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Terapia cognitivo-conductual

25 diciembre, 2006 2 comentarios

Leo en la página www.psicomag.com este claro resumen de la terapia cognitivo conducutal, con la que se obtiene los mejores resultados para los problemas de fobia social.

La terapia cognitivo conductual (TCC), a diferencia de las terapias psicodinámicas, que se focalizan en los pensamientos inconscientes y ponen énfasis en la catarsis, se aboca a modificar comportamientos y pensamientos, antes que brindarle al paciente la oportunidad de simplemente descargar sus sentimientos.

Está orientada hacia el presente, se investiga el funcionamiento actual y no hay mayores exploraciones del pasado, aunque por supuesto se hace una historia clínica, y se pone énfasis en los patrones disfuncionales actuales de los pensamientos y conductas. El énfasis de la TCC está puesto más en el “Qué tengo que hacer para cambiar” que en el “Por qué”. Muchas veces, el explorar expresamente y conocer cuáles son los motivos de lo que nos ocurre no alcanza a brindar una solución y no es suficiente para producir un cambio.

Pone énfasis en la cuantificación, y se pueden medir los progresos obtenidos. Desde la primera sesión se administran cuestionarios y planillas en los que se evalúan los síntomas específicos, en su frecuencia, duración, intensidad y características. Esta medición es repetida periódicamente hasta la sesión final, para tener una idea del cambio obtenido.

La relación terapeuta-paciente es de colaboración y el enfoque es didáctico. Paciente y terapeuta se comprometen a trabajar con un objetivo común. Los pacientes pueden aportar sugerencias y participar en el diseño de las tareas para el hogar. En muchos casos, se utiliza la biblioterapia, que consiste en que el terapeuta recomiende o facilite libros, folletos o apuntes acerca del problema para que el paciente se informe de lo que le sucede.

Tiende a fomentar la independencia del paciente. Dado que este tipo de terapia busca lograr un funcionamiento independiente, en ella se enfatiza el aprendizaje, la modificación de conducta, las tareas de autoayuda y el entrenamiento de habilidades intersesión. Además, se refuerza el comportamiento independiente.

Está centrada en los síntomas y su resolución. El objetivo de la terapia es aumentar o reducir conductas específicas, como por ejemplo ciertos sentimientos, pensamientos o interacciones disfuncionales. Se definen objetivos concretos a lograr y de esa forma es mucho más fácil evaluar o modificar los síntomas específicos y saber claramente lo que se quiere obtener o hacia adonde apunta la terapia.

Rechaza el principio de sustitución de síntomas. La falsa idea de sustitución, difundida por la escuela psicodinámica, que considera a un síntoma como la única salida a un proceso neurótico subyacente que si se elimina surgirán otros, es cuestionada por esta metodología. La meta de la TCC es eliminar, o al menos reducir los síntomas, y postula que si desaparecen, por ejemplo, los síntomas de pánico, inmediatamente también va a haber una mejoría en otras áreas, sin que aparezcan otros síntomas que los reemplacen.

Pone el énfasis en el cambio. Se le solicita al paciente practicar nuevas conductas y cogniciones en las sesiones, y generalizarlas afuera como parte de la tarea.

Desafía la posición del paciente, sus conductas y sus creencias. Activamente se lo confronta con la idea de que existen alternativas posibles para sus pensamientos y patrones habituales de conducta, se promueve al autocuestionamiento.

Se centra en la resolución de problemas. Al comienzo de cada sesión el terapeuta indaga acerca de los problemas en los que el paciente focalizó su trabajo y cuáles necesita resolver en ese momento. Al concluir la sesión, le pregunta si ha hecho algún progreso al respecto.

Utiliza planes de tratamiento. Generalmente, la terapia utiliza planes específicos de tratamiento para cada problema, no utilizando un formato “único” para las diversas consultas. Propone una continuidad temática entre las sesiones. En cada sesión se revisan las tareas indicadas para la semana anterior, se estudia cuál es el problema actual y se planean actividades para la semana siguiente.

Desmitifica la terapia. El plan de tratamiento y el proceso terapéutico retiran el “velo de misterio” que cubre a casi todas las psicoterapias, al permitirle al paciente un libre acceso a la información teórica o metodológica mediante la biblioterapia.

