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Archivo para la Categoría "Prensa"

La sobreprotección de los padres

26 abril, 2012 1 comentario

Esther Gómez nos ofrece un excelente artículo publicado en el diario El Confidencial en donde nos habla de uno de los posibles factores que pueden contribuir al desarrollo de la fobia social:

Proteger a los hijos es una de las responsabilidades más importantes en la tarea de ser padres. En las primeras etapas de la vida, los hijos son completamente dependientes. Los bebés son muy vulnerables y necesitan la protección adulta en casi todos los momentos del día.

Poco a poco, el bebé va creciendo y en un proceso muy lento, va necesitando cada vez menos esa protección. Irá aprendiendo a hacer cosas solito e incluso pedirá hacerlo de esta manera. Los adultos tendrán que ir retirando gradualmente esta protecciónen función de las necesidades de ese momento vital, porque es muy importante que el niño pueda enfrentarse a las dificultades propias de su edad con el apoyo de sus padres, por supuesto, pero con el nivel de sostén adecuado para ese momento.

Lo que a una edad es una protección adecuada para el niño, en otra se convierte en sobreprotección, no es fácil encontrar este equilibrio.

Como terapeuta, me sorprende el porcentaje de padres que echan la vista atrás y manifiestan haber sobreprotegido a sus hijos. La sobreprotección infantil está en la base de algunas dificultades emocionales adultas como son la inseguridad, la dificultad para hacerse cargo de uno mismo, el miedo intenso a algunas dificultades adultas, etc.

¿Qué es la sobreprotección?

En definitiva, proteger de más. Es cierto que corresponde a los padres la responsabilidad de velar por el bienestar y seguridad de su hijo. Deben proteger al pequeño cuando éste lo necesita. La cosa se complica cuando uno se pasa, o se queda corto.

Aun así, algunos padres me han manifestado saber con claridad que no debían hacerlo, que de alguna manera intuían que no era “bueno” para su hijo esta sobreprotección. Pero, ¿por qué estos padres acaban haciéndolo? Puede haber varios factores que influyan.

En primer lugar, no es nada fácil como padre/madre tolerar el malestar de un hijo. Es lógico que lo primero que necesite el adulto cuando ve que su hijo tiene una dificultad sea acudir a resolverla. La motivación que puede mover a este padre es aliviar el malestar de su hijo y con este, el suyo propio.

Pero hay otros factores que influyen. Tras la primera valoración de la situación de malestar del pequeño, va una segunda en la que el padre se pregunta si su hijo será capaz de resolverlo él solito o necesita ayuda. Es en este momento en el que el padre decide el tiempo que tardará en acudir a ayudar a su hijo. Habrá padres que tarden muy poquito tiempo y otros que dejen que el pequeño lo intente a ver qué pasa.

En este sentido, influyen mucho las figuras de apego (padres o cuidadores) que hayan tenido los padres en su infancia. A través del aprendizaje procedimental aprendemos a cuidar del otro y, en la vida adulta, los padres reproducen, muchas veces sin darse cuenta, patrones de conducta que a su vez sus padres realizaron con ellos. Esto no es ni bueno ni malo, simplemente ocurre. Así, personas que hayan sido sobreprotegidas por sus padres tendrán mayor probabilidad de sobreproteger a sus hijos.

¿Qué efectos tiene? 

La sobreprotección es considerada un factor de vulnerabilidad de muchas dificultades emocionales en la vida adulta. Miedos, dificultades en las relaciones sociales con los iguales, inseguridades, trastornos de alimentación, fobias, dificultades en el proceso de independencia paterna, etc.

En primer lugar reseñar, que hay determinadas experiencias que sólo son aprendidas a través de la experiencia propia. Es común oír a los chavales, sobre todo en la adolescencia transmitir la necesitad de experimentar algo para comprobarlo o aprenderlo, aunque sus padres le dijeran que va a equivocarse: necesita hacerlo para aprender y crecer.

