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Archive for the ‘psicologia’ Category

Los Diez Mandamientos contra el miedo

28 junio, 2014 Deja un comentario

Diez

 

 

Desde NHS choices  que financia el Departamento de Salud del gobierno de Reino Unido se plantea que es posible superar los miedos si se siguen los siguientes pasos:

1. Tomarse un respiro.

Parece imposible pensar con claridad cuando el miedo o la ansiedad nos sobrepasa. La adrenalina es la responsable del corazón acelerado, las palmas de las manos sudadas y la sensación de pánico. Por ello, lo primero que hay que hacer es tomarnos un tiempo para conseguir calmarnos físicamente. Dejar a un lado las preocupaciones durante 15 minutos caminando alrededor del barrio, tomando una bebida caliente o con un baño puede ser de ayuda. Una vez que el cuerpo se calma podemos estar mejor preparados para decidir la mejor forma de afrontar estos miedos.

2. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

Cuando estás ansioso sobre algo, sea el trabajo, una relación personal o un examen, puede ayudar pensar en profundidad qué es lo peor que podría pasar. Incluso si una presentación, una llamada o una conversación fueran muy mal la supervivencia está garantizada. En ocasiones lo peor que puede suceder es un ataque de pánico. Si el corazón comienza a latir con rapidez o empiezan a sudar las palmas de las manos, lo mejor es no combatir estas experiencias y sentir el miedo. Colocar la palma de la mano sobre el estómago y respirar lenta y profundamente (no más de 12 respiraciones por minuto) ayuda a tranquilizar el cuerpo. Podría llevar hasta una hora pero finalmente el pánico se irá por si mismo. El objetivo es ayudar a la mente a acostumbrarse a afrontar el pánico, lo que hace que el miedo al miedo se vaya.

3. Exponerse al miedo

Evitar los miedos sólo los hace más aterradores y poderosos. Si se entra en pánico un día en un ascensor, es mejor subir a otro al día siguiente y sentir el miedo hasta que desaparezca. Sea lo que sea lo que se teme, si se afronta debería empezar a desaparecer.

4. Dar la bienvenida a lo peor

Cada vez que el miedo se acepta se hace más fácil afrontarlo la siguiente vez que se presenta hasta que al final el problema deja de existir. Si imaginas lo peor que puede suceder, como tener un ataque cardíaco, e intentas ponerte en la situación es más fácil ser consciente de que es una situación imposible. El miedo se alejará más cuanto más lo persigas.

5. ¡Despierta!

Los miedos tienden a ser mucho peores que la realidad. A menudo, las personas que han sido atacadas no pueden evitar pensar que el asalto va a suceder de nuevo cada vez que caminan por un callejón oscuro. Pero la probabilidad de que esto ocurra en realidad es muy baja. De forma similar, las personas a veces sienten que fallan porque se ruborizan cuando se sienten avergonzadas, lo que les hace sentirse aún peor. Sin embargo, ruborizarse en situaciones de estrés es normal, si recordamos esto la ansiedad se va.

6. No esperar ser perfectos

Los pensamientos perfeccionistas del tipo “si no soy la mejor como madre, soy un fracaso” o ” mi vida es un desastre”, no son nada realistas y sólo ponen los cimientos para la ansiedad. La vida está llena de exigencias y aún así muchas personas sienten que su vida tiene que ser perfecta. Siempre existirán días malos y recaídas y es esencial recordar que la vida está llena de conflictos.

7. Visualizar en positivo

Tómate un momento para cerrar los ojos e imaginar un lugar donde sentirte seguro y calmado, podría ser una imagen de ti caminando en una hermosa playa o un recuerdo feliz de la infancia. Deja las sensaciones positivas que te tranquilicen hasta que te sientas más relajado.

8. Hablar sobre ello

Compartir los miedos se lleva mucho de su capacidad para asustarnos. Si no es posible hablarlos con la pareja, un amigo o un familiar siempre se puede llamar a una línea de ayuda telefónica, o usar un chat por internet. Y si los miedos no se van es mejor consultarlo con el médico.

