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Autogénesis de la ansiedad

1 diciembre, 2006 1 comentario

Utilizo la palabra autogénesis al referirme al fenómeno de la ansiedad, porque entiendo a ésta, no como una enfermedad en si misma, tal y como suele hacerse habitualmente, incluidos muchos profesionales de la salud mental, sino como un mero síntoma, como una manifestación organísmica o aviso de que la persona que lo experimenta se está saliendo peligrosamente del ámbito de lo real. Ese ámbito de lo real no es otro que el de lo posible, lo factible. Entonces, tan pronto como un ser humano- a través de diversos mecanismos mentales, que no van más allá de su pensamiento y de su fantasía – intenta escapar de esa realidad posible, que no es otra cosa que su actuación, percepción y vivencia del “aquí” y el “ahora”, estará perdiendo, sea o no consciente de ello, el contracto con la realidad. Estará comenzando a operar, de forma exclusiva, con su imaginación, con sus fantasías, con sus pensamientos, guiados todos ellos, por regla general, por el miedo, el deseo, la culpa y, por encima de todos estos sentimientos a cual más neurótico, por la necesidad de controlar la realidad en un momento imposible.

La persona está huyendo, se está alejando peligrosamente hacia mundos imaginarios con el ansia de manipular y modificar la realidad a su antojo.

La dirección que suelen tomar esas fantasías, presuntamente manejadoras de la realidad (y digo presuntas porque tan control jamás se da de hecho, sino única y exclusivamente en el ámbito de lo ilusorio), puede ser, las más de las veces, de alguno de estos cuatro tipos que paso a describir a continuación:

1. La persona intenta con su mente adelantarse en el tiempo y situarse en una fecha y situación posteriores al momento y lugar en el que vive en ese instante. Su intención es, generalmente, la de evitar un peligro potencial, conseguir algo que considera un bien, etc. Lo cierto es que tal meta es de todo punto imposible: no se puede estar en Madrid, en la casa propia, el 2 de febrero a las 5:00 p.m. sentado en un sillón y, al mismo tiempo, pongamos por caso, estar evitando que un hijo pequeño, que juega en torno nuestro, sea mayor, lo llamen a filas, sea enviado por el ejército a otro país con un conflicto bélico y reciba el impacto de un obús.

Una persona que en su mente esté generando una fantasía similar a la del ejemplo que acabo de citar, indefectiblemente experimentará ansiedad; quizás incluso llegue a sentir en su propio cuerpo, ese correlato físico de la ansiedad que es la angustia.

¿Podemos decir que esa persona que experimenta tal angustia sea una persona enferma? Es obvio que la respuesta sería unánime: no. Lo único que ha ocurrido es que dicha persona se ha salido con su mente de esa única realidad posible que es vivir su momento presente y ha intentado manipular, de forma estéril por otra parte, un posible futuro. Por tanto, no tiene sentido hablar de patología ansiosa ni ningún otro cuadro o etiqueta psicopatológica, pues la ansiedad que ha experimentado es simplemente eso: una ansiedad- señal, que como decíamos, genera su propio organismo, para que sea consciente de lo ilusorio de su propósito y rectifique cuanto antes reingresando de nuevo en el ámbito de lo real.

2. La persona, también con su mente como todo utillaje, se sale de su realidad, de la realidad, y comienza, inconscientemente, a compararse con un modelo de lo que cree que tiene que ser, modelo habitualmente generado por sus padres, por sus educadores y por la influencia del entorno, y que, al final, ha llegado a hacer suyo, (bien sea un modelo en el plano físico, estético, moral, profesional, afectivo, etc.). Por un momento, está intentando también otro imposible: ser quien no es. Podrá fantasear durante minutos, horas y hasta días, pero todo ese proceso sobreideacional no se convertirá, ni por su duración ni por su contenido, en algo real. Y, de nuevo, su naturaleza generará la ansiedad-señal para recordarle que no puede ser otro, en esos momentos, que el que es.

3. La persona, en esta ocasión, fantasea con ser recompensado con un valioso trofeo por su sensacional actuación en un campeonato internacional de patinaje artístico. Los aplausos son atronadores. Los latidos de su corazón se aceleran de la emoción y de la satisfacción de haber conseguido su meta más anhelada. Inmediatamente, esas sensaciones se convierten en una intensificación galopante de los latidos de su corazón, en una enorme dificultad para respirar y en una sensación de poder desplomarse, o incluso morir, de un momento a otro. La persona de nuestro ejemplo vive, desde hace muchos años, sentada en una silla de ruedas.