Forma parte del proceso vital, enfrentarse con las dificultades propias de cada edad. Tan malas son las cosas por exceso como por defecto: la protección es útil cuando se aplica en su justa medida.

Otro efecto de la sobreprotección es el auto-concepto de persona “no válida”. Si la persona, desde los primeros momentos de su vida, va acumulando experiencias en las que los demás tienen que hacer las cosas por él, es muy probable que desarrolle una imagen de sí mismo como “incapaz”. En este proceso, el adulto transmite al pequeño la imagen de que él no puede solo. Como consecuencia, el niño no es capaz de verse a sí mismo haciéndolo solo, cuando le toque intentarlo en el mundo adulto, le costará mucho, no se verá a sí mismo capaz. Imagen que puede ser cierta o no porque, de momento, el niño no lo ha hecho porque no lo ha intentado y porque no ha tenido un espacio para hacerlo y acertar o equivocarse, no porque ya haya comprobado que no es capaz.

Habrá cosas que le cuesten más que otras, pero si lo intenta alguna seguro que resolverá, y si no lo hace algo aprenderá de la experiencia. Uno no se muere si no consigue algo. Además es un buen escenario para empezar a aprender la tolerancia a la frustración.

En definitiva, cuando el papá/mamá se conecta con la dificultad de su hijo, con una emoción negativa de miedo o frustración, este malestar le genera al padre otra emoción. El primer paso sería regular la emoción del adulto, es muy importante tranquilizarse ante la dificultad del hijo. El siguiente paso es apoyar, acompañar y ayudar al hijo a resolver lo que le corresponde en ese momento. Forma parte del proceso de desarrollo enseñar al pequeño a resolver las dificultades propias de su edad, y darle un tiempo para hacerlo. Si los padres lo hacen por él, no aprenderá a hacerlo él solo, y el pequeño se verá a sí mismo como no capaz.

Si los padres consideran que el pequeño tiene una edad adecuada para enfrentarse sólo a lo que le está ocurriendo, pueden dejar que lo haga, y mantenerse atentos por si necesita algo de ellos. Si necesita ayuda, los padres pueden esperar a que la pida y entonces, le apoyan, le dan un consejo y le dicen cómo lo puede hacer, pero nunca deben hacerlo por él.

Fuente original: El Confidencial

Categorías:Fobia Social, Prensa, Timidez

Las redes sociales: un apoyo o un obstáculo.

3 julio, 2011 11 comentarios

 

La existencia de las redes sociales y su uso cotidiano es ya un hecho incuestionable que tiene indicios de ir en continuo aumento hasta incorporarse en la vida  de nuestra sociedad como un elemento indispensable.

Es interesante considerar la influencia que pueden tener las redes sociales en las personas con fobia social, al ser éste un trastorno que implica una percepción errónea de la realidad, déficit en habilidades sociales y miedo a las relaciones cara a cara.

En un artículo de prensa firmado por FANNY D. ARIAS CH. encontramos esta aportación de opiniones de algunos especialistas consultados:

El doctor Gustavo Bustamante, director general de la Fundación Fobia Club, en Argentina, dice -en un escrito publicado en entremujeres.com- que con el auge de las redes sociales, algunas personas que sufren este problema las utilizan para expresarse y aprovechan la identidad velada que les da la web.  Bustamante subraya que las redes sociales pueden generar un espacio positivo para los que padecen fobia social, ya que les dan la posibilidad de conversar e interactuar más frecuentemente con otras personas.

En Panamá, según una encuesta de Unimer, hecha en noviembre de 2010, aproximadamente 1 de cada 5 adultos ha ingresado a redes sociales y de ellos el 21% cree que estos espacios de internet les permiten decir cosas que no diría frente a otros.

A través de las redes sociales la persona con fobia social podría empezar por lo menos una interacción, aunque sea virtual, con otra persona y lo que la haría sentir un poco más segura a la hora de iniciar o seguir conversaciones con personas desconocidas, considera el psicólogo Nefthaly Montenegro. Sin embargo, a su vez anota que esta vía lo que hace también es que la persona tenga una barrera, o sea, esta es una solución temporal a su problema, pues al final no enfrenta situaciones reales de estar en contacto “cara a cara” con otras personas y eso es lo que busca en el tratamiento psicológico.