9. Volver a lo básico

Un buen sueño, una alimentación saludable y caminar son a menudo las mejores curas para la ansiedad. La forma más sencilla de dormirse cuando las preocupaciones llegan una y otra vez a la mente puede ser dejar de intentar hacerlo. Muchas personas se pasan al alcohol o a los fármacos para automedicar su ansiedad con la idea de que esto hará que se sientan mejor, pero esto sólo hace que el nerviosismo empeore. Por otro lado, comer bien ayuda a mejorar la forma física y mental.

10. Utilizar las recompensas

Cuando se consiguen vencer estos miedos de una u otra forma hay que reforzar estos pequeños y grandes éxitos con alguna gratificación, sea esta un baño a la luz de las velas, un masaje, un paseo por el campo, un concierto, una comida fuera, un libro o cualquier regalo que nos haga felices.

Fuente: http://www.20minutos.es/noticia/2179669/0/consejos/superar/miedos/#xtor=AD-15&xts=467263

Sobre la soledad

16 abril, 2014 1 comentario

soledad

 

Entrevista con el Psicólogo Rafael Santandreu, autor del libro “El arte de no amargarse la vida”.

Su planteamiento es que nos preocupamos en exceso y muchas veces de forma irracional por cosas que probablemente no sucederán, o que no tienen importancia real o que sencillamente no tienen solución por más que tratemos de encontrarla.

A continuación, y abordando el tema de la soledad, nos propone una serie de técnicas cognitivas con las cuales empezar a trabajar.

Fuente original

¿Pensar en positivo es la solución?

7 marzo, 2014 Deja un comentario

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La escritora estadounidense Barbara Ehrenreich denunciaba en 2011, en plena crisis económica mundial, “la trampa del pensamiento positivo“. La autora escribió un libro, Sonríe o muere, cuyo título ejemplificaba con el acoso psicológico sufrido por los parados en los seminarios de motivación y cursos de recolocación. El mismo año un estudio publicado en Journal Child Development demostraba que, con solo cinco años, los niños se daban cuenta de que las personas con pensamiento positivo se sentían mejor que aquellas con ideas más negativas. Conforme iban creciendo, se concienciaban de cómo las reflexiones internas podían modificar las emociones, incluso ante circunstancias objetivamente negativas, según la investigación.

La psicología positiva tiene tantos defensores como detractores, pero… ¿Cuál es la eficacia real del pensamiento positivo? ¿Puede ayudarnos a superar dificultades o nos impide ver el camino para salir de ellas?

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Miguel Ángel Rizaldos, Psicólogo Clínico

“Yo soy capaz…yo puedo…”. Ser positivo es eficaz para afrontar las dificultades. Si centro mi atención en lo que tengo en lugar de en lo que me falta, pienso positivamente. Pensar de manera optimista será el punto de arranque de un comportamiento positivo.

Pensar de un modo positivo por sí solo no nos solucionará la vida.

Pensar en positivo no es creer que todo se va a solucionar sin que hagamos nada.

Pensar de un modo positivo es movilizarse, es actuar.

Pensar en positivo es ver qué hay que hacer para solucionar los problemas o superar las adversidades.

Sería trivializar el pensamiento positivo si creo que con dificultades soy feliz, si estoy de acuerdo en que los inconvenientes se solucionan por sí solos.

Hay que actuar.

Y esto implica voluntad, lucha, superación, sacrificio… Todo esto, inicialmente, a las personas nos causa rechazo porque nos cuesta esfuerzo. Tendemos a economizar energía. Deseamos soluciones sin trabajo. Pero en la vida, la distancia entre el querer y el poder se acorta con el entrenamiento, con el esfuerzo, con la constancia. Es decir, no sólo pensando, sino también haciendo; como dirían nuestros antiguos: “Uniendo el gesto a la palabra”.

Ser optimista es ver la roca en el camino y ver las alternativas de solución disponibles: “Doy un rodeo, retiro la piedra, salto la piedra”. No me quedo instalado en la queja “tengo una piedra en el camino y no puedo hacer nada”. Por el contrario, ser optimista no significa pensar “qué feliz estoy, qué piedra tan bonita…” y que esto haga que la roca desaparezca.

Desde su concepción, el cerebro está programado para la supervivencia y, por ello, está siempre atento a lo negativo que nos pueda suceder. No describe la realidad tal y como es, sino que valora aquello que no conoce o controla como un potencial peligro, de modo que anticipa lo malo que nos puede acontecer de una manera automática para que podamos evitar ese riesgo.