De nuevo estaríamos ante alguien que huye de la realidad e intenta lo imposible. No se trata de que una persona, sea cual fuere su estado de invalidez o de salud, no tenga legítimo derecho a tener aspiraciones y metas, de todo tipo y de todo tamaño. Lo que le estará recordando la ansiedad-señal será que, justamente esa meta que estaba soñando, y quizás algo más que soñar, se estaba “exigiendo”, era algo absolutamente imposible. Que, para él, como para tantos otros, queda fuera del alcance de su realidad.

4. Un último caso de ansiedad-señal, generada, como en todos los otros ejemplos, por el propio individuo, esta vez en el sentido inverso al que exponíamos en el primer caso. La persona, aquí se limita a recordar. Recuerda con tal intensidad que llega a perder la consciencia de que simplemente está recordando. De repente, siente un extraordinario agotamiento y un entumecimiento de su musculatura, especialmente de cintura para abajo. Se ve avanzando en una larguísima playa mediterránea. En un descuido, su hijo de cinco años, que jugaba tranquilamente en la arena, con su cubo y su pala, ha cambiado de actividad y ha decidido meterse en el mar, – que en un principio cubría sólo sus tobillos – para pasar a estar, en un escaso espacio de tiempo, cubierto literalmente por el agua. El niño se ahoga. Su padre intenta lo imposible. El corazón parece salírsele por la boca. Un ruido cualquiera, el timbre de la puerta o el sonido del teléfono, le devolverán de nuevo al “aquí” y “ahora”. Ha estado confundiendo el presente con el pasado, lo que sucede con lo que sucedió. Ha querido, con su mente, con su fantasía, rescatar y librar de la muerte a un hijo que, por desgracia, perdió hace muchos años en unas funestas vacaciones.

De nuevo la persona ha huido, se ha salido del presente, con la ilusoria pretensión de modificar un error de su pasado. Esfuerzo de todo punto inútil. Esa crisis de ansiedad, esa angustia, le están indicando la imposibilidad absoluta de actuar en un tiempo que ya no existe. Esa y no otra es la función de la ansiedad.

Conclusión: Todo esfuerzo dirigido a la consecución de un objeto imposible sólo puede generar ansiedad, como aviso inicial, o una tremenda frustración existencial y un proceso crónico de ansiedad y angustia, si el individuo no se percata de dicha imposibilidad, persiste en su irreal empeño, y no se centra, en suma, en lo que le es factible.

¿Ansiedad Normal y Patológica?

Todos los ejemplos expuestos más arriba lo serían, por tanto, de ansiedad normal. Una ansiedad también normal – y esto ya ha sido suficientemente estudiado desde hace bastantes años – es aquella que todos los seres humanos necesitamos en una dosis moderada, y que nos resulta imprescindible para experimentar la motivación, el estímulo imprescindible para la acción. Sin ella, el individuo caería en un estado de postración y pasividad cuasi absolutos, que más bien pronto que tarde le conduciría inexorablemente a la muerte.

Pero ¿y la ansiedad que acompaña a todos los procesos neuróticos, a las obsesiones y fobias, a las histerias y a la angustia, a la depresión y las somatizaciones, a los trastornos y disfunciones sexuales? Esa será la patológica ¿no?

Pues mi opinión es que no. Mi opinión es que en todos y cada uno de esos procesos, tan bien clasificados y etiquetados, el tema de fondo viene a ser el mismo: el “enfermo”, de mil y una maneras diferentes, se está empeñando en no ser él mismo, se está empeñando en ser como le gustaría ser, en ser como le dijeron que tenía que ser…Se está empeñando en ser, en definitiva, como cualquiera menos como él mismo. Y es ese descuido en el ser uno mismo, esa imposibilidad de asumirse tal y como uno es, y emplear todas las energías en metas imposibles y batallas perdidas lo que conduce a eso que se ha venido en llamar: ENFERMEDAD MENTAL.

Autor del texto: Dr. V. Pablo Rodríguez Fernández, Psicólogo Clínico, Sexólogo y Psicoanalista. Miembro Psicoterapeuta de la “Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicología Médica” y de la “Sociedad Española de Psicología”. Psicoterapeuta acreditado por la “Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas” (F.E.A.P.) Miembro de la “Sociedad Madrileña de Sexología” (World Association for Sexology). Miembro de la “Sección de Psicología Clínica y de la Salud” del Colegio Oficial de Psicólogos. Miembro de la “Asociación Iberoamericana de Webmasters de la Sanidad”(AIWS). Miembro de la “Sociedad Iberolatinoamericana de Salud Mental en Internet”(SISMI).

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