En términos terapéuticos para la fobia social es necesaria la exposición real, junto a la reestructuración de las ideas disfuncionales sobre sí mismo, aclara Ricardo Turner, psicólogo de la Clínica Psicológica de la Universidad de Panamá. “Las redes sociales proveen un espacio aislado en el cual la exposición es poca, por no decir nula”, sostiene.

Es decir, Facebook, Twiter, entre otras redes, son espacios virtuales que sirven para el contacto y podrían ofrecer alguna ayuda como apoyo, información, tips y demás, incluso podría ser un escenario de ensayo, pero la ayuda verdadera vendría con la exposición real, explica.

Por su parte, la psicóloga Lil Marieta Cheng señala que en entrevistas a personas que padecen esta fobia, manifiestan que a menudo cuando mediante las redes sociales  logran contactar a alguien para verse en persona, no llegan al lugar o no entran por temor a enfrentarse con el otro. Luego, abandonan el sistema para no encontrarse nuevamente con ellos en la web, cuenta.

Por otro lado, las redes sociales podrían generar un espacio positivo para los que tienen fobia social, pues por lo menos la persona está iniciando una interacción con personas desconocidas y le permitirá poner en práctica habilidades de comunicación a nivel escrito, resalta Montenegro. Y en contra, advierte, está que la persona debido al temor puede quedar estancada en esta dinámica de las redes sociales sin poder cumplir el principal objetivo del tratamiento psicológico que es que la persona logre la interacción directa a nivel social, permitiéndole desarrollarse a nivel personal, laboral y otros. “O sea que la persona pueda ser funcional en todos o la mayoría de los aspectos de su vida”.

En fin, Marieta Cheng deja claro que dependiendo de la afectación de cada individuo, las redes sociales pueden ayudar a relacionarse, aun cuando es recomendable el tratamiento con algún especialista para establecer terapias que permitan pasar de este sistema de comunicación a uno real y cotidiano, y así lograr disminuir la ansiedad provocada por esta condición. Si el individuo afectado por esta fobia no es tratado, se corre el riesgo de que se circunscriba, únicamente, a este tipo de relación virtual. Poner una pantalla entre él y las otras personas lo protege en cierta forma, pero no contribuye a enfrentar el problema en sí, concluye.

En definitiva, los recursos tecnológicos pueden favorecer las relaciones vinculares de aquellas personas con dificultades para comunicarse cara a cara. Sin embargo, constituyen sólo una herramienta más para enfrentar el problema.

Fuente: Prensa.com

El efecto placebo

1 marzo, 2009 1 comentario

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Los expertos le llaman “efecto placebo” al fenómeno por el cual una sustancia inerte (digamos, una píldora de azúcar) parece tener propiedades curativas cuando se administra como si fuese un medicamento. Pero no tiene por qué ser una píldora, puede ser también una inyección de suero salino o una cirugía en la que no se extirpa nada.

¿Por qué algo que no tiene principio activo puede tener un efecto tan convincente? Nuevas investigaciones en torno a este intrigante fenómeno parecen minimizar cualquier simplificación y se encaminan a demostrar cómo una mejor comprensión de la neurobiología y la psicología del “efecto placebo” podría tener profundas implicaciones en la práctica médica.

Las compañías farmacéuticas llevan años tratando de entender el “efecto placebo”, el cual les dificulta demostrar por qué fármacos, cuyo desarrollo ha costado millones de dólares, a veces no son mejores que una píldora de azúcar para tratar un problema de salud.


Mecanismos de acción

Hace unas semanas, la Revista de Neurociencia publicó un estudio científico que vincula la actividad de un gen, el TPH2, con una mayor probabilidad de que se presente el efecto placebo en el tratamiento de la disfunción psicológica conocida como “fobia social”, que identifica el pánico irrefrenable que sienten algunas personas a hablar en público.