Pero nos hace sufrir antes de tiempo. Martin Seligman, uno de los padres de la Psicología Positiva, nos propone: “El ser optimista supone hacer el esfuerzo para encontrar soluciones, ventajas y posibilidades en todas aquellas situaciones que se nos plantean en la vida”. Esto no es tarea fácil si no se está acostumbrado a hacerlo, se necesitará de esfuerzo y de fuerza de voluntad para llegar a manejarlo de modo natural. Hay que entrenarlo. No se aprende a montar en bicicleta sin esfuerzo y sin una caída antes.

Pensar y actuar de modo positivo nos ayuda a afrontar más eficazmente las dificultades de la vida. Por tanto, nos es rentable invertir tiempo y esfuerzo en aprender el modo de elegir posibilidades, de buscar soluciones y de indagar en los problemas que nos aparecen en nuestro día a día.

Haz el esfuerzo diario de aprender y te compensará su eficacia. Una vez aprendido, lo harás tuyo. Y, lo más importante, te sentirás mejor.

Jesús Jiménez, Psicólogo Clínico, Centro de Psicología e Introspección

Una actitud positiva, constructiva, frente a los problemas y los desafíos de la vida diaria es necesaria. Consistiría en tener motivación y confianza en que podemos entender y solucionar las dificultades, poniendo en marcha nuestras capacidades y afrontando todos los factores involucrados en el problema.

Por el contrario, el pensamiento positivo, entendido como repetirse frases positivas o convencerse con sentencias motivantes, no es realmente útil para solucionar los conflictos a largo plazo. Veamos por qué.

Simplificando, cualquier conflicto, que produce malestar, tiene una parte cognitiva (el pensamiento), una parte afectiva (emociones y sensaciones) y una parte comportamental (la acción). Si un problema se aborda en sólo una o dos de esas partes, no se resolverá satisfactoriamente y a largo plazo. Si además, la parte cognitiva, un autodiálogo negativo por ejemplo, se aborda auto-convenciéndose de lo contrario, en lugar de comprendiendo las causas del problema, entonces el fracaso está asegurado.

Para alcanzar el bienestar hay que resolver el malestar. Y para resolver el malestar hay que entender sus causas. Los pensamientos positivos pueden producir una cierta motivación, derivada del convencimiento de que el problema se resolverá por el hecho de pensar de cierta manera. Pueden, en ocasiones, frenar momentáneamente los pensamientos autodestructivos. Pero nunca resolverán por sí solos las causas del malestar (pensamientos, emociones y comportamiento negativos) ni, por tanto, los problemas que producen dicho malestar.

Otro error muy habitual de pensamiento positivo es abogar por fijarse sólo en los logros, en las cosas satisfactorias de nuestra vida, en nuestros sueños y metas, y no prestar atención a lo que nos inquieta o produce malestar.

Tener en cuenta el lado bueno de las cosas, lo que va bien o nos hace sentir bien, es muy útil, nos da fuerza para seguir adelante. Pero centrarse sólo en esto como forma de resolver el malestar, tratando de contrarrestar u olvidar lo que no va bien, los conflictos sin resolver, es claramente perjudicial. Atender a lo negativo sin lo positivo nos llevará al desánimo y al estancamiento. Pero atender a lo positivo sin lo negativo nos llevará a negar los problemas, a estar fuera de la realidad. En ambos casos acabaremos superados por las circunstancias.

A menudo llegan a nuestra consulta personas que, tras años de esfuerzos por poner en práctica métodos de pensamiento positivo, que no funcionan, han llegado a la conclusión de que el problema son ellos. Que son ellos los incapaces de llevarlo a cabo, generando autocrítica y desvaloración personal, lo cual acaba por ser un problema añadido al anterior.

Por tanto, una actitud positiva, es decir, utilizar el pensamiento de forma constructiva, razonando, comprendiendo, con curiosidad, confiando en que seremos capaces de encontrar soluciones a nuestros problemas, será muy beneficioso. Utilizar pensamientos positivos, es decir, repetir frases o convencerse de cosas, como solución de los problemas, es una forma de fantasía, de autoengaño que nos mantendrá en el malestar o lo aumentará a largo plazo.

