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Miedo a las hembras de mi especie

18 octubre, 2006 7 comentarios

mantis

ADVERTENCIA: el relato que podrán leer a continuación se basa en hechos reales tomados de la vida de las mantis, si bien los nombres y circunstancias han sido modificados para salvaguardar el derecho a la intimidad de los insectos.

HISTORIA DE UN MACHO

Yo soy un macho de Mántido. Para vuestros científicos pertenezco a una especie de insecto llamada Mantis religiosa y en verdad no acabo de comprender todavía el calificativo sagrado que nos habéis adjudicado, aunque dicen que es por la postura que adoptamos en reposo, como si estuviéramos en genuflexión. La realidad es bien distinta porque yo, y todos los de mi especie, no nos inclinados ante nadie, bueno, ante casi nadie.

Ya sabéis que somos una especie depredadora de otros insectos. Para que entendáis el significado real del término os diré que la depredación se parece bastante a la alimentación de carne fresca, sólo que nosotros comemos la carne más que fresca, viva. Nos agrada sentir los movimientos agónicos de la presa y percibir el olor de su hemolinfa. Si me permitís un chiste malo, es indudable que nuestra gastronomía está mucho más viva que la vuestra.

Para capturar a nuestras presas no usamos herramientas de ningún tipo. Cuando estamos lo suficientemente cerca de algún pequeño insecto, si es posible blandito y jugoso, extendemos nuestras extremidades anteriores con rapidez y lo cazamos. Mientras lo mantenemos atrapado entre nuestro fémur y tibia (ayudados por las púas que adornan estos prodigiosos apéndices), damos gracias a la diosa Naturaleza por el alimento que vamos a tomar y acto seguido clavamos nuestras fuertes mandíbulas en el cuerpo de la víctima y la vamos ingiriendo lentamente, trocito a trocito, chupándonos los palpos de vez en cuando (ummm, de pensarlo, me está entrando hambre).

Esta es una de nuestras actividades más frecuentes y que nos ocupa gran parte de la vida. Nos quedamos muy quietos entre el follaje pasando así inadvertidos, en espera de que se pongan a tiro los más despistados del lugar. Nuestros grandes ojos compuestos siempre andan buscando algún manjar.

Hasta aquí podríamos decir que no somos nada originales en el mundo animal, si bien nuestra técnica y especialización es digna de admiración.

Pero vayamos al asunto que me trae aquí. He de confesaros que yo soy un macho que le tiene miedo a las hembras. No creáis que eso es muy raro; a la mayor parte de mis amigos les ocurre lo mismo. No se trata de un miedo irracional, tiene su explicación. Os cuento.

Los machos de mi especie tenemos que andar con mucho cuidado cuando nos relacionamos con una hembra. Eso lo aprendí hace ya bastante tiempo.

Recuerdo que, siendo yo todavía inmaduro, merodeaba por una densa vegetación en busca de alguna presa que llevarme a la boca, cuando vi a una pareja de Mantis iniciar lo que más tarde supe que era el cortejo previo a la cópula. Ella, una gran y hermosa hembra, no dejaba ni un momento de mirar con sus enormes ojos a un pequeño macho que muy lentamente se acercaba a ella. Después de unos tímidos tocamientos, el macho se dispuso a copular con sumo cuidado, como temiendo hacer algo que podría lamentar para siempre.

Mi atención se centró en la pareja. Me acerqué un poco más, con sigilo para no ser descubierto y seguí observando. Pude ver cómo ambos estaban ya bien unidos, no sólo en objetivos, sino también físicamente. Pero algo sucedió en sólo una décima de segundo. No sé si fue un movimiento erróneo del macho o tal vez un capricho de la hembra, pero lo cierto es que ésta giró su cabeza bruscamente, se revolvió y con sus patas delanteras agarró fuertemente al macho que se mantenía en cópula con una gesto de asombro. Sin dar tiempo a pedir explicaciones, la mandíbulas de la hembra seccionaron de un mordisco certero el cuello de su compañero. Pude intuir una expresión placentera de la hembra en el momento de la ejecución casi ritual de su compañero.

Seguían unidos pero el macho ya no era consciente de lo que estaba pasando. La hembra prosiguió con su minuciosa y sádica labor ingiriendo la cabeza y el resto del cuerpo hasta dejar sólo unos trozos irreconocibles. Poco más tarde ella buscó un lugar resguardado en el suelo, en donde depositar una ooteca repleta de huevos que habían sido fertilizados por los espermatozoos de un macho que nunca llegaría a saber que había sido “papá”.

Yo estaba asustado. No comprendía bien lo que estaba pasando. Procuré salir de allí lo antes posible, no fuera que la devoradora de machos no quedara satisfecha y buscara también a los inmaduros como yo.

Más tarde me enteré por mis amigos de mayor edad que muchas de las copulaciones en mi especie terminan de esta forma. Dicen que cuando la hembra secciona el cuello del macho se produce una descarga total de espermatozoos procedentes de las vesículas seminales, dando lugar a una abundante eyaculación que permite a la hembra (además de obtener el máximo placer) llenar su espermateca para asegurar la fertilización de todos sus ovocitos. En caso contrario la eyaculación es menos abundante pues nuestro cerebro, el de los machos, inhibe en cierta medida esta descarga. Una vez que el macho es “exprimido” de esta forma, ya sólo queda terminar de aprovecharlo, en este caso como alimento energético para la futura madre y por el bien de la especie.

Esta es la razón de mi miedo a las hembras. Creo que es justificado. Sin embargo, mi instinto me dice que debo arriesgarme, que en ellas puedo encontrar la mayor felicidad del mundo, aunque tengo muchas probabilidades de morir en el intento. Es así de duro ser macho en mi especie.

Categorías:Relatos
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