“En este caso podemos decir que el efecto placebo es claro y significativo; es decir, para las personas con ese gen, una píldora de azúcar es suficiente para tranquilizar su fobia”, asegura un experto.

“Hay que recordar que no existe sólo un efecto placebo, sino muchos”, dice Fabrizio Benedetti, de la Universidad de Turín, una autoridad mundial en esta materia.

“El placebo prototípico es la pastilla de azúcar sin ningún principio activo, que se utiliza en los ensayos clínicos para comparar la eficacia de un fármaco. Pero hay otros placebos; por ejemplo, cuando alguien va al médico y después de hablar con él se siente mejor, o cuando recibe un diagnóstico negativo y el paciente comienza a sentirse peor.

El efecto placebo parece estar especialmente relacionado con enfermedades asociadas a los circuitos cerebrales vinculados al dolor, a los problemas mentales, a los procesos inflamatorios y a las patologías del sistema inmune, como la artritis y las alergias.

“Si se trata de dolor, encontramos a muchos pacientes que responden al placebo; pero si se trata de un cáncer, el efecto placebo es práct icamente nulo”, señala Benedetti.

“Y a medio camino están condiciones como las inflamaciones del intestino, en las que el 40 por ciento de las personas a las que se les suministra un placebo declaran sentir mejoría”.

“Pensamos en el placebo como un efecto puramente psicológico, pero las nuevas investigaciones muestran que, en realidad, el placebo utiliza los mismos canales neurológicos que los fármacos a los que imita, y que realmente desata una serie de efectos bioquímicos que son no sólo demostrables, sino que se pueden medir, como es el caso de la liberación de endorfinas, neurotransmisores que calman el dolor”.

En 2004, el profesor Benedetti demostró que el placebo propicia la liberación de dopamina en enfermos con Parkinson. Los pacientes del estudio respondían igual a una solución salina que al fármaco con el que eran tratados contra la enfermedad.

“Se ha podido demostrar que tanto el fármaco como el placebo evocan actividades similares en el cerebro, implican las mismas estructuras y desencadenan la liberación de los mismos neurotransmisores.

“Esto nos indica el porqué de la mejoría que experimentan los pacientes. En este caso, la explicación de que la persona sienta menor dolor después de tomar el placebo se debe a que su cerebro está produciendo endorfinas y tiene realmente menor percepción del dolor”, dice Benedetti.

Sugestión y ensayos clínicos

La gran paradoja del efecto placebo es que aun cuando tomemos un medicamento que realmente funciona, necesitamos estar conscientes de que lo estamos tomando para que sea realmente efectivo.

En otras palabras, si no somos conscientes de que estamos tomando un fármaco, éste no tiene el mismo efecto. Es decir, el efecto del medicamento se produce en cierta medida porque esperamos que funcione, de modo que si la misma dosis se aplica a personas que por una determinada razón no tienen la misma expectativa de curación, el efecto no es igual. O sea que la creencia de que “va a funcionar”, forma parte del proceso de curación.

Una de las principales aplicaciones del placebo es su utilización controlada en ensayos clínicos. Los participantes se dividen en dos grupos, a uno de ellos se le da el fármaco cuya eficacia se pretende evaluar, y al otro, una píldora sin principio activo. Si se constata que la mejoría ha sido mayor en el grupo que recibió el principio activo, se habrá demostrado la eficacia del fármaco.

Para evitar los posibles efectos de la sugestión, la investigación se sujeta a lo que se conoce como “estudio doble ciego”. Un procedimiento al azar en el que ni los pacientes que participan en el experimento ni los investigadores que intervienen saben qué toma cada uno de los participantes en el estudio.

Sin embargo, se ha demostrado que incluso utilizando este método, en teoría seguro, algunos fármacos que no son efectivos pueden dar mejores resultados que el placebo. Y a la inversa, hay casos de medicinas de efectividad demostrada que no han superado al placebo.