Fuente original: Pensamienro positivo

Guía de pequeños pasos

21 febrero, 2014 3 comentarios

La magia de la psicoterapia

3 enero, 2014 5 comentarios

magia

Interesante artículo leido en Psicopedia, un portal que pone al nuestro  alcance los conocimientos y aplicaciones de la Psicología.

Dos veces bueno por su brevedad:

Normalmente los pacientes llegan a la consulta del psicólogo esperando o solicitando expresamente una respuesta, quieren saber qué hacer o cómo comportarse ante un problema o un síntoma particular. Muy a menudo quieren también saber lo que es “normal” y lo que no lo es.

Aun a riesgo de romper el código del mago, en este artículo contaremos un secreto. Los psicólogos no tienen la seguridad sobre lo que es correcto para un cliente, ni tampoco pueden establecer con certeza lo que es normal.

Para empezar, y a pesar de las ilusiones que podamos hacernos, los terapeutas no están dotados con poderes sobrenaturales que les permitan comprender toda experiencia humana o emocional, ni saben el camino que cada individuo debe elegir, o hasta dónde pude llevarlos una determinada decisión.

La verdad es que todos somos únicos y diferentes, y el proceso de cambio es demasiado impredecible para cualquiera de nosotros como para llegar a saber cual será la mejor elección en la mayoría de las ocasiones.

Un buen terapeutasabrá cómo ayudar a su paciente a comprender sus opciones y sus decisiones y anticipar las consecuencias del cambio. La magia de la terapia se produce en el momento en que los clientes siente el poder de saber que existen muchas opciones en sus vidas y que tienen la libertad de seguir su propio camino. Muy poco, o nada en la vida es bueno o malo de manera absoluta. La mayor parte cae en una gran zona gris borroso. Hay millones de objetivos para fijar y otras tantas maneras de llegar allí.

Pero nada en nuestra cultura o en nuestra educación nos ayuda a elegir por nosotros mismos. No hay clases en la escuela primaria que nos ayuden a entender nuestros sentimientos o a construir nuestra autoestima. No hay un curso en la escuela secundaria que nos enseñe la forma de practicar diferentes estilos de comunicación.

Tal vez lo peor de todo es que se nos enseña a no tomar riesgos. Se nos alienta a vivir con seguridad a fin de no volver a fallar avergonzando a los que nos rodean o a nosotros mismos. Tenemos tanto miedo que evitamos de manera continua el dolor o el fracaso, porque creemos que no podemos soportar una cosa así, pero la realidad es que nosotros, como personas somos capaces de soportar casi cualquier cosa.

Somos una sociedad con tantos “debería” (recetas sobre la forma correcta de hacer las cosas) que juzgamos nuestra vida en función de esta vara de medir. ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo decir? ¿Cómo debo comportarme? ¿Qué debo pensar o sentir? Para encontrar las respuestas a estas preguntas, nos dirigimos con determinación a la sección de autoayuda en la librería, recurrimos a las personas que nos conocen un poco mejor, nuestros amigos y familiares. Buscamos por todas partes, absolutamente en todas partes, pero jamás dentro de nosotros mismos.

Un terapeuta experto sabrá qué preguntas hacer para ayudar a su cliente a descubrir el camino más apropiado. Somos demasiado complejos y creativos como seres humanos y cuando examinamos nuestra situación sin etiquetas, somos más propensos a pensar de forma creativa y abierta, sin prejuicios, sobre todas las soluciones posibles. Un terapeuta experto estará allí para animar a sus clientes a lo largo del camino y para procesar con ellos la experiencia y el resultado de ese proceso. Esa es la magia de la terapia.

El cerebro nos traiciona

15 diciembre, 2013 Deja un comentario

Cerebro

Me pareció interesante un artículo científico que explica las razones por las que nuestro cerebro nos traiciona tan a menudo en la vida cotidiana. Lo que sigue es un extracto de ese artículo publicado en 2012 en la Revista de Terapia Cognitivo Conductual  y cuyos autores son Lic. José Dahab, Lic. Carmela Rivadeneira y Lic. Ariel Minici.