Tiene una base empírica y trabaja con la participación activa del paciente. Las tesis cognitivo conductuales han sido ampliamente comprobadas respecto de su eficacia para tratar una variedad de trastornos. Es decir, más que simplemente decir que funciona, esta comprobado que funciona.

Categorías:Ansiedad, Fobia Social, Terapia

Introversión

25 diciembre, 2006 1 comentario

Del libro “Tipos Psicológicos Jungianos” de Daryl Sharp (autor de Querida Gladys, Lexicon Jungiano y Quien Soy Yo Realmente) 136 pág. 1ª edición en español julio 2002.

Introducción a la Tipología Jungiana

La experiencia de que no todo el mundo funciona de la misma manera ha sido la base de numerosos sistemas de tipología. Para explicar las diferencias entre las personas, desde los tiempos más remotos se han intentado categorizar las actitudes individuales y los patrones de conducta.

El sistema más antiguo de tipología que conocemos es el ideado por los astrólogos orientales. Ellos clasificaron el carácter en términos de cuatro trígonos, correspondientes a los cuatro elementos agua, aire, tierra y fuego. En el horóscopo, por ejemplo, el trígono del aire consiste en los tres signos de aire del zodíaco Acuario, Géminis y Libra; el trígono del fuego está compuesto por Aries, Leo y Sagitario. Según esta antiquísima visión, quien nace bajo estos signos comparte su naturaleza aérea o fogosa y tiene un temperamento y destino acorde a ella; igual cosa sucede con los signos de agua y tierra. Este sistema sobrevive en forma modificada hasta la astrología actual.

Estrechamente conectada con este antiguo esquema cosmológico está la tipología fisiológica de la medicina griega, según la cual los individuos se clasificaban en flemáticos, sanguíneos, coléricos o melancólicos, basándose en los nombres de las secreciones del cuerpo (flema, sangre, bilis amarilla y bilis negra). Estas descripciones aún forman parte del lenguaje corriente, aunque médicamente hace mucho tiempo que quedaron invalidadas.

El propio modelo tipológico de Jung nació de una extensa revisión histórica del tema de los tipos en la literatura, la mitología, la estética, la filosofía y la psicopatología. En el prefacio de Tipos Psicológicos, que contiene su investigación académica y un detallado resumen de sus conclusiones, él escribe:

“Este libro es fruto de casi veinte años de trabajo en el área de la psicología práctica. Se desarrolló poco a poco en mi mente, tomando forma a partir de las innumerables impresiones y experiencias de un psiquiatra en el tratamiento de enfermedades nerviosas; del intercambio con hombres y mujeres de todos los niveles sociales; de mi relación personal con amigos y enemigos por igual; y, finalmente, de una crítica de mis propias peculiaridades psicológicas”.

El modelo básico

Mientras las primeras clasificaciones se basaban en observaciones de patrones de conducta temperamentales o emocionales, el modelo de Jung se relaciona con el movimiento de la energía psíquica y la forma en que uno, habitual o preferentemente, se orienta en el mundo.

Desde este punto de vista, Jung distingue ocho grupos tipológicos dos actitudes de personalidad -introversión y extraversión- y cuatro funciones o modos de orientación -pensamiento, sensación, intuición y sentimiento-, cada uno de los cuales puede operar en forma introvertida o extravertida.

Aunque introversión y extraversión se han convertido en palabras de uso diario, su significado es frecuentemente mal comprendido; las cuatro funciones no son tan ampliamente conocidas y menos aún entendidas.

Introversión y extraversión son modos psicológicos de adaptación. En el primero, el movimiento de energía es hacia el mundo interior. En el segundo, el interés está dirigido hacia el mundo exterior. En un caso, el sujeto (realidad interior) y en el otro, el objeto (cosas y otras personas, realidad exterior) es lo que tiene más importancia.

La introversión, escribe Jung, “se caracteriza normalmente por una naturaleza vacilante, reflexiva y retraída que se encierra en sí misma, rehuye de los objetos y siempre está ligeramente a la defensiva”.

Por el contrario, la extraversión “se caracteriza normalmente por una naturaleza expansiva, abierta y complaciente que se adapta con facilidad a una situación dada, crea vínculos rápidamente y, dejando de lado cualquier posible recelo, se suele aventurar confiadamente en situaciones desconocidas”.