“Nunca podemos estar completamente seguros del efecto de un fármaco, ya que el simple acto de administrarlo activa una compleja cascada de sucesos bioquímicos en el cerebro”, dice Benedetti.

“Sabemos a ciencia cierta que el placebo puede oscurecer los resultados de sustancias que han demostrado previamente ser efectivas. Cualquier medicamento que esté en proceso de ser validado puede interferir con los mecanismos del placebo llevándonos a una interpretación errónea’, explica Benedetti.

Por eso él y otros colegas proponen la utilización de experimentos alternativos, en los que el paciente además de desconocer si está recibiendo un placebo o un fármaco, desconoce cuándo se produce esta administración, o incluso que se elimine todo aquello que lleve al paciente a creer que está tomando una cosa cuando en realidad se le administra la contraria, para así poder estudiar mejor los efectos contradictorios del placebo.

“Una alternativa sería, por ejemplo, dar dos pastillas al paciente, una verde y otra amarilla, sin decirle cuál es cuál, y pedirle que tome la que prefiera, siempre que no sean las dos a la vez. Después podríamos estudiar, no lo que el paciente nos dice, sino su comportamiento, ver qué pastilla toma más como indicio de su efectividad. La cuestión de fondo en estos tratamientos alternativos es la ética, ya que probablemente no van a ser aceptados por los organismos reguladores”, explica Benedetti.

La ética

Así llegamos al punto espinoso de la cuestión. ¿Es ético decirle a alguien que está tomando un fármaco cuando en realidad está recibiendo un placebo? Sin duda, no lo es, y por ello a las personas que participan en experimentos clínicos se les avisa de que pueden estar tomando el fármaco o el placebo y que ni ellos ni los médicos saben qué toma cada uno.

¿Es ético que haya pacientes a quienes su médico recete sólo un placebo? Según una encuesta publicada recientemente por la Revista Médica Británica, más de la mitad de los médicos estadounidenses suministran placebos a sus pacientes.

“En cuestiones de placebo se ha demostrado que cuanto más vistoso y costoso sea el tratamiento, el valor simbólico que el paciente asigna al mismo es también mayor. Por ejemplo, se ha observado que las píldoras rojas consiguen un mejor efecto placebo que las amarillas, que un placebo es más efectivo si se inyecta, y que el efecto es aún más impresionante si el placebo consiste en ingresar al paciente a un quirófano (en este último caso el paciente se anestesia y se le practica una incisión. Nada más).

Diversos experimentos han demostrado que si a una persona se le administra un fármaco que funciona y en un determinado momento se le sustituye por un placebo, el paciente experimenta la misma respuesta.

Esto nos hace ver el inmenso potencial de la función terapéutica del placebo. Por ejemplo, usarlo en enfermedades crónicas para las que no existe tratamiento, o cambiarle a ciertos pacientes los fármacos que tienen fuertes efectos secundarios.

©El País, SL. Todos los derechos reservados

Las máscaras del tímido

5 abril, 2008 23 comentarios

Quienes han aprendido a convivir con el ridículo, a reírse de sí mismos, a relativizar la repercusión de sus palabras y sus actos, pocas veces se sienten atenazados por el apuro.

JOSÉ MARÍA ROMERA escribe este interesante y polémico artículo en el Correo Digital:

«No te crees enemigos, pero sobre todo no te crees enemigos tímidos», advirtió en sus ‘Pensamientos’ el perspicaz moralista La Beaumelle. Y es que la timidez engendra en muchos de quienes la padecen una suerte de resentimiento difuso que provoca reacciones inesperadas. El tímido se encoge en presencia de los otros; pero cuando está acorralado puede actuar como las bestias heridas. ¿Quién no se ha sorprendido alguna vez al ver cómo una persona apocada o de natural retraído repentinamente monta en cólera con un furor inusitado? El hecho de que las personas tímidas tiendan a evitar a los demás y a escapar de situaciones donde se creen expuestas a la inquisidora mirada ajena no garantiza que siempre vayan a reaccionar de igual manera. A veces una suerte de mecanismo de compensación lleva a los tímidos a comportarse agresivamente.