Un atributo exquisitamente humano puede traicionarnos

Mucho se ha dicho y discutido acerca de las características que distinguen al ser humano del resto de los animales. Desde el pulgar opuesto –gran responsable de nuestro desarrollo tecnológico- hasta el celo crónico en el cual se mantiene la hembra humana –única hembra en el reino animal que se dedica al sexo cuando procrear no está disponible-, las diferencias críticas y esenciales que nos hacen humanos y nos distancian del resto de las especies son todavía una fuente de debate. Aún así, casi todo podemos terminar adjudicándolo al cerebro, órgano único y exquisitamente distinguible de cualquier otro conocido. Quien se sienta atraído por el estudio de entidades complejas cuyo entendimiento se torna difícil, no tiene más que dedicarse a las neurociencias; el cerebro humano es el sistema más complejo conocido hasta hoy.

Por supuesto, resulta muy sencillo decir que una de las cualidades eminentemente humanas es el pensamiento y por consecuencia, el pensar puede trazar una línea divisoria bastante clara entre el hombre y otros animales. Aunque esta posición también presenta sus complicaciones. La primera de ellas es la misma definición de lo que es pensar. Ni que hablar cuando tomamos en consideración el hecho de que en muchas otras especies animales no humanas, también encontramos elementos muy similares a los del pensamiento humano. Por supuesto, nuestros parientes cercanos, los monos, encabezan la lista pero también se han hallado elementos de “pensamiento en sentido amplio” en perros, ratas, palomas, incluso sapos, pero no en lombrices ni moscas. De todos modos, es evidente, hay una diferencia abismal entre el pensamiento humano y el de cualquier otro ser vivo.

¿Por qué pensamos los seres humanos? No hay una única respuesta, hay muchas. Una de ellas destaca el rol favorecedor que el pensamiento tuvo y tiene en la adaptación a nuestro medio, aumentando nuestra capacidad de supervivencia y eficacia reproductiva. Se trata claramente de una línea evolutiva.

El pensamiento es una forma de proceso mediacional simbólico, con él construimos una representación del mundo externo con la que luego podemos operar de manera más efectiva y práctica. Nuestra representación simbólica de la realidad nunca es tan compleja como su contraparte “objetiva”, sino que en el proceso de recrear simbólicamente nuestro entorno el cerebro realiza una gran cantidad de transformaciones de la información de las cuales nosotros no tenemos consciencia alguna. Y si bien en esto radica una gran ventaja, también se halla el germen de algunos problemas. Veámoslo más en detalle.

Algunos rasgos adaptativos pueden traicionarnos

El cerebro humano abrevia, organiza, agrupa, da sentido y coherencia al representar, en este proceso de transformaciones logra una imagen del mundo más clara y sencilla con la cual operar. Como es de esperar, el lenguaje juega en esto un papel central, aunque no exclusivo. Veamos un ejemplo: “Me encuentro en este momento escribiendo un artículo de psicología en mi computadora, sentado frente a una ventana desde la cual veo el parque de mi casa”. La frase anterior describe una acción sencilla, trasmite lo esencial de lo que estoy haciendo en este momento y otro ser humano de mi cultura podría entenderla perfectamente bien.

Pero justamente para lograr tal objetivo, mi cerebro ha realizado una serie de cómputos de los cuales yo no soy consciente, ello simplifica la descripción y la torna más manejable tanto para mí mismo como para quienes reciben este mensaje. Así, por ejemplo, desatiende totalmente a detalles acerca de cómo yo estoy sentado o los elementos que hay en mi parque. Entendemos que estoy frente a algún entorno con vegetación y espacio libre porque eso significa la palabra “parque”. Y aquí tenemos un ejemplo de las estrategias más comunes y más efectivas, “agrupar”, es decir, juntar en una sola representación todo un conjunto de elementos; luego sólo tengo que pensar o decir una única palabra para tenerlos todos en mente. En el ejemplo, la palabra “parque” significa que hay césped, árboles, plantas, seguramente insectos que no veo y muchos elementos más que no interesan a nadie. Pero no hace falta enumerarlos, todo queda contenido en un simple vocablo, “parque”.