En la actitud extravertida, los factores externos son la fuerza motivadora predominante para los juicios, percepciones, sentimientos, afectos y acciones. Esto contrasta fuertemente con la naturaleza psicológica de la introversión, donde los factores internos o subjetivos constituyen la principal motivación.

A los extravertidos les gusta viajar, conocer nuevas personas y lugares. Son los típicos aventureros, el alma de la fiesta, abiertos y amistosos. El introvertido es esencialmente conservador, prefiere los entornos familiares del hogar, las pequeñas reuniones con unos pocos amigos íntimos. Para el extravertido, el introvertido es anticuado, un aguafiestas aburrido y predecible. A su vez, el introvertido, quien tiende a ser más autosuficiente que el extravertido, podría describir a este último como frívolo, un superficial trotacalles.

En la práctica, es imposible demostrar las actitudes introvertidas y extravertidas per se, es decir, en forma aislada. El hecho de que una persona sea de una u otra manera sólo se evidencia en asociación con una de las cuatro funciones, cada una de las cuales tiene su área especial de destreza.

La función de pensamiento se refiere al proceso de pensamiento cognitivo; la sensación es la percepción mediante los órganos físicos de los sentidos; el sentimiento es la función de evaluación o juicio subjetivo; y la intuición se refiere a la percepción por medio del inconsciente (por ejemplo, receptividad a contenidos inconscientes).

En pocas palabras, la función de sensación establece que algo existe, el pensamiento nos dice qué es, el sentimiento nos indica su valor, y a través de la intuición tenemos un sentido de qué puede hacerse con ello (las posibilidades). Ninguna de las funciones por sí misma basta para ordenar nuestra experiencia de nosotros mismos o del mundo que nos rodea; las cuatro, escribe Jung, son necesarias para una comprensión global. Para una orientación completa, las cuatro funciones deben contribuir por igual: el pensamiento debe facilitar el conocimiento y el juicio; el sentimiento debe decirnos cómo y hasta qué punto una cosa es o no importante para nosotros; la sensación debe transmitirnos la realidad concreta a través de la vista, el oído, el gusto, etc.; y la intuición debe permitirnos adivinar las posibilidades ocultas en el trasfondo, ya que éstas también corresponden al panorama completo de una situación dada.

El ideal, por supuesto, es tener acceso consciente a la función o funciones necesarias o apropiadas para determinadas circunstancias, pero en la práctica las cuatro funciones no están igualmente a nuestra disposición consciente; es decir, no están uniformemente desarrolladas o diferenciadas en ningún individuo. Invariablemente, una u otra está más desarrollada, llamada entonces función primaria o superior, en tanto que el resto permanece en un plano inferior, relativamente indiferenciado.

En este contexto, los términos “superior” e “inferior” no implican juicios de valor. Ninguna función es mejor que las otras. La función superior es, simplemente, la que una persona tiende a usar más; asimismo, inferior no significa patológica, sino meramente no utilizada (o al menos no tan usada en comparación con la función preferida).

¿Qué ocurre con las funciones que no se usan conscientemente en la vida diaria y que por lo tanto no están desarrolladas?

Permanecen en un estado más o menos primitivo e infantil, a menudo sólo medianamente conscientes o incluso del todo inconscientes. Las funciones relativamente no desarrolladas constituyen una inferioridad específica que es característica de cada tipo y es parte integral de su carácter total. El énfasis unilateral en el pensamiento va siempre acompañado de una inferioridad del sentimiento, y la sensación diferenciada es perjudicial para la intuición y viceversa.

Tipológicamente, muchas personas son como un plato de sopa. Funcionan en forma introvertida o extravertida dependiendo de su estado de ánimo, del clima o de su estado mental; piensan, sienten, perciben e intuyen más o menos al azar, sin ser mejores o peores en una función que en otra, y sin tener la menor idea de las consecuencias. A primera vista, tales personas pueden parecer bien equilibradas. Sin embargo, las características anteriores son típicas de la inconsciencia, pues la conciencia implica cierta diferenciación en la forma en que uno funciona. “El estado uniformemente consciente o inconsciente de las funciones”, señala Jung, “es la marca de una mentalidad primitiva”…

Fuente: Facultad de Medicina. Universidad Autónoma de Madrid

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