El tímido puede descargar su frustración sobre personas más débiles que él para desquitarse de su propia debilidad. En otras ocasiones experimenta arrebatos de euforia incontrolada que lo hacen irreconocible, como la ‘mosquita muerta’ que en una fiesta acaba dando la nota como si en vez de tímido fuese un redomado exhibicionista. La timidez tiene muchas máscaras, quizá porque no se proyecta tanto en las grandes decisiones de la vida como en aquellas situaciones que tiene algo de representación.

Pero en el saco de la timidez metemos demasiadas cosas. No es lo mismo ruborizarse a los quince años al cruzar una mirada con el chico o la chica de tus sueños que no salir de casa por la imposibilidad de mantener la menor relación con la gente, como sucede en los casos más acentuados de fobia social. Hay tímidos encantadores que han hecho de su debilidad un atractivo personal y otros hoscos, huraños, que actúan siempre a la defensiva.

El adjetivo ‘tímido’ proviene del verbo latino ‘timeo’ (‘tener miedo’). En principio la timidez sería, por tanto, una manifestación del miedo a los demás. El tímido es el que, o bien se deja vencer por ese miedo y adopta ante él respuestas de evitación, o se resigna a vivir con sus temores y con los malos tragos que de vez en cuando le ocasiona. La fobia social es un miedo más persistente y acentuado que se manifiesta en respuestas de ansiedad, de crisis de angustia o pánico, de pensamientos anticipatorios negativos.

Pero en todos los casos subyace un fondo de ideas sobrevaloradas acerca de los otros y también -por paradójico que parezca- acerca de uno mismo. Son ideas que se van forjando en las etapas de desarrollo más propensas a la inseguridad, especialmente en la adolescencia. El sujeto va enfrentándose a desafíos novedosos que le plantean interrogantes acerca de su propia condición. Da demasiada importancia a la opinión ajena, desarrolla un acentuado sentido del ridículo, se ve continuamente sometido a la evaluación ajena, y eso le amilana. Sin embargo, puede haber en la timidez un punto de egocentrismo. «La causa más frecuente de la timidez es una opinión excesiva de nuestra propia importancia», hizo notar Samuel Johnson. Quienes han aprendido a convivir con el ridículo, a reírse de sí mismos, a relativizar la repercusión de sus palabras y sus actos, pocas veces se sienten atenazados por el apuro o la parálisis del tímido. Se comportan más relajadamente porque saben que sus preocupaciones acerca del qué dirán les importan generalmente muy poco a aquellos de cuya opinión está pendiente.

No sólo se puede convivir perfectamente con la timidez, siempre que no alcance dimensiones patológicas: se le puede sacar partido. ¿Qué es el rubor sino una señal física de aviso que nos hace ponernos alerta ante situaciones imprevistas? Si no fuéramos capaces de sentir vergüenza ante otras personas por grandes o pequeños motivos, es probable que desatendiéramos aspectos de las relaciones humanas muy positivos. Andaríamos desaseados, olvidaríamos comportarnos de acuerdo con las reglas de la cortesía, acabaríamos tal vez rechazados por nuestra sociedad.

Echemos un vistazo, pues, a las cualidades del tímido. De entrada, es prudente. Como tiene miedo a equivocarse, no actúa irreflexivamente sino que sopesa sus decisiones. Es observador; al contrario que los extravertidos impetuosos que pasan a la acción sin más preámbulos, el tímido ve y escucha atentamente. Tal vez eso explique el hecho de que muchos grandes creadores (desde Marcel Proust hasta Woody Allen) y científicos (como Albert Einstein) fueran tímidos declarados. El tímido es, por otra parte, una víctima de la presión social que le conmina a ser más decidido, más abierto, menos retraído. Pero al tener que protegerse de ella desarrolla un mayor sentido crítico, una autonomía de pensamiento que le concede mayor libertad en otros sentidos. Se ha comprobado asimismo que en determinados trabajos que requieren concentración y sentido de la precisión los tímidos tienden a dar mejor resultado que los desenvueltos.