No hace falta mencionar lo que la capacidad de “agrupar” ha permitido en el desarrollo humano particularmente cuando ella se combina con la creación de categorías abstractas y teóricas; como por ejemplo, “política”, “comunicación social”, “inconsciente”, “aprendizaje”. Estas palabras no son sólo agrupaciones de entes físicos tangibles sino que incluyen todo un conjunto de elementos a simple vista heterogéneos pero que terminan unidos por alguna lógica, razonamiento o el mismo conocimiento.

Entonces, recapitulemos. Los cerebros humanos poseen la capacidad de representar el mundo de manera simbólica y esto ha significado una ventaja en la adaptación al medio; los cerebros que mejor se han representado el mundo más oportunidades han tenido de sobrevivir y dejar descendencia fértil; así esta cualidad se ve fuertemente favorecida por la selección natural.

La estructura y el funcionamiento de nuestro organismo han sido moldeados por presiones ambientales más parecidas a las de una selva o un bosque que a las de una oficina o casa confortablemente calefaccionada. En otras palabras, nuestro diseño responde más a un ambiente como el de los humanos primitivos, donde existen peligros físicos de los cuales defenderse, donde la diferencia entre la vida y la muerte puede depender de unos escasos segundos que tardamos en reaccionar ante la presencia de un depredador o en la velocidad con la que escapamos de él, donde el alimento escasea y requiere esfuerzo físico para ser obtenido. Este es el contexto de presiones ambientales que a lo largo de enormes períodos ha terminado por brindarnos el cerebro que hoy tenemos. Un cerebro que en unos escasos milenios transformó completamente su propio ambiente, salió de las cavernas y creó un mundo tecnológico mucho más confortable para sí mismo.

Pero los tiempos de la evolución cultural son mucho más cortos que los de la evolución biológica y la herencia persiste hoy en nosotros. En gran medida, nuestro cerebro sigue respondiendo a los estímulos de la vida moderna con rasgos que fueron seleccionados para adaptarse a un ambiente arcaico. En esta brecha entre la evolución biológica y la cultural, puede hallarse el origen de muchas de las patologías que hoy observamos.

Así entonces, la misma facultad de representación simbólica que tanto nos ha favorecido en nuestro desarrollo como especie puede en algunos casos volverse en nuestra contra. En términos psicológicos esto es la patología mental. En algunos casos, las construcciones simbólicas de la realidad que las personas efectúan conllevan sesgos y distorsiones que las hacen poco adecuadas. Esto trae aparejado dificultades para operar y ajustarse a los contextos reales por los que la persona transita. La ansiedad suele ser un suelo fértil donde germinan los desórdenes psicológicos, se trata de una de las funciones psicológicas más vulnerables a la patología y esto tiene su razón de ser.

Las investigaciones neurocientíficas han mostrado con claridad que nuestro cerebro reacciona fácilmente y en escasos milisegundos a estímulos amenazantes de los cuales muchas veces ni siquiera somos conscientes. Existen vías asociativas que no atraviesan la corteza pero que rápidamente activan los centros cerebrales del miedo y ponen en guardia al organismo para luchar o huir. Asimismo, se ha documentado que tendemos a reaccionar con ansiedad ante estímulos ambiguos probablemente amenazantes, y que sólo luego de una valoración más detallada, cuando estamos seguros de la ausencia de peligro, tendemos a desactivar los mecanismos defensivos.

Vale decir, nuestro cerebro posee una facilidad incrementada para detectar el peligro, para reaccionar con ansiedad y movilizar recursos ante la ambigüedad. ¿Por qué? Pues simplemente esto ha representado una ventaja evolutiva. Dado que los organismos con una reacción de miedo más rápida y lábil han tenido más oportunidades para sobrevivir, esta característica ha sido favorecida por la selección natural. Pero como ya dijimos, nuestro ambiente se ha modificado, ya no somos depredados por leones ni las serpientes se encuentran en nuestros hábitats. Sin embargo, ello no borra las marcas de la evolución.

Nuestro cerebro tiene una facilidad incrementada para detectar la amenaza y para interpretar la ambigüedad en su sentido amenazante. Esta tendencia natural puede a su vez verse intensificada por las experiencias de aprendizaje.  Así, por ejemplo, si una persona que padece Trastorno de Ansiedad Generlizada (TAG) recibe una llamada de su jefe suele tener cogniciones tales como “me va a decir que trabajo mal” o “tiene algo malo para decirme”. Aunque la persona ha pasado varias veces por esta situación y sus interpretaciones se han mostrado equivocadas, no puede evitar volver a pensar de manera similar. Este es justamente un ejemplo de cómo los procesos mediacionales simbólicos pueden volverse desadaptativos. No es en sí misma la capacidad de representar, ni tampoco el hecho de que se represente algo negativo pues ello podría ser correcto.

