemos controlar las emociones y eso nos causa verdaderos problemas.

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