Con vergüenza, ni se come ni se almuerza, sentencia el proverbio popular. La timidez paraliza, retiene y anula. Nadie desearía para sí o para los suyos el destino de esos jóvenes ‘hikikomori’ japoneses que se aíslan del exterior parapetados durante años y años entre las paredes de su habitación. Pero, junto a la timidez pusilánime que incapacita y anula, hay otra timidez creativa, virtuosa y agradecida. La cuestión es saber dominar la primera y acomodarse de buen grado a la segunda.

Fuente: Las máscaras del tímido

Enlaces relacionados: Retrato de un fóbico social

Categorías:Fobia Social, Prensa, psicologia, Timidez Etiquetas:

La sociedad española cada vez más agobiada

17 marzo, 2008 1 comentario

Artículo de ANTONIO GONZÁLEZ publicado en Madrid el 16/03/2008

La competitividad en aumento, las cada vez más dilatadas jornadas laborales y la necesidad de gestionar una cantidad creciente de información que circula en tiempo real están haciendo crecer los trastornos de ansiedad en España, un problema que afecta al doble de mujeres que de hombres. Ésta es, al menos, la opinión de los expertos en esta patología que, según distintas estimaciones, afecta ya al 15% de la población, aunque muchas personas sufren este trastorno sin saberlo.

El director médico del Instituto Europeo de Neurociencias, Salvador Ros, que participó recientemente en Barcelona en un congreso nacional centrado en esta patología, explica que la ansiedad es un sentimiento habitual en el ser humano, sobre todo como respuesta a la incertidumbre. El trastorno aparece cuando esta reacción es demasiado intensa, frecuente o, simplemente, poco ajustada a la situación en la que se encuentra el individuo. “Se hace insoportable, enfermiza y puede llegar a causar incapacidad”, destaca este especialista. Los trastornos de ansiedad no tienen una única cara, ya que pueden englobar una docena de patologías, como la fobia social, la agorafobia o el trastorno por angustia, y presentan además síntomas fisiológicos, como sudoración, taquicardia o tensión muscular. Sin embargo, tal como explica Ros, el miedo es el síntoma nuclear.

Factores de riesgo

Esta patología, que puede aparecer también asociada a trastornos de la alimentación y consumo de drogas, se da en todas las edades, aunque los ancianos y los jóvenes son más vulnerables. Ros destaca, entre los principales factores de riesgo, los antecedentes familiares y el hecho de tener una personalidad inquieta, así como sufrir miedos excesivos durante la infancia.

En cualquier caso, el factor genético como causa de estos trastornos ha quedado reforzado este mismo mes, tras la publicación en la revista Archives of General Psychiatry de un trabajo que vincula la variación en un gen, el RGS2, con la aparición del temperamento ansioso. Uno de los autores, Jordan Smoller, del Hospital General de Massachusetts (EEUU), explica que las variaciones en el citado gen “están relacionadas con la timidez, inhibiciones del comportamiento en niños, personalidad introvertida y reactividad en las zonas del cerebro relacionadas con el miedo y la ansiedad; cada uno de estos rasgos es un factor de riesgo para sufrir desórdenes de ansiedad social”.

Uno de los problemas que existen a la hora de abordar este trastorno, que puede asociarse a otros –entre ellos, la depresión–, es el desconocimiento. “Muchas personas tienen el problema y ni siquiera saben cómo se llama”, explica el presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), Antonio Cano, que también cree que esta patología está creciendo en España.

En cualquier caso, Cano lanza un mensaje optimista, ya que este tipo de trastornos “tienen solución” una vez que están debidamente identificados; y apunta posibilidades como recurrir a técnicas de relajación, con el fin de “hacer una interpretación más correcta de la realidad”.

Fuente: Público

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