El TAG también ilustra bien cómo, ante la ambigüedad, el cerebro tiende a efectuar interpretaciones negativas amenazantes en lugar de las neutrales o positivas. Por ejemplo, el paciente con TAG espera a su hijo que regresa de la facultad, pero éste último se retrasa; el paciente pensará muy probablemente “tuvo un accidente”, “le pasó algo malo y grave”. Vale decir, ante la ambigüedad de lo que representa una llegada tarde, el cerebro tenderá a seleccionar una de las peores explicaciones. Y nuevamente, solemos observar el mismo patrón que en el ejemplo anterior, esto es, el hijo del paciente ha llegado muchas veces tarde pero nunca debido a un accidente o suceso grave; no obstante ello, la persona con TAG no puede evitar volver a pensar trágicamente. El ejemplo remarca no sólo que la representación de la situación no es adaptativa, también resalta la idea de que el cerebro prefiere las explicaciones amenazantes sobre las neutrales en una situación de incertidumbre.

Esquema

El terapeuta

En el entorno de la Terapia Cognitivo Conductual, casi cualquier afección psicológica podría caracterizarse en alguna medida por el alejamiento que la representación simbólica del paciente tiene respecto de la realidad empírica. Cuanto mayor es la brecha entre una y otra, mayor será el grado de patología y por consecuencia, el trabajo terapéutico consistirá en acortar la distancia, esto es, en ayudar al paciente a que su realidad mediacional describa más adecuadamente a su entorno real.

Técnicamente hablando, este es el marco de trabajo propuesto por Aaron Beck con el nombre de “empirismo colaborador”.  Se apunta a la modificación de los pensamientos y creencias del paciente siguiendo un criterio empírico: un pensamiento será tomado como válido si existe evidencia favorable al mismo. No obstante, el trabajo terapéutico no termina ahí.

Si el paciente padece un desorden psicológico debido en parte a la formación de pensamientos y creencias distorsionadas, parece lógico no sólo ocuparse de modificar a estos últimos sino también enseñar al paciente a que lo haga por sí mismo. Este derrotero técnico aborda un problema de meta-aprendizaje, vale decir, del aprender a aprender. Si la persona ha formado una representación del mundo tan distorsionada que dio lugar a una patología psicológica, han de existir fallas en la manera en la cual la persona aprende de la experiencia.

La forma en que aprovechamos la retroalimentación que nos da la experiencia, el modo en que extraemos conclusiones y aprendemos de los hechos de la vida cotidiana puede mostrar fallas y distorsiones. Por lo tanto, es una de las metas de la Terapia Cognitivo Conductual que el paciente no sólo modifique su representación simbólica del mundo sino que aprenda a realizar por sí mismo las transformaciones de la información necesarias para mantener a largo plazo una realidad mediacional adaptativa. Este es tal vez, uno de los máximos objetivos a los cuales aspiramos.

Conclusión y síntesis

La capacidad de formar representaciones simbólicas del mundo constituye una característica adaptativa fuertemente favorecida por la evolución. No obstante, en algunos casos ella puede tornarse patológica porque el modelo mediacional de nuestra realidad no se ajusta adecuadamente a su contraparte objetiva. Sumado a esto, la brecha existente entre la evolución cultural y la evolución biológica podría dar lugar a que muchas de nuestras reacciones arcaicas no sean adecuadas a las necesidades de nuestra vida moderna. Ambos factores colaborarían en la formación de la patología psicológica.

La Terapia Cognitivo Conductual constituiría un intento por ayudar a las personas con desórdenes psicológicos a ajustar su realidad mediacional más cercanamente al contexto objetivo pero también a que aprendan a realizar este proceso de adecuación por sí mismos. Se trata de un meta-aprendizaje que podemos sintetizar como “aprender a aprender”.

Fuente: Revista de Terapia Cognitivo Conductual

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